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Afganistán, el gran fiasco

Infomoc

Sección:Afganistán
Martes 27 de febrero de 2007 0 comentario(s) 1496 visita(s)

NURIA DEL VISO /PERIODISTA Y ANALISTA DE CUESTIONES INTERNACIONALES
EL CORREO

Hace catorce meses las perspectivas en Afganistán eran aún
esperanzadoras. El país comenzó 2006 con la Conferencia de Londres, donde la comunidad internacional alabó los logros del Gobierno de Hamid Karzai y selló su compromiso con el país para los cinco años siguientes.

Sin embargo, las que entonces se dibujaban como amenazas situadas en un futuro indefinido se hicieron realidad a lo largo del año: escalada de la insurgencia, aumento del narcotráfico, escasos avances en la rehabilitación del país y un creciente desencanto de la población. Los acontecimientos se han deslizado hacia un punto de difícil retorno, creando uno de los peores escenarios posibles.

El factor más preocupante es el deterioro de la seguridad, que repercute en el resto de los sectores. A lo largo de 2006 no sólo se intensificaron los combates de las tropas internacionales contra los insurgentes, sino que éstos transformaron sus tácticas incorporando métodos terroristas ensayados con éxito en Irak: atentados suicidas,
artefactos explosivos improvisados y secuestros. Además, se dispararon
los ataques a objetivos ’blandos’, la población civil y trabajadores
humanitarios. La ONU estima que una tercera parte del país ya no es
segura para sus operaciones.

Varios factores están en la raíz de esta situación. Desde 2001 la
comunidad internacional cometió un grave error de cálculo al proclamar
prematuramente la victoria en Afganistán, sin valorar con cautela la
amenaza de los talibanes, dispersos por la zona pastún entre Pakistán y
Afganistán. Además, con la invasión de Irak, Estados Unidos desvió su
atención de Afganistán. El desastre de Irak ha terminado por alimentar
la yihad global, animando el reclutamiento de combatientes para otros
conflictos, como el de Afganistán.

El deseo de Washington de que los socios de la Alianza Atlántica
asumieran mayor responsabilidad en la tarea militar en Afganistán
condujo en 2006 al traspaso de responsabilidades en el sur y en el este
del país a las tropas bajo mando de la OTAN -peor equipadas y percibidas
como más vulnerables que las de Estados Unidos-. Ello brindó a la
insurgencia una coyuntura favorable para intensificar sus ataques, en un
intento de desestabilizar al Gobierno de Kabul y, de paso, obtener una
victoria moral frente a Occidente.

El enfoque preeminentemente militar impulsado por Estados Unidos se ha
mostrado ineficaz para derrotar a una insurgencia que goza de su
santuario en Pakistán, donde tiene acceso a fuentes de reclutamiento y
campos de entrenamiento. Durante 2006 se confirmó lo que tan sólo eran
indicios unos meses antes: la cúpula talibán opera confortablemente
desde la ciudad de Quetta, mientras que elementos de Al-Qaida siguen
instalados en los territorios paquistaníes al este de Afganistán. El
enfoque militar no sólo no ha logrado proporcionar seguridad a los
afganos sino que, en muchos casos, ha aumentado su inseguridad. Los
bombardeos internacionales contra la insurgencia han causado un
considerable número de víctimas civiles.

Narcotráfico e insurgencia

Los talibanes han logrado consolidar su amenaza al coordinar la acción
con la de grupos desafectos de antiguos muyahidines y los carteles de la
droga. Tanto su actividad terrorista como su infiltración en las
comunidades se ha extendido más allá de su tradicional área de
influencia en el sur y en el este. Como indica el analista británico
Paul Rogers, los talibanes han utilizado estos años para fortalecer su
estrategia, conectar sus fuentes de financiación con el narcotráfico,
asegurarse un santuario en Pakistán y reestructurar su organización. En
2006 han resurgido con fuerza.

Afganistán alcanzó el pasado año una cosecha de opio récord, y genera ya
el 92% de la producción mundial. Este dato representa un serio peligro,
tanto por la posibilidad de que el país se deslice hacia un narcoestado -el narcotráfico representa al menos el 35% de la economía afgana y es
el medio de vida de más de dos millones de sus ciudadanos-, como por la
saneada fuente de financiación que proporciona a la insurgencia. Además,
la consolidación del negocio de la droga está minando las bases del
Estado afgano y alimentando la corrupción en todos los niveles de la
Administración. La comunidad internacional comparte la responsabilidad
de este fracaso por su apoyo a la erradicación de cultivos, en lugar de
actuar sobre las redes de narcotráfico. Esta estrategia sólo logró
alienar a los campesinos.

Y esto enlaza con otro de los grandes fiascos de la estrategia
internacional en Afganistán: la consolidación del Estado y la
reconstrucción del país. Si bien se han obtenido considerables logros -celebración de elecciones, remodelación de los ministerios,
desmovilización de las antiguas milicias y formación de un nuevo
ejército-, otros cambios sustanciales continúan pendientes. Los casos
más significativos son la reforma de la policía y del sistema judicial,
ambos ostensiblemente corruptos y sin cuya puesta a punto difícilmente
puede sustentarse el nuevo Estado.

El Gobierno sigue sin poder ofrecer servicios básicos a los ciudadanos,
lo que mina su legitimidad. La ausencia de mejoras palpables en las
condiciones de vida de la población alimenta la frustración, que se
expresa en una pérdida de popularidad del Gobierno y un creciente
resentimiento ante la presencia internacional. Esta pérdida de
credibilidad no hace más que beneficiar a la insurgencia.

Mientras crece el debate sobre posibles vías para salir del atolladero,
Estados Unidos y la OTAN insisten en el enfoque militar, si bien en la
Alianza son conscientes de que una solución puramente militar ya no es
viable; resulta dudoso que más de lo mismo pueda corregir el curso de la
operación. Incluso el nuevo manual estadounidense de lucha contra la
insurgencia asegura que, en ocasiones, incrementar el uso de la fuerza
produce la reacción contraria a la que se persigue.

Los actores internacionales se encuentran ante el dilema de revisar en
profundidad su estrategia o aceptar el fracaso. La mera retirada de
tropas internacionales, aunque deseable, ya no parece factible en este
momento porque supondría más conflicto y, posiblemente, la caída del
Gobierno actual. Es necesario, pues, mantener el pulso si bien
intensificando los esfuerzos políticos y diplomáticos: 1) ejercer más
presión sobre Pakistán -que sigue oscilando entre la complacencia y el
ataque a la insurgencia, según soplen los vientos desde Washington- para
que cese todo apoyo a los insurgentes, pero sin obviar las
preocupaciones legítimas de este país sobre el balance de poderes en la
región; 2) abordar los problemas regionales heredados de la época
colonial en una conferencia internacional; y 3) considerar el diálogo
con los talibanes más moderados, o, como han hecho los británicos,
negociar acuerdos locales de pacificación con líderes comunitarios. La
nueva estrategia debe dar mayor protagonismo a los actores civiles -ONU
y UE, entre otros-, de donde nunca debió desplazarse, e intensificar
urgentemente los aspectos desatendidos por largo tiempo: la
reconstrucción del país, la consolidación del Estado y las reformas
políticas de gran calado. La estrategia debe implicar una actuación
coherente y coordinada, e implementar cambios significativos en un plazo
breve. El tiempo es un factor clave, porque ya se anuncia una nueva
escalada de la violencia insurgente para la próxima primavera.

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