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El reto de la inmigración: desmontar la Europa fortaleza

ATTAC

Sección:Anticapitalismo
Domingo 11 de marzo de 2007 0 comentario(s) 3094 visita(s)

Si bien los movimientos migratorios han sido una constante a lo largo de la historia, en el periodo actual de expansión del capitalismo global estos flujos migratorios adquieren una particular entidad y un alcance planetario.

Durante el siglo XIX y primera mitad del XX hubo una fuerte corriente migratoria desde Europa a América y otros continentes (más de 50 millones de personas, de las que la mitad se dirigieron a Estados Unidos) 1 [11 y desde otros países asiáticos a Japón, movimientos éstos ligados a los procesos de industrialización o de políticas demográficas locales. Pero entonces la migración o el desplazamiento de personas más o menos regulado, se consideraba un aporte. una necesidad para los países receptores.

Este fenómeno migratorio ha aumentado de forma significativa en las últimas décadas, a medida que se iba consolidando el proceso de globalización y va a seguir aumentando, sin duda, sino se toman las medidas necesarias para encauzar el problema de la pauperización de inmensas zonas del planeta y se pone límite a las bochornosas diferencias de renta entre países. Las avalanchas migratorios internacionales que se producen en la actualidad no responden a opciones más o menos voluntarias de las poblaciones afectadas, sino que en muchos casos constituyen fenómenos provocados por situaciones límites de supervivencia y de lucha por la existencia diaria, que se ven facilitadas por el desarrollo de los medios de comunicación y (le transporte internacional. Los flujos migratorios siguen respondiendo a la misma lógica del sistema, pero se han vuelto un fenómeno coercitivo una «válvula de escape» sin salida, provocadas por el carácter dual y la expansión

concentración del proceso de globalización capitalista, que conduce a una concentración y una acumulación cada vez mayor en unos pocos países, dejando fuera del sistema a numerosos países y ciudadanos del mundo que no tienen otra salida que la emigración (o la muerte).

Según el estudio que acaba de hacer público la ONU el número de emigrantes en el inundo se cifra en 191 millones de personas, que en su mayor parte (el 75%) se concentran en 28 naciones. La tendencia observada es que cada vez son más los países emisores de migrantes, que si en 1970 se cifraban en 29 hoy día habrían superado los 60 (OIT), países que en su mayor parte pertenecen al mundo empobrecido. Algunos ejemplos destacables son Ecuador y Marruecos, como grandes emisores de emigrantes hacia España y la Unión Europea; a su vez México, junto a varios países centroamericanos, es la gran fuente de migración hacia los EEUU.

Para todos estos países pobres la migración actúa como una válvula de escape fundamentalmente social y económica, aunque en algunos casos pueden darse razones de índole política (guerras, represiones etc).

El fenómeno migratorio como contradicción de la globalización del capital

Una de las grandes incongruencias de la globalización neoliberal es que las propias reglas que defienden la libertad (aparente) de circulación de los distintos factores de producción, no se aplican a la movilidad de la fuerza de trabajo. Así, mientras existe un consenso generalizado para evitar los controles fronterizos) de mercancías, capitales y de todo tipo de bienes y servicios, cuando se trata de personas (inmigrantes y refugiados) los estados del llamado primer mundo se cierran, afirmando su derecho soberano a controlar sus fronteras.

En efecto, los países ricos imponen fuertes restricciones a los desplazamientos de la población, mientras que existe una total libertad de movimientos para las mercancías, el capital y los servicios. En definitiva, la globalización de la economía no viene acompañada de la expansión, difusión de la riqueza y del bienestar, sino que por el contrario constituye un proceso de carácter dual, que contribuye al aumento de las desigualdades entre los países ricos y los países pobres, así como al incremento de la marginalización interna dentro de cada país de amplias capas de población o de zonas geográficas.

Si en 1960 antes de iniciarse el actual proceso de desarrollo del capitalismo global, el Producto Nacional Bruto (PNB) de los 20 países más ricos del mundo era 18 veces el de los 20 países más pobres Banco Mundial), en 1995 esta brecha se había duplicado - llegando a 37 veces- y en la actualidad se ha incrementado hasta 52 veces, persistiendo esta tendencia a medida que se consolida el proceso de globalización capitalista.

Esta tendencia contrasta marcadamente con anteriores descensos de las diferencias entre ricos y pobres que se registran entre 1950 y los mediados de los 70, un período de crecimiento estable en la economía mundial.

Pero además, se constata un incremento de las desigualdades internas dentro de muchos países: así entre 1980 y finales de la década de los 90, las desigualdades se acentuaron en el seno de 48 países, incluyendo a China y los Estados Unidos.

En el año 2000 los Gobiernos y Estados firmaron la Declaración del Milenio de Naciones Unidas, y se comprometieron con el cumplimiento de los 8 Objetivos de Desarrollo del Milenio, como un primer paso para erradicar el hambre y la pobreza.

Pero estos programas han demostrado ser absolutamente ineficaces para resolver el problema de la pobreza, ya que no abordan las verdaderas causa del problema. Son soluciones que se plantean como parches y obras de beneficiencia (la política de la limosna para tranquilizar las conciencias), no de justicia e igualdad.

Mientras perduren este tipo de contradicciones y se sigan aplicando las actuales políticas internacionales (políticas de lucha contra la pobreza impulsadas por las NU, el FMI y el BM, políticas de cooperación al desarrollo, del tipo del 0,7 %) está claro que no se va a resolver este problema, ni a corto ni a largo plazo.

Y es que durante estos últimos treinta años de capitalismo global, el diferencial de renta y de desarrollo social entre países ricos y países pobres se ha agrandado y los movimientos de población Sur-Norte han pasado a tener un alcance planetario.

Ello hace que empujados por el hambre y la desesperanza, millones de seres humanos van a seguir fluyendo hacia los países ricos intentando instalarse en el mismo sistema. Como consecuencia de esta globalización, el número de inmigrantes ha pasado de 72 a 200 millones en los últimos 30 años, y en todos los casos las causas responden a esas enormes diferencias de renta y de desarrollo social entre países, provocadas por el control de las riquezas y las políticas de intercambio desigual que aplican los países ricos a los pobres, lo que hace que los países ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. «Los pobres son necesarios para que funcione el sistema», como sostienen «expertos» en desarrollo de la Universidad de Harvard, ya que el mundo globalizado es una pirámide cuya base es la pobreza y esa pobreza es necesaria para que todo se mantenga y funcione. Es el cinismo que sostiene el pensamiento único neoliberal, con su defensa de la ley del más fuerte y sus postulados darwinistas.

Estas diferencias vienen provocadas por la desigualdad internacional en el acceso a los recursos derivadas de la política practicada por los países más poderosos: imposición de las leyes del intercambio desigual en las relaciones comerciales, aplicación de políticas de ajuste estructural a los países menos desarrollados y expoliación de sus recursos, medida ésta que tiene como secuela la destrucción de las bases de sustentación de la sociedad global (contaminación, cambio climático, aceleración de la deforestación, agotamiento de recursos energéticos y minerales, etc.)

¿Una vuelta a los ghetos y a las ciudadelas medievales para preservar la riqueza?

Ponerle vallas al hambre y encerrar a los migrantes en campos de refugiados son las medidas prioritarias adoptadas por los países ricos para preservar su status.

Vallas protegidas para preservar la abundancia y el bienestar de los países del llamado «primer mundo», vallas de triple trazado en la frontera de Ceuta y Melilla,para evitar la emigración subsahariana y marroquí, una valla de 600 km en la frontera entre Estados Unidos y México para impedir la emigración mexicana 1, otra valla de seguridad de varios cientos de kilómetros (también llamada «muro de la vergüenza») para impedir la entrada de palestinos en territorio israelí. Estas son las respuestas que están adoptando los países más ricos junto a la creación de campos de internamiento (o de concentración) de extranjeros que se están programando en las fronteras de la UE o que ya son operativas en zonas como Malta, de cuyo funcionamiento nos llegan relatos periodísticos verdaderamente escalofriantes.

A su vez la existencia de lugares de concentración de posibles inmigrantes constituye una vulneración de derechos individuales que los propios países de la Unión Europea reconocen a sus ciudadanos.

Esta vuelta atrás. a la Edad Media de las murallas, carece de sentido y es una de las contradicciones de la expansión del sistema capitalista en el momento actual.

Todas estas medidas forman parte de un proceso de involución creciente de los países ricos o poderosos (desde el punto de vista económico o militar) en relación al tercer mundo y al hecho migratorio.

Es inadmisible que la UE patrocine la existencia de los campos de extranjeros fuera de las fronteras de Europa y prosiga en su política de externalización de los procedimientos de asilo y de inmigración, ya que ello supone renunciar a las responsabilidades que le incumben en la aplicación de los acuerdos internacionales suscritos por la misma Unión Europea.

La solución no son vallas y policías o campos de internamiento. Es cambiar drásticamente las reglas del juego económico mundial. Es defender la política de distribución de la riqueza, promover la justicia social y hacer valer los derechos económicos, sociales y culturales entre todos los países y, en particular, entre los países pobres del mundo.

La migración mueve la economía mundial

Los 200 millones de inmigrantes que hay en el mundo generan una riqueza de 1,67 billones de euros y contribuyen al desarrollo del Tercer mundo tres veces más de lo que hacen todos los países industrializados juntos en sus programas de ayuda al desarrollo.

Los inmigrantes son una de las principales fuentes de riqueza de muchos países. Con su trabajo, contribuyen de manera muy significativa al desarrollo de los países en los que vienen, y de los países de los que proceden 2.

Los inmigrantes no sólo ocupan los puestos de trabajo menos deseables, sino que estimulan la demanda y el crecimiento económico en sus países de destino, y ayudan a financiar los sistemas de pensiones de las naciones con poblaciones más envejecidas, además de beneficiar a los países de origen con el envío de remesas.

No deja de ser contradictorio que al mismo tiempo que los países europeos dirigen sus esfuerzos a reforzar la «fortaleza europea» para evitar que llegue más gente, nuestro continente posee la tasa de natalidad más baja del mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, en Alemania, España, Suecia y Grecia el índice de nacimientos ha caído hasta el 1,4%. A su vez el 89 % del crecimiento de la población europea se debe a la población inmigrante. Como sólo el 16 / de la población en disposición de trabajar vive en los países ricos, éstos necesitan ruano de obra y reciben el 60 % de la migración. Los inmigrantes hacen trabajos que los residentes del país receptor no quieren hacer y aumentan la demanda de bienes y servicios y pagan impuestos. En países como España o Italia, donde la población no crece, los jóvenes trabajadores del exterior ayudan a mantener los sistemas de pensiones.

Así pues. los inmigrantes no son sólo mano de obra sino también generan riqueza: en forma de impuestos (1,67 billones a nivel mundial, más de 56 millones en Europa). Cada año mandan a sus familias en todo el mundo 125.000 millones de euros, ayudando a fortalecer las economías de los países con menos recursos. Así. las entre 2,5 y cuatro millones de personas que, según estimaciones de la Comisión Europea, viven en situación ilegal, podrían contribuir a un mayor crecimiento sí fueran reconocidos como ciudadanos legales.

Estudios recientes ponen de manifiesto los beneficios que genera la migración en países que hasta hace poco eran emisores netos de migrantes (Irlanda, España, la República de Corea o Chile, entre otros) y que como consecuencia del fenómeno inmigratorio están experimentando un desarrollo importante y tienen ahora economías prósperas que los convierten en destinos atractivos para los migrantes.

Sin embargo los esfuerzos de los estados se dirigen a atajarlas y. en todo caso, a insertarlas en mercados laborales precarios cuando no ilegales, como ocurre en algunos sectores como la construcción y el servicio doméstico. Pocas veces la migración va de la mano de la integración social, política y ciudadana, que podrían evitar los conflictos y enfrentamientos sociales que hemos tenido ocasión de ver recientemente en países como Francia o Gran Bretaña. Con mercados laborales precarízados y con sistemas sociales en crisis, el miedo al inmigrante y el odio entre residentes ya establecidos e inmigrantes crece en los países de acogida.

España, Europa y el plan europeo para la inmigración

Según datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) el número de trabajadores extranjeros censados en España alcanza estos momentos los 3,5 millones, un 8% del total, cuando hace tan sólo cinco años apenas representaba el 1,3%.

Este incremento de población ha sido tan fuerte en los tres últimos años (una medía anual de 600.000 emigrantes), que se han desbordado todas las previsiones anteriormente realizadas, pensadas en un inicio en 35.000 anuales, y han distorsionado todas las estadísticas del mercado laboral. El problema de la presión migratoria está empezando a desbordar las posibilidades de acogida por parte de España, tanto a nivel estatal como de algunas comunidades autónomas, como está ocurriendo en estos últimos meses con Canarias.

Un reciente estudio de la OCDE 1 señala que España figuraba en 2004 a la cabeza mundial en la recepción de inmigrantes (645.000) después de Estados Unidos, habiendo aumentado un 541% el empleo desempeñado por extranjeros a lo largo de la última década (1994-2004). Pese a ello el porcentaje de extranjeros sobre el total de la población activa es todavía relativamente bajo en España (el 11,2%) debido a que en relación a otros países, como Francia o Alemania, la inmigración ha sido masiva pero muy reciente. Aun así España ya supera al Reino Unido y a los Países Bajos.

Este problema tiene varias vertientes la de la acogida-integración, la de ayuda-cooperación con los países emisores de migrantes y la comercial y económica, que requiere el desmontaje y la revisión de los acuerdos comerciales que la UE defiende frente a los países en desarrollo. Las dos primeras posturas son todavía incipientes y empiezan a tener cuerpo tanto a nivel europeo corno en algunos países fuertemente implicados en el proceso, como es el caso de España 3. La tercera precisa de cambios más profundos en el proceso de abolición de las políticas neolíberales mantenidas en la actualidad por la Unión Europea.

El Consejo Europeo de Tampere de 1999 establecía 4 grandes líneas de la nueva política migratoria común que se definiría en el marco de un espacio de «Libertad, Seguridad y Justicia» común y dentro del respeto a los Derechos Humanos y las Libertades fundamentales. Estas líneas eran:

1. La colaboración con los países de origen

2. El establecimiento de un sistema europeo común de asilo,

3. El trato justo a los nacionales de terceros países y

4. La gestión de los flujos migratorios.

Sin embargo, pasados más de seis años poco se ha avanzado en la resolución de los problemas migratorios en Europa. La migración se está convirtiendo es en uno de los grandes «problemas» que tiene que afrontar la Unión Europea como institución y cada uno de los países que la integran, aunque en estos momentos la mayor parte de los países de la UE prefiere mirar para otro lado y dejar que sean los países fronterizos del sur corno es el caso de España o Italia los que apechuguen con el tema. No debería ser así. ya que los espacios comunes exigen soluciones comunes y la inmigración hacía Europa. más que un problema debe verse como un reto, puesto que es a la vez fuente de problemas sociales y de seguridad como de diversidad y desarrollo. Es decir, más que mejores controles, la Unión Europea debería emprender una política coherente aceptando, de manera realista, la migración como una gran posibilidad y revisando las políticas de intercambio económico y comercial con terceros países, hasta ahora basadas en la prepotencia. el proteccionismo y el intercambio desigual.

La postura de Attac por una Europa diferente y contra la Europa fortaleza

El problema de la inmigración es una de las asignaturas pendientes para la red Attac. Es un tema que apenas está contemplado en sus múltiples implicaciones: económicas, políticas, humanitarias. Solamente ha sido abordado en casos muy puntuales a raíz de los estallidos y protestas de los suburbios en Francia o del comportamiento de las autoridades españolas, marroquíes o de Malta, por citar algunos sucesos.

Entre los objetivos fundacionales de ATTAC están los de frenar la libertad de circulación del capital, bajo sus tres formas: financiera, productiva ([DE) y comercial (intercambio desigual), pero todavía existen dudas para defender la libertad de circulación y más aún la de instalación de los inmigrantes. Así pues, debemos superar esta contradicción y avanzar en la articulación de propuestas en un periodo como el actual caracterizado por el aumento del racismo, la xenofobia y la exclusión social.

Para ello es preciso buscar alternativas y para ello podrían señalarse algunas líneas de actuación:

- En los países de origen: hacer frente a la reducción de la pobreza, con un distinto enfoque

No hay palabra mejor para designar la tendencia evolutiva de la segunda mitad del pasado siglo: la pauperización de numerosos países y sociedades. Este hecho es reafirmado en el nuevo lenguaje dominante: la «reducción de la pobreza» que se ha vuelto un tenla recurrente entre los objetivos que las políticas gubernamentales dicen ejecutar. Pero la pobreza es presentada sólo como un hecho medido empíricamente, sin ni siquiera levantar la cuestión de las lógicas y de los mecanismos que generan esta pobreza.

- La condonación de la deuda.

Es preciso insistir en este punto. El alivio o condonación que prometieron los países ricos representados en el Grupo GR hace meses debe verse como un paso positivo, pero resulta claramente insuficiente para hacer frente a las necesidades que presentan los países pobres para salir de su situación de miseria y estancamiento.

Los países muy pobres y muy endeudados critican la arbitrariedad de este gesto y han propuesto que se extienda sin discriminación al conjunto de la comunidad internacional.

En todo caso la deuda cancelada en algunos países apenas representa un 10% de la cuantía necesaria para cumplir los objetivos del Milenio establecidos por de la ONU de reducir a la mitad la pobreza y el hambre en el año 2015.

Lo importante es analizar si la propuesta de condonación se encuadra dentro la política de la limosna y la caridad preconizada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otros organismos de las Naciones Unidas para tranquilizar las conciencias, o si se puede atisbar un primer intento de reconducción y reorientación de los mecanismos de intercambio económicos entre países.

Este planteamiento exige, sin más dilaciones, la anulación de la deuda externa de todos los países en desarrollo, ya que, como reconocen las Naciones Unidas en su Informe 2005 sobre «Objetivos de desarrollo del Milenio», la deuda externa supone uno de los mayores obstáculos para el desarrollo y no solo para los países más pobres, impidiendo toda posibilidad de desarrollo sostenible.

Por otra parte el problema de la cancelación de la deuda externa debe reinsertarse dentro del contexto de un derecho humano inalienable reconocido también solemnemente por las Naciones Unidas: el derecho al desarrollo. En virtud de este derecho todo ser humano y todos los pueblos están facultados para participar en un desarrollo económico, social, cultural y político en el que puedan realizarse plenamente todos los derechos humanos y libertades fundamentales. Este derecho incluye el ejercicio a la plena soberanía de los pueblos sobre todas sus riquezas y recursos naturales.

- Desmontar los mecanismos actuales de mercado, así como los mecanismos de control

El mercado impone relaciones de desigualdad a la sociedad civil. Los grupos dominantes, el capital financiero y las multinacionales, actúan mundialmente utilizando a los estados, no con el fin de redistribuir las riquezas o proteger a los mas débiles, sino para aumentar sus beneficios. Es por ello por lo que marcan las políticas y pautas del mercado de trabajo y de los movimientos de población (migraciones, movimientos sociales, desregulación del mercado de trabajo, flexibilización, deslocalización sociedad civil.

La progresiva concentración de capital unida a la descentralización productiva permite que las grandes corporaciones puedan negociar directamente con los diferentes gobiernos e imponer en muchos casos sus reglas de actuación y mecanismos de control.

Estos mecanismo son diversos y van desde las políticas monetarias a los tratados de libre comercio y a la imposición de reformas para desmontar o deteriora los servicios públicos (enseñanza, salud, etc) o imponer la privatización de la seguridad social.

Un ejemplo a seguir en este proceso comercial de intercambio igualitario es el que se está desarrollando entre países o zonas corno la que constituye el actual ALBA, firmado entre Venezuela, Cuba y Bolivia, denominado «Tratado de Comercio entre los Pueblos» y que sustituye a los bien conocidos tratados de libre comercio impuestos por la OMC o por la misma UE y sus gobiernos en sus tratados multilaterales y bilaterales con los países del tercer mundo.

En este sentido, el modo 4 de los acuerdos AGCS (así como la Agricultura y el NAMA) guardan una relación estrecha con la problemática de la migración y deberían ser tratados por Attac.

Finalmente, y a corto plazo, Attac debería actuar contra la explotación financiera de los migrantes presionando a la UE y a los gobiernos nacionales para que se modifiquen los sistemas de transferencia de dinero de los migrantes a sus países de origen, facilitando la reducción de costes e introduciendo sistemas de control democrático.

Como se reconoce en el reciente informe del BM «Global Economic Prospects 2006», las comisiones aplicadas por los proveedores de servicios de remesas a las pequeñas trasferencias habitualmente efectuadas por migrantes pobres suelen llegar a niveles de hasta 10% a 15%, superando con creces el costo real de realización de las transacciones respectivas. En este informe se señala que una mayor competencia en el mercado de transferencia de remesas daría lugar a menores comisiones, con el consiguiente incremento de los ingresos disponibles de los migrantes pobres y de sus incentivos a remitir más dinero a sus países de origen.

Ricardo Gómez Muñoz


Extraído del Informativo impreso de ATTAC Madrid, nº6, octubre 2006

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