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Afganistán, el gran fiasco

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Sección:Afganistán
Martes 27 de febrero de 2007 0 comentario(s) 1483 visita(s)

NURIA DEL VISO /PERIODISTA Y ANALISTA DE CUESTIONES INTERNACIONALES
EL CORREO

Hace catorce meses las perspectivas en Afganistán eran aún esperanzadoras. El país comenzó 2006 con la Conferencia de Londres, donde la comunidad internacional alabó los logros del Gobierno de Hamid Karzai y selló su compromiso con el país para los cinco años siguientes.

Sin embargo, las que entonces se dibujaban como amenazas situadas en un futuro indefinido se hicieron realidad a lo largo del año: escalada de la insurgencia, aumento del narcotráfico, escasos avances en la rehabilitación del país y un creciente desencanto de la población. Los acontecimientos se han deslizado hacia un punto de difícil retorno, creando uno de los peores escenarios posibles.

El factor más preocupante es el deterioro de la seguridad, que repercute en el resto de los sectores. A lo largo de 2006 no sólo se intensificaron los combates de las tropas internacionales contra los insurgentes, sino que éstos transformaron sus tácticas incorporando métodos terroristas ensayados con éxito en Irak: atentados suicidas, artefactos explosivos improvisados y secuestros. Además, se dispararon los ataques a objetivos ’blandos’, la población civil y trabajadores humanitarios. La ONU estima que una tercera parte del país ya no es segura para sus operaciones.

Varios factores están en la raíz de esta situación. Desde 2001 la comunidad internacional cometió un grave error de cálculo al proclamar prematuramente la victoria en Afganistán, sin valorar con cautela la amenaza de los talibanes, dispersos por la zona pastún entre Pakistán y Afganistán. Además, con la invasión de Irak, Estados Unidos desvió su atención de Afganistán. El desastre de Irak ha terminado por alimentar la yihad global, animando el reclutamiento de combatientes para otros conflictos, como el de Afganistán.

El deseo de Washington de que los socios de la Alianza Atlántica asumieran mayor responsabilidad en la tarea militar en Afganistán condujo en 2006 al traspaso de responsabilidades en el sur y en el este del país a las tropas bajo mando de la OTAN -peor equipadas y percibidas como más vulnerables que las de Estados Unidos-. Ello brindó a la insurgencia una coyuntura favorable para intensificar sus ataques, en un intento de desestabilizar al Gobierno de Kabul y, de paso, obtener una victoria moral frente a Occidente.

El enfoque preeminentemente militar impulsado por Estados Unidos se ha mostrado ineficaz para derrotar a una insurgencia que goza de su santuario en Pakistán, donde tiene acceso a fuentes de reclutamiento y campos de entrenamiento. Durante 2006 se confirmó lo que tan sólo eran indicios unos meses antes: la cúpula talibán opera confortablemente desde la ciudad de Quetta, mientras que elementos de Al-Qaida siguen instalados en los territorios paquistaníes al este de Afganistán. El enfoque militar no sólo no ha logrado proporcionar seguridad a los afganos sino que, en muchos casos, ha aumentado su inseguridad. Los bombardeos internacionales contra la insurgencia han causado un considerable número de víctimas civiles.

Narcotráfico e insurgencia

Los talibanes han logrado consolidar su amenaza al coordinar la acción con la de grupos desafectos de antiguos muyahidines y los carteles de la droga. Tanto su actividad terrorista como su infiltración en las comunidades se ha extendido más allá de su tradicional área de influencia en el sur y en el este. Como indica el analista británico Paul Rogers, los talibanes han utilizado estos años para fortalecer su estrategia, conectar sus fuentes de financiación con el narcotráfico, asegurarse un santuario en Pakistán y reestructurar su organización. En 2006 han resurgido con fuerza.

Afganistán alcanzó el pasado año una cosecha de opio récord, y genera ya el 92% de la producción mundial. Este dato representa un serio peligro, tanto por la posibilidad de que el país se deslice hacia un narcoestado -el narcotráfico representa al menos el 35% de la economía afgana y es el medio de vida de más de dos millones de sus ciudadanos-, como por la saneada fuente de financiación que proporciona a la insurgencia. Además, la consolidación del negocio de la droga está minando las bases del Estado afgano y alimentando la corrupción en todos los niveles de la Administración. La comunidad internacional comparte la responsabilidad de este fracaso por su apoyo a la erradicación de cultivos, en lugar de actuar sobre las redes de narcotráfico. Esta estrategia sólo logró alienar a los campesinos.

Y esto enlaza con otro de los grandes fiascos de la estrategia internacional en Afganistán: la consolidación del Estado y la reconstrucción del país. Si bien se han obtenido considerables logros -celebración de elecciones, remodelación de los ministerios, desmovilización de las antiguas milicias y formación de un nuevo ejército-, otros cambios sustanciales continúan pendientes. Los casos más significativos son la reforma de la policía y del sistema judicial, ambos ostensiblemente corruptos y sin cuya puesta a punto difícilmente puede sustentarse el nuevo Estado.

El Gobierno sigue sin poder ofrecer servicios básicos a los ciudadanos, lo que mina su legitimidad. La ausencia de mejoras palpables en las condiciones de vida de la población alimenta la frustración, que se expresa en una pérdida de popularidad del Gobierno y un creciente resentimiento ante la presencia internacional. Esta pérdida de credibilidad no hace más que beneficiar a la insurgencia.

Mientras crece el debate sobre posibles vías para salir del atolladero, Estados Unidos y la OTAN insisten en el enfoque militar, si bien en la Alianza son conscientes de que una solución puramente militar ya no es viable; resulta dudoso que más de lo mismo pueda corregir el curso de la operación. Incluso el nuevo manual estadounidense de lucha contra la insurgencia asegura que, en ocasiones, incrementar el uso de la fuerza produce la reacción contraria a la que se persigue.

Los actores internacionales se encuentran ante el dilema de revisar en profundidad su estrategia o aceptar el fracaso. La mera retirada de tropas internacionales, aunque deseable, ya no parece factible en este momento porque supondría más conflicto y, posiblemente, la caída del Gobierno actual. Es necesario, pues, mantener el pulso si bien intensificando los esfuerzos políticos y diplomáticos: 1) ejercer más presión sobre Pakistán -que sigue oscilando entre la complacencia y el ataque a la insurgencia, según soplen los vientos desde Washington- para que cese todo apoyo a los insurgentes, pero sin obviar las preocupaciones legítimas de este país sobre el balance de poderes en la región; 2) abordar los problemas regionales heredados de la época colonial en una conferencia internacional; y 3) considerar el diálogo con los talibanes más moderados, o, como han hecho los británicos, negociar acuerdos locales de pacificación con líderes comunitarios. La nueva estrategia debe dar mayor protagonismo a los actores civiles -ONU y UE, entre otros-, de donde nunca debió desplazarse, e intensificar urgentemente los aspectos desatendidos por largo tiempo: la reconstrucción del país, la consolidación del Estado y las reformas políticas de gran calado. La estrategia debe implicar una actuación coherente y coordinada, e implementar cambios significativos en un plazo breve. El tiempo es un factor clave, porque ya se anuncia una nueva escalada de la violencia insurgente para la próxima primavera.

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