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Noam Chomsky: La teoría de la «guerra justa» y la vida real

La Jornada

Sección:Varios
Lunes 22 de mayo de 2006 0 comentario(s) 4609 visita(s)

Acicateada por estos tiempos de invasiones y de evasiones, la discusión sobre una «guerra justa» ha tenido un renacimiento entre expertos e inclusive los encargados de formular una política.

Dejando de lado los conceptos, las acciones en el mundo real con frecuencia refuerzan la máxima de Tucidides de que «los poderosos hacen lo que pueden, en tanto los débiles sufren lo que deben». Y eso no sólo es injusto de manera indiscutible, sino que en la presente etapa de la civilización humana es una amenaza literal a la supervivencia de las especies.

En sus elogiadas reflexiones sobre la guerra justa, Michael Walzer describe la invasión de Afganistán como «un triunfo de la teoría de la guerra justa». Lamentablemente, en esos dos casos, como en otros, sus argumentos se basan crucialmente en premisas tales como «me parece totalmente justificado» o «yo creo» o «sin duda alguna».

Se ignoran los hechos, inclusive los mas obvios. Basta analizar lo ocurrido con Afganistán. Al comenzar el bombardeo en octubre del 2001, el presidente George W. Bush advirtió a los afganos que continuaría hasta que el gobierno de Kabul entregara personas que Estados Unidos presumía eran sospechosas de terrorismo.

La palabra «sospechosa» es importante. Ocho meses mas tarde, el director de la FBI, Robert S. Mueller III, dijo a editores y reporteros de The Washington Post de que luego de lo que podría haber sido la cacería humana más intensa de la historia, «creímos que los responsables (de los ataques del 11 de septiembre de 2001) estaban en Afganistán», entre ellos «varios dirigentes de Al Qaeda». En cuanto a los que tramaron los atentados «y otros, los principales, se reunieron en Alemania y tal vez en otras partes».

Lo que todavía no resultaba claro en junio del 2002 tampoco podrá haber sido conocido con certeza en octubre de 2001, aunque pocos dudaron que fuese cierto. Tampoco yo lo dudé, si eso puede valer de algo, pero suposiciones y evidencias son dos cosas diferentes. Por lo menos es justo señalar que las circunstancias plantean la cuestión de si bombardear a los afganos fue un ejemplo transparente de una «guerra justa».

Los cuestionamientos de Walzer se dirigen contra objetivos no identificados, por ejemplo, universitarios que son «pacifistas». El añade que el «pacifismo» es un «mal argumento», pues considera que en ocasiones, la violencia está justificada.

Tal vez la violencia es legítima en algunas situaciones (yo lo creo), pero «creo» que es muy difícilmente un argumento contundente en los casos reales que discute. Usando la lógica de «la guerra justa», o de la lucha antiterrorista, Estados Unidos se exime de los principios fundamentales del orden mundial en los cuales ha desempeñado un importante papel a la hora de formularlos y de hacerlos cumplir.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, fue instituido un nuevo régimen de leyes internacionales. Sus provisiones sobre las leyes de guerra están codificadas en la Carta de Naciones Unidas, la Convención de Ginebra y los principios de Nüremberg, adoptados por la Asamblea General.

La Carta de la ONU prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza a menos que sea autorizada por el Consejo de Seguridad o, bajo el articulo 51, sea en defensa o contra un ataque armado hasta que actúe el Consejo de Seguridad. En 2004, un panel de la ONU de alto nivel, donde figuraba el ex asesor de seguridad nacional Brent Scowcroft, concluyó que «el artículo 51 no necesita ni una extensión ni una restricción de su alcance.»En un mundo repleto de amenazas potenciales, el riesgo al orden global y la norma de no intervención en la cual continúa basándose, es simplemente demasiado grande para que la legalidad de una acción preventiva unilateral como algo diferente a una acción respaldada colectivamente pueda ser aceptada. Si se permite a alguien que actúe de esa manera, se permite que todos hagan lo mismo". La Estrategia de Seguridad Nacional de septiembre de 2002, en buena parte reiterada en marzo, otorga a Estados Unidos el derecho a llevar a cabo lo que denomina «guerra preventiva». Ese es el derecho puro y simple a cometer un acto de agresión.

De acuerdo con el Tribunal de Nüremberg, la agresión es «el supremo crimen internacional y sólo difiere de otros crímenes de guerra en que contiene en sí mismo el mal acumulado del resto». Por ejemplo, todo el mal en la torturada tierra de Irak surgido de la invasión de Estados Unidos y el Reino Unido.

El concepto de agresión fue definido con meridiana claridad por el juez Robert Jackson, de la Corte Suprema estadunidense, quien fue el fiscal principal de Estados Unidos en Nüremberg, Alemania. El concepto fue repetido en una resolución de la Asamblea General. Un «agresor», señaló Jackson ante el tribunal, es un Estado que comete actos tales como «una invasión de sus fuerzas armadas, con o sin una declaración de guerra, del territorio de otro Estado».

Eso se aplica a la invasión de Irak.

También son relevantes las elocuentes palabras del juez Jackson en Nüremberg: «Si ciertos actos de violación de tratados son crímenes, se trata de crímenes, sin importar que los cometan Estados Unidos o Alemania. No estamos preparados para estipular una norma de conducta criminal contra otros que no estemos dispuestos a invocar contra nosotros».

Y, en otro escrito: «No debemos olvidar nunca que el récord con que juzgamos a esos acusados es el récord con que la historia nos juzgara a nosotros. Pasar a esos acusados un cáliz envenenado es ponerlo también en nuestros labios».

Para el liderazgo político, la amenaza de adhesión a esos principios, y al imperio de la ley en general, es realmente grave. O debería serlo si alguien osa desafiar «la implacable y solitaria superpotencia cuyo liderazgo intenta moldear el mundo según su propio punto de vista contundente», como señaló Reuven Pedatzur en el diario israelí Ha’aretz, en mayo del año pasado. Permítame el lector señalar un par de verdades simples. La primera es que las acciones son evaluadas en términos del alcance de las posibles consecuencias. La segunda es un principio de universalidad. Debemos aplicarnos a nosotros los mismos estándares que aplicamos a los otros, sino estándares aún mas estrictos.

Además de ser verdades de Perogrullo, esos principios son también la base de una teoría sobre la guerra justa. Al menos, de cualquier versión que merezca ser tomada con seriedad.

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