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Carlos Taibo. Sobre el término decrecimiento y sus usos

Diagonal

Sección:Anticapitalismo
Jueves 16 de abril de 2009 0 comentario(s) 1700 visita(s)

No es propósito de estas líneas explicar lo que en los últimos tiempos se entiende por decrecimiento. Me limitaré a señalar que somos muchos los que pensamos que, habida cuenta de la magnitud de las agresiones que el capitalismo imperante ha asestado contra la naturaleza, y al menos en el Norte opulento, se impone reducir los niveles de producción y de consumo de muchos bienes, y ello de resultas de al menos tres circunstancias: vivimos por encima de nuestras posibilidades, es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y, en fin, empiezan a faltar materias primas vitales, en lo que se antoja un regalo envenenado para las generaciones venideras. Por emplear las palabras de Beppo Grillo, "el único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Menos trabajo, menos energía, menos materias primas".

Carlos Taibo (Diagonal)

Lo que quiero discutir, antes bien, es si el término decrecimiento es el adecuado para describir esa propuesta o, por el contrario, y como señalan voces muy respetables, arrastra problemas severos. Dejaré claro desde el principio cuál es mi percepción al respecto: aunque no deseo ignorar que ese vocablo plantea, sí, sus problemas y no es en modo alguno perfecto, al cabo sugeriré que, pese a ello, tiene virtudes que lo hacen preferible a otros —la verdad es que no sobran los posibles sustitutos— que se sugieren como alternativos.

Empezaré por señalar que, hablando en propiedad, ninguno de los conceptos que utilizamos para describir iniciativas complejas deja de suscitar polémicas. Valga un ejemplo para ilustrarlo: aunque la mayoría de los improbables lectores de este texto se confesarán anticapitalistas, parece evidente que no todos los discursos que se reclaman de esa etiqueta son suscribibles. Determinadas modulaciones del rigorismo islamista, sin ir más lejos, contestan agriamente el capitalismo sin que —parece— sus cimientos conceptuales y su propuesta final sean, claro, los nuestros.

A duras penas, y en semejantes condiciones, podría uno pretender que el término decrecimiento está libre de carencias y pecados. Hay quien señalará, así, que en realidad en el planeta contemporáneo se ha abierto camino en los últimos meses un activo proceso de decrecimiento que es resultado de eso que ha dado en llamarse crisis financiera; salta a la vista que ese proceso nada tiene que ver, sin embargo, con lo que proponemos, y ello por mucho que, a la hora de describirlo, resista el empleo —bien es verdad, eso sí, que más bien raro— del mismo término. En paralelo, tampoco faltará quien aduzca que la palabra crecimiento en su sentido más cotidiano tiene entre nosotros un cariz positivo —el que se revela cuando hablamos, por ejemplo, de crecimiento personal—, de tal suerte que no parecería razonable atribuir una condición saludable, también, a su antítesis. En un sentido más profundo, lo suyo es reconocer que lo del decrecimiento acarrea un riesgo nada despreciable: si declaramos rechazar el concepto de crecimiento porque entendemos que incorpora una aberrante inclinación en provecho de lo estrictamente cuantitativo y en detrimento de la consideración de variables sociales y medioambientales fundamentales, corremos el riesgo de que, al contraponer el vocablo decrecimiento, éste se vea impregnado del cuantitativismo de su contrario, de tal suerte que se traslade la idea de que, en los hechos, lo único que demandamos es que se verifiquen reducciones en los niveles de producción y de consumo.

Al respecto, y en una primera y respetable respuesta, se aducirá, entonces, que debemos poner el acento, no en la demanda de esas reducciones, sino en la condición del proyecto alternativo —primacía de la lógica social frente al consumo y la propiedad, reparto del trabajo, ocio creativo, reducción del tamaño de muchas infraestructuras, preponderancia de lo local sobre lo global, sobriedad y simplicidad voluntarias— que defendemos, o, lo que es casi lo mismo, que debemos tirar por la borda el término decrecimiento. Sospecho que, de operar de esa manera, lo que ganaremos por un lado lo perderemos por el otro. No se trata, claro, de esquivar la mención, siempre necesaria, de los rasgos del proyecto alternativo. Lo que se trata es de preguntarse si la mera enunciación de éste, mil veces realizada desde la trinchera del ecologismo radical, es suficiente, en clave de comunicación pública, para desvelar un problema tan hondo como el que hoy tenemos entre manos y para despertar muchas conciencias aletargadas. Y ello por no hablar de lo que por momentos parece evidente: algunas de las manifestaciones del proyecto ecosocialista de siempre no acaban de dar el paso definitivo en el sentido de cuestionar directamente las presuntas virtudes del crecimiento económico tal y como éste se despliega en nuestras sociedades. En ese sentido, el término decrecimiento, pese a su carencias, tiene la virtud de poner delante de nuestros ojos determinadas exigencias que en otras circunstancias quedarían un tanto mortecinas. Dicho sea de paso, no parece que sea distinto lo que corresponde afirmar del vocablo acrecimiento, que más bien parece invocar la conveniencia de dejar, sin más, las cosas como están.

Es verdad, sí, que la discusión que nos atrae tiene perfiles distintos si utilizamos los indicadores económicos del sistema o si empleamos otros de carácter alternativo. En el primer caso no hay manera de esquivar una conclusión: nuestra demanda de acabar con la actividad —o al menos de reducir ésta sensiblemente— de sectores como el de la industria militar, el automovilístico, el de la aviación, el de la construcción o el de la publicidad se traduciría inevitablemente en una reducción del producto interior bruto (PIB), sin que sea sencillo entender qué es lo que de malo aprecian en ello quienes recelan del término decrecimiento. Parece como si reclamar medidas que deben rebajar los niveles del PIB fuera, en sí misma, una actividad pecaminosa. Harina de otro costal es, claro, lo que sucedería si utilizásemos indicadores alternativos que valoren en su justo punto las actividades —enunciemos su condición de manera muy general— de cariz social y medioambiental. No hay ningún motivo para rechazar que, entonces, el retroceso de los sectores económicos cuya actividad queremos que se reduzca se vería compensado por el impulso que recibirían esos menesteres sociales y medioambientales, con lo que, en el cómputo final, la economía en conjunto podría, con arreglo a esos indicadores, no decrecer.

Pero no debemos olvidar que, por muy lógica que sea esta última consideración, y no sin paradoja, lo cierto es que el común de las gentes razona en términos de los indicadores convencionales, de tal suerte que parece preferible poner delante de los ojos de la ciudadanía lo que aquéllos, pese a su impresentabilidad general, revelan bien a las claras: el peso ingente de actividades económicas extremadamente dañinas para el medio natural y la necesidad consiguiente de ponerles freno. Ya sé que hay quien aducirá que asumir como propio, aun a regañadientes, ese terreno de juego es una opción delicada, o al menos lo es si uno demanda, en época de elecciones, el cierre de un sinfín de complejos fabriles y el reparto del trabajo (tal vez esto explica, siquiera sólo sea de modo parcial, por qué el ámbito en el que las propuestas de decrecimiento germinan con mayor rapidez es el que proporciona el mundo libertario, por definición ajeno a las consultas electorales).

La réplica en este caso es sencilla: lo que en ningún caso debemos hacer es trampear con cuestiones tan delicadas como éstas, toda vez que podríamos deslizarnos por un camino mil veces recorrido, como es el de rebajar nuestras propuestas para que la ciudadanía no vea en ellas lo que a muchos nos gustaría, muy al contrario, que viese con claridad. En este orden de cosas, el término decrecimiento tiene la virtud del aldabonazo que coloca delante de nuestros ojos un problema fundamental tras obligarnos a formular preguntas muy delicadas sobre la sinrazón que rodea al crecimiento que nos venden por todas partes. Creo firmemente, por lo demás, que eso es lo que aprecian en él la mayoría de los interpelados, como me atrevo a adelantar que en realidad la posición de algunos de sus detractores nace, no de una disputa nominalista menor y comprensible, sino, antes bien, de una discrepancia con respecto al fondo de la cuestión, una discrepancia que oculta en su caso la huella de un discurso productivista que se resiste a tomar nota de lo que ocurre hoy en el planeta.

Esa capacidad de despertar conciencias no la tiene, por lo demás, ninguno de los respetables vocablos alternativos que se manejan. Ello no es óbice, naturalmente, para que quienes nos reclamamos del decrecimiento pongamos todo nuestro empeño en subrayar que el proyecto correspondiente no implica en modo alguno, antes al contrario, una general infelicidad. Trabajaremos menos y, muchos, ganaremos también menos dinero, pero disfrutaremos de más tiempo para otros menesteres y demostraremos fehacientemente que es posible vivir, más felices, consumiendo mucho menos y asumiendo, claro, un ambicioso proyecto de redistribución de la riqueza.

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