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¡Ojo con los Collons! Sobre las miserias de cierta contrainformación

Materiales de consulta, diez años después de la guerra en los Balcanes.

Sección:Observatorio de conflictos
Miércoles 14 de diciembre de 2005 0 comentario(s) 3134 visita(s)

En el día del décimo aniversario de la firma de los llamados acuerdos de Dayton, y al hilo de los «hallazgos» de Michel Collon sobre las guerras de los Balcanes, reproducimos aquí unas páginas que dedicó en uno de sus libros el historiador y especialista en Europa del Este Carlos Taibo a analizar uno de los libros principales de Collon, y en el que se basan los argumentos que éste ha ido manteniendo a lo largo de estos años. No es un asunto trivial, vista la influencia que ha tenido los análisis de Collon en cierta izquierda hambrienta de conspiraciones sobre intereses ocultos, servicios secretos y grandes potencias para explicar cualquier cosa que pasa sobre la faz de la tierra.

29/3/05
Extraido de Ni OTAN, ni Milosevic (Carlos Taibo)

El aventurero Simplicíssimus

Si me veo en la obligación de analizar con mayor detalle el libro de Michel Collon que en castellano lleva por título «El juego de la mentira» ello es así por una razón sencilla: desde su publicación se ha convertido entre nosotros en la guía intelectual de muchas gentes deseosas de escuchar argumentos como los esgrimidos por Collon y poco preocupadas por un proceso -la desintegración de Yugoslavia- que no reclamó su atención durante casi un decenio. Por esa razón, no tomo como fuente de estudio el original francés, que contiene dos partes no traducidas al castellano, sino la versión en esta lengua aparecida en la primavera de 1999, suficientemente ilustrativa, me temo, de la naturaleza del intento de Collon. Así las cosas, mi propósito no es tanto glosar las afirmaciones de Collon como sopesar hasta qué punto sus visiones, desplegadas entre nosotros, han dado alas a un discurso impresentable.

Al autor, un periodista belga al que al parecer, y por alguna razón que se me escapa, no gusta presentarse como miembro del marxista-leninista Partido del Trabajo, le llovieron las críticas cuando en un libro anterior incluyó un superficialísimo y descabalgado capítulo sobre el tratamiento mediático de la desintegración de Yugoslavia. Hombre pundonoroso donde los haya, y acaso para restañar las heridas correspondientes y devolverle la pelota a sus detractores, Collon ha dedicado los años siguientes a trabajar en el voluminoso libro que ahora glosamos. Su lectura -vaya por delante- es un auténtico suplicio para quien ha trabajado antes con alguna intensidad sobre la desintegración del Estado federal yugoslavo. En la obra se mezclan ineptitud y mala fe, en lo que a la postre es un producto de pobreza extrema, con una acumulación simplota de argumentos poco tramados en la que aparca, sin más, lo que no le interesa. Nuestro aventurero Simplicissimus sucumbe visiblemente al grueso de la propaganda oficial urdida en Serbia, demuestra el escaso rigor de los métodos de los que alardea y emplea caprichosamente, según sus necesidades, unas u otras fuentes, en lo que es un ejemplo preclaro de periodismo trivial y precipitado.

1. ¿Para qué aportar una descripción razonada del proceso yugoslavo de los últimos años?

El defecto mayor del libro de Collon es, una vez más, el que se deriva de su renuencia a aportar explicaciones causa-efecto de procesos complejos y de su designio paralelo de centrarse en versiones hilarantes de los hechos -naturalmente que las hay entre nosotros-, como si la operación de desmontaje de esas versiones fuese suficiente para iluminar un escenario completamente distinto. Resulta inquietantemente sorprendente que quien tan crítico cree ser con los medios de comunicación acepte sin más, sin cotejo y sin experiencia personal alguna, lo que dicen los ’otros’ medios de comunicación (esto es, los forjados al calor de su red de organizaciones estalinistas). Quien tenga la paciencia de rematar la lectura de la versión castellana del libro de Collon se quedará perplejo. Ignorará, por ejemplo, que el régimen serbio abolió la condición autónoma de Kosova en 1989. No sabrá que el ejército federal yugoslavo, visiblemente serbianizado, actuó de consuno con las milicias serbias en Croacia y en Bosnia-Hercegovina, algo que otorgó a éstas una evidente supremacía militar que hacía irrelevante que el único apoyo externo recibido por Serbia fuese el de la Federación Rusa. Tampoco sabrá por qué ’croatas’ o ’musulmanes’ invadían brutalmente territorios porque no sabrá (no se nos cuenta) que esos territorios habían sido ocupados militarmente con anterioridad por otros. Collon confunde reiteradamente, por cierto, la presencia previa de un grupo étnico en una determinada región -naturalmente que los serbios residían desde mucho tiempo atrás en la Krajina o en la Eslavonia oriental- con la ocupación, acompañada de la ’limpieza étnica’, por milicias irregulares o unidades militares del ejército yugoslavo. Es evidente que no era la misma la condición de vida de la Krajina antes de las acciones desarrolladas por las milicias serbias en la segunda mitad de 1991 que después de esas acciones. Su hilarante pregunta -«¿Cómo se puede ser agresor del propio país?»- se responde rápida y eficientemente con la lectura de una biografía del general Franco.

A los ojos de nuestro autor, la culpa del desgraciado procedimiento de desintegración de Yugoslavia corresponde a lo que llama los nacionalismos de extrema derecha, algunas de cuyas manifestaciones fueron claramente instigadas (nos dice) desde el exterior. Así las cosas, y en lo que se antoja una ilustración más de la disolución de cualquier esquema de causa-efecto, nada se nos cuenta de las elites del ’socialismo irreal’ precedente y poco de sus audaces reconversiones. Los nacionalismos de extrema derecha surgen, al parecer, porque los alientan desde fuera, sin que pueda identificarse relación alguna con las elites mencionadas. En este esquema mental encaja a la perfección, por añadidura, una acrítica aceptación de la mitología de la Serbia resistente y un olvido paralelo de la frecuente condicion agresiva de las elites de esa república.

El lector no debe buscar en el libro de Collon, en suma, ninguna reflexión seria sobre materias que cualquier analista avisado calificaría de decisivas. En sus páginas no hay sitio para un estudio, inevitable, sobre la relación entre elites, población y medios de comunicación, no se sopesa la importancia decisiva que la tensión entre el medio urbano y el rural ha tenido en el desarrollo de muchos acontecimientos, y ninguna atención se le presta -una vez más- al peso de una parte de la sociedad que, en todas las repúblicas, apostaba por la multietnicidad. Son cuestiones demasiado sutiles para quien, entregado a la propaganda oficial articulada en Belgrado, no duda, en cambio, en invocar con frecuencia el peso de la historia, que al parecer justifica -no sólo explica- comportamientos criminales.

2. Todos son iguales.

Una de las guías conductoras del estudio de Collon es la idea de que, en lo que a su dimensión interna se refiere, todos los agentes que han operado en los conflictos yugoslavos, y singularmente en el de Bosnia-Hercegovina, son iguales. Semejante aserción reclama de dos vías de acción: si por un lado se trata de rebajar las responsabilidades de unos, por el otro es menester acrecentar las de otros. Con respecto a lo primero, el objeto de la operación es, claro, el gobierno de Belgrado y, con él, el auge de una modalidad agresiva y xenófoba de nacionalismo en Serbia. Varias veces nos veremos obligados a recordar que el concepto de ’gran Serbia’ no cabe en las elucubraciones de Collon, como no sea aplicado a la lejana monarquía de los Karageorgevic. Su aproximación crítica, por otra parte, al proyecto de un «Estado puro, el Estado en el que no vive más que una sola nación» se realiza sólo cuando se analiza la historia alemana, como si ese proyecto nada tuviese que ver con una de las opciones significadas de buena parte de la elite serbia de los últimos años. En la misma línea nuestro autor invoca a Samir Amin, quien no duda en alabar ese ingente tópico que es el modelo francés de una «nación de los hombres libres» para denostar el opuesto modelo alemán del VoIk y de la sangre, sin percatarse de que es este último el que exhibe poderosísimos rasgos comunes con las corrientes dominantes en los nacionalismos serbio y croata de nuestros días.

La otra vía de acción tiene su elemento fundamental en el despliegue de un mito formidable: el que da en convertir en integristas islámicos a la mayoría -seamos cautelosos en la expresión- de los miembros de la elite ’musulmana’ en Bosnia-Hercegovina. Y se trata de un mito en al menos dos sentidos: porque ignora por completo el vigor de un discurso multiétnico entre las gentes que demoniza -un discurso que alcanzó a sus propias elites- y porque inopinadamente confunde, como el grueso de nuestros medios de comunicación, ’islamistas’ con ’integristas islámicos’. Es patético en grado extremo cómo Collon, que en algún momento parece percatarse de la autolegitimadora estrategia que en el mundo occidental da en satanizar por igual el islamismo y el integrismo islámico, sucumbe plenamente a ella cuando se trata de enunciar tópicos sobre Bosnia-Hercegovina.

Así, nuestro aventurero Simplicissimus no duda en afirmar, sin aportar dato alguno, que Izetbegovic, un dirigente que la mayoría de los estudiosos califican de moderado, es «el jefe de la extrema derecha nacional musulmana». De nuevo sin aportar ningún dato, como no sean escritos de un cuarto de siglo atrás que el propio Izetbegovic tuvo a bien rectificar, afirma con absoluto impudor que lo que el presidente bosnio deseaba era «realizar su viejo proyecto de Estado islárnico». No hay en las páginas del libro de Collon ni una sola ejemplificación de cómo semejante proyecto se plasmó en la práctica política de Izetbegovic. Tras homologar a este último con Radovan Karadzic y Mate Boban (el dirigente croata de la Hercegovina occidental), nuestro amigo estalinista afirma con descaro, en fin, que el entonces presidente bosnio era responsable de «Ios mismos crímenes de guerra» que los dos delincuentes mencionados. Es una pena que un sinfín de organizaciones internacionales, empezando por la propia ONU y Amnistía Internacional, discrepen drásticamente de semejante aserción, claramente inserta en la propaganda oficial de Belgrado (aunque claro, a los ojos de Collon, que prefiere citar las equilibradas fuentes de su red de corresponsales ultramontanos, cabe suponer que todas esas organizaciones son sospechosas).

No puede negarse que de vez en cuando, y bien es verdad que con una dimensión y una frecuencia sensiblemente inferiores, Collon introduce elementos de crítica de la actitud y de la política del régimen serbio y de sus secuaces en Bosnia-Hercegovina. Pero esas menciones son tan escasas que impiden seguir el derrotero de los acontecimientos y redundan en un esquema general tan maniqueo como el de muchos medios de comunicación occidentales. Tal vez es la escasa práctica de nuestro autor en la crítica del régimen serbio la que le hace incurrir en afirmaciones tan infantiles como la que invita a sostener que la llegada a la cúpula de poder de Milan Panic, en 1992, permitió eliminar a la vieja guardia titista: ¿es que Collon ignora las sucesivas purgas asumidas, mucho antes, por el propio Milosevic? ¿A cuenta de qué iba a precisar de la colaboración de Panic para acometer semejante tarea?

3. La contrainformación.

Aun así, el elemento fundamental del que Collon alardea es, sin duda, el de la información alternativa, a través de la cual, y en un ejercicio que él mismo no duda en calificar de honesto y lúcido, pretende contestar las versiones dominantes de los hechos. No parece, sin embargo, que lo consiga: las pinceladas -un francotirador ’musulmán’, un casco azul muerto por los propios ’musulmanes’, un cura bosnio que falsifica una carta...y los mensajes de distorsión no cambian la esencia de lo ocurrido. Tampoco es que nuestro autor haya tirado la casa por la ventana buscando fuentes alternativas. Lo suyo es el empleo de los textos que él mismo, o sus amigos, generan, la invocación de informes de la ONU que nunca cita o la exhumación de documentos secretos de la Cruz Roja que ni siquiera el propio Collon ha podido ver. Claro es que la culpa -se nos dirá- corresponde en exclusiva a quienes, por algo será, quieren ocultar los hechos.

Pero vayamos a los ejercicios de contrainformación a los que Collon dedica su esfuerzo, en su casi totalidad centrado en la guerra en Bosnia-Hercegovina. El más granado lo configura su intento de reventar el mito del Sarajevo asediado. A los ojos de Simplicissimus, los responsables de lo ocurrido en la capital bosnia entre 1992 y 1995 son los asediados, que en realidad eran los asediadores. Al respecto Collon, sin poder enunciar otra cosa que presunciones e intuiciones -su cacareada investigación al respecto es de una ingente pobreza, como lo son las fuentes alternativas de las que tanto presume-, no sólo atribuye al ejército bosnio las célebres matanzas de la cola del pan y del mercado, sino que da por demostrado que en Sarajevo menudeaban los francotiradores ’musulmanes’ entregados al asesinato de sus connacionales. Aunque así fuera, hay que preguntarse, ¿altera eso en un ápice el hecho de que la ciudad estaba siendo sometida a un asedio ejercido por gentes cuyo compromiso con la causa de la justicia, de la solidaridad y de la libertad era nulo? Porque, al fin y al cabo, lo que se extrae de la lectura del libelo de Collon es que quien asediaba la ciudad era el propio ejército bosnio, y no las milicias de Karadzic y MIadic.

La cifra de siete mil serbios muertos por las fuerzas ’musulmanas’ en Sarajevo, que Collon atribuye a un informe secreto de la Cruz Roja filtrado por un «oficial holandés» -vaya fuentes, por cierto, como el interpol para algunos de los teorizadores de la financiación del Ejército de Liberación de Kosova desde el narcotráfico-, produce una mezcla de risa y estupor, tanto más cuanto que no encaja en forma alguna con el número de víctimas mortales -entre 25.000 y 60.000- que el propio Collon, acogiéndose a la versión de George Kermey, sugiere ha generado toda la guerra en Bosnia-Hercegovina (¿o es que todos los muertos fueron serbios?). Puedo testimoniar personalmente que la sola mención de esa cifra de siete mil muertos produce gestos de extrañeza entre ciudadanos serbios que vivieron la guerra en el Sarajevo controlado por el gobierno bosnio; lo más que se atreven a afirmar es que hubo algunas acciones criminales, protagonizadas las más de las veces por irregulares, y con un número de víctimas mortales muy inferior al mencionado por Collon.

Otra prueba del desvarío de nuestro hombre es su acendrada crítica de la prohibición oficial de abandonar Sarajevo que pesaba sobre los habitantes de la capital. Semejante prohibición se antojaba -creo- inevitable en una ciudad asediada y en condición -pese a la formidable distorsión de la realidad a la que se apunta Collon- extremadamente precaria. Probablemente quienes se quejan por estas cosas estimaban que lo suyo es que el gobierno republicano español hubiese permitido que todo el mundo abandonase Madrid con ocasión del asedio franquista en la segunda mitad del decenio de 1930. Pero no sólo se trata de eso: por lo que puede colegirse, a Simplicissimus le parecía mal que el ejército bosnio -en lo que entiende era una manifiesta provocación- lanzase ofensivas para ver de mejorar la situación de la capital.

Gentes como Collon y sus acólitos, cuyo interés por lo acaecido en Sarajevo durante la guerra es muy reciente, ignoraban, al parecer, lo que estaba en los periódicos y en un sinfín de libros que, con certeza, no leyeron: la historia del célebre túnel, que a los ojos de la mirada extraviada de nuestro autor, debía ser como el túnel del Simplón, esto es, una ancha autopista de entrada y de salida. Es lógico, por lo demás, que Collon no dude en dar por bueno el calificativo de ’barrios serbios’, asignado a determinadas partes de la capital bosnia. Es el mismo calificativo empleado por tantos medios de comunicación occidentales que preferían olvidar que si esos barrios eran ’serbios’ lo eran por efecto de la ’limpieza étnica’ en ellos practicada.

La propia dinámica del conflicto en Bosnia-Hercegovina se convierte en un estéril ejercicio de contrainformación. Nuestro autor se sorprende, por lo pronto, de que ’los musulmanes’ quisieran prolongar la guerra: ¿qué secreto hay en ello, cuando su posición era la menos cómoda y su futuro en la paz el menos halagüeño? Aunque en la opinión de Collon el embargo de armas que pesaba sobre el gobierno bosnio fue constantemente violado -no tiene el coraje de recordarnos cómo las milicias serbobosnias se nutrían al tiempo de los arsenales del ejército federal yugoslavo, la cuarta fuerza militar del continente europeo en 1990-, las cifras que él mismo maneja revelan bien a las claras la entidad de unas violaciones del embargo que, entre otras cosas, no permitieron dotar de armas pesadas a la Armija (milicias bosnias). Con estos antecedentes es fácil entender por qué Collon estima que lo ha dicho todo cuando afirma que el acuerdo de Dayton fue, simplemente, una pax americana: si por tal hay que entender la legitimación del grueso de los resultados de la guerra -algo que Simplicissimus parece ignorar-, hay que convenir que el término conviene perfectamente al acuerdo suscrito a finales de 1995.

¿Qué crédito hay que dar, por otra parte, a un texto que hace uso profuso de las opiniones de un impresentable como lord Owen? Su tesis general, que hubiera sido de interesante aplicación al gobierno republicano español en 1937 y al emir de Kuwait en el golfo Pérsico en 1991 era que el gobierno bosnio (éste es el adjetivo correcto, toda vez que en su presencia había, aunque Collon lo ignore, bosniacos, serbios y croatas) debía rendirse cuanto antes para así ahorrarle sufrimientos a la población. ¿Qué decir de un texto que sin rubor le da crédito a un personaje, Paul Marie de la Gorce, que el propio Collon califica de gaullista?

Pero agreguemos una mención rápida de otros dos ejercicios baldíos de contrainformación: los relativos a los campos de concentración y a lo ocurrido en Srebrenica en julio de 1995. Por lo que a los primeros se refiere, nuestro autor se contenta con subrayar la distancia, por lo demás evidente, entre campos de exterminio y campos de concentración, con lo que elude considerar la existencia, también evidente, de elementos comunes entre las políticas de Karadzic y las de Hitler. No duda, por lo demás, y al igual que otros, en echar mano de los testimonios de gentes que, como Elie Wiesel y Simon Wiesenthal, muestran un explicable empeño en recordar que los campos y las atrocidades nazis fueron mucho más duros. Lo de Srebrenica tiene más peso, aunque a primera vista parece como si Collon hubiese rehuido cualquier contestación de la versión ’oficial’. ¿Es que no serían solventes sus fuentes de contrainformación? Las menciones pasajeras e irrelevantes dejan abierto el camino, sin embargo, a la afirmación -no acompañada de ningún dato, ni enjundioso ni baladí, que la sustente: sólo se trata de algo que alguien ha soplado «al oído de los periodistas»- de que «Ios Musulmanes habrían sacrificado la ciudad para provocar una acción de Occidente». Así pues, se nos sugiere, los culpables no son los asesinos, sino gentes tan insanas que no dudan en provocar el suicidio de varios millares de compatriotas. Al fin y al cabo, y como todo el mundo sabe, los puentes de Belgrado y de Novi Sad fueron destruidos, no por la OTAN, sino por el ejército yugoslavo.

Vistas las cosas se impone una conclusión: el de Collon es un revisionismo a lo tudjrnaniano -semejante al practicado por quien ha sido el presidente croata durante la desintegración de Yugoslavia-, en el que los elementos xenófobos están a flor de piel. Es posible que en todo lo que critica haya elementos merecedores de sospecha, pero no hay ningún motivo para pensar que aquello que reivindica se asienta en algo que recuerde, siquiera lejanamente, a la verdad.

4. Una curiosa lectura del problema nacional (yugoslavo y general).

El libro de Collon refleja una dramática incomprensión del hecho nacional: por mucho que de vez en cuando nuestro autor parezca coquetear con otros contenidos, los nacionalistas que aparecen retratados son siempre gentes perversas.

Collon sostiene, en primer lugar, que, en virtud de su condición de país multiétnico y multicultural, era absurdo dividir Yugoslavia. El mensaje es muy interesante por su fácil traslado a otros escenarios, por su no menos fácil y universal empleo por los detentadores del poder y por su visible reducción a la nada de algo tan enjundioso como es la cuestión nacional en su relación, obvia, con los Estados. Esto aparte, el aventurero Simplicissimus exculpa de toda responsabilidad a quienes operaron, en Serbia, desde la atalaya de un ’nacionalismo central’, en la medida en que -como ya sabemos, a los ojos de nuestro autor ese nacionalismo no era sino uno más entre otros y los movimientos principales los dieron, por añadidura, potencias foráneas. Ya hemos puesto sobre aviso al lector de la inutilidad de buscar el concepto de ’gran Serbia’ en las páginas de «El juego de la mentira». Para cerrar el círculo, nuestro hombre no ahorra tópicos: cuando se pregunta por qué mientras Europa se unificaba se procedía a «trocear Yugoslavia en una serie de pequeños Estados débiles e inviables», no hace otra cosa que formular pobremente una de las críticas omnipresentes en los discursos antinacionalistas en vigor entre nosotros. Los Estados realmente existentes, nos está diciendo, son sagrados.

La cuestión de la autodeterminación también tiene su miga. Collon se muestra muy preocupado por la ilegalidad de los referéndums de autodeterminación -qué curiosa preocupación ésta por los aspectos formales- de Eslovenia, Croacia y Bosnia-Hercegovina -considera relevante e indiscutible, por cierto, que esta última sólo durante un período muy breve haya sido un Estado, en lo que es un lugar común más en tantos discursos antinacionalistas-, pero nada interesado en reseñar la paralela ilegalidad de la abolición de las condiciones autónomas de Kosova y la Vojvodina. Aunque está cargado de razón cuando subraya que la nueva Constitución croata suprimió la mención de los serbios como nación constituyente de la república, se olvida de mencionar que fórmulas semejantes cobraban cuerpo en Serbia. Más allá de eso, y aun cuando no va desencaminado al afirmar que cada cual -no sólo Alemania, claro- aplica el principio de autodeterminación según le conviene, se apunta sin rubor a la tesis de que el principio en cuestión no genera sino una dependencia más aguda. En realidad lo que nos viene a decir es que cuando quienes se autodeterminan son los ricos, el procedimiento es moralmente execrable; cuando lo hacen los pobres conduce, en cambio, a una situación todavía más lamentable que la previa. La conclusión parece entonces servida: carece de sentido luchar por la autodeterminación.

Por no faltar ni siquiera falta el chabacano y manido argumento de que, si todos acaban por autodeterminarse, ¿por qué no habremos de aceptar la autodeterminación «de los carteros, los conserjes o los filatélicos?». De nuevo la conclusión parece fácil: sólo los Estados pueden autodeterminarse, propuesta un tanto estrambótica porque es precisamente lo que suelen hacer. Pero no todo acaba aquí. Los amigos nacionalistas hechizados por la palabrería colloniana están de enhorabuena, porque nuestro hombre tampoco deja de echar mano de uno de los argumentos más gloriosos defendidos desde el estatalismo más abyecto: el que entiende que una declaración de independencia es, por lógica, una declaración de guerra... y que la culpa al respecto la tiene el que opta por la primera, y no el que decide utilizar la fuerza para dejar las cosas como estaban.

5. La centralidad de la responsabilidad exterior.

Una vez satanizados los nacionalismos autóctonos, y homologadas sus responsabilidades, el análisis de Collon se entrega a la demostración de que el impulso de la desintegración de Yugoslavia procedió de fuera. Esta visión de los hechos tiene un innegable valor añadido: en la medida en que el satánico impulso foráneo actuó como estímulo de determinados nacionalismos -el croata y el bosniaco-, pero no operó de la misma manera con el restante -el serbio-, la inicial operación de homologación de responsabilidades se torna, en una inversión formidable, en un paradójico procedimiento de legitimación del nacionalismo que a los ojos de tantos es responsable fundamental de la desintegración yugoslava.

No es mi intención glosar en detalle -no creo que tenga mucho interés a los efectos de la discusión que me ocupa- el análisis colloniano relativo a la confrontación entre las potencias capitalistas. Sabido es que Collon, como tantos otros, no duda en recurrir a fórmulas que, del tipo «el gobierno alemán hizo estallar Yugoslavia», niegan a los agentes locales cualquier tipo de responsabilidad al respecto. Parece como si en un principio la culpa de todo hubiese correspondido a Alemania, un país con capacidades poco menos que ilimitadas, que desde al menos quince años antes había tramado sesudamente los pasos que debía seguir. Mi impresión es que, más adelante, Collon exagera la capacidad y la voluntad de oposición de Francia y de la propia Alemania frente a los Estados Unidos, y ello aunque probablemente no vaya desencaminado en su análisis sobre las divergencias existentes entre las grandes potencias occidentales.

De todos los datos manejados -y sin excluir los ya mencionados insertos en la singular concepción colloniana de la autodeterminación-, el que más sorprende, por su magnitud distorsionadora, es el que recuerda que los reconocimientos alemanes de Eslovenia y de Croacia -siempre los reconocimientos alemanes- provocaron la guerra. Qué curioso es que la guerra a la que se refiere Simplicissimus -la serbo-croata de la segunda mitad de 1991- se produjese antes de los reconocimientos alemanes y tocase a su fin -ojo que no digo que ésta fuese la causa- casi de forma coetánea con aquéllos. Y es que, aunque a menudo se olvide, Alemania no reconoció a Eslovenia y a Croacia una vez éstas emitieron sus declaraciones de independencia a finales de junio de 1991, sino seis meses después, el lapso exacto de esa guerra que a los ojos de Colion fue provocada por los reconocimientos germanos.

En su deseo de atribuir responsabilidades a agentes externos al Estado yugoslavo, nuestro autor parece entender que la guerra en Bosnia-Hercegovina fue, también, la consecuencia del reconocimiento internacional de una nueva república. Como en el caso de Merlino, no hay ni una sola consideración que permita calibrar cuáles fueron los movimientos asumidos por los dirigentes serbios y croatas en los meses anteriores a la declaración de independencia bosnia. Para Collon no existían ni ’regiones autónomas’ ilegalmente creadas y animadas desde Serbia, ni procesos semejantes alentados desde Croacia en la Hercegovina occidental, ni negociaciones en la sombra, entre Milosevic y Tudjman, para repartirse el país. Aunque tal vez en este caso Collon ha preferido callar sobre esto último porque tales negociaciones -reforzadoras del poder de dos Estados ’comme il faut’ y razonablemente insertas en una línea argumental, la de nuestros propios estalinistas, que considera relevante que en el pasado Bosnia no hubiese sido un Estado como no fuese en un período muy breve de tiempo- le parecen cargadas de sensatez.

La ignorancia de Collon se revela, de cualquier modo, a través de algún error clamoroso. En un momento determinado señala que Alemania reconoció a Bosnia-Hercegovina el 6 de abril de 1991 para hacer coincidir provocadoramente el evento con el cincuenta aniversario del bombardeo nazi de Belgrado. El error es imperdonable en cualquier persona que tenga un conocimiento mínimo de la desintegración de Yugoslavia: en abril de 1991 ninguna república yugoslava se había declarado independiente y ninguna, por tanto, aspiraba a un reconocimiento externo. La fecha correcta es el 6 de abril de 1992, y parece que rompe un tanto la espectacularidad de la efeméride (seguro que Collon ha copiado el dato de algún analista espabilado). Qué no decir en fin, de esta enigmática frase que nuestro hombre extrae de la revista Cover Action: «Eslovenia y Croacia han sido empujadas de forma manifiesta hacia su independencia mucho antes de que estallaran los combates entre el ejército nacional yugoslavo y las fuerzas territoriales eslovenas en la primavera de 1991». Lo de menos es que los combates se produjesen en el verano de 1991. Lo que la cita enuncia es una obviedad: claro que las declaraciones de independencia se produjeron antes que los combates. Y las dos repúblicas invocadas fueron empujadas hacia la independencia por el gobierno serbio y sus políticas, que otorgaron una inesperada justificación a conductas que en otro escenario hubiesen parecido impresentables.

Aunque no es mi propósito discutir la parte correspondiente, la más gruesa del libro, creo que Collon se pierde al explicar cómo se concretan en el escenario preciso de los Balcanes sus reflexiones sobre el macroprograma capitalista de control de la Europa central y oriental. Collon no explica, en otras palabras, precisamente aquello que se supone tiene que explicar: por qué Bosnia-Hercegovina, o Kosova, son hitos fundamentales en el despliegue de ese macroprograma. Se pierde también cuando, después de recordar, como es lo suyo, la dimensión de dominio estratégico que impregna buena parte de la política exterior rusa, prescinde de ella en un análisis que parece sugerir que todos los flujos encaminados a acrecentar dominaciones externas en el Caspio o en el Asia central son protagonizados por las potencias occidentales. Y eso que, dicho sea de paso, su rápido análisis sobre el patético papel que desempeña en la Federación Rusa el Partido Comunista que lidera Ziugánov no puede ser más lúcido. Nada de lo anterior obsta para que el grueso de las opiniones de Collon sobre la OTAN sea merecedor de apoyo. En efecto, y tal y como lo señala al principio del libro, no hay ningún motivo para darle crédito a la idea de que la OTAN ha conseguido convertirse en un ángel de la guarda humanitario.

6. Concluyendo.

Uno quiere creer que realmente el problema de Collon es su mala información y su desvarío, porque resulta difícil dar crédito a la posibilidad de que conscientemente haya ido tan lejos en el ocultamiento y la manipulación. Afortunadamente, entre nosotros no faltan los materialistas dialécticos perplejos ante semejante insania intelectual y horrorizados ante los parabienes que textos como «El juego de la mentira» reciben de los estalinistas locales. Éstos acostumbran ignorar lo mucho que a menudo se parecen a todo aquello que con tanta devoción critican.


NI OTAN NI MILOSEVIC: EL BALANCE DE LA IZQUIERDA DESPUÉS DE KOSOVA

Carlos Taibo

La Catarata, 2000

pp. 50-69

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