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Alemania en el desastre afgano

Rafael Poch, La Vanguardia

Sección:Afganistán
Miércoles 8 de julio de 2009 0 comentario(s) 1093 visita(s)

Tomado de Rebelión

Afganistán no es un «estado fallido», sino un «estado fallido inducido» por treinta años de intervencionismo militar extranjero. Ese intervencionismo se retroalimenta históricamente y hoy se justifica en la necesidad de luchar contra sus propias consecuencias

El Parlamento alemán aprobó esta semana sin problemas el envío a Afganistán de cuatro grandes aviones de reconocimiento electrónico Awac, y de los 300 soldados que los acompañan, un dispositivo que costará, para lo que queda hasta fin de año, 4,2 millones de euros. Cuatro de las cinco fuerzas políticas del espectro parlamentario, todas menos el Partido de la Izquierda (Die Linke), votaron a favor de este incremento de la polémica participación en la guerra del Hindukush, rechazada por un 69% de la población, según la última encuesta.

El envío de los Awac se ha visto rodeado de una contraversia sobre su utilización. El Ministro de Defensa, Franz Josef Jung, afirma que la misión de los Awac es «mejorar la seguridad aérea», en lo que incluye la «seguridad de la población afgana». Los aviones, no tienen «nada que ver» con la localización de objetivos militares en el suelo. La oposición habla de «escalada militar» y afirma que los aviones se envían para aumentar la capacidad y eficacia de las armas y de los combates terrestres.

Alemania tiene más de 3600 soldados destacados en Afganistán, que se suman a los 1400 que participan en la «misión antipiratería» de Somalia y a otros 2200 en Kosovo. Como Japón, el país ha roto lo que le quedaba del sentido común nacido de los desastres que sembró en la Segunda Guerra Mundial.

Según el SIPRI, hoy Alemania es el tercer mayor exportador mundial de armas, con un 10% del comercio mundial a su cargo, solo por detrás de Estados Unidos y Rusia. Concluida hace veinte años la guerra fría, Alemania alberga, en la base de Büchel (Renania-Palatinado), hasta 20 bombas atómicas de Estados Unidos. La cifra es una estimación, porque la democracia germana no alcanza para transparencia en esta materia. El 24 de abril se registró en el Bundestag una de las votaciones más relevantes del año, en la que los partidos minoritarios intentaron promover una resolución para retirar esas bombas americanas de suelo alemán. La votación se perdió por 80 votos contra 427, sin que los medios de comunicación hicieran más noticia que la estrictamente necesaria. Para quien conociera el movimiento pacifista alemán de los ochenta el panorama es desolador.

Hoy la participación en la guerra de Afganistán es lo que marca la divisoria entre la «seriedad» y la «marginalidad» política en este país. Quienes apoyan la guerra, incluido el Partido Verde ( lo que ilustra la conversión de ésta fuerza política en algo parecido a un apéndice modernista del tradicional conformismo socialdemócrata alemán), son los partidos «respetables». Naturalmente, olvidando el detalle de que el 69% de los alemanes no lo son, y están contra esa guerra.

El contingente afgano está desplegado en el norte del país, un grupo de provincias con centros en Faizabad, Kunduz y Mazarí Sharif. La zona ha sido siempre considerada la más tranquila de Afganistán –ya lo era en la época de la invasión soviética- con una débil presencia talibán desde que ese movimiento apareció en la segunda mitad de los noventa. Pero la presencia militar alemana se complica. Sobre el papel está para apoyar misiones civiles de reconstrucción, sin embargo los soldados ya son incapaces de salir de sus guarniciones sin tener, bien preparado, el dedo en el gatillo de sus armas.

En la zona de Kunduz, donde los talibán eran muy poco populares la última vez que estuve allí en el 2002, las patrullas alemanas están siendo atacadas en ocasiones por grupos de treinta o cuarenta hombres. En la última de ellas tres soldados alemanes murieron la semana pasada. Ya llevan 35 soldados muertos. Los 2118 muertos civiles registrados en 2008 en el conjunto del país, fueron un 40% más que los de 2007. En el norte se hace necesario que las patrullas alemanas blindadas vayan cubiertas por helicópteros, la misma evolución táctica que los soviéticos experimentaron en los ochenta. La evidencia del despropósito es meridiana.

Los argumentos mencionados por los estrategas de la intervención han sido; 1-impedir que Afganistán se mantenga como santuario de redes terroristas internacionales. 2-Impedir que se convierta en un estado narcotraficante y 3-Promover la democracia y los derechos humanos. Ninguno de estos objetivos ha mejorado. En cuanto a desarrollo, la ONU sitúa a Afganistán en el puesto 173, sobre 178, el país nunca había producido y exportado tanto opio, el 92% mundial, y como dice Richard Tanter del Nautilus Institute, «la verdadera cuestión estratégica es si no hay otros medios, mas allá de una guerra muy contraproducente, para garantizar que un futuro gobierno afgano no tolere tales santuarios».

En este contexto es comprensible que se estimule a la opinión pública con dudosos informes policiales, siempre en vísperas de polémicas decisiones parlamentarias. En el caso de los Awac, el debate se vio acompañado, el mismo día, por un informe del Ministerio del Interior según el cual la proximidad de elecciones (septiembre), «convierte a Alemania en objetivo especial de terroristas islámicos desde hace algún tiempo». «El peligro terrorista está aumentando» (...) «los terroristas observan a la opinión pública alemana y buscan influirla, su objetivo es forzar una retirada del Bundeswehr», dijo el jueves el Secretario de Estado de Interior August Hanning, coincidiendo con la votación en el Bundestag y con el funeral por los tres soldados muertos, celebrado en la localidad de Bad Salzungen. Los medios de comunicación hicieron un considerable eco de ese informe, cuya lectura sugiere que quienes se oponen a la guerra hacen el juego al terrorismo, un mensaje intimidatorio clásico de los belicistas, del que llama la atención la completa ausencia de datos e indicios. La situación recordó la vivida en septiembre del 2007 cuando en vísperas de la ratificación parlamentaria de la participación alemana en la guerra se anunció el descubrimiento de una «célula yihadista» que se disponía a cometer «atentados de dimensiones inimaginables» en diversas ciudades alemanas con material aparentemente proporcionado por la propia policía...

En el debate público, aunque la mayoría de los alemanes son partidarios de una rápida retirada de Afganistán, esa posición apenas está representada. En la última sesión dedicada a Afganistán realizada en la sede de la Sociedad Alemana de Política Exterior (DGAP), un think tank conservador con el habitual nivel de conformismo y ausencia de independencia, no había ni un solo ponente que representara esa opción antibelicista mayoritaria, y la discusión transcurrió sobre la conveniencia o no de destacar tanques pesados a la guerra o del poco dinero que Alemania destina a asuntos «civiles» en Afganistán: 200 millones de euros, incluidos fondos para la policía, frente a los 500 millones que se lleva la actividad militar.

A pesar de todo, la idea de que se hace necesaria una «estrategia de salida» de aquel avispero ha sido defendida en el Bundestag hasta por un diputado cristianodemócrata bávaro, Hans-Peter Uhl, que quiere ver las tropas fuera el año que viene. Su punto de vista ha sido calificado de «irresponsable» y «descabellado» por el Ministro de Exteriores y Vicecanciller socialdemócrata, Frank Walter Steinmeier. Por su parte el Ministro de Defensa dice que tal retirada no será posible «antes de 2014» y la Canciller Merkel, advierte de que, «no vamos a salir corriendo porque la intervención no tiene alternativa». En realidad la alternativa no es simplemente irse, sino irse tras retomar el dialogo con los talibán, que Washington mantuvo mientras creyó en la viabilidad de los oleoductos que deseaba trazar a través de Afganistán, e invertir cantidades ingentes de dinero en la estabilización del desastre resultado de treinta años de intervención y militarismo extranjero allá.

En los primeros cinco meses de 2009 se han registrado 800 muertos civiles en Afganistán, lo que denota un incremento del 24% respecto al año anterior, señala un informe del Secretario de Naciones Unidas, Ban Ki Mon. Para Winfried Nachtwei el elocuente portavoz de Defensa de los Verdes en el Bundestag, es un «éxito» que en el norte haya «pocas bajas civiles». En realidad ese «éxito» tiene que ver, como cualquier observador de la realidad afgana conoce, con la composición étnica y el menor favor que la resistencia armada siempre tuvo en el norte del país. Las encuestas señalan que entre los votantes del Partido Verde, que entró en 1982 en el Bundestag como una fuerza «pacifista y antibelicista», se registra el mayor nivel de aprobación a la participación en la guerra. Una vergüenza.

«La seguridad de Alemania se defiende en el Hindukush», es la receta acuñada por los políticos locales para justificar la participación. Se dice que Alemania tiene que ser «valiente» y echar por la borda los escrúpulos antibelicistas de los que su estado y clase política -no así su sociedad- se ha liberado por completo. En el Bundeswehr, hasta se rescatan las «gloriosas tradiciones» y ejemplos del ejército alemán de la Segunda Guerra Mundial.

«Si ponemos una fecha de salida crearemos un vacío que se rellenará con un gobierno adverso a nuestros intereses», dijo el General Reiner Glatz en la citada sesión de la Sociedad Alemana de Política Exterior. El General, como casi todos, parece haber olvidado que el intento europeo, incluyendo en el concepto a la URSS, de instalar en Afganistán un gobierno «favorable a nuestros intereses» fue lo que generó, hace treinta años, el «problema afgano». La cronología invasión soviética/, señores de la guerra/ financiación occidental de la resistencia/,promoción occidental del radicalismo sunita contra el chiita/, integrismo/, taliban/, Bin Laden/, santuario afgano de Al Qaeda/, etc., sigue a aquel propósito inicial de un gobierno favorable que les ha costado a los afganos de las últimas dos generaciones más de un millón de muertos y varios millones de refugiados, desplazados y una verdadera maldición. Hoy los occidentales siguen destruyendo aquella sociedad y armando el país, para evitar las consecuencias de su anterior destrucción. Dicen que no pueden dejar de hacerlo, sería peligroso, «podrían haber de nuevo atentados en Nueva York, Londres y Madrid», pero no hay nada más peligroso que esta irresponsabilidad autista acumulada a lo largo de treinta años de intentos de configurar «gobiernos favorables» en Kabul. En un 90% Afganistán es un desastre inducido. El país no es un «estado fallido», sino un «estado fallido inducido» por treinta años de intervencionismo militar extranjero. Ese intervencionismo se retroalimenta históricamente y hoy se justifica en la necesidad de luchar contra sus propias consecuencias.

La historia ofrece pocos ejemplos de mayor estupidez y ceguera, y quienes dicen que irse sería peor e ignoran todo ese pasado de treinta años de desastres inducidos por los europeos (incluidos soviéticos y americanos), son la mejor demostración. De Afganistán no solo hay que irse. Hay que irse tras una negociación con los taliban. Hay que irse tras un acuerdo regional que implique a todos los vecinos del país. Hay que irse invirtiendo allá ingentes cantidades de dinero en reconstrucción civil, probablemente mucho menos dinero que lo que se gasta hoy en guerra. Hay que irse para implicarse en la reparación y los paliativos por el daño hecho a lo largo de tres décadas. La OTAN que ensaya allá su conversión en un bloque militar del Norte enfocado a la intervención bélica en el Sur, debe desaparecer y dar paso a un intento de política decente, con un propósito civil y bajo un mando cien por cien civil. La seguridad y estabilidad de este mundo es un todo. Si no hay seguridad y una vida en paz en el Hindukush, ¿por que tiene que haberla en los Alpes?


Algunos datos sobre Afganistán (*)

 Solo el 37,6% de las ayudas prometidas a Afganistán entre 2002 y 2011 han sido materializadas.

 La intervención extranjera está militarizada y no dirigida a la satisfacción de las necesidades básicas de la población.

 92 de cada 100 dólares de la contribución internacional a Afganistán se destinan a actividades militares.

 Los indicadores humanitarios apenas han cambiado desde 2002: el 30% de la población ingiere menos alimento del necesario y el 61% de los hogares se encuentran por debajo del umbral de seguridad alimentaria. El 47% de los niños y niñas de 6 a 13 años no van a la escuela. En mortalidad infantil, acceso a agua potable y sanidad, los indicadores no han variado desde el inicio de la última intervención extranjera.

 La cifra de refugiados (3 millones) es la misma que bajo el gobierno talibán y de los señores de la guerra.

 Todos los indicadores sobre droga (superficie cultivada, producción, exportación) han aumentado desde el inicio de la última intervención. En Afganistán se produce hoy el 92% del opio mundial.

(*)Fuente: Centre d´Estudis per la Pau J. M Delás –Justicia i Pau. Informe nº 4, 2008.

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