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¿Estamos en guerra? ¿tenemos un enemigo?

Slavoj Zizek, sacado de la ACP

Sección:Documental
Lunes 18 de julio de 2005 0 comentario(s) 2348 visita(s)

Cuando Donald Rumsfeld designó a los prisioneros Taliban ’combatientes ilegales’ (como contraste respecto a los prisioneros de guerra ’normales’), no sólo quiso decir que su actividad terrorista criminal los situara fuera de la ley: cuando un ciudadano americano comete un crimen, incluso uno tan serio como el asesinato, sigue siendo un ’criminal legal’. La distinción entre criminales y no-criminales no tendria relación con la que se establece entre ciudadanos ’legales’ y aquellos a los que se denomina ’sin papeles’. Pero quizá la categoría del homo sacer, utilizada de nuevo por Giorgio Agamben en "Homo Sacer: Sovereign Power and Bare Life" (1998), es más útil aquí. Designaba, en la antigua ley romana, a alguien que podía ser asesinado con impunidad y cuya muerte carecía, por la misma razón, de valor como sacrificio. Hoy, como término que denota exclusión, puede verse cómo se aplica no sólo a los terroristas, sino también a todos los que están en el extremo receptor de la ayuda humanitaria (ruandeses, bosnios, afganos), así como a los Sin Papeles en Francia y los habitantes de las favelas en Brazil o los ghettos afroamericanos en EEUU.

Los campos de concentración y los campos humanitarios de refugiados son, paradójicamente, las dos caras, ’inhumana’ y ’humana’, de una matriz sociológica. Preguntado sobre los campos de concentración alemanes en la Polonia ocupada, ’Campo de Concentración’ Erhardt (en el Ser o no Ser de Lubitsch) responde: ’Nosotros hacemos la concentración, y los polacos acampan’. Una distinción similar se aplica a la bancarrota de Enron, que puede ser vista como un comentario irónico sobre la noción de una sociedad de riesgo. Miles de empleados que perdieron sus trabajos y sus ahorros fueron ciertamente expuestos a un riesgo, pero sin tener una elección real: lo que era un riesgo para aquellos que sabían de qué iban las cosas era ciego destino para ellos. Aquellos que tenían un sentido de los riesgos reales, los altos directivos, también tuvieron una oportunidad de intervenir en la situación; pero eligieron en cambio minimizar el riesgo para sí mismos obteniendo el dinero de sus acciones antes de la bancarrota. Los riesgos y elecciones fueron entonces agradablemente distribuídos; en la sociedad del riesgo, en otras palabras, algunos (los directivos de Enron) tienen las elecciones, mientras que otros (los empleados) toman los riesgos.

La lógica del homo sacer es claramente discernible en la forma en que los medios occidentales informan sobre la Franja Oriental ocupada; cuando el Ejército de Israel, en lo que Israel describe como una operación de ’guerra’ ataca a la policía palestina y destruye sistemáticamente las infraestructuras palestinas, la resistencia es citada como la prueba de que estamos teniendo que vernoslas con terroristas. La paradoja se inscribe en la propia noción de ’guerra contra el terror’ —una extraña guerra en la que el enemigo es criminalizado si se defiende y devuelve el fuego con fuego. Lo cual me trae de vuelta al ’combatiente ilegal’ que no es ni un soldado enemigo ni un criminal común. Los terroristas de Al-Qaeda no son soldados enemigos, ni son tampoco simples criminales; los EEUU rechazaron cualquier noción de que los ataques sobre el WTC debieran ser tratados como actos criminales apolíticos. En resumen, lo que está emergiendo disfrazado del Terrorista sobre el que se declara la guerra es el combatiente ilegal, el Enemigo Político excluído del ruedo político.

Este es otro aspecto del nuevo órden global: no tenemos ya guerras en el viejo sentido del conflicto entre estados soberanos en el que ciertas reglas se aplican (relacionadas con el tratamiento a los prisioneros, la prohibición de ciertas armas, etc). Dos tipos de conflicto permanecen: luchas entre grupos de homo sacer (’conflictos étnico-religiosos’ que violan las reglas de los derechos humanos universales, no cuentan como guerras propiamente dichas, y necesitan de una intervención ’humanitaria pacifista’ por parte de los poderes occidentales), y ataques directos sobre EEUU u otros representantes del nuevo órden global, en cuyo caso, de nuevo, no tenemos guerras propiamente dichas, sino meramente ’combatientes ilegales’ resistiendo a las fuerzas del órden universal. En este segundo caso, uno no puede siquiera imaginar una organización humanitaria neutral como la Cruz Roja mediando entre las partes en conflicto, organizando un intercambio de prisioneros y demás, ya que uno de los bandos en conflicto -la fuerza global dominada por EEUU- ya ha asumido el papel de la Cruz Roja, en el sentido de que no se percibe a sí mismo como uno de los lados en conflicto, sino como un agente mediador de la paz y el órden global, aplastando la rebelión y, simultáneamente, proporcionando ayuda humanitaria a la ’población local’.

Esta extraña ’coincidencia de los opuestos’ alcanzó su clímax cuando, hace unos meses, Harald Nesvik, miembro derechista del Parlamento de Noruega, propuso a George W.Bush y Tony Blair como candidatos para el Premio Nobel de la Paz, citando su papel decisivo en la ’guerra contra el terror’. Así, el slogan orwelliano de ’la Guerra es la Paz’ finalmente se convierte en realidad, y la acción militar contra los Taliban puede ser presentada como una forma de garantizar la distribución segura de ayuda humanitaria. Ya no tenemos una oposición entre guerra y ayuda humanitaria: la misma intervención puede funcionar en ambos niveles simultáneamente. El derribo del régimen Taliban se presentó como parte de la estrategia para ayudar a las gentes afganas oprimidas por los Taliban; como dijo Tony Blair, podríamos tener que bombardear a los Taliban para poder asegurar el transporte y distribución de la comida. Quizá la imagen definitiva de la ’población local’ como homo sacer es la del avión de guerra norteamericano sobrevolando Afganistán: uno nunca puede estar seguro de si estará soltando bombas o paquetes de comida.

Este concepto de homo sacer nos permite entender las numerosas llamadas a repensar los elementos básicos de las nociones contemporáneas de dignididad y libertad humanas que han surgido tras el 11 de septiembre. Como claro ejemplo, el artículo en Newsweek de Jonathan Alter, "Momento de Pensar sobre la Tortura" (5 de noviembre de 2001), con este ominoso subtítulo: "Es un nuevo mundo, y la supervivencia podría requerir viejas técnicas que parecían fuera de toda discusión". Tras flirtear con la idea israelí de legitimizar la tortura física y psicológica en casos de extrema urgencia (cuando sabemos que un prisionero terrorista posee información que podría salvar cientos de vida), y con afirmaciones ’neutrales’ como ’Algunas torturas claramente funcionan’, concluye:

No podemos legalizar la tortura; es contraria a los valores americanos. Pero incluso mientras seguimos hablando contra los abusos a los derechos humanos alrededor del mundo, necesitamos tener una mente abierta sobre ciertas medidas para combatir el terrorismo, como el interrogatorio psicológico aprobado en un juzgado. Y tendremos que pensar sobre transportar algunos sospechosos a nuestros aliados menos escrupulosos, incluso si eso es hipócrita. Nadie dijo que esto fuera a ser bonito.

La obscenidad de tales afirmaciones es descarada. Primero, ¿por qué aislar el ataque al WTC como justificación? ¿No han habido crímenes más horribles en otras partes del mundo en los años recientes?. Segundo, ¿qué hay de nuevo en esta idea? La CIA ha estado instruyendo a sus aliados militares en latinoamérica y en el tercer mundo sobre prácticas de tortura durante décadas. Incluso el argumento ’liberal’ citado por Alan Dershowitz es sospechoso: ’No estoy a favor de la tortura, pero si vas a tenerla, al menos podría tener que ser aprobada en un juzgado". Cuando, llevando esta línea un paso más allá, Dershowitz sugiere que la tortura en una situación de ’cuenta atrás’ no está dirigida a los derechos del prisionero como persona acusada (la información obtenida no será usada en un juicio contra él, y la tortura en sí no contará formalmente como castigo), el mensaje subyacente es aún más inquietante, implicando como lo hace que debería permitírsele a uno torturar no como una parte de un castigo merecido, sino sencillamente porque saben algo. ¿Por qué no ir más lejos aún y legalizar la tortura de prisioneros de guerra que podrían tener información susceptible de salvar cientos de vidas de nuestros soldados? Si la elección es entre la ’honestidad’ liberal de Dershowitz y la vieja ’hipocresía’, mejor estaríamos con la ’hipocresía’. Puedo imaginar bien que, en una situación específica, confrontado con ese ilusorio ’prisionero que sabe’ y cuyas palabras pueden salvar a miles, yo personalmente decidiese a favor de la tortura; sin embargo, incluso (o más bien, precisamente) en un caso como este, es absolutamente crucial que uno no eleve esta elección desesperada a la categoría de principio universal: que dada la urgencia inevitable y brutal del momento, uno simplemente lo hiciera. Sólo de esta forma, en la propia prohibición contra elevar lo que hemos hecho en un principio universal, retenemos un sentido de la culpa, una consciencia de lo inadmisible de lo que hemos hecho.

En resumen, todo auténtico liberal debería ver estos debates, estas llamadas a ’mantener la mente abierta’ como una señal de la victoria de los terroristas. Y, en cierto modo, ensayos como el de Alyer, que no defienden abiertamente la tortura sino que la introducen como un tema legítimo de debate, son aún más dañinos que los apoyos explícitos. En este momento al menos, apoyarlo explícitamente sería rechazado como demasiado escandaloso, pero la mera introducción de la tortura como un tema legítimo de debate nos permite cotejar mientras retenemos una consciencia limpia. (’Claro que estoy contra la tortura, ¿pero quién sale herido si tan sólo la discutimos?’). Admitir la tortura como tema de debate cambia el campo de juego al completo, mientras que la defensa directa permanece meramente idiosincrática. La idea de que, una vez dejamos que el genio salga de la botella, la tortura puede mantenerse en unos límites ’razonables’, es la peor ilusión liberal, aunque sea porque el ejemplo ’contrarreloj’ es engañoso: en la vasta mayoría de los casos la tortura no se lleva a cabo para resolver una situación ’contrarreloj’, sino por razones bastante distintas (para castigar un enemigo o romperle psicológicamente, para aterrorizar a una población, etc). Toda posición ética consistente ha de rechazar tal razonamiento utilitario-pragmático. Un sencillo experimento mental: imaginemos a un periódico árabe argumentando sobre si torturar a los prisioneros americanos; pensemos en la explosión de comentarios sobre barbarie fundamentalista y falta de respeto por los derechos humanos que esto causaría.

Cuando a principios de Abril los americanos capturaron a Abu Zubaydah, supuestamente el número dos de Al-Qaeda, la pregunta de si debería ser torturado fue discutida abiertamente en los medios. En una declaración emitida por la NBC el 5 de abril, Rumsfeld reclamó que su primera prioridad eran las vidas americanas, no los derechos humanos de un terrorista de alto rango, y atacó a los periodistas por manifestar tal preocupación por el bienestar de Zubaydah, despejando abiertamente el camino para la tortura. Alan Dershowitz dio un espectáculo aún más triste. Sus reservas se referían a dos puntos en particular: 1. Zubaydah no es un caso claro de situación ’contrarreloj’, es decir, no está probado que tenga detalles de un ataque terrorista inminente que pudiera ser prevenido obteniendo acceso a este conocimiento a través de la tortura; 2. torturarle aún no estaría cubierto legalmente; para que esto sucediera uno tendría primero que entrar en un debate público y entonces reformar la constitución norteamericana, proclamando públicamente aquellos detalles en los que EEUU ya no seguiría la Convención de Génova que regula el tratamiento de los prisioneros enemigos.

Un precursor notable en este campo de ’biopolíticas’ para-legales en las que las medidas administrativas sustituyen gradualmente el dominio de la ley, fue el régimen de Alfredo Stroessner en Paraguay en los 1960s y 1970s, que llevó la lógica del estado de excepción a un extremo absurdo, aún no superado. Bajo Stroessner, Paraguay era -en cuanto a su órden constitucional- una democracia parlamentaria ’normal’ con todas las libertades garantizadas; sin embargo, ya que, como declaraba Stroessner, estábamos todos viviendo en un estado de emergencia debido a la lucha mundial entre Libertad y Comunismo, la implantación completa de la Constitución era pospuesta permanentemente y se obtenía un estado de emergencia permanente. Este estado de emergencia se suspendía cada cuatro años por un sólo día, el de las elecciones, para legitimizar el mandato del Partido Colorado de Stroessner con un 90% de mayoría. La paradoja es que el estado de emergencia era el estado normal, mientras que la libertad democrática ’normal’ era una excepción brevemente activada. Este horripilante régimen anticipó algunas de las tendencias claramente perceptibles en nuestras sociedades liberal-democráticas después del 11 de Septiembre. ¿No está la retórica de hoy de la emergencia global en la lucha contra el terrorismo, legitimizando más y más suspensiones de derechos y de lo legal? El aspecto ominoso de la declaración reciente de John Ashcroft sobre que ’los terroristas utilizan la libertad de América como un arma contra nosotros’ acarrea las obvias implicaciones de que deberíamos limitar nuestra libertad para defendernos a nosotros mismos. Tales afirmaciones por parte de altos oficiales americanos, especialmente Rumsfeld y Ashcroft, junto con la explosiva muestra de ’patriotismo americano’ tras el 11 de Septiembre, crean el clima para lo que se corresponde con un estado de emergencia, con la ocasión que provee para una suspensión potencial del dominio de la ley, y la aserción de la soberanía del estado sin ’excesivos’ problemas legales. América está, después de todo, como dijo el Presidente Bush inmediatamente después del 11 de Septiembre, en estado de guerra. El problema es, precisamente, que no lo está; al menos no en el sentido convencional del término (para la gran mayoría, la vida diaria continúa y la guerra sigue siendo el negocio exclusivo de las agencias del estado). Así, con la frontera entre el estado de guerra y el estado de paz difuminados, estamos entrando en una etapa en que el estado de paz puede al mismo tiempo ser un estado de emergencia.

Tales paradojas también dan la clave sobre la forma en que la emergencia liberal-totalitaria representada por la ’guerra contra el terror’ se relaciona con el auténtico estado revolucionario de emergencia, articulado primero por San Pablo en su referencia al ’fin de los tiempos’. Cuando una institución del estado proclama un estado de emergencia, lo hace por definición como parte de una estrategia desesperada para evitar la verdadera emergencia y volver al ’curso normal de las cosas’. Es, recordarás, una característica de todas las proclamaciones reaccionarias de un ’estado de emergencia’ el que estén dirigidas contra el desorden público (’confusión’) y sean presentadas como una resolución para restaurar la normalidad. En Argentina, en Brasil, en Grecia, en Chile, en Turquía, los militares que proclamaron un estado de emergencia lo hicieron para atar el ’caos’ de una politización absoluta. En resumen, las proclamaciones reaccionarias de un estado de emergencia son en realidad una defensa desesperada contra el auténtico estado de emergencia.

Hay una lección que hay que aprender aquí de Carl Schmitt. La división amigo/enemigo nunca es sencillamente un reconocimiento de diferencia "de hecho". El enemigo es por definición siempre (hasta cierto punto) invisible: no puede ser reconocido directamente porque parece uno de nosotros, que es por lo que el gran problema y tarea de la lucha política es proveer/construir una imagen reconocible del enemigo (los judíos son el enemigo por excelencia no porque oculten su verdadera imagen o contornos sino porque no hay nada tras sus engañosas apariencias: es decir, carecen de la ’forma interna’ que pertenece a toda identidad nacional, son una no-nación entre naciones, su substancia nacional reside precisamente en la falta de substancia, en una plasticidad sin forma, infinita). En resumen, el ’reconocimiento del enemigo’ es siempre un procedimiento llevado a cabo para descubrir/construir la ’verdadera cara’ del enemigo. Schmitt se refiere a la categoría kantiana Einbildungskraft, el poder trascendental de la imaginación: para poder reconocer al enemigo, uno ha de ’esquematizar’ la figura lógica del Enemigo, proveyéndolo con características concretas que lo convertirán en un objetivo apropiado para el odio y la lucha.

Tras el colapso de los estados comunistas que dieron lugar a la figura del Enemigo de la Guerra Fría, la imaginación occidental entró en una década de confusión e ineficacia, buscando esquematizaciones adecuadas del Enemigo; desplazándose de los narcotraficantes a la sucesión de señores de la guerra en los ’estados delincuentes’ (Saddam, Noriega, Aidid, Milosevic) sin establecerse en una imagen central: tan sólo con el 11 de Septiembre esta imaginación obtuvo de nuevo su poder construyendo la imagen de Bin Laden, el fundamentalista islámico, y Al-Qaeda, su red ’invisible’. Lo que esto significa, más allá, es que nuestras democracias liberales plurales y tolerantes siguen siendo profundamente Schmitteanas: siguen dependiendo del Einbildungskraft político para proveerse de la figura apropiada para volver visible al Enemigo invisible. Lejos de suspender la lógica binaria Amigo/Enemigo, el hecho de que el Enemigo se defina como el oponente fundamentalista de la tolerancia plural añade meramente giro reflexivo. Esta ’renormalización’ ha implicado la figura del Enemigo a través de un cambio fundamental: no es ya el Imperio Malvado, otra entidad territorial, sino una red virtual mundial ilegal y secreta en la que la falta de ley (criminalidad) coincide con el fanatismo ’fundamentalista’ ético-religioso; y dado que esta entidad no tiene un status positivo legal, la nueva configuración ocasiona el fin de la ley internacional que, al menos desde el comienzo de la modernidad, regulaba las relaciones entre los estados.

Cuando el Enemigo sirve como el ’punto de capitonaje’ (el ’point de capiton’ lacaniano) de nuestro espacio ideológico, es para unificar la multitud de nuestros oponentes políticos actuales. Así, el estalinismo en los años 30 construyó la agencia del Capital Monopolista Imperialista para probar que los Fascistas y los Socialdemócratas (’Social Fascistas’) eran ’hermanos gemelos’, las ’manos izquierda y derecha del capital monopolista’. Así, construyó el nazismo la ’conspiración plutocrática-bolchevique’ como el agente común que amenazaba el bienestar de la nación germana. El capitonaje es la operación a través de la cual identificamos/construímos una agencia que ’tira de los hilos’ tras una multitud de oponentes. Exactamente lo mismo sirve para la ’guerra contra el terror’ hoy, en la que la figura del Enemigo terrorista es también una condensación de dos figuras opuestas, el ’fundamentalista’ reaccionario y el resistente izquierdista. El título del artículo de Bruce Barcott en la revista del New York Times el 7 de Abril, ’De Abraza-árboles a Terrorista’, lo dice todo: el auténtico peligro no viene de los fundamentalistas de derecha responsables de la bomba en Oklahoma,y con toda probabilidad de los sustos con anthrax, sino de los Verdes, que nunca han matado a nadie. La característica ominosa que subyace a todo este fenómeno es la universalización metafórica del significante ’terror’. El mensaje de la más reciente campaña americana contra las drogas es: ’¡Cuando compras drogas, das dinero a los terroristas!’. El ’terror’ por tanto se eleva hasta convertirse al punto oculto de equivalencia entre todos los males sociales. ¿Cómo podemos entonces romper esta prédica?

Un evento de los que hacen época tuvo lugar en Israel en Enero y Febrero: cientos de reservistas se negaron a servir en los Territorios Ocupados. Estos ’refuseniks’ no son tan sólo ’pacifistas’: en sus proclamaciones públicas, ponen todo su énfasis en que han cumplido con su deber luchando por Israel en las guerras contra los estados Árabes, en los que algunos de ellos tuvieron altas condecoraciones. Lo que reclaman es que no pueden aceptar luchar ’para dominar, expulsar, llevar hambre y humillar a todo un pueblo’, documentando esto mediante descripciones detalladas de atrocidades cometidas por las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF), desde el asesinato de niños a la destrucción de propiedad palestina. Describe así un sargento del IDF, Gil Nemesh, la ’pesadillesca realidad en los territorios’ en la página web de los refuseniks (www.seruv.org.il):


Amigos míos; forzar a un hombre anciano a deshonrarse, dañar a los niños, abusar de la gente por diversión y después presumir de ello, riendo sobre esta terrible brutalidad... No estoy seguro de si quiero seguir llamándoles mis amigos... Dejan que su humanidad se pierda, pero no por vicio o maldad, sino porque afrontarlo de cualquier otra manera es demasiado difícil.

Los palestinos, e incluso los árabes israelíes (oficialmente ciudadanos de pleno derecho de Israel) son discriminados en la distribución del agua, en la propiedad de la tierra y en otros aspectos innumerables de la vida diaria. Más importante es la micro-política sistemática de la humillación psicológica: los palestinos son tratados, básicamente, como niños malos que tienen que ser traídos de vuelta a una vida honesta a través del castigo y una firme disciplina. Arafat, oculto y aislado en tres habitaciones de su complejo de Ramallah, fue exhortado para que detuviera el terror como si tuviera poder total sobre los palestinos. Hay una paradoja pragmática en el tratamiento israelí de la Autoridad Palestina (atacándola militarmente, mientras que al mismo tiempo se le exige que acaben con los terroristas), a través de la que el mensaje explícito (la órden de detener el terror) es subvertida por el modo en que el mensaje es enviado. ¿No sería más honesto decir que lo insostenible sobre la situación palestina es que a la AP se le pide que ’se resista a nosotros, para poder machacarla’? En otras palabras, ¿y si el verdadero objetivo de la actual intrusión israelí en territorio palestino no es prevenir futuros ataques terroristas, sino efectivamente sacar de lo posible cualquier solución pacífica para el futuro?

Por su parte, la absurdez del punto de vista americano fue perfectamente mostrada en un comentario en televisión por Newt Gingrich el 1 de Abril: ’Ya que Arafat efectivamente es el líder de una organización terrorista, tenemos que echarle y sustituirle por un nuevo líder democrático que esté dispuesto a hacer un trato con el estado de Israel’. Esto no es una paradoja vacía. Hamid Karzai es ya un líder ’democrático’ impuesto externamente sobre un pueblo. Cada vez que el ’líder interino’ de Afganistán aparece en nuestros medios, lleva puestas ropas que parecen una atractiva versión modernizada de la vestimenta tradicional afgana (gorro y jersey de lana de lana bajo un abrigo más moderno, etc), ejemplificando su figura su misión, combinar la modernización con lo mejor de las tradiciones afganas; no es de extrañar, puesto que su aspecto fue soñado por un alto diseñador occidental. Como tal, Karzai es la mejor metáfora para el estado de Afganistán hoy.

¿Y si no hay una mayoría silenciosa ’verdaderamente democrática’ (en el sentido norteamericano del término)? ¿Y si un ’nuevo líder democráticamente elegido’ es aún más anti-Israelí, lo cual no sería sorprendente dado que Israel ha aplicado sistemáticamente la lógica de la responsabilidad y el castigo colectivos, destruyendo las casas de la familia entera de los sospechosos de terrorismo? A lo que voy es, no al tratamiento cruel y arbitrario de los palestinos en los Territorios ocupados, sino que son reducidos al status de homo sacer, objetos de medidas disciplinarias y/o incluso ayuda humanitaria, pero no ciudadanos completos. Y lo que los refuseniks han conseguido es una reconceptualización del palestino de homo sacer a ’vecino’: tratan a los palestinos como ’ciudadanos totalmente iguales’, como vecinos en el sentido estricto judeocristiano. Y ahí reside la difícil prueba ética para los israelíes contemporáneos: ’Ama a tu prójimo’ significa ’Ama a los palestinos’, o no significa nada en absoluto.

Esta negativa de los refuseniks, significativamente ignorada por los principales medios de comunicación, es un auténtico acto ético. Es aquí, en este tipo de actos, que, como Pablo lo habría dicho, no hay ya judíos y palestinos, miembros completos de comunidades políticas y homines sacri. Uno ha de ser descaradamente platónico aquí: este ’¡No!’ designa el milagroso momento en que la Justicia eterna aparece momentáneamente en la esfera de la realidad empírica. Una consciencia de momentos como este es el mejor antídoto contra la tentación antisemita a menudo facilmente detectable entre los críticos de la política israelí.

Traducido por http://www.decondicionamiento.org

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