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Tregua ¿para qué?

Txema Berro

Sección:Varios
Lunes 24 de abril de 2006 0 comentario(s) 1512 visita(s)

El siguiente texto es un editorial de la revista Libre Pensamiento. El texto aparece con algunas modificaciones en Diagonal

La actuación terrorista de ETA venía siendo, ya tiempo ha, una fuente de estatismo en las dos acepciones que de esta palabra recoge el diccionario: incremento del Estado y fortalecimiento de la quietud. Cierto que para el incremento del Estado y de la pasividad social, que es su correlato, el poder político utiliza cualquier circunstancia de acción u omisión, pero la acción de ETA, el terrorismo, ha sido la circunstancia más útil y duradera de cuantas el Estado hubiera podido encontrar a su alcance.

Sin embargo, no vale reducir el terrorismo a coartada del Poder ni tratar de suavizar su horror en los numerosísimos actos de violencia atroz y cotidiana del capitalismo y del estatismo. La etapa reciente, la que ahora se intenta cerrar, viene definida por el terrorismo de ETA y es responsabilidad suya, de quienes han cometido y alentado esos actos Es cierto, también, que simultáneamente se han cometido actos de terrorismo de Estado con víctimas mortales y otras arbitrariedades legales y policiales que habrá que cargar en su cuenta de responsabilidades. Pero eso no invalida ni suaviza la afirmación anterior de la responsabilidad central de ETA, ni hace aceptable el que esas responsabilidades se contrarresten.

Además, para quien nos planteamos un trabajo social el terrorismo (por lo menos el terrorismo entrado en lo sistemático y previsible), por su encarnizamiento explícito y por su ruptura de cualquier hilo conductor entre medios y objetivos, adopta un carácter socialmente más dañino, añadiendo a la barbarie de nuestro tiempo el venir a cerrar el círculo y a darle un carácter de clausurado y para siempre, ya que impide o reduce a la impotencia cualquier otra forma de contestación social. No es poco. Dada la situación en la que nos encontrábamos, la tregua permanente es la opción menos mala de cuantas podían producirse en relación a la actuación de ETA. La importancia del anuncio de tregua se reduce a abrir la posibilidad de poner fin a una época realmente ignominiosa para el conjunto de la sociedad. El ser esta opción la menos mala le convierte en una magnífica noticia, inicio de un proceso cuya culminación es absolutamente deseable y al que todos, cada uno de acuerdo a nuestras posibilidades, tendremos que contribuir, pese a las muchas reticencias y aun repugnancias que durante su andadura se nos puedan despertar. Aunque esa culminación no añada horizontes y posibilidades a la actual situación, sí que solucionaría, y no es poco, el problema que ETA venía suponiendo, incluso para su propia causa. Ese final de una actuación degradada y degradante es de por sí una buena noticia, teniendo además la ventaja de que quizás nos permitirá ver y abordar el conjunto de la realidad en su normalidad nada halagüeña.

El proceso entre el anuncio de tregua y el acuerdo definitivo no va a ser, previsiblemente, un incentivo para la participación. La de la negociación es una etapa continuadora de la de guerra y durante ella el protagonismo va a seguir correspondiendo a los que lo han detentado en la anterior. Cierto que surgirán plataformas más plurales, pero, aunque adopten las formas de cauces de participación, no pasarán de ser instrumentos de aglutinación de fuerzas en torno a las posturas previamente establecidas, y seguiremos durante ese proceso en la misma dinámica dicotomizadora y excluyente que ha imperado durante el conflicto. Nos pacificarán (y eso sigue siendo deseable) los mismos que nos han mantenido en guerra. Tampoco ese final va a significar algún grado de asunción de responsabilidades de todas las barbaridades cometidas, y esa no culpabilización se hará más dañina que las justificaciones utilizadas en la etapa de conflicto porque adquirirá carácter más definitivo, también porque llevará a la confusión entre la previsible y conveniente anulación o suavización de las consecuencias judiciales de esas actuaciones y su responsabilidad moral, que en ese momento debiera quedar más notoria. Esa no asunción impide cualquier reconocimiento real de las víctimas y de restañación de heridas, pese a que puedan producirse declaraciones que lo parezcan. Pero todo eso, sin darlo por bueno, habrá que dejarlo para más adelante.

A la realidad no se le puede pedir en cada momento más de lo que puede dar de sí y ahora habrá que conformarse con que ese conflicto no produzca más heridas ni víctimas ni conculcaciones de derechos, admitiendo incluso el que los agentes causantes sigan explicando lo inexplicable y traten de ocupar posiciones ventajosas. Esas aspectos negativos, que hoy no pueden plantearse como obstáculos al actual proceso, una vez culminado éste habrá que tratar de recuperarlos como no olvido y como propuestas que avancen en lo que hoy quede relegado. Para terminar tendríamos que tratar de reflexionar sobre lo que a nosotros mismos se refiere. En primer lugar habría que reconocer que nuestra actuación durante el conflicto, siendo clara, no ha sido suficientemente explícita. Con todos los atenuantes de nuestra escasa incidencia y las dificultades que eso añade a la posibilidad de ejercer unas posturas propias, no hay que ocultar que el miedo a caer (o a que nos encasillaran, que es peor) en las posturas del poder nos ha restado valentía para explicitar y concretar esa postura contraria a la lucha armada que, en teoría, era suficientemente clara entre nosotros. Un segundo aspecto del que aprender se refiere a los conflictos, los métodos de lucha y la negociación. En el caso que nos ocupa el ejemplo en negativo es claro: existe un conflicto inicial que se trata de solucionar mediante un método de lucha; el método de lucha elegido y mantenido hasta el empecinamiento, acaba convirtiéndose en el problema y desplazando al conflicto inicial, hasta el punto que la negociación final se centra en los problemas generados por el método de lucha.

Frente a esa forma de hacer, necesitamos unos criterios radicalmente distintos. Nuestra tarea inicial es la de que las numerosas situaciones de injusticia se traduzcan en conflictos sociales. Para ello proponemos y adoptamos unas formas de actuación que tienen que ser acordes con el objetivo que se proponen conseguir, siendo fundamental que no se conviertan en atrapantes, sino que en cada momento puedan ser puestas en cuestión y rectificadas, para lo que es imprescindible que los protagonistas del conflicto participen y lo dirijan no sólo en sus objetivos sino también en las formas que adopta, entendiendo las modificaciones que en ella deban producirse, de modo que ni el método de lucha ni la CGT, en cuanto parte actora, acaben convirtiéndose en obstáculo para una posible solución. Para finalizar, la negociación no cierra habitualmente el conflicto sino que lo sitúa en otro plano, y una buena negociación, además de conseguir objetivos, nos tiene que situar en una mejor posición para seguir haciendo frente a la situación: habitualmente objetivos conseguidos y posición adquirida van unidos, pero no siempre y en esos casos debemos valorar más la posición que los logros. Por último, la desaparición de una forma de actuación violenta hasta el absurdo y de efectos altamente contaminantes como la que ha venido manteniendo ETA, debe dejarnos el campo libre a la búsqueda de nuevas formas de acción que acaben con el testimonialismo adormecedor y resignado en el que están instaladas con frecuencia las causas sociales. Las formas de acción directa no violenta, debemos planteárnoslas con la exigencia e iniciativa necesarias para que desarrollen su carácter de violentación de las numerosas situaciones de injusticia y arbitrariedad y de presión sobre los agentes que las causan.

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