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Chechenia, la paz de los cementerios

Juan Goytisolo

Sección:Varios
Martes 2 de junio de 2009 0 comentario(s) 1262 visita(s)

Moscú proclama el fin de la guerra en la república caucásica. Allí ha practicado durante años una represión brutal ante la que EE UU y Europa han hecho la vista gorda. Pero chechenia sigue viva.

Juan Goytisolo | Sinpermiso
Tomado de Kaosenlared

El pasado 16 de abril, Moscú anunció oficialmente el fin de la guerra contra el terrorismo en Chechenia. Desde la proclamación unilateral de su independencia por el ex general de la aviación soviética Djohar Dudáiev en 1991, consecutiva a la desintegración de la URSS, la historia de la pequeña república autónoma se compone de una sucesión de campañas militares, golpes de mano de la guerrilla, treguas precarias y nuevas rupturas de hostilidades. Hoy la paz reina en Grozni -una paz cuyo coste sólo puede calibrar quien haya puesto los pies allí: barrios enteros de la capital arrasados por el fuego de tanques, aviones y helicópteros, aldeas destruidas, familias diezmadas, decenas de millares de jóvenes torturados y desaparecidos en los siniestros puntos de filtración-.

«Cucarachas chechenas», los denominó el ministro de Defensa de Yeltsin, Pável Grashov. Otros mandos militares y líderes políticos, no menos patriotas, reclamaban asimismo la necesidad de «extirparlos como un tumor canceroso», de «exterminarlos como perros rabiosos» o «borrarlos de la faz de la tierra». Con la entronización de Putin, el lenguaje cambió pero la ferocidad represiva, no. Con el oportunismo que le caracteriza, se apuntó a la Cruzada bushiana de «la guerra contra el terror». Ustedes con Al Qaeda, nosotros con el yihadismo caucásico. Confiando la gestión de la brutalidad de las armas a las milicias a sueldo de Ramzán Kadírov chechenizó la guerra y puede presentarse ahora ante la opinión pública rusa y sus socios occidentales como el gran artífice de la normalización.

La campaña iniciada en diciembre 1994 para «restaurar el orden constitucional» y acabar con un régimen de «criminales y bandidos», concebida por Yeltsin y Grashov como un simple paseo militar en una velada bien arrosée, convirtió a Chechenia en uno de los puntos del planeta en el que la especie más bien inhumana a la que pertenecemos manifestó con mayor saña su potencial infinito de crueldad. Hablar de una política de exterminio de todos los varones jóvenes (y también de docenas de mujeres, niños y ancianos) sospechosos de «bandidaje», primero por el Ejército ruso y luego por los escuadrones de la muerte del actual presidente checheno, Ramzán Kadírov, no es una exageración. Los asesinatos, secuestros, violaciones, torturas, pillajes, aparecen ampliamente documentados en los informes de la Comisión de Derechos Humanos en la que milita Yelena Bonner, viuda de Sájarov, así como en los del Pen Club ruso y Amnistía Internacional.

La suerte corrida por los dirigentes independentistas chechenos ilustra el cinismo y la falta de escrúpulos de los amos del Kremlin, envalentonados por el silencio vergonzoso de la comunidad de naciones: el asesinato en marzo de 1996 del presidente Dudáiev, víctima de un cohete aire-tierra guiado por la emisión del teléfono a través del cual conversaba con el supuesto mediador ruso Constantín Vorónoi, «hazaña» que combinaba la alta tecnología digital con el gangsterismo más bárbaro; el de su sucesor interino, Selijman Yanderbíev, liquidado en 2004 por sicarios rusos en Qatar, en donde había buscado refugio; el de Aslán Masjádov, ex jefe del Estado Mayor de Dudáiev -conocido por sus posiciones moderadas y pragmáticas, opuestas al yihadismo de Shamil Basáiev-, elegido presidente en los primeros y tal vez últimos comicios libres celebrados en Chechenia en 1997, rematado como un perro en Tolstói Yurt en febrero de 2005, son tres ejemplos de esta expeditiva «pacificación» llevada a cabo por Yeltsin, Putin y el cachorro checheno del último, el jan Kadírov.

Entre las imágenes más duras de muerte y destrucción de la pequeña república caucásica, la de Aslán Masjádov, caído de espaldas, pecho al aire y brazos en cruz, rodeado de botas de sus matones -foto que guardo en mi lugar de trabajo como recordatorio del sufrimiento de este pequeño pueblo de un millón y medio de almas al que me siento unido por un sentimiento cuyas raíces tal vez se remontan a mis primeras lecturas y ensoñaciones- cifra toda mi amargura ante la furia ciega de la historia. ¿Será necesario recordar que en la Cumbre sobre Terrorismo, Democracia y Seguridad reunida en Madrid un mes más tarde ninguno de los dignatarios allí reunidos alzó la voz contra el crimen erigido como sistema de gobierno por un Estado allí presente? El tema de los derechos humanos desaparece de la orden del día de tales asambleas cuando choca con los intereses energéticos de las democracias occidentales, lo mismo en el caso de Rusia que en el de la tiranía de Guinea Ecuatorial.

Algunos testimonios posteriores a mi estancia en Chechenia -cerrada hasta hoy a la prensa, salvo en «visitas guiadas»- arrojan una luz cruda sobre los métodos empleados por Ramzán Kadírov para alcanzar la paz recién anunciada por el Kremlin: la denuncia por Sophie Shihab, corresponsal de Le Monde en Moscú, de las torturas llevadas a cabo por los cosacos -¡volvemos a los tiempos de Pushkin y Lérmontov!- a presuntos bandidos y criminales caucásicos, «con todas las costillas rotas y dedos y orejas cortados», a quienes se aplica luego, si sus familias no pagan rescate, la ley de fugas; las imágenes de horror y desolación de Manon Loizeau en su filme Grozni, crónica de una extinción rodado clandestinamente con la ayuda de un puñado de mujeres chechenas; las crónicas reunidas con el título Diario ruso de Anna Politkóvskaya, la periodista asesinada con toda impunidad en su domicilio de Moscú por los sayones de Ramzán Kadírov por la valiente denuncia de sus ejecuciones extrajudiciales, torturas, crímenes y arbitrariedades... Estas tres mujeres (¡y luego se habla de «sexo débil»!) nos dicen que la paz reinante en Grozni es la de los cementerios. Como respondía un personaje de Tolstói, también una mujer, en Haxi Murat a quienes comentaban las proezas guerreras de los cosacos y soldados del zar: «¿Qué guerra? Son ustedes unos asesinos, esto es todo».

El terrorismo de Estado del actual presidente checheno no se limita a la eliminación de los ya escasos guerrilleros independentistas que resisten en las zonas montañosas del sur: se ceba sobre todo con quienes colaboraron con la administración federal rusa tras la segunda ocupación de 1999 y entraron en conflicto con él. La relación de víctimas expuesta por la corresponsal de este periódico en Moscú evoca los peores tiempos del estalinismo cuando la larga mano de los servicios secretos soviéticos asesinaba fuera de las fronteras de la URSS personajes molestos como Trotski o Andreu Nin. El caso de Umar Israilov, acribillado a balazos en Viena, quizá sea el más espectacular y representativo: después de haber sido torturado con descargas eléctricas por el propio Ramzán Kadírov en la «base deportiva» de Gudermés, logró refugiarse en Austria y presentó una denuncia de los métodos de gobierno del sátrapa en el Tribunal de Derechos Humanos del Consejo de Europa. Según reveló a The New York Times poco antes de su muerte, existe una lista de 50 personas, compuesta por el líder de la «nueva Chechenia», destinadas a acabar como él. La «normalización» del país y la reconstrucción de Grozni, en donde Kadírov ha edificado la mayor mezquita de la Federación Rusa, sirven así de pantalla para un sistema de terror, intimidación y chantaje que desmiente la versión triunfalista de esta paz inicua.

Muchas veces me he preguntado el porqué de mi querencia, casi obsesión, con un país tan lejano, cuyos recuerdos, como los de la Guerra Civil de mi infancia, reiteran sus apariciones en los duermevelas y afloran a la superficie de mi labor literaria. Podría contestar: las imágenes efímeras, y a posteriori trágicas, de aquellos con quienes me crucé brevemente allí, o la lectura frecuente de Puschkin, Lérmontov y mi asiduidad a Haxi Murat, la obra maestra de Tolstói; pero quizá la respuesta más justa sería la evocación del paisaje del camino que lleva a Vedenó y Bamut, a la orilla del impetuoso río Argún, entre los montes cubiertos de abetos de los contrafuertes del Cáucaso.

La belleza insólita del lugar -pese a la presencia de unos tanques rusos calcinados que rememoraban el drama de un pueblo condenado desde hace más de dos siglos a la amargura de la derrota y del exilio, sin que se resigne a ello- es misteriosamente distinta a cuantas cordilleras he contemplado en mi vida. Alejandro Dumas no pecaba de hipérbole ni de exaltación romántica cuando escribía: «Es lo más agreste y sobrecogedor que nunca he visto ni siquiera imaginado en mis sueños más locos». Tolstói, de nuevo Tolstói, nos da la clave de su imantación y de su fuerza indomable, en abrupto contraste con el hado de la derrota y opresión que marca la suerte de sus habitantes: allí brota, coriáceo y tenaz, el cardo aplastado una y otra vez por el carro brutal de la historia, pero cuya savia no se rinde.

Juan Goytisolo es escritor

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