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Movimiento pacifista y cambio social

Pedro Oliver

Sección:Documental
Lunes 19 de diciembre de 2005 0 comentario(s) 8395 visita(s)

Artículo aparecido en El Correo

Un movimiento social no es sólo una suma de grupos y personas. Un movimiento social es algo que se mueve y que hace mover. Aprovecha oportunidades políticas, estructura recursos y conecta con determinados marcos socioculturales. Por eso y por muchas otras razones, pero sobre todo porque refleja y promueve comportamientos y cambios sociales, es por lo que hoy podemos hablar del desarrollo de un movimiento pacifista, con rasgos heredados y con otros más novedosos. Ahora bien, si nos referimos exclusivamente al fenómeno último, o sea, a esos millones de personas que se han movilizado contra la proyectada guerra en Irak, quizás no errásemos en absoluto si lo definiéramos como movimiento pacifista antibelicista. Porque es este último atributo el que ha adquirido relieve en el escenario de un intenso debate internacional sobre la guerra, y ha cumplido la función de mediador cultural entre los grupos motores del pacifismo y la opinión pública, hasta propiciar y canalizar una gigantesca movilización social.

Aunque lo sucedido indica muchas más cosas, inequívocamente, las manifestaciones han dado cuerpo a un sentimiento social que hoy por hoy está bastante generalizado. Hemos escuchado un grito contra lo que significa la barbarie de la guerra. Eso es lo que ha unido en la calle a gentes tan distintas, a radicales antimilitaristas, a moralistas de varios credos, a ciudadanos de toda condición, a personas que creen en el garantismo del Derecho Internacional, y a representantes partidarios e institucionales de muy distinta laya. A mi juicio, la sociedad civil ha estado, prácticamente a escala planetaria, a la altura de las circunstancias históricas. En verdad, esta afirmación requeriría muchos matices, pero no exageramos si tenemos en cuenta la persistencia en nuestro tiempo presente de al menos dos factores de riesgo conflictual que, además de formar parte de la tradición protestataria del pacifismo, de producirse conjuntamente afectarían a la totalidad de la red de relaciones sociales.

En primer lugar, que en el orden mundial se pretende justificar y ejercer la peligrosa tesis de la guerra preventiva, pese a que no consigue dotarse de legitimidad. Y en segundo, que seguimos viviendo en una era atómica y de producción de armas capaces de causar destrucciones imprevisibles y megamuertes, lo cual nos recuerda la posibilidad de un horizonte marcado por la mal llamada ’guerra de civilizaciones’, por la devastación y hasta por el ’exterminismo’, un concepto acuñado por el historiador E. P. Thompson en aquellos años ochenta de la Guerra Fría, cuando en Europa se sucedían las protestas populares contra el despliegue de los euromisiles.

Posiblemente, una emoción colectiva como la que se ha expresado estos días se irá amortiguando conforme el propio movimiento se vea obligado a matizar sus objetivos y a definir sus mensajes, pues las pasiones, al repensarlas demasiado, si no se nos mueren al menos dejan de crecer unidas, se diversifican y toman otros derroteros. Quizás acaben siendo más ricas en contenido, pero indudablemente perderán eficacia frente al poder de tantos y tan vigorosos tejedores de un ’consenso’ favorable a las políticas belicistas. Verdaderamente, hablamos de un reto acaso imposible para el movimiento que se está conformando ante nuestros ojos. A priori, y aunque mucho ha caído desde los tiempos de aquella soledad del pacifismo de Bertrand Russell o Jean Jaurés antes de la Gran Guerra, parece imposible componer con millones de personas un discurso político elaborado sobre las causas de las guerras y acerca de sus soluciones. En cualquier caso, la unidad de tantas y tan distintas racionalidades del pacifismo actual será tan difícil de mantener como imposible de vehicular en el campo de lo político.

Evidentemente, además de aflorar un sentimiento contra la guerra, han emergido cuestiones de política interna en cada país. Pero nadie puede negar que, operando en el corazón mismo de un fenómeno social antibelicista que él mismo ha ayudado a producir, en estos momentos se ha activado un auténtico movimiento pacifista internacional. Previsiblemente, su incidencia va a ser notable. Ya lo está siendo al introducir inquietud y hasta correcciones en las agendas políticas estatales e interestatales. Para explicarnos mejor lo que podría parecer una mera corazonada, debemos considerar que los movimientos sociales, además de ser expresión de procesos sociohistóricos, inciden en el cambio social. Son cambio social. Provocan cambios sistémicos al interactuar con otros componentes del sistema que a su vez les hacen cambiar.

En efecto, el movimiento pacifista va a desarrollarse en un contexto conflictivo y probélico que será dinámico y cambiante, y que forzará su propia transformación. Se barrunta un futuro de este movimiento marcado por la capacidad de incidencia y al mismo tiempo por la división. El primero de esos síntomas podría ser que tomara fuerza una expresión que haría de dinamizador reactivo del propio movimiento, en un contexto de ofensiva bélica y discursos legitimadores de la misma. Estoy hablando de algo que podía denominarse ’el espíritu del 15 de febrero’. Ya lo pueden fijar y multiplicar los aficionados a nominar fenómenos sociales, entre los que no me encuentro pese a que pueda parecerlo. Porque si no lo hacen, previsiblemente, con ése o con otros nombres y acaso mitificando la caótica esencia de su carácter unitario, ’el espíritu del 15-F’ será invocado cada vez que se vislumbre una nueva división interna, o una reducción del número de gente dispuesta a pasar del sentimiento antibelicista a la protesta activa contra el ataque y contra sus justificaciones formales e informales. Es posible también que se utilice en el juego político de forma interesada, pero cabe esperar que nadie desprecie o pervierta su vertiente más especial: que está provocando y provocará cambios sociales.

No juego a las clarividencias. Es porque conozco y he estudiado las experiencias recientes de este movimiento por lo que me atrevo a hacer algunos pronósticos. Porque, sin ir más lejos, tengo en mente los cambios que ayudó a provocar el pacifismo en España durante el primer conflicto del Golfo Pérsico y sobre todo después. Por aquel entonces, el movimiento pacifista acusaba el fracaso de la campaña anti-OTAN. Sus grupos actuaban, pero el movimiento como tal parecía estar en estado latente y con poca capacidad de influencia, mientras que crecía un nuevo movimiento social también de naturaleza pacifista y antimilitarista: el de objeción de conciencia e insumisión. Se han realizado análisis al respecto y en todo caso ahí quedan las hemerotecas. Consúltese y se verá cómo, en 1991, y pese a que el acuerdo de los partidos políticos era mayoritariamente favorable al castigo del régimen dictatorial iraquí, la mayoría de la sociedad española también se mostró contrariada con la guerra y sobre todo rechazó el envío de soldados de reemplazo.

La guerra era un factor exógeno que coincidía con el desarrollo de un movimiento que, precisamente, criticaba esa fatídica eventualidad. El movimiento pacifista de aquellos tiempos, además de reestructurarse, gritó consignas antibélicas y contra la conscripción militar. Mientras que eran oficialmente despreciados, juzgados y encarcelados, en un contexto bélico propicio para la difusión de sus mensajes, los objetores y los insumisos acrecentaron su protagonismo. Coparon las agendas mediáticas y observaron que la opinión pública valoraba positivamente su ejemplo. Así las cosas, incluyendo episodios de deserción de marineros y reclutas que no generaron repulsa social, el servicio militar obligatorio entraba en lo que sería la fase final de su crisis de legitimidad popular. Y, aunque la guerra se hizo, el envío de reclutas a la zona del conflicto alentó la polémica sobre el modelo de ejército. El movimiento pacifista y antimilitarista se granjeaba ese plus de legitimidad que, en los años siguientes, le ayudaría a dinamizar un proceso de cambio que ha coadyuvado a la histórica abolición de la mili obligatoria. No sé si este recuerdo ayudará a algunos a sortear el fatalismo frente al futuro del pacifismo actual. Pero sólo por esa experiencia nos podemos preguntar: ¿cómo incidirá este movimentismo antibelicista en el cambio social? Habrá que actuar pensando en ello.

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