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John Cameron Mitchell: "En la cultura estadounidense el miedo al sexo lleva a la infelicidad, a la violencia y al conflicto”

Entrevista al director de Shortbus y Hedwig and the angry inch

Sección:Documental
Lunes 30 de abril de 2007 0 comentario(s) 3144 visita(s)

Shortbus es la segunda apuesta del joven realizador estadounidense John Cameron Mitchell. Mitchell se presentó al público internacional con un fascinante musical sobre la transexualidad Hedwig and the angry inch, donde él mismo encarnaba al protagonista, un joven de la república alemana emigrado a EE UU. La mirada de Mitchell era divertida, iconoclasta, llena de vitalidad, y su ópera prima es ya un clásico de culto.

Su segunda apuesta mira hacia otro lado, abandona el género, pero incide en el tema de las sexualidades vividas de forma diferente, centrándose en un pequeño club erótico situado en el corazón de Nueva York. Una pareja gay en crisis que quiere experimentar un trío, una joven sexóloga preorgásmica con problemas de pareja, una lesbiana dominatrix con un corazón enternecido por esta última... Todos confluyen en el Shortbus, un recinto privado donde se celebran despreocupadas orgías, regentado por un ambiguo maestro de ceremonias. (DIAGONAL)


John Cameron Mitchell: “En la cultura estadounidense el miedo al sexo lleva a la infelicidad, a la violencia y al conflicto”

Durante la preparación de «Hedwig». Estaba encantado de ver que el cine volvía a ser sexualmente honrado y sincero, como en los años sesenta y setenta, pero deploraba el hecho de que fuera tan desalentador y carente de humor. El sexo parecía ser tan negativo como lo es, digamos, para los conservadores cristianos. Bueno, es comprensible. Personalmente crecí en un ambiente católico-militar donde el sexo era una cosa aterradora y, por lo tanto, fascinante. Pensé en hacer una comedia neoyorquina provocadora, estimulante emocional y mentalmente, de gran franqueza sexual y, a ser posible, divertida. No tenía por qué ser erótica. En vez de eso, intentaría servirse del lenguaje del sexo como una metáfora de los otros aspectos de las vidas de los personajes. El sexo siempre me ha parecido la terminación nerviosa de la vida. Creo que si se observa a dos extraños haciendo el amor, pueden sacarse conclusiones acerca de su infancia y de lo que comieron a mediodía. Al mismo tiempo, quería hacer una película en la que los personajes y el guión se desarrollasen a través de improvisaciones en grupo, inspirándome en técnicas tan dispares como las de John Cassavetes, Robert Altman y Mike Leigh. (Por cierto, los tres han expresado su aversión por el sexo «real» o «no simulado» en sus películas). También quería que la historia se desarrollase alrededor de un «salón» underground moderno y multisexual inspirado en el modelo parisino de Gertrude Stein y los salones neoyorquinos contemporáneos que he conocido: música, literatura e incluso sexo en grupo.

-¿Cómo nacieron los personajes y los temas que se exploran en la película?

Cuando empezamos a trabajar con las primeras improvisaciones, habíamos reunido un poco de dinero entre unos cuantos amigos para pagar a los actores y darles alojamiento. Alquilamos un loft en el Lower East Side y empezamos trabajando con improvisaciones simples, veíamos cine, jugábamos al «whiffleball» (un tipo de béisbol con pelotas y bates de plástico), íbamos a las boleras. Luego pasamos a improvisaciones más complicadas con personajes, historias y elementos que habían surgido durante las pruebas. Había leído varios libros acerca de la técnica de escritura de Mike Leigh y John Cassavetes, y adaptamos algunos de sus métodos. Desarrollamos el pasado, los secretos, los deseos de los personajes. Organizábamos «ruedas de prensa» en las que interrogábamos a los actores acerca de sus personajes. Rodamos todos los ensayos para que yo tuviera material con el que trabajar cuando empezase a escribir el guión. De hecho, los personajes y sus luchas nacieron a partir de los actores. Esa información me sirvió para desarrollar la trama y explorar temas de una forma más tradicional. De hecho, el sistema se convirtió en método: ensayábamos durante unas cuantas semanas, trabajaba en el guión durante unos meses y así durante dos años, hasta que conseguimos la financiación. Cuando llegó el momento de rodar, el guión estaba acabado y todos nos sentíamos muy cómodos juntos. Durante los talleres hubo unas cuantas improvisaciones sexuales, pero muy pocas. Algunos actores se sentían a sus anchas y otros no, pero quería que cada uno encontrase el mejor camino hacia el sexo. Muchos prefirieron reservarse para la cámara, y valió la pena (todos los orgasmos de la película son auténticos). Frank DeMarco, el director de fotografía, estuvo en los ensayos, sexuales o no, para que los actores se acostumbraran a él. No me cansé de repetir: «Nunca te pediré que hagas algo que no quieras hacer, pero siempre te pediré que vayas más lejos». Les alenté a que hablasen de sus inseguridades para que no aumentasen. Se habló mucho de sexo seguro. Hubo muchos nervios durante el rodaje, pero fue maravilloso tanto para el equipo técnico como para el artístico. Y seguimos siendo amigos.

-¿Cómo llegó el personaje de James? ¿Hay algún matiz autobiográfico?

La idea surgió en parte del propio actor, que documentó su vida con fotografías. Jonathan Caouette, el director de «Tarnation» también nos sirvió de inspiración. En cuanto a mí, bueno, mi padre era el jefe del sector estadounidense en Berlín Occidental justo antes de la caída del Muro, y mi madre, una artista nacida en Escocia. Tuve una educación muy católica, incluso fui a un internado de monjes benedictinos en Escocia. Crecí en un ambiente militar, religioso, artístico, pero bastante fóbico hacia el sexo. Encima, yo era gay. Esas variables me ayudaron a crear «Hedwig» y «Shortbus». Desde luego, la película se enfrenta a algunos de los límites existentes en Estados Unidos. ¿Por qué no se puede explorar el sexo en una película estadounidense en un contexto divertido y reflexivo a la vez? ¿Por qué asusta tanto? Entiendo que nos asustemos a nivel personal, pero como dijo Dan Savage, un amigo mío: «Uno puede tener miedo al sexo, pero el sexo es inevitable». También soy consciente de que en la cultura estadounidense, el miedo al sexo o, mejor dicho, el miedo a cualquier relación sustancial, lleva a la infelicidad, a la violencia y al conflicto. La mojigatería crece en este país (y en su gobierno) y me apetecía meterme con eso. Semejante mojigatería acaba desahogándose en una pornografía triste y repetitiva que es quizá la principal educación sexual de los jóvenes estadounidenses.

-Aparte de Anita O’Day que canta «¿Eres tú?», ¿todas las canciones son originales?

Hay mucha música de actores/amigos que salen en la película. Querían que fuera un negocio familiar. También hay cosas de gente que no conozco, como los geniales grupos Animal Collective y Azure Ray. Yo La Tengo hizo maravillas. Hay cinco temas nuevos del fantástico Scott Matthew (es el barbudo que canta en el «salón»). También compuso la canción de salida, «In the End», con arreglos de Louis Schwadron para una suite orquestal con quinteto de cuerda y banda.

-¿Existen ’salones’ como los que se ven en «Shortbus»?

Desde luego. Se celebraban y se siguen celebrando «salones» semanales en casas particulares donde se mezcla la música, el arte, la comida y la política. Uno de los más influyentes era el «Cinesalon», organizado por un amigo nuestro, Stephen Kent Jusick, (es el que hace de maitre en la Sala del Sexo). Proyectaba películas de 16 mm, servía comida vegetariana y promovía el sexo compartido al final de la velada. También fue el anfitrión de unas cuantas fiestas «Sexo-No-Bombas», que inspiraron la sala «Sexo-No-Bombas» de la película. De hecho, rodamos el «salón» en una galería colectiva de Brooklyn llamada D.U.M.B.O donde se celebran eventos al estilo «Shortbus» pero los alquileres están por las nubes y su supervivencia es muy dudosa.

Nueva York es la esencia de lo mejor de Estados Unidos (y también de lo peor), pero creo que el «salón» de «Shortbus» representa lo mejor de Nueva York. La ciudad siempre ha sido un santuario para los parias con ambiciones. Pero es cada vez más cara, los artistas y los jóvenes no pueden hacer frente a los precios. Unos cuantos inconformistas con canas se agarran a pequeños pisos con alquileres congelados. Quería que nuestro «salón» defendiera al Nueva York de antes, los valores de Walt Whitman, de García Lorca y del punk rock. Espero que la ciudad sea siempre un lugar de conexión y transformación donde todos, desde la tímida empollona universitaria hasta la cantante de cabaret de vuelta de todo, e incluso el ex alcalde sin futuro, puedan expiar sus pecados- reales o imaginarios- y redimirse creando cosas maravillosas con sus amigos y amantes.

http://es.movies.yahoo.com/21022007...

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