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La Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

Manuel Lario Bastida

Sección:Anticapitalismo
Jueves 27 de octubre de 2005 0 comentario(s) 2696 visita(s)

Entonces, una delegación zapatista recorrió el país hasta llegar a México DF en demanda de que se respetaran los acuerdos de San Andrés, firmados en 1996 por el EZLN y el Gobierno Federal. Por primera vez, una indígena encapuchada, la comandanta Esther, tomó la palabra en el Congreso de la Unión para defender la causa de la autonomía, la democracia y la justicia para las comunidades indígenas mexicanas. El rostro olvidado indígena alcanzaba su máxima presencia pública y se imponía en el debate nacional, en uno de los haberes indiscutibles del EZLN y del Congreso Nacional Indígena.

Después del incumplimiento gubernamental y la no aplicación de los Acuerdos, los zapatistas guardaron silencio hasta 2003, en el que anunciaron que, puesto que no se hacía Ley lo acordado, ellos empezarían la construcción de hecho de la autonomía indígena con la creación de los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno, órganos de coordinación y autogobierno regionales de las 38 municipios autónomos zapatistas que existen desde hace cerca de diez años y que han resistido bastante bien el acoso paramilitar y el cerco militar que intenta estrangularlos.

Con esta medida, los zapatistas ratificaron su voluntad de seguir luchando pacíficamente por sus derechos, colocando en primer lugar el autogobierno de las comunidades indígenas y la puesta en pie de un aparato sanitario, educativo y de producción y comercialización de café orgánico u otros productos. Con mucha modestia y tozudez, el balance de estos dos años de autonomía es satisfactorio: el empoderamiento de los comunidades ha hecho posible avances que desde los sindicatos de maestros o de la salud, hasta diversos responsables gubernamentales, reconocen que la sanidad y la educación zapatista en sus zonas de actuación ofrecen un servicio igual o superior a los ofrecidos por las instituciones oficiales. Y todo ello con un presupuesto muy limitado, con menos de 120.000 euros anuales y mucho trabajo comunitario y voluntario. El EZLN, mientras tanto, permanecía en un segundo plano y en un silencio persistente y de protesta ante la política de Fox y el olvido de la clase política.

El silencio se ha visto roto en el verano de 2005, tras la alerta roja y la publicación de la VI Declaración de la Selva Lacandona, en la que realizan un demoledor análisis de la situación política mexicana, señalan el divorcio entre el México real y el oficial y proponen un nuevo camino. El EZLN lanza una nueva iniciativa política que intenta, por un lado, superar el aislamiento al que le quiere someter el gobierno de Fox y, por otro, lograr un reagrupamiento de las fuerzas sociales o políticas de izquierda, organizaciones indígenas, alternativas o de defensa de los derechos humanos... para lanzar una campaña de lucha nacional por una nueva constitución para México e intentar construir un país más democrático e incluyente.

México se encuentra actualmente marcado por una situación económica preocupante, con unas condiciones de vida marcadas por el crecimiento de la brecha entre los que más tienen y el resto, en el que la economía informal supera en volumen a la oficial, por la corrupción y las políticas neoliberales de Fox, con más de la mitad de su población por debajo de los límites de la pobreza, con un creciente problema de narcotráfico (sólo en lo que va de año, más de 800 personas han perdido la vida por esta causa, de forma que se ha hecho intervenir al Ejército en el operativo México Seguro, en un camino que cada vez recuerda más a la situación en Colombia)... y enfrascado en la precampaña electoral para las presidenciales de 2006. Mientras los partidos políticos hablan y hablan de propuestas, candidatos y otras vergüenzas, los zapatistas vuelven a colocarse en el centro del debate nacional.

Con su llamado a la constitución de esta nueva alianza, los zapatistas aclaraban que, en esta ocasión, no trataban de ser el eje de un nuevo agrupamiento, como ocurrió en ocasiones anteriores con la CND o la constitución del FZLN. Ahora, dicen, se reivindican como una parte más del movimiento social que abajo, y a la izquierda, luchan por el México real. Y pretenden ser una parte más, en pie de igualdad con el resto de fuerzas sociales que trabajan en el México de abajo.

Para conseguir avanzar en este nuevo camino, marcadamente político y alternativo, los zapatistas llamaban a todas aquellas personas y organizaciones de todo tipo (indígenas, políticas, sociales, ONG...) que se sintieran incluidas en estas luchas a una serie de reuniones en diversas comunidades de la Selva Lacandona, que tuvieron lugar entre agosto y septiembre. A estas convocatorias se han llegado a sumar más de 60 organizaciones políticas, 160 colectivos y grupos sociales, 60 movimientos indígenas, o más de 400 ONG y grupos de todo tipo, aparte de varios miles de personas individualmente. Todo una constelación de grupos, orientaciones, preocupaciones, pensamientos y tradiciones en ocasiones antitéticas, que pueden llegar a ser una nueva reedición del imposible navío de Fitzcarraldo reunido en la nueva Comuna de la Lacandona. Un sinfín de propuestas que intentan configurar un programa nacional de lucha y que se suma, o superpone, a otras iniciativas de agrupación populares anteriores, como la Coordinadora Nacional contra el Neoliberalismo y la Declaración de Querétaro. En los debates se ha podido escuchar de todo, incluidas importantes e inéditas autocríticas de los zapatistas por anteriores posiciones y actuaciones, especialmente en temas como el respeto al trabajo de las mujeres feministas en las comunidades indígenas.

Ahora se preparan para el siguiente paso: la marcha al encuentro de la sociedad civil mexicana. El EZLN ha anunciado que una comisión encabezada por Marcos realizará un nuevo recorrido por todo el territorio mexicano, que empezará en enero de 2006 en San Cristóbal de Las Casas y acabará en junio en la capital. En este viaje tratarán más de escuchar las propuestas que definir las suyas propias, para después construir algo nuevo con la participación de todos los no representados en los actuales partidos políticos. Una especie de reedición de la Marcha de 2001, pero esta vez destinada especialmente a escuchar en primer lugar, a tomar contacto con el México de abajo, a la izquierda, no a hacerse escuchar por el México de arriba, del poder.

La iniciativa zapatista ha conseguido colocarse en el centro de la polémica por la dureza de sus planteamientos hacia el conjunto de la clase política, especialmente a la figura de Andrés Manuel López Obrador, el candidato presidencial del PRD y mejor colocado en las encuestas de opinión. La afirmación del EZLN de que no va a apoyar esta candidatura electoral ha planteado un fuerte dilema al conjunto del movimiento popular y a la intelectualidad. Así, intelectuales de la talla de Pablo González Casanova, Carlos Montemayor o Adolfo Gilly se han manifestado a favor de la postura zapatista, mientras que revistas como Proceso o escritores como Octavio Rodríguez Araujo los han acusado de dividir a la izquierda y hacer el trabajo sucio al PRI y al PAN para impedir que la izquierda electoral gane las presidenciales.

Aparte del lógico deseo de muchos de estos sectores populares y de la intelectualidad progresista de desalojar al derechista PAN de la presidencia y no dejar que el PRI ocupe el poder, para hacer posible que, por primera vez, el PRD gane unas elecciones, es curioso que muchos de ellos, aun reconociendo que la crítica zapatista es justa, que incluso se queda corta en muchos aspectos,... siguen expresando su deseo de apoyar al PRD en 2006 y critican al EZLN su papel de aguafiestas. En realidad el EZLN ha manifestado su decisión de no apoyar ni dejar que la Otra Campaña se vincule a la polémica electoral, pero han dejado claro que las demás fuerzas puedan hacer lo que estimen conveniente

Varios claves explican la postura crítica del EZLN ante el PRD. La primera es el análisis que los zapatistas hacen del comportamiento, composición y de las propuestas electorales del PRD, que aceptan muchas de las grandes líneas del proyecto neoliberal y la propia definición que hace de si mismo su candidato, que se esfuerza por aparecer como un candidato de centro, no asustar al empresariado ni al poderoso vecino del norte, o la presencia entre sus más cercanos asesores de notables miembros del anterior gobierno priísta de Salinas,... una tibieza contradictoria que poco tiene que ver con lo que los zapatistas entienden por el comportamiento de una fuerza de izquierda.

La segunda es la propia postura que adoptaron los senadores del PRD durante la tramitación de la Ley COCOPA que daba traducción legal a los Acuerdos de San Andrés, en la que éstos hicieron causa común con el PAN y el PRI para desnaturalizarla y enterrarla en la práctica, lo que fue interpretado por el EZLN y el movimiento indígena como una traición en toda regla, después de su compromiso de apoyar las propuestas indígenas.

Y la tercera tiene una clave específicamente chiapaneca: la experiencia del mandato del gobernador Pablo Salazar, apoyado por una coalición del PAN, el PRD y el Partido del Trabajo y los cambios en la organización del propio PRD, que ve engrosar sus filas con organizaciones locales completas del PRI que se cambian de partido con sus militantes y sus grupos paramilitares. Es decir, los zapatistas se encuentran a antiguos militantes priístas reconvertidos en nuevos y flamantes militantes del PRD, militantes que, en ocasiones, tienen implicaciones en la actuación y ataques de los grupos paramilitares contra las comunidades indígenas zapatistas, como ocurrió en Zinacantán, donde militantes del PRD dispararon contra una marcha zapatista dejando varios muertos.

Pero aparte del deslindamiento del EZLN de la lucha electoral en el 2006, y de su apuesta por un trabajo más a largo plazo de construcción de otra forma de hacer política (hablan de un proceso de reorganización popular por la base que puede durar unos 10 años), los problemas para la candidatura de Andrés Manuel López Obrador pueden verse agravados por el tercer componente importante de la izquierda mexicana: Cuauhtémoc Cárdenas pretende ser el candidato presidencial de un frente de izquierda en el que participarían el Partido del Trabajo y la Convergencia Nacional, dos pequeñas formaciones de la izquierda electoral que acaban de converger con la Coalición Ciudadana Electoral, al tiempo que siguen en conversaciones con el PRD para intentar ir juntos a las elecciones: pero las pretensiones de Cárdenas de ser el candidato de la izquierda frente a López Obrador parecen condenar al fracaso esta pretensión de unidad de la izquierda electoral.

En cualquier caso, y aparte de lo que suceda en esas elecciones, no cabe duda de que una de las intenciones zapatistas es condicionar las posiciones del PRD con la constitución de un bloque popular e indígena que esté en condiciones de imponer algunas conquistas o limar alguno de los aspectos menos populares del programa del PRD. No es casual su nerviosismo ni sus negativa a debatir con el EZLN, ni que López Obrador haya anunciado que una de sus primeras actuaciones presidenciales sería hacer legales los Acuerdos de San Andrés. En el hipotético caso de que esto sucediera, la Sexta Declaración y la Otra Campaña habrían conseguido uno de sus objetivos.

Las propuestas zapatistas y el caudal de propuestas que ahora se están conformando y aunando en la Otra campaña auguran la posibilidad de un nuevo camino alternativo para la izquierda y el movimiento indígena y popular mexicano. Al mismo, la práctica y la consolidación del autogobierno de las comunidades zapatistas suponen pasos y enseñanzas importantes no sólo para México, donde experiencias similares se empiezan a extender a otros estados con fuerte presencia indígena, como Oaxaca o Guerrero, sino para otros países como Bolivia o Ecuador. Por ello, sólo nos queda desearles que su desarrollo sea lo más fructífero posible para la causa indígena y popular y su lucha por un México más justo e incluyente.

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