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Propongo al valeroso soldado Schwejk como patrón del antimilitarismo

Repaso al inspirador personaje de Hasek

Sección:Historia del antimilitarismo
Jueves 25 de agosto de 2005 6 comentario(s) 9096 visita(s)

El hombre quisiera ser un gigante y en cambio es una mierda. Yo me salgo con la mía, amigo, porque soy un idiota.
Jaroslav Hasek

LAS AVENTURAS DEL VALEROSO SOLDADO SCHWEJK

Verano de 1914. En Sarajevo matan al archiduque Fernando y en una taberna de Praga un tal Schwejk desaprovecha, como de costumbre, una bonita ocasión de callarse delante de un policía secreto en plena búsqueda de desafectos a la causa del Emperador. La velada acaba en la jefatura de policía, donde nuestro héroe, sincero y parlanchín, en poco tiempo logra que le cambien de destino: al manicomio, repleto de enfermos imaginarios, poco entusiasmados con la idea de ser despedazados a mayor gloria del Emperador.

Tras un interesante periplo por calabozos y tribunales varios, Schwejk aparece en el ejército como asistente del capellán castrense Otto Katz. Varios grados más borrachuzo que Schwejk, es el amo ideal para tal criado, pero por desgracia lo pierde a las cartas ante el teniente Lukasch, un oficial mucho más íntegro que ignora la joya que acaba de adquirir. Su nuevo asistente, a base de meter la pata, pronto consigue que les destinen al frente, con lo que comienza un largo viaje por medio Imperio: Bohemia, Hungría, hasta llegar a las tierras devastadas de Galitzia, donde rusos y austrohúngaros se zurran en nombre de los más elevados ideales.

Schwejk recorre todas las estaciones de este Via Crucis armado de inocencia infinita, verborrea aplastante y sentido común a prueba de bombas. Estas cualidades, pese a ganarle pronta fama de imbécil, demuestran ser ideales para relacionarse con la autoridad, esté representada por oficiales, policías, carceleros o un simple cabo, aunque sean sádicos, corruptos, subnormales o simplemente tengan una resaca de muerte. Conoceremos una amplia variedad de tipos y costumbres; nada ni nadie podrá con Schwejk.

El soldado Schwejk es demasiado largo. 600 páginas de anécdotas absurdas y trampas propias de novela picaresca pueden hacerse pesadas si el argumento no avanza, y el libro sería infumable si no hiciera reír tanto. Todos los personajes se desesperan en torno a Schwejk, quien, fiel cumplidor de las órdenes recibidas, consigue infaliblemente el efecto contrario: que ninguna llegue a término. Una buena dosis de inocencia angelical, y tampoco hay castigo que valga.

Jaroslav Hasek no llegó a concluir este libro, que entronca perfectamente en la tradición bohemia del buen vivir: buena cerveza, sencillez, y no tomarse la vida nada en serio. Como Bohumil Hrabal (autor de «Trenes rigurosamente vigilados»), quien seguro que se acordó de Schwejk no sólo para bosquejar alguno de sus personajes, sino probablemente como guía en su propia vida.


ALGUNAS OPINIONES SOBRE EL PERSONAJE

Schwejk, el idiota oficialmente reconocido, sólo hace lo que le dicen. Su superior le hace saber que es un idiota, y Schwejk saluda a partir de entonces con las palabras: «iSoy un idiota!». Justamente por su deseo absoluto de servir a su majestad el Emperador «hasta el último suspiro», hace temblar los fundamentos del Ejército del Imperio Austro-Húngaro. La figura literaria de Schwejk fue creada por Jaroslav Hasek (1883-1923), un autor checo. Entre los años 1920 y 1923, la novela «Las aventuras del valiente soldado Schwejk» fueron publicadas en forma de fascículos coleccionables en Praga. Tras la muerte de Hasek, en 1923, «el Schwejk» de Max Brod llegó a un público literario más amplio. Con esta figura aparece a principios de los años veinte una figura literaria hasta entonces impensable. Se explicaban historias de la vida de soldado de un «héroe desconocido, sin la fama y la historia de un Napoleón», episodios llenos de humor e ironía. En el trasfondo de unas sociedades plenamente militarizadas en la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial, la figura de Schwejk significaba una provocación. El adoctrinamiento militar y la disciplina eran vistas como un fundamento necesario e incuestionable del orden establecido. En esa situación aparece, de repente, una figura que llevando el rol del soldado a su exageración absoluta, siempre yerra su objetivo y de esta manera lleva hasta el absurdo la disciplina, el orden y la obediencia.

El carácter subversivo del valiente soldado Schwejk estriba principalmente en que anuncia a grito en cuello no desear otra cosa todo el tiempo que servir, sin limitación alguna, a la maquinaria social y militar. La capacidad de Schwejk de obedecer y atenerse a las normas al ciento cincuenta por ciento es la condición previa de su método. Él vincula la obediencia al pie de la letra de una orden con una buena porción de artimaña y agudeza, que le permite engañar a sus superiores y hacerles creer que, simplemente, es un idiota. Esto le salva más de una vez de ir a la cárcel, puesto que sólo ha hecho lo que le han ordenado. Su gran punto fuerte estriba en dar la vuelta, invertir y volver en contra las órdenes que le dan sus superiores. Su manera de ejercer la «desobediencia» que, a primera vista, no parece existir, su manera de actuar y pensar siempre al límite de lo permitido, su comportamiento con «la tropa» y su táctica de comunicación con doble sentido lo convierten para sus superiores en una auténtica úlcera de estómago.

La importancia de esta figura literaria estriba, sobre todo, en que llevó el militarismo al absurdo y mostró cómo las virtudes del soldado, y los valores y planteamientos morales a ellas asociadas, pueden convertirse en inservibles para los detentadores del poder.

AFRIKA Grüppe, Manual práctico de guerrilla de la comunicación (Virus, 2000)



Pero si Simplicissimus en su inocencia se horroriza del espectáculo de la guerra, Schwejk, con su acreditada estupidez, lo que hace es poner de manifiesto, al acomodarse a ella, la estulticia del engranaje militar y el ridículo y absurdo entramado sobre el que se levantan las soflamas patrióticas.

José Manuel Fajardo, La epopeya del soldado Schwejk



Así, pues, ya desde su nacimiento el valeroso soldado Schwejk tendría por principal atributo la estupidez: una estupidez a prueba de bombas, redonda y perfecta al extremo de llegar a plantear en algún momento la pregunta de si tanta estupidez en un solo hombre no habría de ser en el fondo la más hábil de las añagazas. Pero la pureza estúpida de Schwejk está más allá de toda duda: es el fiel reflejo de la del mundo que le rodea. Otra cosa es el uso que de ella hace Hasek.

José Manuel Fajardo, La epopeya del soldado Schwejk



El exceso de celo en el cumplimiento de las órdenes al pie de la letra, unido a su crasa ignorancia y a una falta absoluta de prejuicios, su obediencia ciega y a pies juntillas, en definitiva, hacen que el soldado Svejk no solamente parezca “el idiota de la compañía” -en valoración de su autor-, “el idiota oficial”, sino que lo sea, lejos de interpretaciones marxistas como la de Laco Novomesk -“No existe un luchador más perseverante que Josef Svejk. Su arma es una reiterada resistencia pasiva” (1938)-, que ve desobediencia civil donde no hay sino obediencia debida; o la de Ivan Olbracht, que ha querido ver en Svejk un “idiota genial” que “se pone o se quita una máscara grotesca e idiota” (1921), corregida y aumentada en 1933 -“Creo que El buen soldado Svejk es una obra llena de pensamiento, sentimiento y crítica proletarios, creo que es la cumbre de la literatura proletaria checa”-, que pretende ver en el recluta patoso un quintacolumnista comunista o el saboteador que coloca cargas de profundidad en el Titanic imperial austro-húngaro.

Luis Arturo Hernández, Hasek y Svejk, dos caras de la misma corona (II)


FRAGMENTOS DEL LIBRO Y ADAPTACIONES TEATRALES

Lukás

¿Sabe qué, Svejk? Me dan ganas de mandarlo al tribunal militar. El problema es que le absolverían porque jamás en su vida habrán visto a nadie tan colosalmente estúpido como usted. ¿Se ha mirado en el espejo? ¿No le da asco su cara de idiota? Usted es la mayor aberración de la naturaleza que he visto en mi vida. Dígame la verdad, Svejk, ¿se gusta a sí mismo?

Svejk

A sus órdenes, señor teniente, no me gusto en absoluto, porque (señala el espejo) en su espejo me veo torcido. No debe ser un espejo de calidad. En casa de Stanek, un comerciante de ropa china, había un espejo torcido y, cuando te mirabas en él, te daban ganas de vomitar. La boca así, la cabeza como una pila, la panza como la de un canónigo borracho, en fin, un número.

Monika Zgustová, Las aventuras del soldado Svejk, Escena 31



El prefecto

¡Deje de poner esa cara de imbécil!

Svejk

No puedo evitarlo. Me eximieron del servicio militar por estupidez y la comisión me declaró oficialmente imbécil. Soy un idiota oficial.

Monika Zgustová, Las aventuras del soldado Svejk, Escena 4



El doctor Grünstein mantuvo su palabra. Por la mañana llegó la famosa comisión formada por médicos militares. Fueron pasando, junto a cada cama y lo único que se oía era:

- ¡Saque la lengua!

Schwejk la sacó tanto que hizo una estúpida mueca y se le cerraron los ojos.

- Mi lengua no es muy larga, doctor.

Siguió una interesante conversación entre Schwejk y los miembros de la comisión. Schwejk afirmaba que había comunicado esta característica de su lengua temiendo que creyeran que quería esconderla.

En vista de eso la opinión de los miembros de la comisión sobre Schwejk fue extraordinariamente dispar.

La mitad creía que Schwejk era un «tío idiota»; los otros, por el contrario, que era un pillo y que quería burlarse de los militares.

-¡Qué mal tendrían que ir las cosas para que no acabásemos con usted! -gruñó a. Schwejk el presidente de la comisión.

Schwejk los miró a todos con la divina tranquilidad de un niño inocente. El médico de la plana mayor se acercó a él.

¡Me gustaría saber qué es lo que está pensando, puerco marino!

-No estoy pensando absolutamente nada.

-¡ Mil rayos ! -gritó un miembro de la comisión moviendo ruidosamente el sable-. ¡De modo que no piensa absoluta-mente nada! ¿Y por qué no piensa nada, elefante siamés?

-No pienso nada porque a los soldados les está prohibido pensar. Cuando hice el servicio, en el 91, el capitán nos decía siempre: "Un soldado no puede pensar por sí mismo; sus superiores piensan por él. Cuando un soldado empieza a pensar ya no es un soldado sino un vulgar civil. Pensar no conduce a nada...

-¡Cierre el pico! -interrumpió furioso el presidente de la comisión-. Sea como sea ya tenemos informes sobre usted. Este tío quiere que creamos que es un verdadero idiota. No es usted ningún idiota, Schwejk; es usted listo, astuto, es usted un bribón, un impostor, un sinvergüenza, ¿comprende...?

-Comprendo.

-Ya le he dicho que cierre el pico, ¿no lo ha oído? -He oído que he de cerrar el pico.

-¡Dios del cielo! ¡Entonces cierre el pico! Si yo se lo ordeno ya sabe que tiene que obedecer.

-Ya sé que debo obedecer.

Los oficiales se miraron y llamaron al sargento mayor.

- Lleven a ese hombre a secretaría! -dijo el presidente de la comisión señalando a Schwejk- y esperen nuestro informe y nuestro aviso. Ese tipo está más sano que un pez en el agua; sólo finge, habla como una cotorra y se burla de sus superiores. El cree que ustedes e stán aquí sólo para distraerle y que la guerra es un juego. ¡En la prisión militar le enseñarán que la guerra no es ninguna broma, Schwejk!

Schwejk fue a la oficina con el sargento mayor y en el camino por el patio tarareó :

Creía que el servicio no era más que una broma y que sólo duraba una o dos semanas...

Y mientras en la oficina los oficiales que estaban de servicio le gritaban que a los tipos como él habría que fusilarlos, la. comisión, en las salas de los enfermos, mató a los simuladores. De setenta pacientes sólo se salvaron dos: uno al que una granada había arrancado una pierna y otro que padecía verdadera necrosis.

Estos dos fueron los únicos que no oyeron la palabrita: «Apto». Todos los demás, sin exceptuar ni siquiera a los tísicos moribundos, fueron reconocidos como aptos para prestar sus servicios en el frente.

El médico jefe no permitió que se le privara del placer de pronunciar un discurso. Este estaba entretejido con los más variados insultos y era de pobre contenido. Dijo que todos eran unos puercos y unos animales y que sólo si luchaban con valentía por Su Majestad el Emperador podrían volver a la sociedad humana, que sólo así, cuando acabara la guerra, se les podría perdonar que hubieran querido escaparse del ejército y fingir que estaban enfermos. No obstante él creía que a todos ellos les esperaba la soga.

Las aventuras del valeroso soldado Schwejk



El tren militar se encontraba en el terraplén y unos metros más abajo de la ladera había diversos objetos que los soldados rusos fugitivos habían dejado al retroceder por las trincheras del terraplén. Se veían teteras oxidadas, latas, cartucheras, etc. Además, junto a los distintos objetos rodaban rollos de alambrada y vendas de gasa y algodón ensangrentadas. En cierto punto, sobre la trinchera, había un grupo de soldados y el teniente Dub comprobó en seguida que Schwejk se encontraba entre ellos y estaba explicándoles algo.

Así, pues, se dirigió a aquel lugar.

-¿Qué pasa aquí? -preguntó con voz severa colocándose delante de Schwejk.

-A sus órdenes, mi teniente -contestó Schwejk por todos-. Estamos mirando.

-¿Y qué miran? -le gritó el teniente Dub.

-A sus órdenes, mi teniente; estamos mirando la trinchera.

-Y ¿quién les ha dado permiso para hacerlo?

-A sus órdenes; éste es el deseo de nuestro coronel Schlager, de Bruck. Al despedirse de nosotros, cuando nos marchamos camino de la zona de guerra, nos dijo en su discurso que cuando pasáramos por un escenario bélico abandonado lo miráramos todo bien, que nos fijáramos en cómo se ha luchado porque esto puede sernos muy útil. Y ahora, mi teniente, estamos viendo en esta hondonada que un soldado, al huir, tiene que dejarlo todo. A sus órdenes, mi teniente; estamos viendo cuán tonto es que un soldado vaya arrastrando consigo cosas inútiles: va cargado sin necesidad, con lo que se cansa en vano y con el peso le cuesta más luchar.

De repente cruzó por la mente del teniente Dub la esperanza de poder llevar a Schwejk al consejo de guerra por propaganda subversiva, por lo que le preguntó .sin dilación

-¿De modo que usted cree que el soldado ha de echar sus cartuchos, como esos que han caído rodando por esa hondonada, o las bayonetas, como ve allí

-Oh, no, de ninguna manera, mi teniente -contestó Schwejk con una amable sonrisa-. Tenga la bondad de mirar este orinal de hojalata.

Y, en efecto, abajo, en la trinchera, entre trozos de botes, había un provocador orinal corroído por el orín cuyo esmalte había saltado: estos objetos que ya no servían, al parecer los había dejado en aquel lugar el jefe de estación, probablemente para que se transformaran en material del discusión de los arqueólogos de un siglo futuro que quedarían perplejos al descubrir esta población, y a consecuencia de ello en la escuela se hablaría a los niños de una edad de orinales de esmalte.

El teniente Dub miró fijamente este objeto, pero lo único que pudo hacer fue comprobar que realmente era uno de aquellos inválidos que habían pasado su juventud debajo de la cama.

Esto impresionó mucho a todos y cuando el teniente Dub dejó de hablar, Schwejk dijo:

-A sus órdenes, mi teniente. Con uno de esos orinales pasó algo muy cómico en Bad Podébrad. Nos lo explicaron en un restaurante de Weinberge. Entonces se empezaba a publicar en Podbrad la revista Independencia. Su director era el farmacéutico. De redactor pusieron a un tal Ladislaus Hájek Domazlicky. Y ese farmacéutico era un tipo muy curioso porque coleccionaba botes viejos y otras bagatelas hasta que tuvo todo un museo. Una vez, Hájek Domazlicky invitó a Podbrad a un compañero suyo que también escribía en un periódico, y ambos se emborracharon porque no se habían visto en una semana y el amigo le prometió que a cambio de la invitación le escribiría una artículo para la Independencia, esta revista independiente de la que él dependía. Y el compañero le escribió un artículo de un coleccionista que encontró en un viejo orinal de hojalata a orillas del Elba y se pensó que era el yelmo de san Wenceslao, y causó tal sensación que el farmacéutico de Podbrad creyó que la historia iba por él y entonces se peleó con Hájek.

Al teniente Dub le hubiera gustado tirar a Schwejk montaña abajo, pero se contuvo y gritó a todos :

Os digo que no debéis andar por ahí sin hacer nada! ¡Todavía no me conocéis, pero cuando me conozcáis...! Usted, quédese aquí, Schwejk -le dijo en tono amenazador cuando Schwejk se disponía a marchar con los demás.

Se quedaron solos frente a frente y el teniente Dub meditó qué podría decirle que sonara de una manera tremenda, pero Schwejk se le adelantó.

-¡A sus órdenes, mi teniente! Si al menos el tiempo se aguantara... De día no hace tanto calor y las noches son muy agradables, de modo que ahora es el momento más adecuado para hacer la guerra.

El teniente Dub sacó el revólver y preguntó a Schwejk:

-¿Sabes qué es esto?

-A sus órdenes, mi teniente: lo sé. El teniente Lukasch también tiene uno.

-¡Pues fíjate bien! -dijo Dub, muy serio y digno, guardando de nuevo el arma-. Para que sepas que puede ocurrirte algo muy desagradable si sigues, con tu propaganda.

El teniente Dub se alejó repitiéndose:

-Ahora lo he dicho muy bien: con tu propaganda. Si, con tu propaganda.

Antes de subir al vagón, Schwejk anduvo un rato de un lado a otro gruñendo :

-¿Y dónde lo encasillo ahora?

Y cuanto más lo pensaba con mayor claridad veía la denominación de esta clase de personas: «Semifollonero».

Las aventuras del valeroso soldado Schwejk



Los preparativos para matar a las personas se han llevado siempre a cabo en nombre de Dios o de un elevado ser hipotético que han inventado los hombres y que han creado en su fantasía.

Los antiguos fenicios antes de cortar el cuello a un prisionero celebraban una especie de rito sagrado, del mismo modo que algunos milenios más tarde lo hicieron las nuevas generaciones antes de ir a la guerra y matar a sangre y fuego a sus enemigos.

Los caníbales de Guinea y de la Polinesia antes de devorar solemnemente a sus prisioneros, o sea a hombres inútiles como misioneros, viajeros y corredores de diversas firmas comerciales o simples curiosos los ofrecen a sus dioses ejecutando los más variados ritos religiosos. Como que a ellos todavía no les ha llegado la cul a del ornato adornan sus piernas con coronas y vistosas plumas de pájaros de la selva.

En la ejecución de delincuentes los sacerdotes siempre prestan su colaboración importunando con su presencia a los malhechores.

En Prusia un pastor acompaña a los desgraciados a la horca, en Austria un sacerdote católico los lleva al patíbulo y en Francia a la guillotina, en América los llevaba un pastor a la silla eléctrica, en España a un sillón en el cual eran estrangulados con un ingenioso instrumento, y a los revolucionarios rusos los acompañaba un barbudo pope.

Tenían que ir a todas partes con el crucificado como si quisieran decir: «A ti sólo te cortarán el cuello, te colgarán, te estrangularán, te soltarán 15.000 voltios, pero piensa en lo que Aquél tuvo que sufrir.»

El gran matadero de la Guerra Mundial no podía prescindir de la bendición sacerdotal. Los capellanes castrenses de todos los ejércitos rezaban y celebraban misas de campaña por la victoria del partido cuyo pan comían.

En las ejecuciones de soldados insurrectos aparecía un sacerdote.

En las ejecuciones de legionarios checos estaba presente un sacerdote.

No ha cambiado nada desde la época en que el bandolero Adalbert, al que más tarde llamaron el «santo», colaboró al exterminio de los eslavos del Báltico con la espada en una mano y la cruz en la otra.

En toda Europa los hombres iban al matadero como los buenos animalitos, acompañados por los emperadores-carniceros, los reyes y otros potentados y caudillos, así como por sacerdotes de todas las confesiones, los cuales bendecían a sus protegidos y les hacían jurar en falso que «en tierra firme, en el aire, en el mar», etcétera.

Las misas de campaña siempre se celebraban dos veces: cuando la división se iba al frente y luego en el frente, ante la sangrienta carnicería. Recuerdo que una vez en una de esas misas de campaña un aeroplano enemigo lanzó una bomba precisamente en el altar y que del cura no quedaron más que ensangrentados jirones.

Se escribió sobre él como si fuera un mártir, mientras nuestros aeroplanos otorgaban a los curas de nuestros contrarios una aureola semejante.

A nosotros nos divirtió mucho y en la cruz provisional debajo de la cual fueron enterrados los restos del pater por la noche apareció la siguiente inscripción: «A, ti te ha sorprendido lo que podía tocarnos a nosotros, Tú que nos prometiste el reino de los cielos! Mas del cielo cayó sobre tu cabeza mientras decías misa y donde berreabas ahora están tus huesos.»

Las aventuras del valeroso soldado Schwejk


Textos e ilustraciones extraídos de la edición de Destinolibro (1980) y de la web:

http://www.espacioluke.com/2002/Mayo2002/quinta.html

Las ilustraciones son de Josef Lada.

Más información sobre Jaroslav Hasek:

http://www.espacioluke.com/2002/Abril2002/ARCHIVOS/JAROSLAVHASEK.doc


OTROS LIBROS

- FAJARDO, José Manuel: La epopeya del soldado Schwejk, Libros, nº 39, Madrid, 1985, págs. 10-13.
- HASEK, Jaroslav: El comisario rojo (incluyendo nuevas aventuras del valeroso soldado Schwejk y otros relatos), Ed. Destino, Barcelona, 1983.
- HASEK, Jaroslav: Mi querida amiga Julita, Panorama de la Literatura Checa, nº 5, Praga, Ed. Panorama, 1983, págs. 10-121.
- ZGUSTOVÁ, Monika: Las aventuras del buen soldado Svejk, Ediciones Hiru S.L., Hondarribia, 2000.

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Comentarios


  • > Propongo al valeroso soldado Schwejk como patrón del antimilitarismo

    26 de agosto de 2005, por Crates taborita

    Hay otra encarnación teatral de nuestro futuro patrono, debida a Bertolt Brecht, que se puede encontrar en castellano: «Schweyk en la segunda guerra mundial» [Teatro completo, vol. 10 /Alianza Editorial, 1996 (El libro de bolsillo ; 1816) Contiene ademas «El círculo de tiza caucasiano»]. En ella Schweyk se las ve con las tropas de ocuapción nazis y con la propaganda antiderrotista...

    Y las historias del cine informan de una versión en marionetas animadas, debida a Jiri Trnka.



  • Algo a pensar sobre el soldado

    9 de septiembre de 2005, por  hotmail.com">Emilio

    Compañer@s insumis@s: Creo que este soldado es el cantinflas (Mario Moreno, actor mexicano) dentro del militarismo!! No me parece que debería ser símbolo del antimilitarismo, sino del propio militarismo ya que se trata de los típicos soldados que van al cuartel sin entender a qué responden pero que llenan el cupo militar principalmente en países subdesarrollados!!


  • Propongo al valeroso soldado Schwejk como patrón del antimilitarismo

    16 de enero de 2007

    Durante los años 80, La2 de TVE programó una serie televisiva basada en la novela de Hasek. La recuerdo vagamente, aunque sé que estaba muy bien producida. Me gustaría saber si se puede conseguir en algun sitio. Alguien tiene información al respecto?


    • Propongo al valeroso soldado Schwejk como patrón del antimilitarismo

      22 de abril de 2007

      si la conseguiste y me la puedes pasar mandala a nandez1595 ozu.es gracias


  • Propongo al valeroso soldado Schwejk como patrón del antimilitarismo

    4 de agosto de 2007, por  pobladores.com">Sarmata

    Totalmente de acuerdo con lo que se dice. Para quien no sepa la obra de Hasek se llevó al cine y se proyectó por TVE en forma de capítulos. Parece que son 13 y solo tengo 2. Me encantaría tener el resto porque esta muy bien adaptada la novela. Un saludo. M.


    • Propongo al valeroso soldado Schwejk como patrón del antimilitarismo

      16 de septiembre de 2007, por  hotmail.com">d minúscula

      Yo también vi la serie cuando la emitían en TVE (aquellos años ochenta..)

      ¿Alguna noticia sobre si fue editada en video o dvd?

      Muchas gracias. Un saludo. d minúscula



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