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Entre la espada del Estado y la pared de ETA

Ramón Fernández Durán

Sección:Observatorio de conflictos
Jueves 15 de febrero de 2007 0 comentario(s) 1575 visita(s)

ETA debería autodisolverse YA, y nosotr@s implicarnos en el “proceso de paz”, por el bien de tod@s

ETA
lleva unos cuarenta años de existencia, y ha agotado ya (hace
tiempo) un ciclo histórico que intenta prorrogar inútilmente1.
Lo peor en estos casos es no saber desaparecer a tiempo, y en las
mejores condiciones posibles, sobre todo de acuerdo con los objetivos
por los que surgió y ha perdurado hasta ahora. Y eso
suponiendo que alguna vez debiera haber iniciado su andadura, que es
mucho suponer, para enfrentar un conflicto político-territorial
con el Estado español, enquistado gravemente desde hace más
de un siglo. Pero su existencia es hoy un enorme lastre para las
justas demandas de sectores importantes de la población vasca,
y en especial de la izquierda abertzale, para los movimientos
emancipadores del conjunto del Estado, para su entorno más
inmediato, en especial sus más de 600 presos, así como
sus familiares y amigos, y en definitiva para ella misma. Hoy en día
un número bastante menor de militantes que los miembros de ETA
en las cárceles. Es más su existencia sólo está
beneficiando a los sectores más reaccionarios, y está
favoreciendo y legitimando el reforzamiento y endurecimiento del
Estado español a todos los niveles. Todo ello ha ido
haciéndose cada día más patente a lo largo de
las dos últimas décadas, se ha acelerado con el cambio
de siglo, en especial tras el 11-S, y ha explotado ya a partir del 30
de diciembre junto con la bomba de Barajas, cuando ETA ha cometido un
inmenso error político, además (y principalmente) de
matar a dos ciudadanos ecuatorianos. ETA ha certificado ya en la T-4
su muerte en vida. Y eso sin hablar de las valoraciones éticas
y morales que nos debe merecer una actividad armada que en todo este
periodo ha cosechado más de 800 muertos, así como miles
de heridos, algunos gravemente lesionados de por vida, muchos de
ellos víctimas “colaterales”. ETA ya sólo puede
desaparecer, no tiene otra opción, y es bueno que lo haga
cuanto antes, y a iniciativa propia, por el bien de todos, incluso de
ella misma. Esta afirmación para nada intenta eximir de
responsabilidades al gobierno en relación con la crisis del
así llamado “proceso de paz”, cuando éste ha sido
uno de los causantes de su parálisis y su crisis. Y ahora es
preciso también que entre todos y todas ayudemos a desbloquear
esta sinrazón, que nos afecta al conjunto de la sociedad, para
poder caminar hacia otros mundos posibles. Nos va nuestro futuro en
ello. Intentemos sustentar estas valoraciones.

La
época de “esplendor” de ETA

En
los 70, cuando el que suscribe este texto iniciaba su implicación
político-social, ETA era una referencia importante en la lucha
antifranquista, y los objetivos de su lucha concitaban amplios apoyos
en la izquierda de todo el Estado español. Además, la
represión franquista se cebó especialmente en Euskadi.
El espectacular atentado contra Carrero Blanco quizás marcó
el cenit de esa aureola. Eran unos años en los que existían
diversas expresiones de lucha armada en otros países de Europa
occidental (IRA, Rote Armee Fraktion -RAF- y Brigadas Rojas -BR-,
principalmente) cuya actividad se refuerza con el reflujo del ciclo
de luchas del 68. Ciclo de luchas que tuvo una dimensión
mundial. El IRA y ETA surgen como organizaciones armadas de carácter
independentista, definiéndose como nacionalistas de izquierda,
no así la RAF y las BR, que se proclaman como
internacionalistas y vanguardia de choque del proletariado,
respectivamente. Todas ellas buscaban provocar la lucha y la
insurgencia popular con su actividad. La izquierda radical de Europa
occidental, a pesar de las diferencias que pudieran tener con las
organizaciones armadas, miraba con simpatía, y hasta
admiración en muchos casos, a las organizaciones implicadas en
dicha lucha. Existía un mito considerable de la lucha armada,
tal vez por la existencia también de abundantes luchas
guerrilleras de liberación nacional en el “Tercer Mundo”
en dicha época. En particular en América Latina, donde
hasta los 80 se desarrollan múltiples experiencias
guerrilleras de lucha antiimperialista (el fin exitoso de ese ciclo
sería la revolución sandinista, 1979). Y su icono fue
el Ché Guevara. Muchas de estas expresiones armadas contaban
con el apoyo directo o indirecto de la URSS, y de otros países
del llamado “socialismo real” (entre ellos, Cuba).

Los 70, y primeros 80,
serían los “años de plomo” de la represión
estatal en Europa occidental contra la lucha armada, pero también
contra todo el importante movimiento antagonista que se movía
contra el Estado y el capitalismo de la época, en fuerte
crisis por aquel entonces. El caso de Italia es paradigmático,
pues con el pretexto de la lucha contra las Brigadas Rojas, se arrasa
y se criminaliza a toda una generación de activistas, y se
descabeza a un enorme movimiento social antagonista. Las garantías
del Estado de Derecho y las libertades sufren un serio quebranto,
bajo la excusa de la lucha contra el terrorismo. El “Estado Social”
que había surgido tras la Segunda Guerra Mundial, se endurece
bruscamente, pues era demasiado “democrático”2,
sobre todo allí donde operaban las principales organizaciones
de lucha armada (Alemania Occidental, Italia, Gran Bretaña).
La lucha “antiterrorista” ayuda a legitimar de cara a la opinión
pública este endurecimiento que iba mucho más allá
de la represión contra las organizaciones armadas. Sin
embargo, esta reflexión parecía un anatema formularla,
pues se decía, que en cualquier caso ese endurecimiento
hubiera tenido lugar. Sí, por supuesto, pero hubiese sido
mucho más difícil implementarlo. Y este endurecimiento
se va extendiendo poco a poco por toda Europa occidental, aunque con
diferentes ritmos.

En el Estado español
íbamos un poco más desfasados en ese ciclo, pues el
Franquismo fenecía de muerte natural, y una inmensa energía
social de nuevo poder constituyente emergía con una fuerte
ansia y voluntad de cambio. Y los poderes establecidos, que se ven
obligados a “refundarse” (en continuidad), se dedican a
encauzarla poco a poco hacia las instituciones de la democracia
representativa. Esta tarea no fue fácil para ellos y llevaría
años domesticar y desarticular el antagonismo social, pero se
vio ayudada también por la irrupción del modelo
consumista desde mediados de los 80, y la individualización de
la dinámica social promovida por la Aldea Global y la
postmodernidad. Sin embargo, en la transición política
la lucha por las libertades consigue una amnistía para los
presos políticos, incluidos los de ETA, y los postulados de la
lucha nacionalista emancipadora logran alcanzar un eco notable en la
izquierda de todo el Estado español. Al mismo tiempo, se
establecen fuertes lazos entre el Movimiento de Liberación
Nacional Vasco -MLNV- y la izquierda radical de la época en
todo el territorio estatal. En esos años ETA, y el MLNV,
cosechaban además múltiples simpatías y apoyos
en la izquierda más consecuente de toda Europa occidental, y
en muchas partes del mundo, especialmente en América Latina.
ETA decide continuar con la lucha armada después de que la
Constitución Española -1978-, aprobada sin legitimidad
en Euskadi, pues tan sólo un 30% del censo electoral votó
“SÍ”, dejara sin resolver el conflicto político
vasco; aunque posteriormente el Estatuto de Gernika (apoyado por el
PNV, y en el que se abría la posibilidad a una futura
incorporación de Navarra, si así se refrendaba
conjuntamente) cosechó una mayoría raspada, con el 53%
de votos afirmativos de las personas con derecho a voto. Y tras una
fuerte escalada de atentados contra las instituciones garantes del
orden público y político del Estado, y en especial
contra el Ejército español, se llega al intento del
golpe de Estado de 1981, de donde sale una democracia endurecida
(“Pacto del Capó”), al tiempo que se ingresa por la puerta
de atrás en la OTAN, previo a la llegada de Felipe González
al gobierno.

La crisis de la lucha
armada (emancipadora) en “Europa”, y en el mundo

La RAF y las Brigadas
Rojas, sin apoyo social tras ellas, son desarboladas por la represión
estatal en los 80, aunque no desaparecerán formalmente hasta
los noventa. El comunicado de disolución de la RAF es un
interesante y valiente documento de autocrítica sobre los
límites de la lucha armada en Europa occidental, y del camino
sin salida al que habían llegado. Algo así ocurrió
en sectores de las Brigadas Rojas, además del fenómeno
de los arrepentidos que incitó, explotó y manipuló
el Estado. Eran los noventa, cuando predominaba en el mundo la
“globalización feliz”, tras la caída del Muro, las
“revoluciones de terciopelo” en el Este, y el colapso de la URSS.
La quiebra del llamado “socialismo real” se llevaría
también por delante una gran parte de las luchas guerrilleras
en América Latina, especialmente en Centroamérica,
donde se entra en los llamados “procesos de paz”, en el nuevo
capitalismo unipolar comandado por la hiperpotencia estadounidense.
EEUU también promueve estos cambios, y la vuelta a las
“democracias” en América Latina, después del ciclo
de dictaduras militares que había fomentado previamente, y que
habían logrado sentar las nuevas bases para la globalización
neoliberal en la región, arrasando con gran parte de las
organizaciones armadas existentes (aunque bajo cuerda continua en
muchos casos impulsando la “guerra sucia”). Las luchas
guerrilleras en este nuevo contexto entran en general en una profunda
crisis de identidad y legitimidad3,
y además muchas de ellas pierden su apoyo externo. De ahí
su aceptación también de los “procesos de paz”.

Mientras tanto, en
España, el idilio entre la izquierda radical y el mundo de ETA
se rompe tras el tremendo atentado de Hipercor en Barcelona -19874-
(mucho antes se había producido un distanciamiento muy claro,
tajante, de la izquierda institucional), y a partir de ahí
dicha relación entra en una creciente barrena debido a la
actividad armada cada día más indiscriminada de la
organización. Asimismo, el brutal atentado en el barrio obrero
de Vallecas -19955-,
y los asesinatos de Yoyes -1986- y sobre todo de Miguel Ángel
Blanco -1997-, serían hitos claves también de este
enorme deterioro de la imagen de ETA en una izquierda radical de
viejo cuño que entraba también en una profunda crisis,
al tiempo que surgían nuevos movimientos sociales alternativos
(okupación, insumisión, etc.) que se distancian cada
vez más del mito de la lucha armada, y van ampliando su
crítica a la nueva deriva de ETA. Eso incide decisivamente en
la voladura de los puentes del MLNV con la izquierda más
consecuente del Estado, al tiempo que se acentúa aún
más la dependencia de la izquierda abertzale de todas las
locuras que acomete la organización armada, incapaz de
distanciarse mínimamente de la tutela de ETA, lo que facilita
su demonización mediática y erosiona muy gravemente la
legitimidad de sus demandas fuera de Euskadi. El asesinato de Miguel
Ángel Blanco va a marcar también un antes y un después
en la criminalización mediática de la izquierda
abertzale, y no sólo de ETA. Toda la potencia del manejo de
los poderosos medios de comunicación se pone al servicio de
generar y visualizar una vinculación y asimilación
creciente entre Herri Batasuna y ETA, lo que a su vez redunda en una
aún mayor pérdida de apoyos en el resto del Estado.

Pero esta pérdida
de apoyos a escala estatal parece que no le importa a la izquierda
abertzale, debido al chovinismo nacionalista de muchos de sus
dirigentes, y al menosprecio que tales cuadros manifiestan hacia lo
que acontece del Ebro para abajo. La lucha contra el Estado español
parece que se plantea como una lucha contra la (pluralidad de la)
sociedad española, fuera de las nacionalidades históricas,
y aún dentro de éstas. Todo ello va a permitir que el
peso de la represión estatal caiga con enorme fuerza sobre
ella sin suscitar prácticamente solidaridad a escala estatal
(sobre todo cuando se encarcela a la cúpula de Herri Batasuna,
en 1998), al tiempo que se van reforzando las posturas y los
discursos más “españolistas”. Pero como suscitar la
simpatía en el resto del Estado español hacia las
demandas vascas parecía que no valía la pena, que no
tenía importancia estratégica, pues “palante” con
los faroles, caiga quien caiga. Y además, el endurecimiento
estatal que todo ello conlleva, y que se legitima en nombre de la
lucha contra el terrorismo, va a ayudar a los poderes fácticos
a utilizar la legislación de excepción también
contra los movimientos sociales antagonistas, dentro y fuera de
Euskadi. A este respecto, dentro de Euskadi se da una considerable
movilización social fuera del mundo de la izquierda abertzale
(sectores autónomos, libertarios, gaztetxes, movimientos de
mujeres, rock radikal vasco)6,
que sufre también muy especialmente la represión
estatal en dicho territorio.

Mientras tanto, en los
noventa, el estallido de la ex-Yugoslavia en múltiples y muy
graves conflictos nacionalistas interétnicos, así como
la irrupción o reaparición de los nacionalismos de
derecha y ultraderecha en Europa occidental, hacen que las
reivindicaciones nacionalistas pierdan halo emancipador y legitimidad
en Europa occidental, al tiempo que se avanza hacia sociedades cada
vez más cosmopolitas y multiculturales. En este contexto, el
IRA apuesta por el abandono de la lucha armada, desde mediados de los
noventa, y entra en un proceso de negociación que duraría
años. Una negociación muy compleja pero que goza del
apoyo de importantes actores externos, incluido el EEUU de Clinton y
el gobierno irlandés, que se desarrolla sin utilización
partidista por parte de los principales partidos británicos, y
que además pilotaba con mano firme el Sinn Fein. Era éste
el que tenía una importante iniciativa en el proceso, no tanto
el IRA, a pesar de los episodios turbulentos que tuvo que sortear la
rama política (atentado en la City de Londres), y sobre todo
los ocasionados por algunas de sus escisiones (la masacre del
atentado de Omagh, por parte del “IRA-auténtico”). Aun
así, los objetivos pragmáticos que se pretendían
alcanzar quedan bastantes de ellos por el camino, y eso que el Sinn
Fein es un movimiento político de gran implantación
social (mucho mayor que Batasuna), y que contaba con esa situación
favorable y los apoyos externos mencionados. La decisión del
IRA agudiza la crisis de la lucha armada en Europa occidental,
convirtiéndose ya en una crisis terminal. No en vano el IRA
era el principal grupo, con mucho, que se había embarcado en
ella. Igualmente, la expansión del desorden de la
conflictividad armada no antagonista a escala mundial (crimen
organizado y mafias de todo tipo, narcotráfico, señores
de la guerra en “Estados fallidos”, etc.) erosiona también
la imagen y la épica de la lucha armada.

Pero el mito de la lucha
armada se evapora definitivamente en los sectores sociales
emancipadores más activos, con la irrupción en escena
del llamado movimiento antiglobalización, que enlaza con los
nuevos contenidos y formas de la lucha zapatista. Una organización
armada que intenta “mandar obedeciendo”, y de autodefensa, que no
pega tiros, que se retira rápidamente de la primera línea
tras su irrupción en enero de 1994, dejando el protagonismo a
las estructuras civiles, y con un discurso de extracción
indígena pero muy universal y rupturista al mismo tiempo; y
que por ello consigue una enorme repercusión mundial, aparte
de ocasionar un verdadero terremoto político en México,
en donde cultiva y mantiene una relación intensa con la gran
diversidad de expresiones antagonistas que allí se
manifiestan, y es más, que sale de Chiapas a conocerlas y a
intercambiar experiencias de luchas con ellas (“La Otra Campaña”
es un muy buen ejemplo de ello). El nuevo movimiento global,
enormemente plural, se basa sobre todo en la desobediencia civil y la
no violencia activa, como mejor forma de desenmascarar la violencia
estructural (en ascenso) de los Estados, y de ganarse para su causa a
amplios sectores de la sociedad. Más tarde, la irrupción
de los Foros Sociales Mundiales, y los Foros Sociales Regionales
planetarios, acentuaría esa dinámica, y en ellos los
representantes del MLNV se ven cada vez más incapaces de
suscitar atención hacia sus discursos, aparte de cosechar
crecientes críticas por su seguidismo con la lucha armada de
ETA.

ETA cada día
más sola y cuestionada, y cada vez más funcional a los
intereses del poder

Esta situación de
desprestigio internacional de la actividad de ETA se acentúa
después del 11-S, por el creciente rechazo desde los sectores
emancipadores al militarismo y “policialización” en
ascenso al que nos conduce el “Choque de Civilizaciones”, al que
nos quieren llevar las fuerzas del “Bien” y del “Mal”.
Además, las fuerzas del “Mal”, con el megaatentado de las
Torres Gemelas, y las acciones tremendas y espectaculares
posteriores, dejan empequeñecido hasta límites que
rozan lo ridículo la política y la capacidad de
“socializar el sufrimiento” de ETA, que había vuelto a la
lucha armada con ese lema tras romper la tregua anterior (1999), tras
el Pacto de Lizarra, iniciándose una aguda escisión
entre nacionalistas y no nacionalistas. Pero el poder letal nihilista
que le da al llamado “terrorismo islámico” su capacidad de
autoinmolarse, hace que los gudaris de ETA parezcan a su lado
“hermanitas de la caridad” metidas a matones, al tiempo que se
encumbra como máximo icono mediático de la lucha armada
no el Ché, sino Bin Laden.

La tregua de finales de
los noventa había despertado importantes expectativas en todo
el Estado, y por supuesto en Euskadi, permitiendo a la izquierda
abertzale ampliar sensiblemente su esfera de influencia (creación
de Euskal Herritarrok -EH-, y gran éxito electoral
subsiguiente). Pero la vuelta a la actividad armada de ETA, nunca
explicada, matando ahora a cargos electos del PP y del PSOE, sume en
una crisis importante a la izquierda abertzale (fin de EH,
- re-creación de Batasuna), provoca una fuerte caída de
votos, y se producen las primeras deserciones de ese mundo (Aralar),
que son ampliamente criticadas desde su interior. Es más,
parece como si estos abandonos se convirtieran en muchos casos en el
enemigo principal a batir. Mientras tanto, la capacidad del nuevo PP,
con mayoría absoluta (¿hasta qué punto la vuelta
a la actividad armada de ETA contribuyó a este resultado?),
para endurecer aún mucho más el aparato del Estado, y
para magnificar mediáticamente, hasta extremos inconcebibles,
el mensaje “antiterrorista”, le permite la aplicación con
renombrada legitimidad social de una de las legislaciones de
excepción más restrictivas de Europa, al tiempo que le
posibilita acentuar un mensaje “españolista” cada vez más
rancio, que va calando cada día más en el cuerpo
social. Y una gran parte de la opinión pública cada vez
está más de acuerdo con el “a por ellos” del PP, y
con el endurecimiento de las penas (cumplimiento íntegro de
las mismas), que acaba afectando a toda la población
carcelaria (más de 60.000 presos “comunes”). En este nuevo
marco, la actuación del Estado sobre la izquierda abertzale se
recrudece, al tiempo que el poder judicial aplica la doctrina Garzón,
que permite criminalizarla bajo el lema “todo es ETA”. Y,
adicionalmente, la creación y manipulación de
organizaciones de víctimas del terrorismo, echa aún más
leña al fuego en todo este aquelarre de linchamiento social
del mundo abertzale.

La España de
Aznar se va a convertir en el país líder de la
legislación represiva a escala europea, y además ésta
va a contar con el apoyo del PSOE (Pacto por las Libertades y contra
el Terrorismo, Ley de Partidos)(2000), que teme quedarse atrás
en esta carrera, y que se le pueda escapar gran parte del voto de las
clases medias del mismo Ebro para abajo, donde se pierden o se ganan
las elecciones a escala estatal. A partir de ahí, se ilegaliza
Batasuna (2002) sin excesivos problemas de “orden público”
en los territorios vascos, y con muy escasas muestras de solidaridad
en el resto del Estado, salvo la denuncias puntuales que pueden
(podemos) hacer “cuatro locos”. Lo que ocurre en Euskadi cada vez
trae más al pairo al resto de lo que se mueve
emancipadoramente a escala estatal, que además sufre en sus
propias carnes un marco legislativo y policial cada vez más
represivo. Es más, se vincula a sectores del movimiento de
okupación en Cataluña con la organización ETA, a
través de la figura “colaboración con banda armada”,
y lo mismo acontece en otros casos. Más tarde, tras el 11-S,
el gobierno español va a cumplir un papel decisivo a escala
comunitaria para impulsar el endurecimiento de la legislación
antiterrorista de toda la Unión, que bajo el pretexto de la
lucha contra el “terror” va a dotar a los Estados de un nuevo
elenco de instrumentos represivos contra los movimientos sociales
emancipadores, y contra la inmigración7.
Este nuevo marco va a permitir declarar a Batasuna organización
“terrorista” a escala de la Unión, lo que va a secar un
importante caledero de apoyos institucionales para los pretendidos
objetivos de la izquierda abertzale. Se acabó su presencia en
Bruselas. Y ya tiene a toda la Eurocámara en contra. Además,
Aznar logra introducir dentro del proyecto de Constitución
Europea no solamente todo el nuevo marco represivo, que se
comunitariza por primera vez en la historia de la Unión en
dicho texto, sino la futura intangibilidad de las fronteras de los
Estados, poniendo aún más difícil la resolución
del conflicto político vasco.

El “alto el fuego
permanente”, la parálisis institucional y el gran fiasco del
30-D

En marzo de 2006, ETA
anunciaba un “alto el fuego permanente”, que despertó unas
enormes expectativas de paz, y que fue posible por el cambio de
coyuntura política creada a nivel estatal tras la llegada de
Zapatero al gobierno el 14-M. El macroatentado del 11-M, que causó
casi 200 víctimas y miles de heridos (¡eso sí que
es capacidad de “socializar el sufrimiento”!), tuvo al menos el
efecto colateral positivo de la reacción ciudadana, y la
pérdida del gobierno del PP por intentar atribuir el atentado
a ETA, manipulando a la opinión pública. Pero el tiro
le salió por la culata, provocando una verdadera rebelión
ciudadana en todo el Estado (incluido del Ebro para abajo, ese
espacio tan poco valorado para los procesos de cambio en Euskal
Herria). El 13-M miles de personas salieron a la calle en muchas
ciudades españolas, en especial en Madrid, exigiendo
“¡Queremos saber la verdad!” y “¡Mañana
votamos, mañana les echamos!” Y el 14-M una participación
electoral excepcional echó al PP de la Moncloa. El PP no le ha
perdonado al PSOE esta victoria, a su juicio desleal y no democrática
(pues cuanto menos se vote, más democrática parece que
es una elección, según Génova). Y desde entonces
no ha hecho sino difundir mediáticamente teorías
conspirativas acerca de una fantasiosa vinculación ETA-AL
QAEDA, que han ido arraigando cada vez más entre su electorado
más fiel (al que se le moviliza ahora también para
“saber la verdad”), y que más allá de él
está contribuyendo también a desprestigiar
adicionalmente la lucha armada de ETA y por extensión al mundo
de la izquierda abertzale. Seguramente el próximo juicio sobre
el 11-M profundizará en esta ceremonia de la confusión,
e industrialización de la mentira.

El nuevo ejecutivo del
PSOE posibilitó en 2005 el acuerdo parlamentario sobre un fin
negociado con ETA, en ausencia de violencia, que abriría la
puerta al comunicado de la organización de marzo pasado. Pero
la actitud del PP, tras un momento de parálisis inicial, por
la muy positiva reacción ciudadana al comunicado, ha sido de
un acoso increíble e in crescendo al gobierno (jaleado
también por una muy importante movilización de toda la
derecha sociológica, bajo el lema “En mi nombre NO”,
impulsada por la AVT, El Mundo y la COPE). Lo cual provocó
una creciente parálisis en el ejecutivo. El resultado fue que
éste no adoptó ninguna medida significativa para la
resolución del conflicto, si bien parece que se habían
iniciado ciertos contactos entre las partes implicadas, que sufrieron
entorpecimientos internos por el orden de los factores. Es decir,
mesa de partidos (y en concreto, debate sobre “territorialidad” y
“derecho a decidir”) versus diálogo gobierno-ETA. Pero
ello redundó en que ni se tomó ninguna mínima
medida para el acercamiento de los presos por parte del gobierno (es
más, éste se jactó públicamente de
haberse movido menos que el gobierno Aznar), ni se inició la
mesa de partidos en Euskadi, y además han seguido durante todo
este tiempo los juicios contra el entorno abertzale (macrosumario
18/98 -y más-; una verdadera aberración jurídica,
que vulnera además derechos civiles y políticos), así
como la criminalización y persecución de Batasuna,
aparte de detenciones ocasionales de miembros de ETA. El poder
judicial, en gran medida tomado por la derecha, ha contribuido
decisivamente a ello, aplicando sin contemplaciones el entramado
jurídico de excepción de la última etapa de
Aznar, la doctrina Garzón, y el endurecimiento de las penas
aprobado (doctrina “Parot” y caso De Juana Chaos8).
Por otro lado, el apoyo al “proceso de paz” de los sectores de la
llamada sociedad civil fue en general muy débil en todo el
Estado, y hasta difícil de expresar en el propio Euskadi, en
donde cabe destacar el papel jugado por la iniciativa de Voces de
Mujeres por la Paz (Ahotsak) en este periodo. Una iniciativa muy
plural e interesante de mujeres destacadas de todo el abanico
político-sindical, al que se habían sumado
recientemente mujeres del movimiento feminista en Euskadi, y de la
que tan solo están ausentes las mujeres del PP.

En estas circunstancias,
ETA y el propio entorno abertzale, o los sectores más “duros”
dentro de ellos, fueron tensando la cuerda (tiros al aire en actos
públicos por parte de encapuchados, robo de pistolas,
desplantes de Txapote, kale borroka), con métodos que no
provocan precisamente apoyo social, y que proporcionan más
munición a la estrategia rupturista de la derecha. La ausencia
de visión política de estos actos fue tan total, que el
robo de pistolas tuvo lugar justo antes de que el Parlamento Europeo
votara la proposición socialista a favor del “proceso de
paz”, y estuvo a punto de perderse a causa de ello. El resultado
final de este crescendo fue el atentado de ETA del 30-D,
totalmente imprevisto por todas las partes implicadas, incluidos el
gobierno y la propia izquierda abertzale. Una vez más, como
desde la primera ruptura de la tregua de Argel (1989), y en la
ruptura de Lizarra (1999), la rama militar se imponía sin
contemplaciones al movimiento político de la izquierda
abertzale. ETA ha demostrado con esta acción no solo una
tremenda miopía política, sino que Batasuna le trae sin
cuidado. Es más, en este periodo ETA ha estado haciendo
recriminaciones y ataques públicamente a la izquierda
abertzale por la conducción del proceso, cuando ésta
sufre la situación en carne propia; así como ha
criticado a los que en izquierda abertzale critican el tutelaje de
ETA. Y lo peor es que Batasuna ha sido incapaz hasta muy
recientemente de tener una posición mínimamente
autónoma, y atreverse a levantar algún pero a la rama
militar. Era verdaderamente patético, los primeros días
después del atentado, constatar cómo los representantes
de la izquierda abertzale manifestaban públicamente que
esperaban como agua de mayo el comunicado de ETA (¡para ver qué
hacer!). Además, en una especie de círculo vicioso, la
ilegalidad de Batasuna refuerza a ETA, dificultando aún mucho
más todo el proceso de diálogo y de salida negociada al
conflicto. Lo contrario que en Irlanda del Norte.

En definitiva, “cuatro
jóvenes iluminados”, muy probablemente varones e inflamados
de testotesrona, parece que arrinconaron a las posiciones más
“políticas” y con experiencia dentro de ETA, e hicieron
posible la comisión del atentado. Una auténtica
sinrazón. ETA cada vez más se está convirtiendo
en un grupo totalmente aislado de la realidad que la circunda, en el
que la permanencia del grupo parece que se convierte en un fin en sí
mismo. Sus integrantes se consideran héroes o mártires,
de una causa por encima del bien y del mal, por el sagrado bien de
Euskal Herria, que les da patente de corso para cualquier cosa. Pero
lo que es más grave, sus decisiones están condicionando
el funcionamiento de toda la izquierda abertzale (con un núcleo
principal de unos 150.000 votantes), y de todo lo que acontece a
escala estatal. El ataque a ETA se está convirtiendo en el
elemento central de toda la estrategia del PP, una estrategia
cuasigolpista, que va buscando un cambio profundo en la
gobernabilidad del Estado español, basado la creación
de un “Estado fuerte” (más “fuerte” y centralista aún)
que se sustente y legitime en la gestión de la “guerra civil
molar y molecular” (que el mismo impulsa). Es decir, de la guerra
de todos contra todos entre los de abajo (agudización de los
conflictos interterritoriales, criminalización y persecución
del “otro”, guerra contra la pobreza, etc.), y en el objetivo de
represión y descabezamiento de los sectores más
concienciados y activos, con el fin de que no se cuestionen las
relaciones de poder, sino es más, para que se refuercen hasta
límites difícilmente de imaginar, impidiendo cualquier
tipo de cambio.

De hecho, ante el brutal
atentado del 30-D el terrorismo ha pasado a ocupar otra vez el
frontispicio de la preocupación ciudadana, como consecuencia
de la borrachera mediática al respecto a la que estamos
sometidos. Y la “opinión pública(da)” demanda más
seguridad, exigiendo todavía más policías. A la
gente se la induce a buscar más protección recurriendo
al Estado. Y los grandes partidos desprestigiados por los escándalos
urbanísticos y la especulación inmobiliaria (sobre todo
el PP), recuperan de esta forma gran parte de su credibilidad perdida
respecto a sus respectivas clientelas electorales. Toda esta
situación acalla y oculta los graves problemas sociales,
territoriales y medioambientales que se dan a lo largo y a lo ancho
del Estado español, y ya sólo se habla de ETA. ETA
pueda estar contenta. Es más, estará encantada. O los
sectores mencionados dentro de ella. Sin embargo, la imagen de ETA ha
quedado hecha añicos en América Latina, tras la muerte
de dos inmigrantes ecuatorianos, y de cara a los más de cuatro
millones de inmigrantes en el Estado español, al tiempo que se
instala el “todos contra ETA”, que la organización armada
se ha ganado a pulso.

Pero ETA no sólo
está ya demonizada en el conjunto de la sociedad española,
sino que empieza a estar cada vez más cuestionada en sus
propios mundos. Tanto dentro de la izquierda abertzale, como en el
colectivo de presos, y sus familiares, y parece que se manifiestan
importantes tensiones también dentro de la propia
organización. Es sólo cuestión de tiempo, y
poco, para que esa ahora falsa unidad estalle. Lo cual tendría
una repercusión muy grave para sus propios objetivos. De
hecho, la está teniendo ya. Si se divide la izquierda
abertzale, lo más probable si ETA continúa en sus
trece, dejará de haber un interlocutor político válido,
y será aún mucho más difícil negociar y
arañar reivindicaciones al Estado. Y el estallido de la unidad
del colectivo de presos puede propiciar salidas del tipo “sálvese
quien pueda”, algo totalmente humano, máxime en estas
circunstancias, que serán a buen seguro explotadas por el
Estado.

El fin de ETA es
ineluctable, y ella misma debería ser consciente de ello y
reaccionar

ETA cada vez lo tiene
peor, a pesar de que amenace al Estado con volver a atentar si no se
cumplen sus exigencias; aunque eso sí, manifieste al mismo
tiempo que sigue el vigente el “alto el fuego permanente”
decretado en marzo de 2006. Todo un sarcasmo, que ha forzado a Otegui
a decir que el mundo de la izquierda abertzale estaba confundido y
necesitaba un periodo de “reflexión”. El único
“distanciamiento” de ETA formulado hasta ahora por la izquierda
abertzale, y no sin divisiones internas. Pero ETA está
derrotada políticamente ya, a pesar de que haya sido capaz de
realizar el mayor atentado de su historia, en términos de
destrozo y coste económico infligido al Estado. Una verdadera
paradoja. Por eso decimos que ETA es un verdadero muerto viviente,
aunque quizás tarde todavía un tiempo en desaparecer,
el único camino que le queda. Pero parece que por el momento
se resiste a ello, y que no da signos de lucidez para no arrastrar
consigo (hacia el abismo) a los demás.

ETA nació para
potenciar las demandas independentistas de sectores importantes de la
sociedad vasca en los sesenta, en un momento de fuerte represión
franquista, al tiempo que se articulaba un muy potente movimiento
social de izquierda abertzale, fuertemente interrelacionado con ella.
Pero hoy en día la organización armada se ha convertido
en la rémora más importante para dicho movimiento,
aparte de que la sociedad vasca se ha transformado profundamente. No
sólo se ha incrementado en este tiempo de forma importante la
población del resto del Estado viviendo en Euskadi, mientras
que ciertos sectores de tercera edad euskaldunes se han retirado a
pasar sus últimos años al Mediterráneo (en
concreto a Benidorm, entre otros enclaves), sino que en los últimos
años una considerable comunidad inmigrante ha pasado a
afincarse en las tierras vascas, cambiando aún más los
equilibrios entre comunidades. Al mismo tiempo, se han transformado
en estos años los valores y actitudes de la sociedad vasca en
general, al igual que en España y en el mundo entero, en
paralelo con los procesos de “globalización-europeización”
del capital, que han modificado sustancialmente también el
papel del Estado-nación. Se dan dos dinámicas distintas
y paralelas al mismo tiempo. Por un lado, un proceso de
“cosmopolitanización” de las clases medias, así
como un reforzamiento y enrocamiento de las señas de identidad
de los sectores más afectados por las dinámicas de
“globalización-europeización”. Por otro lado, el
Estado-nación, por así decir, se transnacionaliza en
parte en el marco de la Unión Europea, si bien en el mundo
post-11-S, de la “globalización armada”, ve reforzado su
papel de garante del orden interno, lo que también se reconoce
en la futura Constitución Europea. Es decir, vemos cómo
se refuerza su “cara dura”, al tiempo que se va desprendiendo de
su “cara blanda” (el “Estado social”), como resultado de las
políticas neoliberales.

En este nuevo contexto,
ETA debería saber desaparecer con dignidad, jugando las
poquísimas bazas políticas que todavía le
quedan, y reconociendo su enorme debilidad real actual. Además,
ETA está fuertemente acosada policial y judicialmente, y se
han acabado ya hace tiempo los santuarios desde donde operaba, sobre
todo en el Estado francés, pero también en otros países
del mundo, en concreto en América Latina. Es mejor que sea ETA
la que tome la iniciativa de su autodisolución, no que se vea
obligada a hacerlo por la represión estatal, es decir, por eso
que eufemísticamente se llama “la actuación del
Estado de derecho”, y/o por la conjunción de las
circunstancias crecientemente adversas para ella que se dan. Es más,
de no hacerlo así, cada vez va a poder conseguir menos por
colgar las armas. Y de persistir en su trayectoria actual lo más
seguro es que entre en un proceso de “grapización”, sin
apoyo social, ni siquiera de sus círculos hasta ahora más
cercanos, que le impida hasta negociar la salida para sus presos. ETA
se ha convertido ya, sin quererlo, en el “tonto útil”, en
la excusa perfecta, que utilizan las estructuras de poder español
para justificar su creciente endurecimiento, en esta especie de
Estado de excepción que se va instalando a escala planetaria
en el marco de la guerra global permanente contra el “terrorismo”.
Y Euskadi, en concreto, se convierte en un laboratorio represivo de
primer orden, a escala de la Unión, para probar la nueva
legislación de excepción. Una UE implicada en la
violación de derechos humanos, como ha demostrado el
“escándalo” de los vuelos de la CIA. La actuación
de la propia Ertzaintza así lo atestigua, y no sólo la
de los cuerpos represivos del Estado (policía nacional,
guardia civil), o de sus aparatos judiciales. Finalmente, ETA debería
ser capaz, en un movimiento valiente por su parte, de reconocer el
dolor causado a sus víctimas, sobre todo a las “colaterales”,
pero también a todas ellas. Sería un acto de grandeza
humana. Así como debería saber reconocer sus propios
errores, haciendo un balance político crítico de sus
cuarenta años de existencia. Esa sería una muestra de
audacia y una manera de saber afrontar la cruda realidad, para
iniciar de la mejor forma posible otro camino.

Por otro lado, el mundo
de la izquierda abertzale debería distanciarse claramente de
ETA, atreverse a volar solo sin la dependencia continua y el tutelaje
de la organización armada, y sus sectores juveniles valorar la
idoneidad o validez de tácticas como la Kale Borroka, basada
en quemar autobuses públicos, estaciones ferroviarias, cabinas
telefónicas, o cajeros automáticos que ponen en peligro
edificios completos, como forma (quizás muy “masculina”)
de dar salida a la rabia acumulada. Esta forma de lucha no hace sino
desprestigiar su imagen, pues se utiliza por las estructuras de poder
como un boomerang (mediático) contra ella, sin aportar
nada a los objetivos que pretende. Existe una enorme variedad de
formas de lucha de desobediencia civil que pueden conseguir trasladar
de una manera más incisiva, eficaz y positiva sus demandas a
la sociedad vasca y estatal. En su día lo vimos claramente con
el movimiento de insumisión9,
o con el movimiento okupa, y ahora más recientemente lo hemos
presenciado con ocasión de la iniciativa en Francia de los
Hijos de Don Quijote. Al Estado se le tiene que poner en la tesitura
de desprestigiarse por la represión que ejercita, no al
contrario. Es tal vez la forma más efectiva de
desenmascararlo. En los últimos años Euskadi ha pasado
de situarse en la punta de lanza de la movilización ciudadana
a escala estatal, a entrar en un ciclo de lucha en gran medida
estéril, y pobre en contenidos, que se mueve en la noria sin
fin de la acción-represión-acción, con cada vez
menor capacidad de arrastre, incidencia y sobre todo aceptación
social.

Indudablemente, el nuevo
escenario creado por la bomba en la T 4 ha influido en las últimas
medidas estatales, tales como la sentencia del Supremo declarando
organización “terrorista” a la rama juvenil de la
izquierda abertzale (una decisión tomada por tres votos contra
dos), lo que puede reforzar temporalmente a los sectores más
“duros” e “intransigentes”; si bien la entrega de los 19 de
Segi, ha sido una muestra dura y dolorosa, pero valiente, de otras
formas de hacer política (en las actuales circunstancias), y
ha tenido una gran repercusión mediática. Igualmente,
las duras peticiones del fiscal en el caso del macrosumario 18/98,
han sido también muy probablemente consecuencia del nuevo
clima sociopolítico tras el atentado de Barajas, lo que pone
aún más difícil el llamado “proceso de paz”.
Y el atentado del 30-D está haciendo asimismo todavía
más complicada la legalización de la izquierda
abertzale de cara a las próximas elecciones municipales. Por
otro lado, si se da un posible fin abrupto de De Juana Chaos, el
tensionamiento político sería enorme (es por eso que el
Estado hace todo lo posible por mantenerlo forzosamente con vida
contra su voluntad), pero es preciso mantener la cabeza fría
ante dichos escenarios, para no complicar adicionalmente las salidas
al conflicto vasco, sobre todo porque la estrategia de acoso de la
derecha se ha disparado sin límite en este último
periodo.

La manifestación
del día 3 de febrero en Madrid ha marcado un verdadero hito en
dicha estrategia, habiendo ganado la calle mediante la utilización
de las víctimas, la política “antiterrorista” y la
bandera nacional. La movilización fue mayor que la del día
13 de enero (la convocada por los sindicatos y fuerzas de izquierda),
si bien no de forma significativa. Los lemas esgrimidos son bien
ilustrativos del nuevo clima: “Por la libertad, derrotemos a ETA,
no a la negociación”, así como el desmarque tajante
de la “paz” en el comunicado de cierre de la manifestación.
Se trata pues de derrotar a ETA, y todo lo que ello conlleva. Además,
ya se entrelaza el “A por ellos”, con el “oé, oé,
oé” de las grandes choques futbolísticos, lo que
inflama aún más a una hinchada plagada de símbolos
patrios, y hasta se utiliza el himno nacional para clausurar el acto.
Pero el objetivo es llegar de esta manera a centenares de miles de
personas, pues esta mezcla de política espectáculo
rastrera, mezclada con el deporte de masas por excelencia, es un
cóctel explosivo de enorme impacto en una sociedad acomodada y
anestesiada, que se es capaz de movilizarse masivamente, p.e., para
asistir a la presentación en sociedad del nuevo coche de
Fernando Alonso (más de 100.000 personas recientemente en
Valencia). Está visto que el PP va a utilizar a ETA, y a la
política antiterrorista, entendida por supuesto en sentido
amplio (¡todos los que cuestionemos el orden vigente podemos
llegar a ser terroristas!), para recuperar el poder, y tratar de
imponer el nuevo orden que pretende. Como le gritan sus huestes a
Zapatero: “entraste por Atocha, y saldrás por Barajas”. Y
en ese nuevo orden que se avizora en sus planteamientos, para nada se
vislumbra una salida al conflicto vasco, es más se utilizará
éste también, y fundamentalmente, para auparse al
poder, e imponer nuevas y aún más duras formas dominio.
Es preciso pues parar esta deriva.

¿Y ahora qué
podemos hacer nosotros?¿Cómo hacemos para caminar hacia
otros mundos posibles?

Estamos en un mundo que
se está cayendo ya literalmente a cachos, y en el cual las
estructuras de poder a escala mundial parece que nos quieren conducir
a una guerra civil global, al tiempo que van asentando formas de
gobernabilidad cada vez más autoritarias, como forma de
garantizar (vanamente) su dominio. Lo estamos viendo claramente en
estos últimos tiempos en Oriente Próximo y Medio, así
como en otras partes del mundo, mientras nos llevan imparablemente
hacia el “Choque de Civilizaciones”, pues no en vano más
de dos terceras partes del petróleo mundial está bajo
suelo islámico. Y aquí en el Estado español la
derecha del PP está apostando claramente por esa opción.
Está jugando de esa forma tal vez previendo que pueda
producirse un cambio brusco de escenario económico y mundial
(pinchazo de la burbuja inmobiliaria, subida acusada de los precios
del petróleo, caída fuerte del crecimiento, crisis del
dólar, posible ataque a Irán, guerra total en Oriente
Próximo y Medio, etc.), en este capitalismo global energívoro,
mafioso, especulativo y de expropiación en el que estamos
instalados, uno de cuyos “paraísos” es el Estado español.
Y la excusa perfecta es la “gran amenaza terrorista de ETA”, así
como el tensionamiento social e interterritorial que impulsa a todos
los niveles (una vez más lo estamos viendo estos días
con el recurso de inconstitucionalidad del Estatuto de Cataluña),
y que puede ir a más en el futuro si no reaccionamos. Da
verdadero miedo observar a dónde nos puede conducir esta
dinámica en la que se está instalando la vida política
española. Es por eso por lo que acontezca en Euskadi para nada
nos es ajeno al conjunto del Estado español, y menos a los
sectores emancipadores que buscamos un cambio en las relaciones de
poder existentes, y un cambio de modelo de productivo y de sociedad,
hacia formas más justas y sostenibles.

Es preciso pues que nos
impliquemos en impulsar el llamado “proceso de paz” en Euskadi, y
que no dejemos el mismo al albur de los partidos políticos y
las instituciones del Estado. Es más, es perentorio que
presionemos sobre ellos, para lograr no solo la “paz”, sino que
no se acabe convirtiendo ésta en una segunda Transición,
que afiance las estructuras de poder existentes, y coarten las
dinámicas de cambio social que laten en Euskadi. Es
fundamental que volvamos a reconstruir los puentes rotos entre los
movimientos sociales de Euskadi y del resto del Estado. Es urgente
activar a la llamada sociedad civil en todo el Estado para impulsar
un proceso en ese sentido. Es perentorio introducir estos temas en
las distintas agendas de lucha, desde las movilizaciones por una
vivienda digna y el contra el desmadre territorial, a las de denuncia
de la deuda externa y por la solidaridad internacional, pasando por
los conflictos laborales, el rechazo a la guerra global permanente, o
las demandas feministas, por mencionar solo unos cuantos frentes de
lucha. Y algo así parece que está ocurriendo poco a
poco, en especial en Euskadi. Ese es quizás el aspecto más
positivo que está aconteciendo en estas últimas
semanas, cuando parece que los sectores emancipadores más
activos de la sociedad están reaccionando ante toda esta
sinrazón. El atentado del 30-D curiosamente está
contribuyendo a ello. Mucha gente de bien está verdaderamente
harta, y tiene ganas de hacer algo para buscar una salida a toda esta
demencia.

En Euskadi ha surgido
una iniciativa ciudadana muy plural, Milakabilaka (algo así
como “miles de personas buscando una salida”), que se ha empezado
ya a movilizar para presionar a favor de un proceso de diálogo
y paz. La iniciativa Ahotsak, que hasta ahora tenía un
carácter más bien elitista, se está retomando a
escala local por mujeres de todo tipo para presionar en el mismo
sentido, manifestando que el 30-D no es el camino. Pero también
profesores universitarios del país vasco (Elkarbide) se han
lanzado en la misma línea. Y otros ciudadanos euskaldunes se
han propuesto reunirse en círculo, alrededor de un árbol,
una tradición muy de la tierra, para ver cómo pueden
abordar el futuro de su territorio. Hasta parte del mundo del derecho
se ha puesto en funcionamiento con una iniciativa jurídica por
el Proceso de Paz (también en Cataluña). ETA está
consiguiendo, sin pretenderlo, que se active la sociedad civil, y en
todas estas iniciativas palpita un profundo rechazo a las dinámicas
militaristas y vanguardistas de la lucha armada. La gente, y muy en
concreto las mujeres, quieren recobrar el protagonismo que le quitan
los partidos, las instituciones, las estructuras de poder patriarcal
y los “salvapatrias”, y quieren participar directamente en la
conformación de su futuro.

Pero en el resto del
Estado, muy poco a poco, todavía, también está
ocurriendo algo así. Eso se pudo observar en la manifestación
del 13 de enero en Madrid, cuando mucha gente se sentía
identificada con la pegatina que repartían colectivos de la
Red por las Libertades y el Diálogo de Madrid, con el lema
“Por la Paz y el Diálogo. En mi nombre SÍ”, pues no
se sentían identificados con la mera denuncia del
“terrorismo”. En Cataluña se ha activado a raíz
también del 30-D la campaña “Sí al procès
de pau”, en la que participan más de cien organizaciones
ciudadanas. Y en otras zonas del Estado empieza a surgir un cierto
interés de empezar a caminar por las mismas vías. Pero
es preciso hacer más, mucho, mucho, más, para promover
la participación ciudadana en el apoyo al “proceso de paz”,
aparte de en la defensa colectiva de los derechos y libertades, cada
día más vulnerados. Por el bien de todos y todas. Y
así, podremos impulsar, continuar y reforzar los procesos de
cambio del mundo, y del Estado español en concreto, sin tomar
el poder, sino forzando a éste a transformarse de manera
emancipadora. En definitiva, deconstruyendo el Estado, avanzando en
la resolución dialogada y no violenta de los conflictos, y
alcanzando nuevas estructuras institucionales, más
horizontales, democráticas y participativas, al tiempo (y en
paralelo) que vamos transformando la sociedad hacia modelos más
equitativos, antipatriarcales y en paz con el planeta. Es una tarea
urgente y cada vez necesaria ante la previsible crisis y colapso
generalizado del capitalismo global actual (crisis energética
mundial por el inicio del fin de la era de los combustibles fósiles,
estrategias crecientes de guerra centros-periferias e
intercapitalistas, y agudización del cambio climático
en marcha).


Madrid, febrero, 2007

PD: Han
quedado a buen seguro muchas cosas por tratar en torno a este
complejísimo tema: las raíces históricas del
conflicto político-territorial, su desarrollo en el tiempo, su
enconamiento durante el Franquismo, tras la Guerra Civil, el recurso
a la tortura en muchas ocasiones por parte del Estado, incluso
durante la democracia, la vulneración continua de derechos
básicos, incluido el uso de la propia lengua, el cómo y
por qué fracasaron las negociaciones ETA-Estado en las
anteriores treguas, lo novedoso de la propuesta de Anoeta formulada
por Batasuna, las nuevas propuestas que en la actualidad (en estos
días) hace la izquierda abertzale para superar el conflicto,
que enlazan con las vías abiertas en el propio Estatuto de
Gernika, etc., etc., etc. Y en definitiva el inmenso dolor acumulado
en torno a la evolución de este conflicto a todos los niveles,
y en todos los ámbitos, fundamentalmente “nacionalistas”,
y en concreto de la izquierda abertzale, pero también “no
nacionalistas”. Sé que quizás es simplificador lo que
he expuesto, y puede que muy osadas las formulaciones que he
planteado. Si es así, me excuso a posteriori por ello, y por
algunas expresiones utilizadas que pudieran llegar a ser ofensivas
para ciertas sensibilidades, si bien me reafirmo en el contenido
básico de lo expresado. Quiero decir que es un texto que me ha
costado mucho ultimar, por la misma complejidad y conflictividad del
tema expuesto, pero es una cuestión que nos afecta a tod@s,
cuya solución depende de tod@s y que tod@s tenemos que
posicionarnos en torno al mismo. Es por eso por lo que me he animado
a sacar estas reflexiones atrevidas a la luz pública.
Finalmente quería decir que este texto me ha salido muy de
dentro, pues es un tema que he vivido con especial intensidad y
emotividad a lo largo de estos ya cuarenta años de conflicto
armado, que han transcurrido (y todavía perduran) durante mi
existencia vital, aunque siempre lo haya experimentado desde la
distancia al residir fuera de Euskadi, pero también desde el
conocimiento más o menos directo que me ha proporcionado el
tener múltiples contactos con personas de allí a las
que quiero, admiro y respeto profundamente. Espero pues que estas
líneas puedan ayudar a fomentar un debate absolutamente
necesario para la resolución del llamado conflicto vasco.

* Ramón Fernández Durán es miembro de Ecologistas en
Acción

Notas:

1
Me he animado a hacer públicas estas reflexiones, que me
llevan rondando desde hace tiempo, ante el brutal e injustificable
atentado de ETA del 30-D, y ante la gravedad de lo que está
sucediendo en la vida política española. Espero que
estas reflexiones puedan contribuir, junto con muchas otras que
están surgiendo en estas semanas, a impulsar debates y
prácticas que ayuden a desatascar el llamado conflicto vasco,
para poder transitar hacia nuevas horizontes emancipadores de
transformación político-social. Las reflexiones que se
vierten en este escrito son indudablemente francas, y pueden
considerarse duras u osadas por parte de algunos sectores, pues hay
temas espinosos sobre los que hasta ahora se ha preferido en general
no entrar públicamente. Un espeso velo de silencio se cernía
de forma mayoritaria en torno a su tratamiento, hacia fuera, en los
sectores emancipadores más activos del Estado español,
si bien internamente la reflexión crítica en torno a
ETA hoy en día es ampliamente generalizada. Pero la cruda
realidad pienso que es preciso encararla de frente, y públicamente,
no podemos ya ocultar ni enmascarar determinadas cuestiones, pues
nos va mucho en ello. Además estas reflexiones están
hechas desde la firme voluntad de intentar ayudar en el llamado
“proceso de paz”, y por alguien que desde hace años
mantiene fuertes contactos personales con gentes de Euskadi, y está
implicado en la actualidad en la Red por las Libertades y el Diálogo
de Madrid. Por último, agradezco los comentarios que me han
formulado a este texto diversas personas, entre ellas algunas de
Euskadi que sufren en sus propias carnes y en las de sus allegados
la actuación del “Estado de derecho”, si bien la
responsabilidad del contenido y el tono del mismo son exclusivamente
míos.

2
Esta supuesta “democracia” del Estado del Bienestar era por
cierto tan solo aparente, pero sí es verdad que los
equilibrios institucionales y los derechos y libertades alcanzados
hacían difícil, o mejor dicho complicaban, una actitud
abiertamente represiva del Estado contra los brotes y dinámicas
antagonistas.

3
De hecho todavía perviven en Colombia y México,
principalmente, aunque con considerables procesos degenerativos en
muchas de ellas.

4
El atentado de Hipercor segó la vida a 21 personas, y
ocasionó 45 heridos.

5
El atentado de Vallecas costaría la vida a seis trabajadores,
y heridas a 17 personas.

6
Que han sido los principales impulsores de procesos tan importantes
como la oposición al TAV, la lucha contra el pantano de
Itoiz, o la defensa en su día del gaztetxe de Iruña.

7
Militarización de fronteras, lucha contra el enemigo interior
(el “otro”).

8

Condena de 12 años adicionales por un delito de opinión
(artículos de prensa), una vez cumplida legalmente la pena
impuesta. Es a partir de ese momento que De Juana decide iniciar una
huelga de hambre, que interrumpió en un momento determinado,
y que ha retomado ya hace casi 100 días. El Estado ha
intervenido violentando la voluntad del preso, obligando a la
alimentación forzada y vejatoria del mismo.

9
Dicho movimiento consiguió hace unos años una enorme
victoria política, la abolición de la conscripción,
mientras que en Euskadi los sectores juveniles de la izquierda
abertzale gritaban “la mili, con los milis”.

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