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Carlos Taibo: "Cinco ideas sobre la OTAN"

Infomoc

Sección:Instituciones militares
Viernes 16 de febrero de 2007 0 comentario(s) 1328 visita(s)

CARLOS TAIBO /PROFESOR DE CIENCIA POLÍTICA EN LA UAM Y COLABORADOR DE BAKEAZ

EL CORREO

Me engañaría si afirmase que la reunión sevillana de los ministros de Defensa de la OTAN redunda en provecho de una discusión franca, entre nosotros, sobre lo que es hoy la Alianza Atlántica. A los ojos de la mayoría de nuestros conciudadanos, la de la OTAN es página pasada, y ello por mucho que siga pesando cierto resquemor ante lo que, al amparo de un aciago referendo celebrado en 1986, se entiende que fue un comportamiento poco edificante del lado del grueso de nuestra clase política.

Y, sin embargo, parece que sobran las razones para enjuiciar críticamente una alianza militar cuyo perfil presente sólo puede acatarse si se aceptan en paralelo, y sin rebozo, las reglas del juego que los grandes del Norte del planeta imponen hoy. El hecho de que la España de estas horas se haya sumado sin cautelas al carro
correspondiente no significa en modo alguno que hayamos de acatar el
formidable ejercicio de propaganda que rodea a la OTAN de principios del
siglo XXI.

Y es que importa subrayar, en primer lugar, que la Alianza Atlántica es
la principal de las alianzas militares pertrechadas por los países
ricos. Como tal, no hay motivo mayor para dudar de que estamos ante el
brazo armado mayor del proyecto económico que aquéllos defienden, esto
es, la globalización en curso, con sus secuelas de especulación,
concentración de la riqueza, desregulación y deslocalización. Si así se
quiere, a la OTAN, por su especificidad guerrera, le corresponde tanto
peso como al Fondo Monetario, al Banco Mundial y a la Organización
Mundial del Comercio en conjunto.

Claro que, y en un segundo escalón, lo suyo es recordar que la Alianza
Atlántica sigue siendo instrumento principal de los designios que avalan
los gobernantes norteamericanos del momento. Hace unos días un analista
político vinculado con la derecha más pronorteamericana sostenía que lo
que acabo de anotar sólo lo defiende hoy la izquierda europea más
rancia. No parece que sea así: todos los datos invitan a concluir que
Estados Unidos dicta las reglas del juego a las que debe ajustarse en su
comportamiento la OTAN, en la que, por añadidura, no consta que haya
emergido ninguna señal, ni poderosa ni liviana, de contestación de la
política norteamericana. Entiéndase bien: aunque no han faltado los
miembros de la Alianza que han expresado coyunturales disensiones con
respecto a las querencias de Washington -allí estuvieron Francia y
Alemania en su contestación de la agresión estadounidense en Irak a
principios de 2003-, nunca hemos tenido conocimiento de que la OTAN,
como alianza colectiva, haya manifestado disidencia alguna. El
entrampamiento de la Unión Europea en esta trama se antoja, por lo
demás, evidente.

Uno de los indicadores -y pasemos a un tercer argumento- de la sumisión
otaniana al dictado de la Casa Blanca lo ofrece una generosa expansión
del área de acciones militares de la Alianza, que hoy parece no aceptar
al respecto ninguna suerte de limitación. De manera singular, la OTAN,
por sí sola un poderoso estímulo para el crecimiento del gasto militar
en tantos lugares, ha empezado a mover sus peones en una región vital
para los designios imperiales de Estados Unidos, como es el Oriente
Próximo entendido en sentido amplio. La mayoría de los proyectos que
apuntan a mejorar las prestaciones de la Alianza nacen precisamente del
designio de perfilar instrumentos de empleo rápido en esa conflictiva
región. El plegamiento de la OTAN a la estrategia norteamericana es tal
que sus responsables han acatado sin pestañear lo que en unos casos
- Afganistán- han sido demandas de franca imbricación y en otros -Irak-
llamativas y unilaterales decisiones de marginación.

Claro es que, y anunciemos una cuarta idea, la principal fórmula de
legitimación de la Alianza Atlántica de estas horas no es otra que la
que ofrece el intervencionismo autotitulado humanitario. Sobran los
argumentos para concluir que las acciones correspondientes obedecen a la
defensa de los intereses más tradicionales y mezquinos, y ello por mucho
que se adoben de la superstición de que por detrás de ellas despunta el
designio de liberar a pueblos acosados o restaurar derechos conculcados.
Si la OTAN desea que sus críticos engullan tal mitología, bien haría en
colocarlos en situación delicada de la mano, por ejemplo, del despliegue
de sus soldados en Gaza y Cisjordania, para exigir la rápida evacuación
del Ejército israelí, o en el Kurdistán, para reclamar lo propio de los
militares turcos. No parece, sin embargo, que en la agenda de la Alianza
Atlántica se barrunten tan honrosos objetivos.

Agreguemos, y vaya una quinta apreciación, que la OTAN ha sido y es
elemento central de descrédito del sistema de Naciones Unidas. Pocas
veces se recuerda que, cuando la Alianza celebró su quincuagésimo
aniversario, en 1999, aprobó una declaración en virtud de la cual
señalaba que en adelante sus acciones militares no tendrían por qué
ajustarse a una resolución específica del Consejo de Seguridad de la
ONU. Quien piense -y traduzcamos el argumento- que Estados Unidos
violenta abruptamente la legalidad internacional mientras, en cambio, la
OTAN se muestra escrupulosamente respetuosa de ésta haría bien en
repasar sus conocimientos.

Cuando el presidente español, Rodríguez Zapatero, defiende -y en su
derecho está- su proyecto de una Alianza de Civilizaciones, infelizmente
separa de manera artificial el mundo de lo cultural y lo civilizatorio,
por un lado, del mundo de la economÌa y los hechos militares, por el
otro. Y es por desgracia este segundo universo el que determina -no nos
engañemos- la mayoría de los problemas y tensiones en el planeta
contemporáneo. La Alianza Atlántica configura, en esa trama, un
instrumento central para ratificar atávicas exclusiones y desigualdades.
Ningún motivo hay para concluir que su concurso anuncia nada saludable a
la hora de acabar con las primeras y reducir las segundas.

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