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Frente al Guernica y a los fusilamientos del 3 de Mayo

Ruy Pinto-Núñez, el pelao carvallo

Sección:Cajón de sastre
Domingo 22 de abril de 2007 0 comentario(s) 3009 visita(s)

A Mariceli, especialmente. A Made, por el arte. A Claudio y Alfonsina, a Claudia.

A Chutchi, Jesús, Hortensia y Albor. A Pascual. A Maripi y Nachete.

Para no dar tanto paso al olvido inútil, pretendo traer al hoy, un par de vivencias que vuelven a mí, insistentemente, cada cierto rato, quizás pidiendo que las elimine en el papel, ya definitivamente.

En agosto del año pasado, por esas extrañas circunstancias de la vida, puede asistir al Reina Sofía. Allí estaban, muy cerca el uno del otro, el Guernica y los fusilamientos (El 3 de mayo).

Aclaro primero que yo iba al Reina Sofía por ir al museo y ver pintura, y porque era gratis la entrada ese día. Muy bien acompañado, entré a ver. En el acceso me entero que está el Guernica y quise ir a verlo de inmediato. Un montón de gente me indicó, sin preguntar, donde era la cosa.

De un modo u otro el Guernica estaba en mi memoria sin haberle visto antes más que en reproducciones, en libros y en internet. Además cierto acercamiento romántico a la historia y teoría del arte promovió en mí un apego a la pintura que, a ratos, me sorprende y me descoloca.

Llegamos ante el choclón de gente, y estaba allí, el cuadro, grande como es, con poca custodia y un abanico de gente mirándole como por partes, pues la gente de mucha y apretada daba codo con codo.

Los grises, el trazo, la composición. O sea, no voy hablar del cuadro. Pero quedé con la boca abierta. Alegóricamente, pues bien cerrada la tenía. Me quedé cerca. Lo miré varias veces, por partes, entero, en detalles. Estaba emocionado, excitado, era ahí la guerra y el llanto. Y yo dispuesto al juego, de mirar y entender y devolver lo sentido, lo pensado, lo que en ese momento vivía. Quería silencio, mucho silencio, y a la vez hablar, decir, contar. Creo que estuve muy poco tiempo mirándolo. O sea, lo necesario. Sentía inquietudes, dolores, mi corazón palpitaba. Estaba agitado. Trataba de captarlo todo, de entender. Entender. De comprender lo que el Guernica decia para mi, Y que, claro, viene diciendo hace rato como consumo cultural histórico. Pero bien, estando allí, pasito a pasito, mirando el Guernica, pensé en traer a mi lado un montón de gente chilena, y no chilena, a la que quiero y decirle "¿oye, ves eso, ves lo que está diciendo, ves lo terrible-maravilloso que es?". Ganas de llorar, lagrimitas, no de esas de teleserie, sino de traslucir esa emoción, creada en mi, por la historia del arte, por el momento, por el museo, por la gente, y por mi disposición a aceptar eso y creer, que eso es valioso, de un modo pedagógico y revolucionario. Y que yo estaba allí, dejando de ser yo, intentando ser sólo pueblo, pura gente, chilena, sudamericana, latina, india, proletaria, vaga, trabajadora, que ante el Guernica se siente hablada y representada, porque de nosotres hablan ahí, aunque ni fuimos ni estuvimos. Pero somos, o algo así.

Recogí una especie de catálogo, y caminé por un sendero de fusilamientos (uno de Picasso también, Guerra de Corea creo, y otro de Manet, del emperador francés de México), hasta encontrar el "3 de mayo", los fusilamientos de Goya.

Goya también, por la historia y por el arte, y por la historia del arte, tempranamente estuvo en mi memoria visual. Me acerqué y, qué ganas de haberme sentado, a mirarle, por largo tiempo, esos gestos, esos rostros definitivamente impresionantes, pero también, como yéndose, las luces, las oscuridades, la guerra otra vez ahí, anterior y futura, presente, el dolor, la perplejidad, el hablarte, decirte, a tu cara, a tus ojos, tantas cosas dolorosas, enseñanzas, al final quedarse uno quieto, asintiendo con la cabeza, diciendo, eso no debe volver a pasar. Y pasa, cada vez más pasa, más refinadamente, más rutinariamente, más como si la vida no valiera nada. Y Goya, tan viejito él, como si estuviese en Irak, o en Colombia, hoy, ahora, aunque fue ayer, pasado, pero lo recuerdo hoy y ahora vale este recuerdo.

Y es pintura, es decir, pinceles, oleos, manejo de colores, de dibujo, dolor de espalda, cansancio de la mano, problemas con las terminaciones. Y los materiales, y la luz, y esos hombres, ahí, Goya y Picasso, hablando de la Guerra y Goya diciendo a Picasso: ¿qué haces tú aquí, en el Reina Sofía, si eres republicano? Y Picasso, sonriendo, medio mordiendo el pincel, respondiendo: claro, claro, pero es mujer.

No podía quedarme allí el resto de la vida ni el día. El museo es grande. Vimos a Gordon-Matta, que es muy bueno, muy ocurrente. Y otras cosas, Picabia, Ray Man, no sé, muchas cosas.

Cansado, agotado, excitado, me fui del museo. Tratando de retener en mi memoria, los colores, las emociones, los pensamientos. Pero es imposible, esto que escribí no dice lo que quise decir entonces ni lo que quiero decir ahora.

Ruy Pinto-Núñez, el pelao carvallo
20/04/07

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