casco insumissia fusil roto

José Miguel Lorenzo Arribas

Soldados que desertaban disfrazados de peregrinos

Soldados que desertaban disfrazados de peregrinos

Artículo publicado en el Rinconete del Centro
Virtual Cervantes

La resistencia antimilitarista no ha sido un invento del siglo XX, ni del XIX, ni del XVIII... aunque los libros de historia no nos hablen de ella o, a lo sumo, nos llegue tarde y momificada, en forma de anécdota insípida en un pesado volumen. Unos ejemplos: si en 1665 el rey Felipe IV insta a llevar el registro de peregrinos que salían de Murcia no es por afán estadístico ni para medir la piedad pimentonera, sino porque «[...] Nos [el Rey] somos informado que muchos soldados de nuestros exércitos después de haber hecho con ellos grandes gastos en traerlos y conducirlos de diferentes partes se buelven y dirigen por la Francia en ábito de peregrinos», según un documento del Archivo Municipal de Murcia. La propia intervención del poder central en un asunto como éste da cuenta de la importancia que debió de alcanzar el fenómeno, sospecha que se confirma con la existencia de más noticias como ésta, en fechas próximas, en otras partes del Reino.

Menos de un siglo después, en 1746, la deserción y su generalizado apoyo exasperaban a los señores de la guerra porque no podían hacer ésta en condiciones,
[p]or quanto es notoria y manifiesta la omisión de los pueblos en la obserbancia de las repetidas Ordenanzas, promulgadas contra los desertores en conocido perjuicio de mi Real Servicio, encubriéndose y tolerándose libremente en las ciudades, villas y lugares de mis reynos los desertores de mis tropas, con cuyo seguro se ha introducido la deserción en tanto exceso, que ya no pueden mantenerse los regimientos españoles completos.

¡Pobre Fernando VI!, ¡pobres reyes de España que se quedan sin soldaditos para sus guerras, siempre justas!, porque son «pocos los que voluntariamente quieren sentar plaza y permanecer después en el servicio [...]», leemos esta vez en los Libros de Acuerdos del Archivo Municipal de Mérida (1747). Es decir, que el pueblo, ni obligado ni a sueldo, entiende la milicia como salida digna, y no se alista. Sospecho que también late una soterrada propuesta política por debajo de esa gente sencilla que se traduce en el hastío de la guerra. Esta permisividad del pueblo hacia los resistentes al ejército, cuando no franca colaboración, debió perdurar, y lo demuestra un dato: hasta 1845 la captura de un desertor estaba gratificada con ochenta reales, lo que muestra que la gente no debía colaborar demasiado, y es en esta misma fecha cuando la reina Isabel reconoce que
las diversas Reales Órdenes que desde la publicación de la ordenanza se han expedido imponiendo penas a los desertores sin haber conseguido hacer desaparecer este delito, que destruye y desmoraliza a los Ejércitos, han demostrado la ineficacia de nuestra legislación militar en esta parte [...]

Gracias a las fuentes oficiales se puede testimoniar este fenómeno de resistencia en la clandestinidad que transcurre en la anonimia, sin líderes ni sucesos espectaculares (mal currículo para figurar en manuales de historia), haciéndose portavoz autorizado de un sentir colectivo, el que se expresa más frecuentemente en la tradición oral y en ese recelo atávico, fiable e intuitivo de las poblaciones hacia instituciones como la castrense. Si de la historia se puede aprender, si es magistra vitae, éste es uno de los buenos ejemplos, porque la guerra, lamentablemente, sigue sin ser cosa del pasado.

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