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Guerra y patriarcado: ¿Quién está en el lugar de Elena?

Ida Dominijanni

Sección:Guerra y mujeres
Lunes 29 de noviembre de 2004 0 comentario(s) 3772 visita(s)

QUIÉN ESTÁ EN EL LUGAR DE ELENA

Ida Dominijanni

Entre otras ignominias de estas once semanas de guerra, se encuentra el alistamiento forzoso de Simone Weil en las filas del pensamiento intervencionista (Barbara Spinelli, baluarte de la "acción humanitaria" de la OTAN, en La Stampa del 4 de abril), basándose en una equiparación insostenible entre fuerza y guerra en el pensamiento de Weil. Esta equiparación, por otra parte, es uno de los equívocos más comunes presentes en la legitimación y en el consenso de la guerra de los Balcanes (era necesaria una acción de fuerza contra Milosevic, así que es justo hacer la guerra): es un lapsus que dice mucho sobre la debilidad en que se habían precipitado, antes de que el Kósovo explotase, cosas como la política y el derecho, cosas que en la segunda posguerra habíamos sido educados/as a considerar más fuertes que la guerra.

Que para Simone Weil la fuerza y la guerra son en realidad distintas y distantes se puede verificar leyendo sus escritos sobre la materia, que oportunamente vuelve a proponer la editorial Pratiche (Simone Weil, Sulla guerra, Scritti 1933-1943, editados por Donatella Zazzi). Me centraré en uno solo, "Non ricominciamo la guerra di Troia" (hasta ahora disponible en la colección Simone Weil editada por Giancarlo Gaeta para Edizione cultura della pace, Florencia, 1992), que no cesa de volverme a la mente desde que la guerra de los Balcanes ha comenzado y también ahora que está terminando, señalándome qué es lo que de esta guerra no se dice.

A este propósito debo añadir una premisa. Muchos y muchas, en esta semana, han subrayado la impotencia de la palabra en tiempos de guerra; esta impotencia muchas la practican no hablando, no escribiendo, sustrayéndose al coro del comentario al margen de una escena decidida en otro lugar. Pero la cuestión es aún más compleja. Más que quitar la palabra, las bombas la arrancan lejos del cuerpo. La guerra se apodera de los cuerpos, los golpea materialmente o los hiere o encarcela simbólicamente, después de lo cual el lenguaje puede pasearse feliz por los cielos de la abstracción y de la racionalización, cielos que notoriamente frecuenta con gusto y en los que recupera al menos uno de sus poderes. No el de acabar con las bombas, obviamente. Sino el de racionalizar el trauma, encontrar o contestar a las razones políticas, económicas, estratégicas, morales u otras. Todo lo demás, se dice, es inútil: personalmente yo no he encontrado vanas las palabras gastadas en estos meses, y cínicamente diría incluso que la guerra ha tenido el poder de obligar al pensamiento a dar un salto de lucidez y a abrirse a nuevos horizontes.

Pero ésta es siempre una función parcial, implicada ---como dentro de poco veremos- en el mismo juego de la guerra y no sólo en su interpretación y no por casualidad ejercitada más por los hombres que por las mujeres, las cuales tenemos (afortunadamente) más dificultades en hablar prescindiendo del cuerpo. Cuando la palabra se separa del cuerpo y de aquello que se inscribe en el mismo -miedo, pasiones, sentimientos, inconsciente- dice mucho, pero calla lo esencial. Debe ser también por este motivo, si después de haber leído de todo sobre las dinámicas y sobre las "razones" de esta guerra, continuamos teniendo la impresión de no saber todavía lo esencial. ¿Qué nos falta: documentos, indicios, pruebas para reconstruir su racionalidad? ¿0 nos falta quizás, de acuerdo con el sentimiento de desconcierto y de fracaso de la razón que nos domina, la palabra para expresar que el fondo de la guerra es irracional?

Simone Weil encuentra esa palabra para sí y para nosotros, y la encuentra precisamente razonando sobre la relación que hay entre palabra y guerra. Cuando invita a no reanudar la guerra de Troya, en la Alemania nazi del 37 todavía no hay guerra pero se está preparando una, y Simone pone de relieve algunas dinámicas en marcha haciendo gala de una enorme lucidez. La primera -la acabamos de verificar en los Balcanes- es que las guerras son tanto más amenazadoras y pueden sufrir una escalada más incontrolable cuanto más indefinida es su causa; aunque esta evanescencia de objetivo, añade Simone, este vacío que es el trasfondo de un lleno aparente, es la característica propia no de ésta o de aquella guerra, sino de la guerra en sí misma. En la guerra de Troya la causa declarada era Elena, "una mujer de belleza perfecta", pero que no importaba a ninguno de los contendientes excepto a Paris: "su persona era tan evidentemente desproporcionada respecto a esa gigantesca batalla, que representaba a los ojos de todos tan sólo el símbolo de la verdadera causa, pero la verdadera causa ninguno la definía ni podía ser definida porque no existía".

La raíz de la guerra es así una raíz fantasmagórica e imaginaria, denuncia Simone Weil, quien la relaciona más adelante a la raíz a su vez "delirante" del poder, que -a pesar de su pretendida racionalidad- vive y se auto-alimenta de una dinámica "ilusoria y arbitraria". Pero volvamos a las causas. En las guerras contemporáneas, continúa Simone, "el papel de Elena es interpretado por las palabras ornamentadas de mayúsculas... Las palabras que tienen un sentido y un contenido no son homicidas... Pero si se pone la mayúscula a palabras vacías de significado, a la mínima presión de las circunstancias, los hombres amontonarán ruina tras ruina repitiendo estas palabras, sin poder alcanzar jamás algo que las corresponda; nada real las podrá corresponder, porque no significan nada". Estamos, repito, en el 37, y Simone nombra entre estas palabras "ornamentadas de mayúsculas" el léxico político completo de la época: nación, seguridad, capitalismo, comunismo, fascismo, orden, autoridad, propiedad, democracia (hoy podríamos añadir: derechos, etnias...), se han convertido ya en su opinión en "abstracciones cristalizadas" incapaces de adaptarse al cambio real. "Podemos tomar todos los términos de nuestro vocabulario político y abrirlos: "en su interior encontraremos el vacío".

Hace unos días, Luisa Muraro ha escrito en L’Unità sobre este texto fulminante, presentándolo como testimonio de un pensamiento político femenino que corre a lo largo de la historia de Occidente y que cuestiona el presupuesto masculino de una continuidad obvia entre poder, guerra y política. Si esta continuidad se ha dado en la historia, a una buena política le espera precisamente la tarea de romperla: contra la espiral delirante de poder y guerra, escribe Simone, política es lo que vuelve a abrir el espacio a los conflictos reales, lo que "separa imaginación de realidad para reducir los riesgos de la guerra sin renunciar a la lucha". El principal legado de su texto es precisamente este: la guerra no es la continuación de la política con otros medios, sino su total negación. Legado extraordinariamente iluminador, ya que guarda también dentro de sí algunos dispositivos simbólicos, dos al menos, de la guerra que estamos dejando a nuestras espaldas.

Primer dispositivo. Se ha observado que la guerra de Kósovo ha producido un gigantesco crack semántico en el que todos los términos del vocabulario político del siglo xx se han vuelto del revés, han dado la vuelta sobre sí mismos o han cambiado de sentido. Pero la catástrofe lingüística-conceptual, nos invita a considerar Simone Weil, precede a la guerra, no se deriva de ella: mas bien la prepara, haciendo que la fuerza de las palabras sea sustituida por la violencia de las bombas.

Durante mucho tiempo deberemos reflexionar sobre estas once semanas de guerra; pero, ¿no deberemos también reflexionar sobre un decenio entero de progresivos deslizamientos semánticos que han privado a las palabras de la política de plenitud y de fuerza simbólica?

¿No deberíamos habernos alarmado ya antes de la guerra, ante un vocabulario político cada vez más reducido a "abstracciones cristalizadas", por no decir a talk-show televisivo?

Segundo dispositivo. En el centro de la guerra, dice Simone Weil, no existe la lucidez de la racionalidad política, sino la irracionalidad de su imaginario. Que es el resorte verdadero y profundo de la misma, aunque después intervengan "las palabras ornamentadas de mayúsculas" para legitimarla. Debe ser esto, me he dicho durante estos tres meses, lo que simplemente no conseguimos saber o imaginar. De todo el resto -la decoración- hemos conseguido hacemos una idea: la legitimación humanitaria, las razones políticas y geopolíticas, la veleidad constituyente del nuevo orden mundial y de la nueva OTAN, la conveniencia europea de incluir los Balcanes poniéndolos en orden, la conveniencia de las bolsas y de los mercados de destruir un territorio y dos poblaciones para después inundarlas con el plan Marshall número dos... Pero, ¿quién estará esta vez en el lugar de Elena?

Mónica, han respondido con ironía, ante las primeras bombas, los habitantes de Belgrado. Y la duda de que entre el sexgate y los bombardeos existiese una relación ha levantado entre los periódicos observadores (por último Giovanni Sartori, en el Corriere della Sera) no pocas sospechas de extremismo feminista. Después, cuando el juego se ha endurecido, el argumento ha parecido demasiado frívolo. Por lo contrario es desgraciadamente serio. No se trata sólo de atribuirle a Clinton un reflejo automático de revancha viril contra su descalabro en la investigación sobre el sexgate. Se trata de interrogarse sobre las formas de patriarcado que están en juego en esta guerra. Y no hay ni siquiera necesidad de incomodar a Mónica Lewinsky y al inconsciente de su presidente para hacerlo: basta detenerse, como en la guerra de Troya, en la causa aducida para la guerra. Que bien visto no eran los kosovares sino las kosovares, dado que en todas las pantallas televisivas de Occidente el pueblo de los prófugos era en realidad el pueblo de las prófugas, representación de un femenino arcaico y sufriente, cuerpo materno sin palabra, víctima destinada sin redención y bajo tutela armada.

Reda Ivekovic, en Il Manifesto del 22 de mayo, ha escrito con eficacia sobre las formas de patriarcado que se enfrentan en los Balcanes, que se conjugan con la ideología nacionalista y le proporcionan un cemento indispensable. El patriarcado, dice Ivekovic, "es cómplice, base y condición de existencia o resurgimiento de los comunitarismos, nacionalismos, integrismos", porque la reinvención fantasmagórica de una comunidad etno-nacionalista se basa en el delirio de la identidad de la fratría masculina, que al adherirse al orden patriarcal idealiza el cuerpo materno (la madre tierra) y somete a las mujeres reales, reduciéndolas a pura garantía de pureza de la raza o de la nación. Y esto a costa de una "manipulación del tiempo, que en los Balcanes elimina por lo menos a una generación".

Pero, ¿cómo se puede explicar la fratría masculina que se reorganiza en el frente occidental? Y, ¿qué pasa con una generación profundamente marcada, tanto en la vida pública como en la privada, por la separación política de las mujeres en su interior? Desgraciadamente nadie de los de la generación del 68 que han intervenido en pro o en contra de la "guerra ética" en estos meses se ha acordado de ello. ¿Podemos convencemos de que hemos vuelto también en esta parte del planeta a una reedición old style del patriarcado, los hombres a hacer la guerra y las mujeres en posición o de ajenidad o de segundo sexo, a hacer de espejo de consenso? ¿Cuánto hay de real y cuánto de fantasmagórico en esta réplica tardopatriarcal de la guerra?

No podemos convencemos de que lo anterior refleja la verdad, porque la misma posición femenina en esta guerra nos lo prohíbe: con algunas mujeres en puestos de mando (Madelaine Albright) o de apoyo (Hillary Clinton visitando a los refugiados, o nuestras ministras), con una parte de la cultura feminista -la centrada en la reivindicación de los derechosimplicada en la ideología "hurnanitaria", y con las divisiones entre sostenedoras y opositoras a la guerra que nos salvan de la reducción a un "género" compacto y segundo. Y no podemos porque lo prohíbe también la posición masculina. Bill Clinton es el mismo hombre del sexgate: dispuesto a lanzarse, pero sólo hasta cierto punto y hasta cierto riesgo, tanto al placer como a la guerra, cínico y sentimental, que bombardea y es humanitario. El hombre político más poderoso del mundo es el mismo que hace pocos meses mostraba las grietas de una soberanía desenmascarada con el fin de la separación entre privado y público, que en el estado patriarcal es una columna irrenunciable. Pocos meses atrás el rey estaba desnudo en Internet, y la guerra no ha sido suficiente para cubrirlo.

Teníamos razón en el feminismo, mucho antes de que todo esto ocurriese, al tener presente que el patriarcado occidental estaba llegando a su fin. Pero teníamos también razón al decir que no sería fácil enterrarlo.

De hecho, ha recurrido a su puesta en escena más arcaica: la guerra. En el punto culminante de la merma demográfica, se ha aliado, casi movido por una envidia inconsciente, con un pueblo prolífico y con un control patriarcal garantizado como es el kosovar. En el punto culminante de la parábola de desmaterialización que ha atravesado en este siglo todo el Occidente, ha vuelto a desplegar una representación primitiva del cuerpo, cuerpos que no cuentan y no hablan, cuerpos despedazados por las bombas, cuerpos expulsados de las casas y devueltos a la naturaleza. Ha obtenido mucho consenso femenino gracias a las razones humanitarias de la guerra, pero no lo ha conseguido todo. Y sobre todo, no ha conseguido el consenso masculino al rito de iniciación bélico al que los poderosos se han sometido sin dudar: ningún hombre occidental estaba dispuesto a combatir una guerra terrestre. Por todo ello esta guerra ha parecido a muchos y muchas desde el principio una manifestación de debilidad más que de fuerza masculina. Una guerra de rey, como todas las guerras, pero de rey desnudo.

De todas formas yo creo que precisamente por ser irreal y póstuma, esta arcaica representación patriarcal nos ha engañado. Creo que nos ha arrebatado la convicción de haber encontrado con los hombres de nuestra generación política, y tomo la expresión de Rosetta Stella, "un punto tangente" en el que podíamos reencontramos después del feminismo, y en donde ellos pudieran decir algo más auténtico de sí mismos, es decir, de una diferencia masculina de la identidad viril tradicional. Por lo contrario, convencidos o persuadidos, se han vuelto a colocar una vieja máscara. Son muchas las razones por las cuales en tiempo de guerra las mujeres callan o hablan menos que los hombres: lo contiguo del lenguaje con el cuerpo, la ajenidad histórica al uso de las armas. Son muchas las razones por las que no han, no hemos, hablado coralmente esta vez: porque el movimiento feminista ha terminado, porque muchas han caído en la trampa de los derechos, porque el viejo colateralismo pacifista de las mujeres de izquierda se ha reciclado rápidamente en colateralismo de gobierno. Pero quizás la razón más verdadera está en el engaño producido por la máscara del patriarcado, una autoridad tan violenta como irreal, tan fáctica como poco creíble, tan falaz como cargada de efectos. Para expresar este engaño, creo, todavía tenemos que encontrar las palabras: palabras minúsculas, pero quizás menos vacías de aquéllas con mayúsculas, por las cuales ni siquiera se combate pero se lanzan bombas desde lo alto.

(publicado en Il Manifesto, jueves 10 de junio de 1999)

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