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Íñigo Saenz de Ugarte, en Guerra Eterna

Ciegos y sordos en Afganistán

Ciegos y sordos en Afganistán

Un alto cargo del Foreign Office escuchaba hace unos meses en Madrid cómo un grupo de periodistas le explicaba el poco interés de la opinión pública española por la guerra de Afganistán y las posibilidades escasas, casi nulas, de que el Gobierno de Zapatero aprobara un aumento de las tropas. Consciente de que el problema se ve de forma diferente en los dos países, el diplomático sonrió y apeló a la historia: "Bueno, ya saben que somos una nación de malditos guerreros".

Ya no tanto. Esta semana, un sondeo de la BBC revela que el 68% de los británicos quiere a sus 8.000 soldados de vuelta a casa en 2009. 124 militares del Reino Unido han muerto en Afganistán desde 2001, pero no es sólo esta pérdida, por terrible que sea, la que explica estos números. Cuando ni siquiera los mandos militares están seguros de que la guerra se esté ganando, ¿cómo pueden los ciudadanos superarles en optimismo?

Los gobiernos europeos, y desde el próximo 20 de enero también EEUU, son conscientes de que no cuentan con una estrategia convincente para justificar la presencia militar, más allá de insistir en la ideología detestable de los talibanes. Afirman que nuestra seguridad depende de lo que ocurra en Afganistán, pero no han suscrito esas palabras ni con el dinero ni con las tropas suficientes.

Desgraciadamente, esto último no es una noticia de última hora, sino una tendencia que se ha repetido desde el derrocamiento del régimen talibán. No hay prueba más evidente que el libro "Descent into chaos", del periodista paquistaní Ahmed Rashid. Su lectura debería ser obligatoria para todos los ministros de Defensa de la OTAN. Rashid, autor del libro de referencia sobre la llegada al poder de los talibanes, detalla por qué estamos ahora sufriendo las consecuencias de los errores estratégicos cometidos por EEUU y de la pasividad de los países europeos.

El abandono de Afganistán adquiere rasgos de negligencia criminal. Los talibanes fueron completamente derrotados en 2001, pero tuvieron más de dos años para refugiarse primero en Pakistán y luego iniciar un movimiento insurgente que parece imposible de derrotar. El Pentágono se concentró muy pronto en preparar y ejecutar la invasión de Irak. Como su prioridad era acabar con Al Qaeda, hasta 2004 apostó por las milicias de los señores de la guerra, financiadas por la CIA, y obstaculizó los esfuerzos de la ONU por desarmarlas.

Nunca se destinó el dinero necesario para la reconstrucción del país. La organización del nuevo Ejército afgano fue un éxito relativo, pero el fracaso con la Policía resultó inaudito. Los alemanes hicieron un penoso trabajo al entrenar a las fuerzas policiales con unos miserables 89 millones de dólares hasta que EEUU tuvo que asumir la responsabilidad. Terminó gastándose 860 millones que fueron entregados a la empresa privada DinCorp con el resultado previsible: una Policía infiltrada por el narcotráfico y la corrupción. Los mercenarios nunca han sido buenos maestros.

La realidad es que la reconstrucción de Afganistán ha sido una gran estafa. A pesar de algunos efectos positivos en sanidad y educación, los números son demoledores. Se calcula que el 40% de ella ha revertido a los países donantes a través de contratos, sueldos y beneficios. En 2005 se calculó que los afganos habían recibido en ayuda 57 dólares per cápita, cuando en Bosnia se habían gastado 679 y en Kosovo, 526. Las guerras no se ganan regateando dinero.

Por los errores del pasado, ahora tenemos unos militares sin estrategia, una insurgencia reforzada, un Gobierno corrupto en Afganistán y un país como Pakistán convertido en el santuario de los talibanes. La realidad es que los soldados europeos están muriendo allí porque hemos dimos la espalda a esa guerra y pensamos que todo se solucionaría si EEUU conseguía matar al último dirigente vivo de Al Qaeda. Qué ceguera.

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