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Creendence “Blackwater" Revival

Carlos Tena | Para Kaos en la Red

Sección:Instituciones militares
Lunes 21 de diciembre de 2009 0 comentario(s) 1056 visita(s)

Ninguno de los pocos congresistas USA que ha tratado de investigar sobre este ejército en la sombra, que actúa a la luz del día, ha recibido respuesta.

Los nombres que utilizan las bandas de rock, han pasado por etapas literarias (si me permite la hipérbole) de lo más curioso. Ignoro cual fue el primer conjunto, históricamente hablando, que utilizó el artículo determinado decidido a llamarse The X o The Z, pero lo que resulta indiscutible es la obsesión casi enfermiza, sobre todo por parte de los ejecutivos de las compañías discográficas, a la hora de hallar un seudónimo de corte rotundo, con su gota de eufonía, que correspondiera al estilo de música que la banda interpretaba, unido a los ropajes y forma de vida de sus componentes; pero sin duda, todos esos alias correspondían a la tradición folklórica, ya que las agrupaciones corales, formadas por ciudadanos negros y blancos (aunque las primeras fueron las pioneras en este tipo de música campesina) acostumbraban desde mediado el siglo XIX a encabezar su sobrenombre con el inevitable The por delante.

Transcurridos mas de ciento cincuenta años desde aquellas agrupaciones corales, los grupos que descargaron sus pasiones bajo mil diferentes estilos de música, continuaban la tradición, hasta finales de los años sesenta y principios de la década del 70, en la que algunos pocos conjuntos, como el británico Tyrannosaurus Rex o el californiano Creedence Clearwater Revival, fueron pioneros a la hora de desvelar su particular ideario, no sólo con sus creaciones, sino con este tipo de remoquete, más parecido al título de una novela o de una película que al nombre de una banda de rock.

En Cuba se denomina a los grupos anglosajones de manera muy peculiar, porque al paisano no les agrada tener que pronunciar nombres de cierta longitud, y así, mientras se respetaba idiomáticamente a bandas como The Beatles o The Rolling Stones, se adaptaban a la jerga popular apodos artísticos como el mentado CCR, a quienes se bautizó a partir de 1970 como Agua Clara, traduciendo únicamente la segunda de las tres palabras del alias artístico. Para cualquier cubano nacido entre las décadas del 60 y 70 (Los Cridens como solíamos decir en España), Agua Clara en la jerga de los jóvenes y maduros melómanos de la isla, eran los intérpretes de la versión más exitosa del Suzie Q (del olvidado Dale Hawkins), o de las magníficas Proud Mary, Down on the Corner o Who’ll Stop the Rain. Sin embargo, esa acepción mutilaba en parte la intencionalidad primigenia de los hermanos Fogerty, fundadores de la banda, que con esas tres palabras explicaban a la sociedad que creían (aunque creedence es un término bastardo, derivado del verbo to creed = tener un credo) en el Renacimiento del Agua Limpia, rebuscadísima forma para dejar sentado a las generaciones nacidas en aquellos tiempos asesinos (como dijo mi siempre admirado Fernando Márquez, El Zurdo), que la vida nace del agua transparente, mientras que un líquido oscuro podría encubrir toda clase de peligros.

Suplico que nadie piense a estas alturas que defiendo blasfemias, como que lo negro pudiera ser sinónimo de feo y lo blanco de hermoso (Obama es premio Nobel de la Paz; sin embargo, el galardón se lo han otorgado los belicosos y blanquísimos noruegos), ya que en mis creencias más profundas está aquella que decía un bolero cubano: “Dicen que lo negro es malo, pero yo no lo creí. Tu tienes los ojos negros y yo estoy loco por ti”.

Desde hace unos años, un grupo llamado Blackwater, consciente de la suspicacia que aún causa en la sociedad la utilización de todo lo que se refiera al color negro, está lanzando miles de obras destructivas, en forma de bombas y balas, para matar a todo aquel oyente que pudiera, según el criterio de la banda, ser un terrorista en ciernes, para lo que utilizan los mismos parámetros de los miembros del TOP (Audiencia Nacional), el Tribunal Supremo o los jueces Garzón, Del Olmo y Grande-Marlaska, a la hora de condenar a cualquier ciudadano, sea o no vasco, si exhibe la foto de un preso político.

Y no es que los miles de componentes del grupo Blackwater editen canciones potencialmente destructivas, como Miguel Bosé o Alejandro Sanz (ya dijo Sir Thomas Beecham que la potencia de la mala música era imponente), sino que poseen más de veinte aviones de guerra, unos 20.000 reclutas, sueldos astronómicos y libertad de acción para ultimar a quien se le ponga por delante. Ningún juez, en los USA o en otro país gobernado por una terrocracia parecida, ha osado iniciar un proceso legal contra esta guardia pretoriana del Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica.

Por fortuna, arriesgados y valientes periodistas como Amy Goodman (Washington D.C., 1957), Eva Golinger (nacida en los USA en 1973) o Jeremy Scahill (EEUU, 1974), autor del libro Blackwater:The Rise of the World’s Most Powerful Mercenary Army, combaten con informaciones contrastadas, rigurosas y objetivas, acerca de estas mesnadas de asesinos natos, que forman el grupo Agua Sucia, que diría mi admirado Vladimir Cruz, uno de los escritores y críticos musicales cubanos más perspicaces que he conocido en la isla.

En la página web de esta banda criminal, afirman que Blackwater es “La más completa compañía de militares profesionales, dedicada al refuerzo de la ley, seguridad, pacificación y operaciones de estabilidad, en todo el mundo”. O sea, el ejército de los USA y sus generales, el cuerpo jurídico de la nación y el Senado están compuesto por una enorme masa de irresponsables, mentecatos, borrachos, incompetentes, mentirosos y violadores, mientras que ellos muestran al orbe una eficacia y pureza, a la hora de matar, como ningún otro en el planeta tierra.

Pero ese ejército de sádicos no sólo trabaja en Irak y Afganistán. También se pasea por territorio americano, como tras el huracán Katrina, cuando los barrios más pobres de New Orleans se hundían bajo la Blackwater, cuando miles de ciudadanos sin posibilidades económicas perdían sus hogares, cuando centenares perdieron la vida, allí estaba Jeremy, que al preguntar cual era la misión de Agua Sucia en aquel desastre, le respondieron que “luchaban contra el crimen y el pillaje”.

Ninguno de los pocos congresistas USA que ha tratado de investigar sobre este ejército en la sombra, que actúa a la luz del día, ha recibido respuesta. Y lo más triste no el silencio, sino los miles de cartas remitidas a la Mafia Blackwater, por parte de miles de jóvenes, españoles entre ellos, a los que no importaría matar inocentes con tal de cobrar un buen sueldo.

En 1967, en California, el cuarteto CCR cantaba al Renacimiento del Agua Clara y transparente. Tras la II Guerra Mundial, Washington ha impuesto a Dios la idea de que el Imperio tiene que dominar el mundo, sumiendo a sus enemigos en su agua sucia. Algo huele a podrido en la Casa Blanca. Es la música de Creedence Blackwater Revival.

Dedicado con todo respeto, afecto y admiración a Eva Golinger, Amy Goodman y Jeremy Scahill

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