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Un militar afirma que las tropas danesas vulneran la Convención de Ginebra en Afganistán

Dinamarca se suma a los países sumidos en polémicas sobre la utilidad de mantener tropas en Afganistán

Sección:Afganistán
Domingo 27 de septiembre de 2009 0 comentario(s) 1290 visita(s)

Eran falsos talibanes

IGNACIO CEMBRERO

En la cabeza llevo un turbante afgano tradicional (...) y el cuerpo está cubierto por un kameez salwar de lo más tradicional que consiste en un amplio vestido color caqui compaginado con unos pantalones holgados. Debajo me he colocado un chaleco antibalas, un cinturón con una pistola USP de 9 milímetros, dos cartucheras, un puñal de Gerber, una radio conectada a un discreto auricular color piel acoplado a la oreja. El único indicio que delata que soy un soldado son mis botas del desierto de marca Iowa. Pero si algo sale mal, necesito tener un buen contacto con el suelo".

El Estado Mayor danés recurrió en vano a la justicia para intentar prohibir la publicación de la obra del sargento.

Thomas Rathsack, de 42 años, es aún sargento del Jaegerkorpset, las fuerzas especiales danesas en las que ingresó en 1986, pero ha roto el silencio que impone el Ejército para narrar en un libro Jaeger - i krig med eliten (Cazador, en guerra con la élite), publicado el pasado viernes por People’s Press, sus vivencias en Afganistán y en otros escenarios en los que luchó, como Irak y Kosovo. Su testimonio ha desatado una tormenta.

Tras una ausencia de varios años, Rathsack cuenta que regresa a Afganistán, a una ciudad del centro del país, para desempeñar una "operación secretísima": escoltar a un individuo de treinta y tantos años cuyo nombre en clave es Eric y al que la prensa danesa describe como un agente de la CIA que recaba información de sus contactos tribales sobre el terreno.

"A pesar de nuestro disfraz, se nos reconocería de inmediato a la luz del día", prosigue Rathsack. "Pero nos movemos sólo de noche, cuando la ciudad duerme. Para no ser descubiertos contamos con la debilidad del alumbrado público y las sucias ventanillas de nuestros desgastados Toyotas. En la cabina del vehículo hemos colgado los coloridos adornos locales, y la mugre depositada sobre la carrocería, por falta de lavado durante meses, hace que nos integremos a la perfección en el entorno".

"Nuestra misión es proteger a Eric, evitar que sea descubierto y conducirle a las reuniones que mantendrá con sus fuentes", personas importantes que le proporcionan de noche valiosas informaciones, explica el sargento. "Aparentemente es muy sencillo", pero en realidad es harto peligroso. "(...) Esto es para nosotros un modus operandi desconocido que requiere mucha astucia. Normalmente disponemos de un cierto número de recursos para cuando las cosas se ponen feas. Aquí, sin embargo, sólo podemos valernos por nosotros mismos. Si algo se tuerce, no hay una fuerza de reacción rápida, helicópteros de combate o cazabombarderos a los que pedir apoyo a través de la radio. Nuestras radios sólo sirven para mantener el contacto entre nuestros dos Toyotas. No hay nadie a quien llamar. Sólo muy pocos jefes, con máximas credenciales de seguridad, saben que estamos en la zona".

La mera descripción que hace Rathsack del disfraz que endosan las fuerzas especiales ha levantado una polvareda en Dinamarca. No en balde la Convención de Ginebra sobre Leyes y Costumbres de la Guerra prohíbe a los combatientes fingir ser civiles. "Los militares no respetan la convención", se indigna Jonas Christoffersen, del Instituto Danés de Derechos Humanos.

El sargento revela además que el Jaegerkorpset ha entrado en acción antes y con más frecuencia de lo anunciado por el Gobierno a la comisión parlamentaria ad hoc, pero omite dar nombres de militares ni de lugares en los que los soldados de élite perseguían a talibanes y miembros de Al Qaeda.

Aun así, el Estado Mayor danés recurrió a la justicia para intentar prohibir la distribución del libro, desatando una polémica mediática y política. Dinamarca se suma así a países como España, Alemania, Italia y el Reino Unido -Francia es la gran excepción en Europa- en los que estas últimas semanas ha arreciado la controversia sobre la utilidad de mantener contingentes en Afganistán, donde, en ocho años de guerra, han muerto 1.392 soldados de la OTAN.

Veinticinco de ellos son daneses -el mismo número que los fallecidos españoles sobre el terreno desde 2002-, pertenecientes a un contingente de sólo 700 hombres, 78 menos que los españoles a día de hoy. Éstos recibirán este otoño los refuerzos -220 soldados- aprobados el miércoles por el Congreso de los Diputados.

Oficiales del Estado Mayor danés se reunieron el 10 de septiembre con Jakob Kvist, el responsable de la editorial que se disponía a publicar a Rathsack. Consideraban que algunas partes de la obra, que nunca llegaron a especificar, ponían en riesgo la seguridad de las tropas sobre el terreno y empañaban las relaciones con potencias amigas. "La seguridad nacional es algo que usted se toma a la ligera", recuerda Kvist que le dijeron. "Le vamos a tener que hacer cambiar de parecer voluntariamente o mediante una sentencia", le advirtieron.

Kvist no cedió y el jefe de Estado Mayor, Tim Sloth Jorgensen, pidió, el 14 de septiembre, a la justicia la prohibición del libro, una iniciativa que causó sensación en el pequeño país. La prensa se hizo eco del asunto, y el general Sloth Jorgensen escribió de inmediato a los directores de periódicos instándoles a olvidarse del tema. La carta produjo, como era de esperar, el efecto contrario. Los principales rotativos recogieron extractos de Cazador, en guerra con la élite y el diario Politiken lo publicó íntegro, el 16 de septiembre, sin haber consultado a la editorial ni al autor. Se vendió con el ejemplar del periódico y sin suplemento de precio. "Politiken debería de haber esperado la decisión del tribunal", se lamentó el primer ministro, Lars Loekke Rasmussen.

Politiken no lo hizo, explicó su director, Anders Krab-Johansen, en un editorial, porque urgía salir "en defensa de la libertad de expresión". "En un país que defendió con ahínco la publicación de las caricaturas de Mahoma en nombre de la libertad de expresión, lo sucedido ahora es paradójico", constata Toger Seidenfaden, redactor jefe de Politiken. "Cuando se trata de humillar a una minoría, la libertad de expresión es ilimitada, pero cuando se trata de la seguridad del Estado -es decir, del Ejército-, es otro cantar", añade.

La atrevida iniciativa del diario evitó a Rathsack la prohibición de su libro. El juez Bodil Toftemann hizo en su auto gala, el pasado lunes, de un pragmatismo difícilmente imaginable en otros países europeos. Reconoció que la obra "contiene informaciones confidenciales que perjudican a la seguridad del reino" y que en otras circunstancias debería ser vedada, pero "ha sido ya íntegramente publicada por Politiken" y es incluso accesible en Internet en danés. Desde mediados de semana lo es también en inglés y árabe. Luego ya carece de sentido prohibirla, sentenció.

El jefe de Estado Mayor anunció que no recurrirá la sentencia, pero el Ejército prepara, en cambio, una denuncia contra Rathsack -ya le ha retirado la credencial de seguridad-, y de paso contra la editorial que le publica y Politiken, por revelar secretos militares. Si es considerado culpable, el sargento podría ser condenado a 12 años de cárcel.
Mientras, el titular de Defensa, Soren Gade, quiere cambiar las reglas del juego y someter a los militares que escriben a una estricta censura previa de su ministerio. "Sospecho que el objetivo de los militares es asustar a otros soldados y evitar así que sigan el ejemplo de Rathsack y cuenten sus experiencias", sostiene Oluf Jorgensen, profesor de derecho de la información.

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