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“A las cinco de la tarde”, de Samira Makhmalbaf: Afganistán (el dolor) sin etiqueta

Crates Pumares

Sección:Afganistán
Martes 9 de agosto de 2005 0 comentario(s) 1875 visita(s)

“A las cinco de la tarde” es una película realizada por un equipo iraní, encabezado por la directora Samira Makhmalbaf (o Majmalbaf, sin galicismo) y con coproducción francesa. Tuvo un premio en el festival de Cannes del 2003, y ahora llega a las pantallas de Spain en versión original subtitulada -libre de doblajes como el de “Las tortugas también vuelan”, tan correcto como inoportuno-.

La película nos propone un viaje de enorme interés en (a partir de) el Afganistán posterior a los bombardeos “antiterroristas” del 2001 y la derrota de los talibanes. Pero el interés no es ni político -aunque la película está llena de corrosivos cuestionamientos políticos-, ni documental -aunque pueden aprenderse muchas cosas sobre el día a día en Afganistán-, ni concienciador, ni de denuncia retórica y sutilmente eurocentrica, disfrazada de solidaridad “de género” encabezada por diputadas estrella.

El interés reside en la elocuencia espiritual de la película, elocuencia que saque de sí al espectador y estimule la única fuente de la que a lo sumo cabe esperar ‘sensibilización’ y ‘eficacia política’, la deseperación. La película no es recomendable como documental, pero como obra de arte es más eficaz que cien documentales impostando voces de profunda preocupación al ver a mujeres con burka.

Una puesta en escena adecuada a este tipo de sondeo espiritual es una marca de fabrica del tan degustado por los exquisitos cine iraní.”A las cinco de la tarde” no es una excepción; planos largos, pausas sobrecogedoras, actos indiferentes a la impaciencia del espectador, sólo puede recomendarse para un cineforum con adolescentes si el monitor es masoquista o audaz. Una marca de fábrica que a muchos no nos entusiasma nada, pero que en esta película es especialmente oportuna.

Las películas iraníes son conocidas por reducir la anécdota al mínimo, por no proponerla como viaje a la solución, sino como ocasión para la reflexión. No sólo evitan todo tipo de subrayado o diversión técnica, toda imagen grata en sí misma, sino también los acontecimientos espectaculares. Más que horror al vacío, sienten amor al vacío, reduciendo al mínimo los objetos y peripecias que dan lugar a la acción. Una poda, evitación de tentaciones sensibles, que coloca a quienes nos adentramos en la película en la misma tesitura que los personajes, el desafío de llenar un vacío con la escasez que les domina.

Tal planteamiento parece a veces un exceso de coquetería pudorosa, poniéndonos ante obras tan herméticas y despojadas, con las que se hace tan difícil identificarse, que dan ganas de mandarlas a otro perro con ese hueso . Pero mi vivencia en este caso ha sido muy distinta; la estrategia de puesta en escena es aquí incluso más abrupta que en otras ocasiones, la sequedad emocional y concisión del montaje en el plano - contraplano es notoria, pero todo ello me parece adecuado a lo que se nos muestra, la bancarrota de todas las ilusiones de salvación individual en el lugar llamado “Afganistán de postguerra”, las ilusiones de la tradición reaccionaría y las ilusiones de la democratización.

La estrategia de puesta en escena hace que esto no sólo se nos muestre, sino que nos interpele; el espectador no queda en situación de moralizar o imaginar un consejo que ‘redimiese’ a los personajes, tanta es la soledad a la que están abocados en un mundo destruido -soledad incluso entre las muchedumbres sin destino de ‘refugiados’-. La única salida que la película deja al espectador es preguntarse: ¿dónde estoy?

Hay un ejemplo de la peculiar intensidad que consigue la película, que resultará familiar a antimilitaristas. Las películas bélicas “convencionales” -Apocalipsis Now, Platoon- nos han acostumbrado a indignarnos ante la actuación de aviones y helicópteros de combate, mostrándolos en todo su esplendor destructivo, mostrando cómo destripan vidas y destruyen hogares desde su superioridad tecnológica. Nos indignan, y, quizás de paso, nos disuaden con el espectáculo de tanta omnipotencia impune.

Frente a esto, en “A las cinco de la tarde”, se nos muestra de vez en cuando el paso de los aviones simplemente trasladándose de un lado a otro, sobrevolando personajes sumidos en la desolación; pues bien, estos insertos de aviones se incluyen con tanto tino en el discurrir de la película que constituyen una denuncia más contundente que las estruendosas exhibiciones de otras películas, el mero ruido de sus motores resulta un estremecedor subrayado de la desolación que han creado y de su propia vanidad. Más aun, la presencia de los aviones no constituye, como en las películas convencionales, una agresión sensorial al espectador, sino un subrayado de su impotencia, especialmente de la del espectador que sabe que tan gloriosa chatarra es la aportación de “sus representantes políticos” a la situación que le interroga desde la pantalla.

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