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Discurso histórico y tradiciones críticas: Posibilidad del ecofeminismo y desobediencia

José Miguel Lorenzo Arribas

Sección:Mujeres y antimilitarismo
Jueves 29 de diciembre de 2005 0 comentario(s) 4595 visita(s)

Sacado de Todas

Vamos a incidir a lo largo de esta reflexión en cuestiones
ya conocidas, por un lado, y en otras más novedosas, casi inéditas,
diría, por otro, con un tono más deliberadamente ensayístico que
académico. Después de dar un repaso a algunos de los problemas que hoy
tiene planteados el ecofeminismo, incidiendo en su peligrosa
inofensividad -peligrosa para quienes consideramos urgente plantear
respuestas eficaces al orden de cosas imperante- continuaremos con
algunas reflexiones sobre lo que es el discurso histórico, terminando
con la parte más original: anticipos de lo que podían ser precedentes
del ecofeminismo con el fin de comenzar a construir una genealogía que
ilumine la práctica política, que nos ayude a ver cómo es posible. Para
que se dé esta condición de posibilidad es previo el supuesto de su
decibilidad, porque en términos políticos los horizontes de posibilidad
que no podemos imaginar son imposibles de articular. Estas líneas, por
tanto, pretenden comenzar a silabear tentativamente nuevas
interpretaciones de factores tópicos y crónicos, los mejores
ingredientes para construir utopías de verdad, amenazantes y
conflictivas. Y en esta tarea la historia emerge como un aglutinante
tan necesario como lo ha sido a la hora de sostener los discursos
hegemónicos. El ecofeminismo también necesita memoria y tradiciones
críticas. En este sentido la desobediencia ilumina muchos campos apenas
transitados por una historiografía dócil realizada desde las
escribanías de palacio, templo o laboratorio.

Un indicador ciertamente seguro para calibrar la eficacia de estas
tradiciones críticas en la historia o en el presente es la mayor o
menor renuencia de sus denominaciones a ser fagocitadas por el lenguaje
del Poder. Evidentemente, nada concluye, pero en la sociedad mediática
de principios del siglo XXI donde millones de mensajes se suceden y
entrecruzan a velocidades vertiginosas y donde los espacios de serena
reflexión crítica, no subvencionada/condicionada por quienes gestionan
el Dinero, se debaten entre la invisibilidad, la represión, y la
incomprensión de las mayorías, en esta sociedad, decimos, tener algún
criterio fiable de algo emerge como un puntal casi irrenunciable. En
este sentido, la línea que se puede establecer, más allá del mero
nominalismo lúdico y más allá de la controlada provocación de
tertuliano radiofónico, separa con bastante claridad los umbrales de
posibilidad de los distintos discursos resistentes.

 
INOFENSIVIDAD DE LO ECO-(FEMINISTA).

 
Aplicado el “escalpelo del éxito nominal” al caso que nos ocupa,
ecofeminismo y desobediencia civil, se muestra bastante clara una
diferencia, un limpio corte: el programa reivindicativo ecologista,
difuso y mixtificado desde un principio, con cabida desde discursos
claramente conservacionistas, e incluso reaccionarios, hasta propuestas
políticas transformadoras de verdad, se ha topado con una versión
desactivadora potentísima en el prefijo eco-, descubierto y extendido
hasta el aburrimiento en múltiples marbetes comerciales y vulgarizado
por las diferentes administraciones públicas. Por su parte, el
feminismo, después de una poderosa lucha centenaria, ha visto en gran
parte cómo se mostraba también dispuesto a ser asumido por los
lenguajes oficiales, situación encajada dócilmente por ciertas
tendencias feministas. Esto no quiere decir que los contenidos y
reivindicaciones últimas que cada nombre encubre (ecologismo,
feminismo) hayan sido asumidos también, en cuyo caso estas páginas no
tendrían sentido alguno.

 Ecofeminismo se
construye casi como un reclamo comercial en este mercadillo de las
ideologías que el Mercado del Pensamiento Único todavía consiente que
se implante de vez en cuando en los extrarradios teóricos y políticos
de su Aldea Global. La inofensividad del término, ecofeminismo, ha
producido hasta la fecha incluso la ausencia de un debate de fondo
sobre los beneficios o perjuicios que la alianza de sus dos tradiciones
integrantes puede repercutirse mutuamente. Silencio que atruena más
todavía si pensamos en la calidad y cantidad de intervenciones que
otras conocidas y anunciadas bodas del feminismo produjeron en su
tiempo, como en el caso de la Ilustración, el marxismo, la
postmodernidad o, apurando, la teología cristiana. Ciertamente, el
ecologismo no posee un corpus teórico comparable a las estas últimas
tendencias ahora citadas, lo cual le pone en clara desigualdad de
oportunidades. Por otro lado asoman las (en parte razonables)
reticencias de destacadas teóricas, como Celia Amorós, a nuevas
alianzas del feminismo con otros movimientos (ecofeminismo, pacifismo)
de los que, en su lectura, sólo se puede esperar voluntarismo y, al
primer descuido, distracción de los objetivos feministas (Amorós, 2000:
14-22).

 La inofensividad a que hemos aludido
se nos antoja uno de los mayores peligros con que puede enfrentarse un
movimiento social y político que aspire a darle la vuelta al status
quo, y el cajón de sastre en que se ha convertido el ecofeminismo más
que ayudar a extender luchas creo que desanima a profundizarlas. Por
ecofeministas pueden pasar hoy posturas que van desde planteamientos
individualistas tipo New-Age o misticismos residuales hasta posiciones
fuertemente antimilitaristas y politizadas que integran en su práctica
política la confrontación directa y sin concesiones. En el interior de
este arco se despliega una amplia gama intermedia de opciones difusas
donde se estila más un acopio de retales obtenidos de distintos
préstamos de aquí y de allá e incapaces de articular un corpus
coherente que una tradición propia.

DISCURSO HISTÓRICO OBEDIENTE. DISCURSOS HISTÓRICOS DESOBEDIENTES.

 
Pero también queríamos hablar de la desobediencia civil, sintagma que
aparece en el título de esta intervención de manera sintácticamente
correcta, pero políticamente impropia. La desobediencia civil no es un
sistema de pensamiento o una ideología política como tal (al modo de
ecologismo, feminismo, antimilitarismo...), sino un recurso o una
estrategia al alcance de ellas. Pero estimo que esta herramienta se
muestra lo bastante poderosa como para hacer del ecofeminismo una
arista punzante más que perturbe y amenace el discurso triunfalista
post-histórico amañado por fukuyamas, pseudo-democracias liberales y
capitalismos de tendencias social-demócratas, presentados como únicos
paradigmas posibles, pensables y decibles y por tanto, inminentes, si
no triunfantes.

 ¿Y qué tiene que ver el
discurso histórico en todo esto? Mucho, porque él define las lecturas
de lo que presuntamente ha pasado, condicionando así nuestra actitud
ante lo que haya de pasar. Si no tenemos más referentes que los
inmediatos difícilmente podremos hacer otra cosa que no sea seguir
perpetuando estos últimos. La historia es una herramienta eficaz de
construcción de imaginario colectivo y, manejada como está por los
sistemas hegemónicos, también es un difusor eficaz de miedo y un agente
desmovilizador (la consabida disculpa: ¿qué sentido tienen hacer algo
si siempre ha sido así?). El discurso histórico tiende a ser
teleológico, narrativo y lineal, haciendo de los procesos, sucesivos
capítulos que tienden necesariamente a un fin, uno y no otro, uno y no
múltiples. Las grandes ideologías precisan objetivos unívocos. Así el
discurso histórico se empobrece, pero añade efectividad a su mensaje
político y a la cosmovisión occidental del mundo. Menos paradójicamente
de lo que pudiera parecer, la historia-disciplina frecuentemente
deshistoriza, naturaliza su versión, dando a entender que poco se puede
hacer ante factores suprahumanos. Esto nos lo enseñó bien hace treinta
años la historia de las mujeres nombrando y desontologizando categorías
como género, patriarcado y tantas otras. Las tradiciones
historiográficas críticas también nos han mostrado cómo interpretamos
la historia (relato del pasado) del mismo modo que hacemos historia
(nuestra vida). Salvo casos esquizofrénicos, el esquema que nos permite
relacionarnos con el mundo es el mismo ante el legajo de un archivo que
detrás de la pancarta en una manifestación. Es más, muy posiblemente no
hay una distinción entre ambas historias. Hay sólo una como uno es el
mundo en que vivimos, el mismo para hombres y mujeres, para ricos y
pobres, para seres humanos y no humanos. El ecofeminismo se ha
encargado de defender la globalización en el espacio: todas/os vivimos
en el mismo planeta y por ello hay que defenderlo para todos/as (Mies,
1998). Desde una historia comprometida debemos también globalizar el
tiempo, porque sigue siendo siempre el mismo mundo del que hablamos.

 
El discurso histórico, además, es un discurso sexuado en masculino por
sus amanuenses, intérpretes, protagonistas y también por la cosmovisión
que representa; se entiende así por qué las tradiciones críticas a este
panorama netamente androcéntrico han quedado del mismo modo relegadas a
la marginalidad historiográfica, si no eliminadas directamente (VVAA,
1997; VVAA, 1998). Una de ellas y de las más punzantes ha sido el
feminismo. Pero además de androcéntrico, el discurso histórico es
también antropocéntrico, que no es lo mismo, y antropocéntrico casi
diríamos que por definición, qua tal. Se nos ha dicho que lo
históricamente relevante han sido las acciones, procesos, contextos...
humanos en el mejor de los casos, como si sólo nuestra especie
existiera en el mundo, con unos excesos de autorreferencialidad que
dejan corto el mito de Narciso, que al menos empleaba un elemento
natural, el agua, como espejo de su apariencia. Nuestra manera de
narrar la historia ha prescindido de espejos naturales de
contrastación. La naturaleza ha sido un decorado necesario pero ajeno a
la acción del soliloquio. El único protagonismo que ha tenido ha sido
funcional, como objeto que ha estimulado la capacidad y las estrategias
dominadoras de nuestra especie.

*

 
Después de este panorama, no demasiado esperanzador, ¿hay posibilidad
de permanencia del ecofeminismo?, ¿y de la desobediencia civil?
Entiendo, y enlazo con algo a lo que ya me he referido, que el
feminismo, desnudado de sus planteamientos más transformadores y
reducido meramente a “rasero igualador”, ábaco sociológico que confunda
la injusticia o la justicia con términos puramente aritméticos, el
feminismo institucional, puede llegar incluso a imponerse como
arbotante necesario del nuevo discurso dominante que habrá de surgir
con el nuevo paradigma de la historia. Reducidos los discursos críticos
a engrasantes que perfeccionen el funcionamiento de los engranajes
teóricos, científicos, políticos, económicos... de este sistema, la
trivialización de la moda eco- no creemos que tuviera demasiados
problemas para establecerse en ese núcleo de lo hegemónico.

 
Otra cosa bien distinta es toda esa carga política opuesta que sigue
conservando y desarrollando el feminismo y que también atesora la
ecología política. Sus planteamientos denuncian la inviabilidad del
modelo capitalista occidental, descubren las mentiras de sus excusas
legitimadoras, y cuestionan muchos de los presuntos avances que desde
el siglo XVIII hasta hoy han sido abanderados por la todopoderosa idea
de progreso: cuestionan en definitiva la propia noción de avance y de
progreso. Esta impugnación a uno de los tradicionales motores que se
dice que han movido la historia (la idea de progreso) cuando en
circunstancias coyunturales concretas ha adquirido cierto relieve se ha
demostrado también una herramienta desestabilizadora eficaz. La
respuesta contra esta amenaza que presuntamente se cerniría sobre el
sistema de pensamiento hegemónico, o Pensamiento Único, ya la estamos
viviendo, desde la calle, desde los resortes mediáticos o desde las
tribunas académicas.

GENEALOGÍAS ECOFEMINISTAS

 
Pero así como el feminismo disfrutó pronto de crédito historiográfico
entre las historiadoras a través de la historia de las mujeres, no
conozco trabajos históricos que se reclamen ecofeministas. Quizá es
demasiado pronto para que sus categorías pregnen los dominios de Clío,
o quizá la historia de las mujeres está desarrollando un inmenso
potencial apuntado hace algunos años más y no se aprecian con el mismo
detenimiento las nuevas tendencias teóricas. Por ahora el ecofeminismo
queda circunscrito a la práctica política, y a las llamadas ciencias
sociales: política, economía, sociología etc. Lo que sí que habría, en
cambio, serían interpretaciones históricas subsumibles bajo esa
corriente pero insertas en lo que entendemos como “feminismo” sin más.
Localizar ejemplos y precedentes en eso que llamamos “la historia” no
se antoja una tarea demasiado difícil, habida cuenta de la mayor
cercanía entre las mujeres y “la Naturaleza” por la división sexual del
trabajo y por los modos distintos, culturalmente aprendidos e
históricamente transmitidos, de interpretar y estar en el mundo que se
han desplegado sobre mujeres y varones. Hay múltiples ejemplos de
mujeres (y también varones) relacionándose respetuosamente con la
naturaleza, defendiendo los bosques, la limpieza de las aguas,
planteando conductas distintas, “más humanas”, hacia los animales,
cuidando de su entorno que ellas saben vivo como si efectivamente lo
estuviera. Con las metodologías aprendidas de la historia de las
mujeres sólo faltaría tiempo para comenzar a desentrañar cuál ha sido
la contribución femenina y masculina al ecofeminismo en la historia.
Pero con esto no basta. Como en tantas otras ocasiones, no se trata
meramente de integrarlo, sino de reconocerlo, concederle autoridad. La
integración es el ofrecimiento con que la Academia en sus vertientes
más progresistas pretende captar los conatos potencialmente peligrosos,
y quien en este contexto dice Academia también dice Mercado. Una vez
más, ciñéndome a mi campo de reflexión, a lo que se aspira es a cambiar
el enfoque de los acercamientos históricos, que el ecofeminismo
impregne el más o menos honrado o interesado ramillete de cuestiones,
métodos, preguntas y planteamientos políticos con que el/la
historiador/a se enfrenta a su tarea.

 Y
pongo un ejemplo histórico que quizá suene a provocación, porque voy a
traer a colación a Hildegarda de Bingen, abadesa benedictina del siglo
XII, como un posible ejemplo de precedente ecofeminista. Esta mujer, de
ser una figura prácticamente desconocida fuera de Alemania, en estos
últimos años ha pasado a ser casi un talismán comercial o un icono
cultural, invocada para casi todo lo que tenga que ver no ya con el
siglo XII o la Edad Media, sino con la historia de las mujeres lato
sensu. No obstante, quiero plantear una cuestión que me parece
interesante y que nuevamente haría de esta mujer renana una pionera de
nuevas realidades, en este caso, quiero justificar su inclusión como
ejemplo de conciencia ecofeminista que hace además de la desobediencia
civil una estrategia de lucha de cara a restablecer un orden
ginecocéntrico, original lectura del sentido del cosmos, orden dotado
de su propia integridad.

 Es conocida su
vertiente naturalista, plasmada en los numerosos libros que escribió
sobre animales, las propiedades de las piedras y de las plantas, además
de sus profundos conocimientos sobre el cuerpo humano, sus enfermedades
y sus curas, datos por sí solos insuficientes para deducir de ellos una
sensibilidad ecologista (Lorenzo, 1996). Pero no voy a establecer esa
frágil vinculación ecofeminismo-historia en apoyos posibles pero
epistemológicamente débiles, como podría ser su conocida sensibilidad
naturalista o la relación de su monasterio con el medio, presuntamente
muy ecológica, como en casi todos los monasterios medievales. Pretendo
ir un poco más allá al relacionar la conciencia ecológica con uno de
los principios transversales de toda la obra hildegardiana (el otro
sería la feminización de cualquiera de sus expresiones: la teológica,
la musical...): la armonía. Si entendemos la ecología como el estudio de
las relaciones que median entre los organismos y su entorno, incidiendo
en las cuestiones de mutua interacción llegamos a un concepto clave: el
equilibrio u homeostasis, que viene a ser lo que Hildegarda nombró como
armonía. Más tarde Kepler lo traduciría en términos
científico-naturales también como “ley de armonía” y, ya en el siglo
XX, Paul Tillich lo aplicaría al campo social (Martínez Cortés, 1993:
344).

 Uno de los sucesos más famosos de su
longeva vida, acaecido un año antes de su muerte, cuando contaba con
ochenta años, fue su excomunión y la prohibición de cantar en el oficio
divino por negarse a exhumar un cuerpo enterrado en el recinto monacal.
El castigo se extendió a toda su comunidad al solidarizarse con la
abadesa. Este episodio se presta, a mi parecer, a una interpretación
desde el ecofeminismo y la desobediencia civil. La respuesta de
Hildegarda no se hizo esperar y conminó a los autores del interdicto,
los prelados de Maguncia, a revocarlo apoyándose en una idea
fundamental: la excomunión rompía la armonía al impedir que una
comunidad de religiosas elevara su plegaria a Dios. Y dicha ruptura
traería una serie de desgracias terribles si no se subsanaba
(Hildegarda tuvo facultades visionarias desde muy niña). El orden
cósmico, expresado en el universo, en el cuerpo humano, en las leyes
naturales, en las proporciones de la música..., debía ser respetado a
toda costa, y lo contrario era una irresponsabilidad gravísima. Son
cuestiones de interés general las que se anteponen. ¿Ese respeto a la
naturaleza y los seres y objetos que en ella se hallan comprendidos no
es la versión contemporánea de esa necesidad metarracional de
mantenimiento de la armonía entre los diversos seres vivos o inertes
que componemos el planeta?

 La firme postura
de Hildegarda (no es éste el momento para discutir si era más valiente
que interesada) nos remite a otro de los grandes referentes femeninos
de la cultura occidental, en este caso perteneciente a la tradición
mítica griega, metarrelato fundante de una buena parte de nuestra
manera de pensar, Antígona, otra mujer desobediente que desacata el
mandato positivo impuesto por el rey de Tebas Creonte para no
contradecir el mandato natural (divino) mantenedor de una armonía
necesaria, imprescindible. Haciendo pública su postura decide enterrar
el cadáver de su hermano Polinices pese a la prohibición expresa. Vemos
cómo Creonte puede ser el pseudónimo de los canónigos maguntinos;
Hildegarda podía vestir también clámide tebana. Yendo todavía un poco
más lejos, no es muy difícil imaginar que esa armonía, que la abadesa
desarrollaría musicalmente en su portentosa colección intitulada
Symphonie armonie celestium revelationum (Sinfonía de la armonía de las
revelaciones celestes), es lo que el pensamiento actual ha denominado
orden simbólico. La armonía es orden simbólico. Y romper esa armonía,
es decir, condenar al silencio; es decir, impedir la inhumación del
cuerpo de un hermano; es decir, anteponer intereses particulares a los
universales, esa ruptura de la armonía es desorden simbólico.

 
 
Entre los constructores que andan diseñando desde posiciones de
izquierda las bases del nuevo paradigma historiográfico se alzan voces
que reconocen cierto predicamento a la “historia ecológica” y a la
“historia de las mujeres/género”, junto a los ya grandes constructos
consagrados como la historia social y la historia de las mentalidades.
Parece nuevamente que el discurso ecofeminista se muestra posible,
exorcizadas las jeremiadas triunfalistas del “fin de la Historia”. Pero
para que alcance el estatuto y la presencia que merece tendrá que
refinar sus redes categoriales, sus conceptos específicos y explicar
bien qué novedades cualitativas añade.

UN SÍMBOLO PARA UNA TRADICIÓN HISTORIOGRÁFICA ECOFEMINISTA.

 
Quiero, para terminar, ofrecer un ejemplo que bien puede ser un resumen
de esta intervención o una personificación de lo que el ecofeminismo
conlleva. Si antes hablábamos de una figura propiamente histórica
(Hildegarda) y otra mítica (Antígona), unimos ambas naturalezas,
correspondientes a dos metarrelatos o narraciones occidentales en un
fascinante personaje literario, tan real como mítico, ubicado en el
altiplano peruano de los Andes. Se trata de la figura de la anciana
doña Añada, ciega y humillada por el altivo juez Montenegro, que la
expulsó de la hacienda donde le había servido toda su vida con el
pretexto de su propia ancianidad. La comunidad de Yanacocha, a la que
pertenecía la vieja sabia, la acoge y ella pagará esa hospitalidad
tejiendo, urdiendo unos ponchos adornados con motivos historicistas.
Pero “en su ceguera, doña Añada se había extraviado. En lugar de tejer,
como quería, los desastres y triunfos del pasado, tejió los desastres y
triunfos por venir” (Scorza, 1984: 124). Doña Añada, esa mujer
confidente de los cuyes y las flores, conocedora de las leyes de la
naturaleza, hiló la historia de su pueblo, en un trasunto andino de la
mediterránea sibila, pero carente de las desactivaciones patriarcales
que sufrió la semidivina mediadora de origen griego. En la figura de
una anciana vemos la encarnación de la identidad de un
pueblo-naturaleza que ha de resistir a los manejos despóticos y
arbitrarios del juez Montenegro (personificación a su vez de la cara
oscura de la civilización). Trenzando filamentos desobedece y anima a
la desobediencia. La voz de hilos de colores de doña Añada se erige en
baluarte de posibilidad, de resistencia: una voz femenina a quien se
reconoce toda la autoridad posible pese a ser la persona con menor
poder de la comunidad.

 Doña Añada, por
tanto, como el resultado de la unión de historia, mito, naturaleza,
mujeres, sabiduría y desobediencia, una conjunción de ingredientes de
los que no puede prescindir el ecofeminismo si aspira a incomodar. En
este tiempo científico y cientifista, más positivista de lo que pudiera
parecer, a pesar de -ismos, post- etc., quizá no está de más reclamar
nuestra condición simbólica y reivindicar también la actualidad
(desobediente) del pensamiento mítico. Un modo de relacionarnos con el
mundo de una manera alternativa al Pensamiento Único y sus Razones
consustanciales: dinero, rentabilidad, futuro, progreso, biotecnología...
Es decir, el pensamiento mítico como pensamiento desobediente.
Desobediente porque gran parte de la capacidad simbólica que tenemos en
cuanto seres humanos ha caído en desuso en las sociedades
postindustriales, sustituida por emblemas comerciales e iconos
sedantes. Pero de esas narraciones fundacionales sí han pervivido, en
cambio y con más presencia, los precedentes legitimadores de las
estructuras de poder que las expresiones de resistencia a los mismos
que, más o menos elaborados, no faltan en estas cosmogonías.

 

Quizá el cuestionamiento ecofeminista podría servir de indicador a la
hora de establecer la mayor o menor excelencia de las diferentes
sociedades del presente, y por tanto también de las históricas. Ello
implica arrinconar la perversa e interesada noción de “progreso” como
criterio casi único a la hora de mediciones lineales con el patrón
económico como unidad mensural. Desde algunas atalayas de impugnación
se han establecido otros, también válidos: la situación intramuros de
las cárceles, la de las mujeres, el índice de pobreza, el respeto a los
animales no humanos etc... Muchos pueden ser los barómetros porque muchas
son las dominaciones. Si aplicamos la agenda ecofeminista valoraríamos
como sociedades más justas y más libres aquéllas en que la libertad
femenina alcanza cotas mayores, a la vez que la relación con la
Naturaleza se establece en términos dialógicos, de respeto. Podría
afirmar, aun sin haber profundizado con detención en el tema, que un
relativamente “buen” periodo hubiera sido, por ejemplo, lo que llamamos
Edad Media, juicio que desde parámetros estrictamente feministas
también se puede afirmar (con respecto a los periodos que vendrían
inmediatamente después al menos). En la Edad Media no se producen las
agresiones indiscriminadas que vendrían posteriormente, y no sólo se
debe explicar por falta de recursos técnicos para poder depredar en
condiciones: las sociedades no producen lo que no precisan, y la
tecnología va asociada a los modelos económicos y de pensamiento con
que cada sociedad se dota. Por otra parte, las mujeres también gozaron
de unas posibilidades de expresión que con Renacimiento y, sobre todo,
con la sociedad barroca, reformista o contrarreformista,
desaparecieron. Esta investigación que está por hacer no pretende
rescatar antiguas Arcadias o establecer criterios-dogma para establecer
una línea de progreso distinta pero también única, verdadera. Es una
herramienta más que, con doble filo, nos puede permitir rasgar los
discursos históricos tradicionales (un gran Relato Único en este mundo
posthistórico en boca de Fukuyama, sacerdote de Clío y broker del
Capital) y, a la vez, incomodarnos como historiadores/as occidentales
recordándonos doble nuestra responsabilidad social por razón de nuestro
oficio y por razón de nuestro indiscutiblemente contraecológico modelo
de vida.

 Termino ya. Eso que hemos estado
llamando Historia se ha constituido como uno de los discursos
necesarios para perpetuar estructuras de poder, es decir, estructuras
de violencia que aspiran a la única gestión de su monopolio. En otro
momento analizaremos las necesarias conexiones que, a nuestro juicio,
deben relacionar ecofeminismo con antimilitarismo, insisto que en sus
vertientes más comprometidas y menos florales, porque la ultima ratio
que impone su lógica es la violencia, expresada caleidoscópicamente en
prismas múltiples que proyectan a su vez más violencia. Violencias
repercutidas en las mujeres, en la naturaleza, en pueblos enteros, en
algunos varones... Pero también el discurso histórico puede contribuir a
erosionar el propio relato en el cual se encuadra. Un discurso
histórico enunciado desde estas atalayas críticas no seducidas por la
idea de Poder puede también dejar de legitimar la violencia como motor
de la Historia. Atalayas desde las que sigamos siendo capaces de ver
más allá (hacia delante y hacia detrás) del mezquino horizonte que nos
presentan como único, unas atalayas desde las que ir soltando hebras
que engarcen con el bastidor plural de la naturaleza y de la historia.
Doña Añada así, como metáfora de la historia o como su contrario, pero
siempre yendo más allá de alicortas dicotomías. Si la Historia no
contribuye a la utopía de la paz, se erige como un imperativo ético
contribuir a su desaparición, rechazarla, decirle que no.

 Contrapropuestas a la violencia. Propuestas contra la Historia.

BIBLIOGRAFÍA

SCORZA, Manuel (1984): Cantar de Agapito Robles, Barcelona, Plaza & Janés.

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Celia (2000): “Presentación (que intenta ser un esbozo del status
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y antimilitarismo. Madrid, MOC-Proyecto editorial Traficantes de Sueños.

MARTÍNEZ
CORTÉS, Javier (1993): “Ecología”. Conceptos fundamentales del
cristianismo. Casiano Floristán y Juan José Tamayo (eds.), Madrid,
Trotta, 344-352.

Los movimientos sociales. Transformaciones
políticas y cambio cultural (1998): Pedro Ibarra y Benjamín
Tejerina (eds.), Madrid, Trotta.

LORENZO ARRIBAS, Josemi (1996): Hildegarda de Bingen (1098-1179). Madrid, Ediciones del Orto.

MIES,
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subsistencia”. La praxis del ecofeminismo. Biotecnología, consumo,
reproducción. Maria Mies y Vandana Shiva (eds.), Barcelona, Icaria,
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OLIVER OLMO, Pedro (2002): La utopía insumisa de Pepe Beúnza. Una objeción subversiva durante el franquismo. Barcelona, Virus.

PULEO,
Alicia (2000): “Ecofeminismo: hacia una redefinición
filosófico-política de ‘naturaleza’ y ‘ser humano’”. Feminismo y
filosofía. Celia Amorós (ed.), Madrid, Síntesis, 165-190.

VVAA
[C. Cuadra, J. Lorenzo, Á. Muñoz y C. Segura] (1997): “Las mujeres y la
historia: ciencia y política”. La historia de las mujeres en el nuevo
paradigma de la Historia. C. Segura (ed)., Madrid, Al-Mudayna, 73-93.

VVAA
[Á. Muñoz, J. Lorenzo y C. Segura] (1999): “Sobre el discurso de la
incorporación de la historia de las mujeres”. Cambiando el
conocimiento: universidad, sociedad y feminismo. Oviedo, Ediciones KRK,
171-176.
* Insumissia, paisaje desobediente, es un espacio
radiofónico que desde 1995 lleva contrainformando durante dos horas
semanales sobre resistencias y desobediencias en una radio libre del
Sur de Madrid (Onda Latina). A mis compañeros/as de Redacción, a
quienes nos escuchan, y a quienes han pasado por el cuchitril de
emisión les debo muchos de los planteamientos de este artículo, por lo
que esta dedicatoria es más un agradecimiento, por tantas noches
imaginando despertar amaneceres libertarios.
 Una visión panorámica en los artículos recogidos en Los movimientos sociales..., 1998.
 Ya
en fase de publicación de este trabajo han aparecido en el mercado
editorial dos títulos fundamentales para rastrear y entender los
orígenes y desarrollo del movimiento de desobediencia civil más
importante y articulado del Estado español post-franquista: la
insumisión (MOC, 2002; Oliver, 2002).
 Razones obvias nos
llevan a denominarlo así. Hasta las políticas, industrias e ideologías
más agresivas hacia la Naturaleza y la sostenibilidad se encubren bajo
retóricas y “gestos” ecológicos. Nunca explicitan su anti- de facto,
aunque exhiban “etiquetas verdes”.

Comunicación
leída en el Simposio Internacional Feminismo y Ecología. Perspectivas
Histórico-Filosóficas (Madrid, 23-24 marzo 2001), y publicada en:
Mujeres y Ecología. Historia, pensamiento, sociedad (2004). Mª Luisa
Cavana, Alicia H. Puleo y Cristina Segura (coords.), Madrid,
al-Mudayna, pp. 153-164 (ISBN 84-87090-31-1).

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