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Afganistán e Irak

Carlos Taibo

Sección:Afganistán
Miércoles 24 de agosto de 2005 0 comentario(s) 2117 visita(s)

CARLOS TAIBO/PROFESOR DE CIENCIA POLÍTICA EN LA UNIV. AUTÓNOMA DE MADRID
Y COLABORADOR DE BAKEAZ

EL CORREO

Sabido es que cuando llega el verano los códigos de conducta de las
fuerzas políticas cambian. La ausencia de hechos, y de noticias
vinculados con los avatares al uso obliga a rescatar acontecimientos
imprevistos y a convertirlos en fuente principal de argumentos que
permiten alimentar la reyerta política. Así ha sucedido, en las últimas
semanas, con un incendio alcarreño, con una empresa de pollos en Toledo
y con los incalificables sucesos acaecidos en un cuartel de la Guardia
Civil en la localidad almeriense de Roquetas. Tiene uno la impresión de
que, llevado de la necesidad -al parecer acuciante- de mantener la
tensión opositora, el Partido Popular ha sobreactuado en todos esos
casos y, con ello y a la postre, ha salido mal parado. De resultas, las
que en muchos casos se antojaban preguntas pertinentes que apuntaban a
errores gruesos en la gestión gubernamental de los problemas
correspondientes se han perdido en un alud de exabruptos y de discursos
fáciles que han acabado por producir -al menos a mí así me lo parece- un
irrefrenable hastío en la opinión pública.

Lo ocurrido con un helicóptero de las Fuerzas Armadas españolas en el
occidente afgano ha venido a aportar un episodio más a la reyerta que
nos ocupa. En este caso lo ha hecho, bien es cierto, de la mano de una
circunstancia novedosa: los desafueros en lo que respecta al tratamiento
de la cuestión de fondo -la presencia de soldados españoles en
Afganistán- parecen haber alcanzado por igual a socialistas y populares.

Por lo que a los primeros respecta, siguen sin dar su brazo a torcer en
lo que atañe a lo que a muchos nos parece evidente: la guerra afgana es,
en virtud de un sinfín de razones, muy similar a la que se libra en
Irak. En una como en otra se aprecian sin mayor esfuerzo los intereses
geoestratégicos -reconfigurar los orientes Próximo y Medio para
convertirlos en atalaya desde la que supervisar los movimientos de
eventuales competidores- y geoeconómicos -obvios en Irak y emergentes en
Afganistán, un territorio precioso a efectos de extraer hacia el sur la
riqueza energética del Asia Central- de EE UU, inteligentemente
pertrechado tras una campaña contra el terrorismo internacional que
esconde intereses inconfesables. En una como en otra las Fuerzas Armadas
norteamericanas han hecho uso de procedimientos impresentables saldados
con cifras muy altas de víctimas civiles. En una como en otra se está
perfilando una genuina farsa democrática lamentablemente avalada por el
conjunto de las potencias occidentales. En una como en otra se barrunta
el aliento de las políticas desplegadas en el pasado por Estados Unidos,
obscenamente encaminadas a consolidar a quienes en el decenio de 1980 se
entendía que eran aliados merecedores de apoyo. En una como en otra, en
suma, ha sido objeto de violación la Carta de Naciones Unidas. Si lo
anterior no ofrece mayor duda en lo que hace a Irak, los hechos se
ordenan en Afganistán de manera diferente a como le gustaría al Gobierno
español de estas horas. Y es que en ese atribulado país, y en el otoño
de 2001, Naciones Unidas reconoció de manera generosa a EE UU, o este
último se autoatribuyó inopinadamente, un derecho ilimitado de
intervención e injerencia que, no sometido a restricción alguna en punto
a tiempo, espacio y procedimientos, conculca el espíritu y la letra de
la Carta en cuestión.

Así las cosas, enunciemos la conclusión de manera firme: si sobraban
motivos para retirar los soldados presentes en Irak, faltan los que
invitan a desplegar contingentes militares en Afganistán. La explicación
de por qué el Gobierno español ha asumido sin rubor semejante decisión
es sencilla: se trata, precisa y lamentablemente, de congraciarse con
Estados Unidos tras el fiasco en la relación bilateral derivado de la
retirada verificada en Irak. Hora es ésta de remarcar, con todo, que el
insostenible doble rasero abrazado por las autoridades españolas parece
haber impregnado a una buena parte de nuestra maltrecha opinión pública.
¿Cuántos fueron los que salieron a las calles para protestar por el
intragable apoyo del Gobierno de Aznar a una agresión norteamericana en
toda regla en Irak, y qué pocos los que han tenido a bien hacer otro
tanto para contestar el apoyo que, desde el Ejecutivo, populares y
socialistas han dispensado a la cruzada estadounidense en Afganistán?

Sólo puede adelantarse un argumento en descarga del Partido Socialista:
en todo momento ha sostenido la misma tesis, esto es, que los dos
conflictos que nos interesan son muy diferentes, lo que vendría a
justificar respuestas también dispares. No puede decirse lo mismo, en
cambio, del Partido Popular, que según soplan los vientos muda, sin
rubor, de opinión. Y es que en estas horas no tiene pies ni cabeza -por
mejor decirlo, es difícil de entender- la aseveración de que el
escenario bélico y el cometido de los soldados españoles es muy distinto
en Afganistán -aquí sería reprobable- de lo que lo era en Irak -donde,
al parecer, la misión correspondiente no tenía carácter bélico alguno-.
Y es que, y al cabo, no deja de ser una sorpresa que, llevado de su
irrefrenable impulso opositor, el mismo partido que defendió el
despliegue de soldados en Irak, en franco apoyo a una infumable agresión
estadounidense, se muestre ahora disconforme con una misión similar cual
es la que, se diga lo que se diga, ha cobrado alas en Afganistán. Cosas
de la oposición en tiempos de estío.

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