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«Dejadnos en paz»

Reportaje desde Helmand, Afganistán. La gente de Marjah denuncia que hay doscientos civiles muertos y explica por qué prefieren a los talibanes.

Sección:Afganistán
Jueves 4 de marzo de 2010 0 comentario(s) 1168 visita(s)

Enrico Piovesana
Peace Reporter

Traducido para Rebelión por Gorka Larrabeiti

En una guerra siempre es difícil contar la verdad, lograr separar la realidad de los hechos en la propaganda de una y otra parte. El único modo para tratar de entender lo que está pasando verdaderamente estos días aquí en Helmand, en el sur de Afganistán, escenario de la mayor ofensiva militar desde que empezara esta guerra, es hablar con la población civil, con la gente de Marjah que consigue llegar hasta aquí, hasta Lashkargah para ponerse a salvo o traer a familiares heridos en los combates.

Muchos de ellos están ingresados en el hospital de Emergency, única estructura sanitaria de alta calidad (y gratuita) en esta polvorienta ciudad rural y en toda la provincia de Helmand, que se ha convertido en el epicentro del conflicto entre las fuerzas de ocupación extranjeras y la resistencia talibán.

Hoy es día de visitas. Los pasillos están repletos de familiares de los heridos ingresados; en el pórtico de entrada y los jardines hay decenas de hombres con turbantes que están sentados al tibio sol charlando a media voz. De vez en cuando un estallido a lo lejos interrumpe su tertulia y se vuelven hacia el horizonte; más allá los cazas aliados, que pasan zumbando por el cielo sin cesar, siguen bombardeando sus aldeas.

Sad Maluk, de 60 años, turbante blanco y barba gris acaba de llegar desde Marjah para visitar a su nieto, ingresado con una herida grave de bala. «No sé quién le disparó, pero me importa poco. Esta nueva operación está causando muchas víctimas inocentes, demasiadas. Dicen que han matado por error a unos pocos civiles solamente, pero la verdad es que han matado a pocos talibanes. Vivo cerca del zoco de Marjah, y os puedo asegurar que durante los primeros días las bombas lanzadas desde los aviones y los misiles de los helicópteros destruyeron muchas viviendas. Hemos sacado de los escombros hasta ahora unos doscientos cadáveres de civiles, y todavía quedan unos cien desaparecidos sepultados bajo las ruinas de las casas bombardeadas. Ayer recuperamos otros cinco. Nadie cuenta estas cosas, pero os juro que es así porque lo he visto con mis propios ojos. Lo hemos visto todos». Los hombres a su alrededor asienten silenciosos con sus turbantes.

«Llevamos un par de días en Marjah sin disparos -continúa Sad Maluk-, lo que no significa que los talibanes se hayan ido o hayan sido derrotados: tan sólo han dejado de combatir por el momento. Los talibanes están todavía en Marjah porque son gente del lugar. No son extranjeros que han venido de fuera, como se suele decir: hay muchos de nosotros que están con los talibanes. ¿Sabéis por qué? Porque estos últimos años con ellos no hemos tenido problemas: hasta que en Marjah gobernaban ellos, todo iba bien, todo tranquilo. Nosotros no queremos más, no queremos intrusiones de extranjeros ni del gobierno. Sólo queremos que nos dejen en paz, así, tal cual somos».

Un murmullo de aprobación se levanta entre el público de curiosos que se ha formado en torno a nosotros. Uno de ellos, un joven de Marjah que se llama Zia Ulaq, interviene para explicar lo dicho por el «baba», tratamiento que se da a los ancianos en señal de respeto afectuoso. «Ahora en Marjah vuelve a mandar la policía afgana, igual que antes de que llegaran los talibanes. Nosotros, más que de los estadounidenses, tenemos miedo de los policías afganos, de estos criminales que van por ahí con sus todoterrenos verdes comportándose como si fueran los dueños de todo: roban nuestras casas, nos sacan dinero, y quienes se rebelan son detenidos y denunciados como talibanes. Hacen cosas incluso peores, como secuestrar niños para después abusar de ellos».

«Desde que hace más de dos años Marjah pasó a estar bajo control de los talibanes -prosigue Zia Ulaq- estas cosas no habían vuelto a suceder. Ellos nos respetaban, respetaban nuestras propiedades y nuestras costumbres. Garantizaban la seguridad, administraban justicia con los»qadi«(los jueces de los tribunales islámicos, N.d.R.) y hacían respetar nuestras leyes islámicas. Nosotros estábamos bien porque nos sentíamos seguros: no sufríamos más los robos ni los abusos de esos criminales con uniforme. Si los nuevos gobernantes de Marjah hacen lo mismo, si respetan a nuestra gente y nuestra religión y nos dejan vivir y trabajar en paz, por nosotros, fenomenal. Pero ahora que han vuelto los hombres de los todoterrenos verdes tenemos mucho miedo».

Fuente: http://it.peacereporter.net/articol...

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