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Mercaderes de la memoria

Gregorio Morán

Sección:Documental
Sábado 24 de diciembre de 2005 1 comentario(s) 2342 visita(s)

A pesar de varias inexactitudes, consideramos interesante la difusión de este texto.

La Vanguardia

La Nochebuena evoca siempre a la memoria, imagino que más o menos como la Navidad. Siempre pretendí que alguien me explicara las razones sociológicas que llevan a que toda España celebre la Nochebuena, menos Catalunya, que lo hace en Navidad, pero como estamos en tiempos de tensión y mala leche no creo que sea el momento más oportuno, porque cada motivo de costumbre se puede transformar en identidades, ofensas, tradiciones atávicas que llevan apenas un siglo y diferencias entre el pavo, el besugo, la lombarda, el cabrito y demás condumios de estas fiestas. Me atrevería a decir que a partir de la adolescencia lo único que uno hace durante las Nochebuenas-Navidades del resto de su vida no es otra cosa que una revisión de sus primeras Nochebuenas-Navidades. Hasta tal punto esto es así que suele ser un ejercicio entre patético y humorístico el recordatorio de aquellas Nochebuenas-Navidades; unas veces en clave melancólica, otras divertida y en más de una ocasión dramática. Yo fui un niño privilegiado puesto que mis Nochebuenas tenían de los tres elementos, su lado divertido, su aspecto dramático y un final de melancolía que duraba hasta la mañana siguiente. Algún día me gustaría relatar el proceso mágico, para un niño, de ver un par de gallos vivos debajo de la mesa de la cocina, que luego se trasformaban en amarillísimos cadáveres colgados.

(Entre los mayores sarcasmos de aquella época del cólera y la sangre estaba el cuidado que se tomaban nuestros padres para que no viéramos cómo se degollaba a los animales; debía ser un modo de protegernos de los bajos instintos que se desparramaban por las calles, imagino).

Yo guardo de las Nochebuenas de mi infancia muchas cosas. Los olores del pollo guisado - imborrables e irremisiblemente perdidos, y por eso los señalo en primer lugar-, la felicidad de que ese día uno podía manifestar su alegría sin pagar peaje alguno, también que mi madre cantaba Tatuaje y que mi padre intentaba por enésima vez el Adiós muchachos, compañeros de mi vida,no imitando a Gardel sino a Irusta, Fugasot y Demare, como si fuese una orquesta, incluido el bandoneón. Ése era el lado lúdico y divertido, pero había agujeros de melancolía: era la única comida del año en que se bendecía la mesa, y también donde, apenas acabado el rezo fugaz, mi madre nos atragantaba los entremeses y la sopa inevitable de pescado, con una frase demoledora:

«Acordaros de todos los niños que en estos momentos no pueden estar como nosotros». Y como en Oviedo, por entonces, hacía un frío de muerte, no costaba demasiado imaginarse al pobre de la calle, y se te acongojaba hasta la cuchara. Pero como la infancia es voluble de afectos, pronto se superaba. Lo que era ya más difícil de superar era el lado dramático, tan inevitable como el pollo, la sopa de pescado y el surtido de turrones troceados en una bandeja de cristal, con peladillas y mazapanes. Allí aparecía la sombra de la guerra. El procedimiento era peculiar pero infalible. Nosotros, los niños, pedíamos ver las fotos, y tras un cruce de miradas entre mi padre y mi madre, no se sabe si por reconocimiento a nuestra fidelidad familiar o por puro masoquismo de creyentes católicos a quienes les habían convencido de que la vida es sufrimiento, aceptaban y se traía el arca de madera oscura, cuya llave no estaba a nuestro alcance, y empezaba una sesión que para nosotros era como una gran película llena de personajes, en su mayoría muertos, y para mis padres una catarsis de la que salían con un silencio que tardaríamos años en comprender. Mi padre había ganado la guerra, mi madre la había perdido.

Nuestra memoria, sea cual sea, si se refiere a mi generación de cincuentones, tiene como fondo la República y la Guerra Civil. Lo queramos o no es una huella que nos marca de tal modo que constituye un referente, como se dice ahora, ineludible. ¿Qué iba a saber yo cuando acompañé a mi hermano al cementerio de San Salvador en Oviedo que me iba a meter en un lío por esa maldita guerra? Mi hermano tiene la costumbre, cada vez que va por allá, de pasar por el cementerio a visitar la tumba de mis padres; compra unas flores, fuma un cigarrillo sentado en la lápida, desde la que se contempla un hermoso paisaje de fondo, y se va. Era un día de abril esplendoroso y a mí me vino a la memoria - ah, la memoria- que en Oviedo habían dispuesto un muro de mármol dedicado a los fusilados sin tumba. Está en el inmenso cementerio civil, vecino al religioso, nada que ver con aquel de mi infancia, donde teníamos que pedir la llave al enterrador, o al cura de la parroquia de Los Arcos, que nos trataba con un desprecio tal que aun siendo niño no se olvida. Ocupamos su buena hora buscando entre los nombres del muro el de Guillermo Suárez Menéndez. Y no estaba.

A partir de ahí supe que había gente que vivía o se sacaba un sobresueldo a costa de la memoria histórica de los otros muertos, los del lado malo que ahora empezaba a ser también el lado bueno. Después de un puñado de gestiones telefónicas me informó una historiadora local que Guillermo Suárez Menéndez no podía haber muerto porque no estaba incluido en su libro sobre los fusilados en la Guerra Civil, libro que sirvió de base para el muro de los muertos sin tumba de Oviedo. Entre las pertenencias que heredé de mi madre hay un ejemplar de La Voz de Asturias de fecha 8 de diciembre de 1936, envuelto en aquel plexiglás que se usaba hace muchos años. Allí figuran los nombres de los veintinueve paisanos (sic) que acababan de ser pasados por las armas. Fueron los primeros fusilados de la ciudad que sería franquista durante toda la guerra. Ni la historiadora había leído el diario de la época ni nadie le había reparado en la falta, pero eso me llevó a interrogar al presidente de la Asociación de la Memoria Histórica, o algo así, responsable autorizado del Muro, quien no podía entrar en detalles; si no estaba en el libro no podría ser incluido en el Muro, pero podía exponer mi caso en la asamblea anual de la asociación.

Es obvio que no fui a asamblea alguna ni volví a hablar con la eminente historiadora del canon de fusilados. Me parecía ridículo y humillante al tiempo que entre una funcionaria del gremio universitario sección historia y un viejo emboscado de mil guerras estuviera depositada la memoria de un chaval fusilado con 18 años un día de diciembre de 1936. Fue entonces cuando traté de recuperar las actas del consejo de guerra, que debían estar en Oviedo, como estuvieron siempre, pero que fueron trasladadas a El Ferrol hace unos años sin que nadie, que yo sepa, levantara el grito en Asturias. Y vete a El Ferrol y solicita ver los archivos militares y obtén tras mucho batallar el sumario de aquella tropelía asesina. Pero ahí empieza otra historia, ¿qué haces con la memoria fotocopiada de aquellos veintinueve que fueron fusilados porque salieron a defender la República y los coparon en el mismo cuartel, el de Santa Clara, donde les habían prometido armas? Ni un nombre en un muro, ni una nota a pie de página en cualquier mediocre tesis doctoral. ¿Cuántos habrá como ellos? Ahí están abandonados de la memoria porque una presunta historiadora se cansó de investigar y porque las asociaciones se crean para sus socios y no para los objetivos que propugnan. El caso está cerrado; ella hará oposiciones y la asociación solicitará una subvención para seguir defendiendo la memoria histórica en las asambleas anuales, como los viajes del Inserso.

Todo eso, la propensión a la memoria en un día como hoy, Nochebuena, la historia del muro de las lamentaciones de Oviedo, me golpeó en ese hondón de la memoria indignada al enterarme de una información de comicidad patética, como las primeras películas de Berlanga, pero tan real que obliga a preguntarse si todo ese ejercicio de búsqueda y recuperación de muertos, de huesos exhumados, de tumbas en cuneta, no serán al tiempo un ejercicio necrófilo y una forma de sobrevivir en tiempos difíciles para el empleo y fáciles para la subvención. Nadie que conozca un poco la historia de la II República española puede evitar un escalofrío cuando se pronuncia el nombre de Casas Viejas, «la aldea del crimen», como la llamó Ramón Sénder. Allí, el 11 de enero de 1933, se produjo la más estúpida y cruel de las matanzas republicanas. Presidía el Gobierno Manuel Azaña y era ministro de Gobernación su íntimo amigo, el frívolo e incompetente Casares Quiroga, el hombre que provocó el fusilamiento de Galán y García Hernández porque se durmió y no pudo llegar a tiempo para avisarles, un político cuya única obra positiva pertenece al ámbito de lo privado: ser padre de la gran actriz María Casares.

La FAI había declarado huelga general revolucionaria el primero de enero de 1933, como para inaugurar el año, pero entonces las noticias llegaban muy despacio y en Casas Viejas, provincia de Cádiz, se les ocurrió sublevarse el día 11 y ocupar el pueblo y asaltar el cuartel de la Guardia Civil, cuando ya en toda España había sido desconvocada la peculiar insurrección anarquista. Mandaron fuerzas de Madrid al mando de un sobrado, el capitán Rojas, y cercaron la casa del Seisdedos, jefe de la revuelta, la prendieron fuego y luego fueron asesinando uno a uno a los que huían de las llamas. Mataron a doce anarquistas, incluida la hija de Seisdedos, de nombre Libertaria. Franco hizo cambiar el nombre del pueblo y pasó a llamarse Benalup de Sidonia. Recuperado de nuevo el viejo nombre, el actual alcalde socialista Francisco González Cabaña, presidente a su vez de la Diputación de Cádiz, y un empresario privado han decidido atraer el turismo con la memoria histórica y construir un hotel de cuatro estrellas en el mismo solar donde mataron a Seisdedos. Pensaban llamarlo hotel Libertaria, pero como hubo gente que reaccionó mal, ahora le pondrán La Utopía. Tendrá campo de golf. Me ha quedado por saber si será de doce hoyos y si a cada uno le pondrán el nombre de los doce anarquistas muertos.

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