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Discurso histórico y tradiciones críticas: Posibilidad del ecofeminismo y desobediencia

José Miguel Lorenzo Arribas

Sección:Mujeres y antimilitarismo
Jueves 29 de diciembre de 2005 0 comentario(s) 4532 visita(s)

Sacado de Todas

Vamos a incidir a lo largo de esta reflexión en cuestiones ya conocidas, por un lado, y en otras más novedosas, casi inéditas, diría, por otro, con un tono más deliberadamente ensayístico que académico. Después de dar un repaso a algunos de los problemas que hoy tiene planteados el ecofeminismo, incidiendo en su peligrosa inofensividad -peligrosa para quienes consideramos urgente plantear respuestas eficaces al orden de cosas imperante- continuaremos con algunas reflexiones sobre lo que es el discurso histórico, terminando con la parte más original: anticipos de lo que podían ser precedentes del ecofeminismo con el fin de comenzar a construir una genealogía que ilumine la práctica política, que nos ayude a ver cómo es posible. Para que se dé esta condición de posibilidad es previo el supuesto de su decibilidad, porque en términos políticos los horizontes de posibilidad que no podemos imaginar son imposibles de articular. Estas líneas, por tanto, pretenden comenzar a silabear tentativamente nuevas interpretaciones de factores tópicos y crónicos, los mejores ingredientes para construir utopías de verdad, amenazantes y conflictivas. Y en esta tarea la historia emerge como un aglutinante tan necesario como lo ha sido a la hora de sostener los discursos hegemónicos. El ecofeminismo también necesita memoria y tradiciones críticas. En este sentido la desobediencia ilumina muchos campos apenas transitados por una historiografía dócil realizada desde las escribanías de palacio, templo o laboratorio.

Un indicador ciertamente seguro para calibrar la eficacia de estas tradiciones críticas en la historia o en el presente es la mayor o menor renuencia de sus denominaciones a ser fagocitadas por el lenguaje del Poder. Evidentemente, nada concluye, pero en la sociedad mediática de principios del siglo XXI donde millones de mensajes se suceden y entrecruzan a velocidades vertiginosas y donde los espacios de serena reflexión crítica, no subvencionada/condicionada por quienes gestionan el Dinero, se debaten entre la invisibilidad, la represión, y la incomprensión de las mayorías, en esta sociedad, decimos, tener algún criterio fiable de algo emerge como un puntal casi irrenunciable. En este sentido, la línea que se puede establecer, más allá del mero nominalismo lúdico y más allá de la controlada provocación de tertuliano radiofónico, separa con bastante claridad los umbrales de posibilidad de los distintos discursos resistentes.

 
INOFENSIVIDAD DE LO ECO-(FEMINISTA).

  Aplicado el “escalpelo del éxito nominal” al caso que nos ocupa, ecofeminismo y desobediencia civil, se muestra bastante clara una diferencia, un limpio corte: el programa reivindicativo ecologista, difuso y mixtificado desde un principio, con cabida desde discursos claramente conservacionistas, e incluso reaccionarios, hasta propuestas políticas transformadoras de verdad, se ha topado con una versión desactivadora potentísima en el prefijo eco-, descubierto y extendido hasta el aburrimiento en múltiples marbetes comerciales y vulgarizado por las diferentes administraciones públicas. Por su parte, el feminismo, después de una poderosa lucha centenaria, ha visto en gran parte cómo se mostraba también dispuesto a ser asumido por los lenguajes oficiales, situación encajada dócilmente por ciertas tendencias feministas. Esto no quiere decir que los contenidos y reivindicaciones últimas que cada nombre encubre (ecologismo, feminismo) hayan sido asumidos también, en cuyo caso estas páginas no tendrían sentido alguno.

 Ecofeminismo se construye casi como un reclamo comercial en este mercadillo de las ideologías que el Mercado del Pensamiento Único todavía consiente que se implante de vez en cuando en los extrarradios teóricos y políticos de su Aldea Global. La inofensividad del término, ecofeminismo, ha producido hasta la fecha incluso la ausencia de un debate de fondo sobre los beneficios o perjuicios que la alianza de sus dos tradiciones integrantes puede repercutirse mutuamente. Silencio que atruena más todavía si pensamos en la calidad y cantidad de intervenciones que otras conocidas y anunciadas bodas del feminismo produjeron en su tiempo, como en el caso de la Ilustración, el marxismo, la postmodernidad o, apurando, la teología cristiana. Ciertamente, el ecologismo no posee un corpus teórico comparable a las estas últimas tendencias ahora citadas, lo cual le pone en clara desigualdad de oportunidades. Por otro lado asoman las (en parte razonables) reticencias de destacadas teóricas, como Celia Amorós, a nuevas alianzas del feminismo con otros movimientos (ecofeminismo, pacifismo) de los que, en su lectura, sólo se puede esperar voluntarismo y, al primer descuido, distracción de los objetivos feministas (Amorós, 2000: 14-22).

 La inofensividad a que hemos aludido se nos antoja uno de los mayores peligros con que puede enfrentarse un movimiento social y político que aspire a darle la vuelta al status quo, y el cajón de sastre en que se ha convertido el ecofeminismo más que ayudar a extender luchas creo que desanima a profundizarlas. Por ecofeministas pueden pasar hoy posturas que van desde planteamientos individualistas tipo New-Age o misticismos residuales hasta posiciones fuertemente antimilitaristas y politizadas que integran en su práctica política la confrontación directa y sin concesiones. En el interior de este arco se despliega una amplia gama intermedia de opciones difusas donde se estila más un acopio de retales obtenidos de distintos préstamos de aquí y de allá e incapaces de articular un corpus coherente que una tradición propia.

DISCURSO HISTÓRICO OBEDIENTE. DISCURSOS HISTÓRICOS DESOBEDIENTES.

  Pero también queríamos hablar de la desobediencia civil, sintagma que aparece en el título de esta intervención de manera sintácticamente correcta, pero políticamente impropia. La desobediencia civil no es un sistema de pensamiento o una ideología política como tal (al modo de ecologismo, feminismo, antimilitarismo...), sino un recurso o una estrategia al alcance de ellas. Pero estimo que esta herramienta se muestra lo bastante poderosa como para hacer del ecofeminismo una arista punzante más que perturbe y amenace el discurso triunfalista post-histórico amañado por fukuyamas, pseudo-democracias liberales y capitalismos de tendencias social-demócratas, presentados como únicos paradigmas posibles, pensables y decibles y por tanto, inminentes, si no triunfantes.

 ¿Y qué tiene que ver el discurso histórico en todo esto? Mucho, porque él define las lecturas de lo que presuntamente ha pasado, condicionando así nuestra actitud ante lo que haya de pasar. Si no tenemos más referentes que los inmediatos difícilmente podremos hacer otra cosa que no sea seguir perpetuando estos últimos. La historia es una herramienta eficaz de construcción de imaginario colectivo y, manejada como está por los sistemas hegemónicos, también es un difusor eficaz de miedo y un agente desmovilizador (la consabida disculpa: ¿qué sentido tienen hacer algo si siempre ha sido así?). El discurso histórico tiende a ser teleológico, narrativo y lineal, haciendo de los procesos, sucesivos capítulos que tienden necesariamente a un fin, uno y no otro, uno y no múltiples. Las grandes ideologías precisan objetivos unívocos. Así el discurso histórico se empobrece, pero añade efectividad a su mensaje político y a la cosmovisión occidental del mundo. Menos paradójicamente de lo que pudiera parecer, la historia-disciplina frecuentemente deshistoriza, naturaliza su versión, dando a entender que poco se puede hacer ante factores suprahumanos. Esto nos lo enseñó bien hace treinta años la historia de las mujeres nombrando y desontologizando categorías como género, patriarcado y tantas otras. Las tradiciones historiográficas críticas también nos han mostrado cómo interpretamos la historia (relato del pasado) del mismo modo que hacemos historia (nuestra vida). Salvo casos esquizofrénicos, el esquema que nos permite relacionarnos con el mundo es el mismo ante el legajo de un archivo que detrás de la pancarta en una manifestación. Es más, muy posiblemente no hay una distinción entre ambas historias. Hay sólo una como uno es el mundo en que vivimos, el mismo para hombres y mujeres, para ricos y pobres, para seres humanos y no humanos. El ecofeminismo se ha encargado de defender la globalización en el espacio: todas/os vivimos en el mismo planeta y por ello hay que defenderlo para todos/as (Mies, 1998). Desde una historia comprometida debemos también globalizar el tiempo, porque sigue siendo siempre el mismo mundo del que hablamos.

  El discurso histórico, además, es un discurso sexuado en masculino por sus amanuenses, intérpretes, protagonistas y también por la cosmovisión que representa; se entiende así por qué las tradiciones críticas a este panorama netamente androcéntrico han quedado del mismo modo relegadas a la marginalidad historiográfica, si no eliminadas directamente (VVAA, 1997; VVAA, 1998). Una de ellas y de las más punzantes ha sido el feminismo. Pero además de androcéntrico, el discurso histórico es también antropocéntrico, que no es lo mismo, y antropocéntrico casi diríamos que por definición, qua tal. Se nos ha dicho que lo históricamente relevante han sido las acciones, procesos, contextos... humanos en el mejor de los casos, como si sólo nuestra especie existiera en el mundo, con unos excesos de autorreferencialidad que dejan corto el mito de Narciso, que al menos empleaba un elemento natural, el agua, como espejo de su apariencia. Nuestra manera de narrar la historia ha prescindido de espejos naturales de contrastación. La naturaleza ha sido un decorado necesario pero ajeno a la acción del soliloquio. El único protagonismo que ha tenido ha sido funcional, como objeto que ha estimulado la capacidad y las estrategias dominadoras de nuestra especie.

*

  Después de este panorama, no demasiado esperanzador, ¿hay posibilidad de permanencia del ecofeminismo?, ¿y de la desobediencia civil? Entiendo, y enlazo con algo a lo que ya me he referido, que el feminismo, desnudado de sus planteamientos más transformadores y reducido meramente a “rasero igualador”, ábaco sociológico que confunda la injusticia o la justicia con términos puramente aritméticos, el feminismo institucional, puede llegar incluso a imponerse como arbotante necesario del nuevo discurso dominante que habrá de surgir con el nuevo paradigma de la historia. Reducidos los discursos críticos a engrasantes que perfeccionen el funcionamiento de los engranajes teóricos, científicos, políticos, económicos... de este sistema, la trivialización de la moda eco- no creemos que tuviera demasiados problemas para establecerse en ese núcleo de lo hegemónico.

  Otra cosa bien distinta es toda esa carga política opuesta que sigue conservando y desarrollando el feminismo y que también atesora la ecología política. Sus planteamientos denuncian la inviabilidad del modelo capitalista occidental, descubren las mentiras de sus excusas legitimadoras, y cuestionan muchos de los presuntos avances que desde el siglo XVIII hasta hoy han sido abanderados por la todopoderosa idea de progreso: cuestionan en definitiva la propia noción de avance y de progreso. Esta impugnación a uno de los tradicionales motores que se dice que han movido la historia (la idea de progreso) cuando en circunstancias coyunturales concretas ha adquirido cierto relieve se ha demostrado también una herramienta desestabilizadora eficaz. La respuesta contra esta amenaza que presuntamente se cerniría sobre el sistema de pensamiento hegemónico, o Pensamiento Único, ya la estamos viviendo, desde la calle, desde los resortes mediáticos o desde las tribunas académicas.

GENEALOGÍAS ECOFEMINISTAS

  Pero así como el feminismo disfrutó pronto de crédito historiográfico entre las historiadoras a través de la historia de las mujeres, no conozco trabajos históricos que se reclamen ecofeministas. Quizá es demasiado pronto para que sus categorías pregnen los dominios de Clío, o quizá la historia de las mujeres está desarrollando un inmenso potencial apuntado hace algunos años más y no se aprecian con el mismo detenimiento las nuevas tendencias teóricas. Por ahora el ecofeminismo queda circunscrito a la práctica política, y a las llamadas ciencias sociales: política, economía, sociología etc. Lo que sí que habría, en cambio, serían interpretaciones históricas subsumibles bajo esa corriente pero insertas en lo que entendemos como “feminismo” sin más. Localizar ejemplos y precedentes en eso que llamamos “la historia” no se antoja una tarea demasiado difícil, habida cuenta de la mayor cercanía entre las mujeres y “la Naturaleza” por la división sexual del trabajo y por los modos distintos, culturalmente aprendidos e históricamente transmitidos, de interpretar y estar en el mundo que se han desplegado sobre mujeres y varones. Hay múltiples ejemplos de mujeres (y también varones) relacionándose respetuosamente con la naturaleza, defendiendo los bosques, la limpieza de las aguas, planteando conductas distintas, “más humanas”, hacia los animales, cuidando de su entorno que ellas saben vivo como si efectivamente lo estuviera. Con las metodologías aprendidas de la historia de las mujeres sólo faltaría tiempo para comenzar a desentrañar cuál ha sido la contribución femenina y masculina al ecofeminismo en la historia. Pero con esto no basta. Como en tantas otras ocasiones, no se trata meramente de integrarlo, sino de reconocerlo, concederle autoridad. La integración es el ofrecimiento con que la Academia en sus vertientes más progresistas pretende captar los conatos potencialmente peligrosos, y quien en este contexto dice Academia también dice Mercado. Una vez más, ciñéndome a mi campo de reflexión, a lo que se aspira es a cambiar el enfoque de los acercamientos históricos, que el ecofeminismo impregne el más o menos honrado o interesado ramillete de cuestiones, métodos, preguntas y planteamientos políticos con que el/la historiador/a se enfrenta a su tarea.

 Y pongo un ejemplo histórico que quizá suene a provocación, porque voy a traer a colación a Hildegarda de Bingen, abadesa benedictina del siglo XII, como un posible ejemplo de precedente ecofeminista. Esta mujer, de ser una figura prácticamente desconocida fuera de Alemania, en estos últimos años ha pasado a ser casi un talismán comercial o un icono cultural, invocada para casi todo lo que tenga que ver no ya con el siglo XII o la Edad Media, sino con la historia de las mujeres lato sensu. No obstante, quiero plantear una cuestión que me parece interesante y que nuevamente haría de esta mujer renana una pionera de nuevas realidades, en este caso, quiero justificar su inclusión como ejemplo de conciencia ecofeminista que hace además de la desobediencia civil una estrategia de lucha de cara a restablecer un orden ginecocéntrico, original lectura del sentido del cosmos, orden dotado de su propia integridad.

 Es conocida su vertiente naturalista, plasmada en los numerosos libros que escribió sobre animales, las propiedades de las piedras y de las plantas, además de sus profundos conocimientos sobre el cuerpo humano, sus enfermedades y sus curas, datos por sí solos insuficientes para deducir de ellos una sensibilidad ecologista (Lorenzo, 1996). Pero no voy a establecer esa frágil vinculación ecofeminismo-historia en apoyos posibles pero epistemológicamente débiles, como podría ser su conocida sensibilidad naturalista o la relación de su monasterio con el medio, presuntamente muy ecológica, como en casi todos los monasterios medievales. Pretendo ir un poco más allá al relacionar la conciencia ecológica con uno de los principios transversales de toda la obra hildegardiana (el otro sería la feminización de cualquiera de sus expresiones: la teológica, la musical...): la armonía. Si entendemos la ecología como el estudio de las relaciones que median entre los organismos y su entorno, incidiendo en las cuestiones de mutua interacción llegamos a un concepto clave: el equilibrio u homeostasis, que viene a ser lo que Hildegarda nombró como armonía. Más tarde Kepler lo traduciría en términos científico-naturales también como “ley de armonía” y, ya en el siglo XX, Paul Tillich lo aplicaría al campo social (Martínez Cortés, 1993: 344).

 Uno de los sucesos más famosos de su longeva vida, acaecido un año antes de su muerte, cuando contaba con ochenta años, fue su excomunión y la prohibición de cantar en el oficio divino por negarse a exhumar un cuerpo enterrado en el recinto monacal. El castigo se extendió a toda su comunidad al solidarizarse con la abadesa. Este episodio se presta, a mi parecer, a una interpretación desde el ecofeminismo y la desobediencia civil. La respuesta de Hildegarda no se hizo esperar y conminó a los autores del interdicto, los prelados de Maguncia, a revocarlo apoyándose en una idea fundamental: la excomunión rompía la armonía al impedir que una comunidad de religiosas elevara su plegaria a Dios. Y dicha ruptura traería una serie de desgracias terribles si no se subsanaba (Hildegarda tuvo facultades visionarias desde muy niña). El orden cósmico, expresado en el universo, en el cuerpo humano, en las leyes naturales, en las proporciones de la música..., debía ser respetado a toda costa, y lo contrario era una irresponsabilidad gravísima. Son cuestiones de interés general las que se anteponen. ¿Ese respeto a la naturaleza y los seres y objetos que en ella se hallan comprendidos no es la versión contemporánea de esa necesidad metarracional de mantenimiento de la armonía entre los diversos seres vivos o inertes que componemos el planeta?

 La firme postura de Hildegarda (no es éste el momento para discutir si era más valiente que interesada) nos remite a otro de los grandes referentes femeninos de la cultura occidental, en este caso perteneciente a la tradición mítica griega, metarrelato fundante de una buena parte de nuestra manera de pensar, Antígona, otra mujer desobediente que desacata el mandato positivo impuesto por el rey de Tebas Creonte para no contradecir el mandato natural (divino) mantenedor de una armonía necesaria, imprescindible. Haciendo pública su postura decide enterrar el cadáver de su hermano Polinices pese a la prohibición expresa. Vemos cómo Creonte puede ser el pseudónimo de los canónigos maguntinos; Hildegarda podía vestir también clámide tebana. Yendo todavía un poco más lejos, no es muy difícil imaginar que esa armonía, que la abadesa desarrollaría musicalmente en su portentosa colección intitulada Symphonie armonie celestium revelationum (Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestes), es lo que el pensamiento actual ha denominado orden simbólico. La armonía es orden simbólico. Y romper esa armonía, es decir, condenar al silencio; es decir, impedir la inhumación del cuerpo de un hermano; es decir, anteponer intereses particulares a los universales, esa ruptura de la armonía es desorden simbólico.

 
  Entre los constructores que andan diseñando desde posiciones de izquierda las bases del nuevo paradigma historiográfico se alzan voces que reconocen cierto predicamento a la “historia ecológica” y a la “historia de las mujeres/género”, junto a los ya grandes constructos consagrados como la historia social y la historia de las mentalidades. Parece nuevamente que el discurso ecofeminista se muestra posible, exorcizadas las jeremiadas triunfalistas del “fin de la Historia”. Pero para que alcance el estatuto y la presencia que merece tendrá que refinar sus redes categoriales, sus conceptos específicos y explicar bien qué novedades cualitativas añade.

UN SÍMBOLO PARA UNA TRADICIÓN HISTORIOGRÁFICA ECOFEMINISTA.

  Quiero, para terminar, ofrecer un ejemplo que bien puede ser un resumen de esta intervención o una personificación de lo que el ecofeminismo conlleva. Si antes hablábamos de una figura propiamente histórica (Hildegarda) y otra mítica (Antígona), unimos ambas naturalezas, correspondientes a dos metarrelatos o narraciones occidentales en un fascinante personaje literario, tan real como mítico, ubicado en el altiplano peruano de los Andes. Se trata de la figura de la anciana doña Añada, ciega y humillada por el altivo juez Montenegro, que la expulsó de la hacienda donde le había servido toda su vida con el pretexto de su propia ancianidad. La comunidad de Yanacocha, a la que pertenecía la vieja sabia, la acoge y ella pagará esa hospitalidad tejiendo, urdiendo unos ponchos adornados con motivos historicistas. Pero “en su ceguera, doña Añada se había extraviado. En lugar de tejer, como quería, los desastres y triunfos del pasado, tejió los desastres y triunfos por venir” (Scorza, 1984: 124). Doña Añada, esa mujer confidente de los cuyes y las flores, conocedora de las leyes de la naturaleza, hiló la historia de su pueblo, en un trasunto andino de la mediterránea sibila, pero carente de las desactivaciones patriarcales que sufrió la semidivina mediadora de origen griego. En la figura de una anciana vemos la encarnación de la identidad de un pueblo-naturaleza que ha de resistir a los manejos despóticos y arbitrarios del juez Montenegro (personificación a su vez de la cara oscura de la civilización). Trenzando filamentos desobedece y anima a la desobediencia. La voz de hilos de colores de doña Añada se erige en baluarte de posibilidad, de resistencia: una voz femenina a quien se reconoce toda la autoridad posible pese a ser la persona con menor poder de la comunidad.

 Doña Añada, por tanto, como el resultado de la unión de historia, mito, naturaleza, mujeres, sabiduría y desobediencia, una conjunción de ingredientes de los que no puede prescindir el ecofeminismo si aspira a incomodar. En este tiempo científico y cientifista, más positivista de lo que pudiera parecer, a pesar de -ismos, post- etc., quizá no está de más reclamar nuestra condición simbólica y reivindicar también la actualidad (desobediente) del pensamiento mítico. Un modo de relacionarnos con el mundo de una manera alternativa al Pensamiento Único y sus Razones consustanciales: dinero, rentabilidad, futuro, progreso, biotecnología... Es decir, el pensamiento mítico como pensamiento desobediente. Desobediente porque gran parte de la capacidad simbólica que tenemos en cuanto seres humanos ha caído en desuso en las sociedades postindustriales, sustituida por emblemas comerciales e iconos sedantes. Pero de esas narraciones fundacionales sí han pervivido, en cambio y con más presencia, los precedentes legitimadores de las estructuras de poder que las expresiones de resistencia a los mismos que, más o menos elaborados, no faltan en estas cosmogonías.

 

Quizá el cuestionamiento ecofeminista podría servir de indicador a la hora de establecer la mayor o menor excelencia de las diferentes sociedades del presente, y por tanto también de las históricas. Ello implica arrinconar la perversa e interesada noción de “progreso” como criterio casi único a la hora de mediciones lineales con el patrón económico como unidad mensural. Desde algunas atalayas de impugnación se han establecido otros, también válidos: la situación intramuros de las cárceles, la de las mujeres, el índice de pobreza, el respeto a los animales no humanos etc... Muchos pueden ser los barómetros porque muchas son las dominaciones. Si aplicamos la agenda ecofeminista valoraríamos como sociedades más justas y más libres aquéllas en que la libertad femenina alcanza cotas mayores, a la vez que la relación con la Naturaleza se establece en términos dialógicos, de respeto. Podría afirmar, aun sin haber profundizado con detención en el tema, que un relativamente “buen” periodo hubiera sido, por ejemplo, lo que llamamos Edad Media, juicio que desde parámetros estrictamente feministas también se puede afirmar (con respecto a los periodos que vendrían inmediatamente después al menos). En la Edad Media no se producen las agresiones indiscriminadas que vendrían posteriormente, y no sólo se debe explicar por falta de recursos técnicos para poder depredar en condiciones: las sociedades no producen lo que no precisan, y la tecnología va asociada a los modelos económicos y de pensamiento con que cada sociedad se dota. Por otra parte, las mujeres también gozaron de unas posibilidades de expresión que con Renacimiento y, sobre todo, con la sociedad barroca, reformista o contrarreformista, desaparecieron. Esta investigación que está por hacer no pretende rescatar antiguas Arcadias o establecer criterios-dogma para establecer una línea de progreso distinta pero también única, verdadera. Es una herramienta más que, con doble filo, nos puede permitir rasgar los discursos históricos tradicionales (un gran Relato Único en este mundo posthistórico en boca de Fukuyama, sacerdote de Clío y broker del Capital) y, a la vez, incomodarnos como historiadores/as occidentales recordándonos doble nuestra responsabilidad social por razón de nuestro oficio y por razón de nuestro indiscutiblemente contraecológico modelo de vida.

 Termino ya. Eso que hemos estado llamando Historia se ha constituido como uno de los discursos necesarios para perpetuar estructuras de poder, es decir, estructuras de violencia que aspiran a la única gestión de su monopolio. En otro momento analizaremos las necesarias conexiones que, a nuestro juicio, deben relacionar ecofeminismo con antimilitarismo, insisto que en sus vertientes más comprometidas y menos florales, porque la ultima ratio que impone su lógica es la violencia, expresada caleidoscópicamente en prismas múltiples que proyectan a su vez más violencia. Violencias repercutidas en las mujeres, en la naturaleza, en pueblos enteros, en algunos varones... Pero también el discurso histórico puede contribuir a erosionar el propio relato en el cual se encuadra. Un discurso histórico enunciado desde estas atalayas críticas no seducidas por la idea de Poder puede también dejar de legitimar la violencia como motor de la Historia. Atalayas desde las que sigamos siendo capaces de ver más allá (hacia delante y hacia detrás) del mezquino horizonte que nos presentan como único, unas atalayas desde las que ir soltando hebras que engarcen con el bastidor plural de la naturaleza y de la historia. Doña Añada así, como metáfora de la historia o como su contrario, pero siempre yendo más allá de alicortas dicotomías. Si la Historia no contribuye a la utopía de la paz, se erige como un imperativo ético contribuir a su desaparición, rechazarla, decirle que no.

 Contrapropuestas a la violencia. Propuestas contra la Historia.

BIBLIOGRAFÍA

SCORZA, Manuel (1984): Cantar de Agapito Robles, Barcelona, Plaza & Janés.

AMORÓS, Celia (2000): “Presentación (que intenta ser un esbozo del status questionis)”. Feminismo y filosofía. Celia Amorós (ed.), Madrid, Síntesis, pp. 9-112.

MOC [Movimiento de Objeción de Conciencia] (2002): En legítima desobediencia. Tres décadas de objeción, insumisión y antimilitarismo. Madrid, MOC-Proyecto editorial Traficantes de Sueños.

MARTÍNEZ CORTÉS, Javier (1993): “Ecología”. Conceptos fundamentales del cristianismo. Casiano Floristán y Juan José Tamayo (eds.), Madrid, Trotta, 344-352.

Los movimientos sociales. Transformaciones políticas y cambio cultural (1998): Pedro Ibarra y Benjamín Tejerina (eds.), Madrid, Trotta.

LORENZO ARRIBAS, Josemi (1996): Hildegarda de Bingen (1098-1179). Madrid, Ediciones del Orto.

MIES, Maria (1998): “La necesidad de un nuevo proyecto: el planteamiento de subsistencia”. La praxis del ecofeminismo. Biotecnología, consumo, reproducción. Maria Mies y Vandana Shiva (eds.), Barcelona, Icaria, 203-238.

OLIVER OLMO, Pedro (2002): La utopía insumisa de Pepe Beúnza. Una objeción subversiva durante el franquismo. Barcelona, Virus.

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VVAA [Á. Muñoz, J. Lorenzo y C. Segura] (1999): “Sobre el discurso de la incorporación de la historia de las mujeres”. Cambiando el conocimiento: universidad, sociedad y feminismo. Oviedo, Ediciones KRK, 171-176.
* Insumissia, paisaje desobediente, es un espacio radiofónico que desde 1995 lleva contrainformando durante dos horas semanales sobre resistencias y desobediencias en una radio libre del Sur de Madrid (Onda Latina). A mis compañeros/as de Redacción, a quienes nos escuchan, y a quienes han pasado por el cuchitril de emisión les debo muchos de los planteamientos de este artículo, por lo que esta dedicatoria es más un agradecimiento, por tantas noches imaginando despertar amaneceres libertarios.
 Una visión panorámica en los artículos recogidos en Los movimientos sociales..., 1998.
 Ya en fase de publicación de este trabajo han aparecido en el mercado editorial dos títulos fundamentales para rastrear y entender los orígenes y desarrollo del movimiento de desobediencia civil más importante y articulado del Estado español post-franquista: la insumisión (MOC, 2002; Oliver, 2002).
 Razones obvias nos llevan a denominarlo así. Hasta las políticas, industrias e ideologías más agresivas hacia la Naturaleza y la sostenibilidad se encubren bajo retóricas y “gestos” ecológicos. Nunca explicitan su anti- de facto, aunque exhiban “etiquetas verdes”.

Comunicación leída en el Simposio Internacional Feminismo y Ecología. Perspectivas Histórico-Filosóficas (Madrid, 23-24 marzo 2001), y publicada en: Mujeres y Ecología. Historia, pensamiento, sociedad (2004). Mª Luisa Cavana, Alicia H. Puleo y Cristina Segura (coords.), Madrid, al-Mudayna, pp. 153-164 (ISBN 84-87090-31-1).

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