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Marjah, conquistada justo a tiempo para la cosecha de opio

Desde Helmand, testimonios de civiles heridos durante la operación Moshtarak

Sección:Afganistán
Domingo 7 de marzo de 2010 0 comentario(s) 1198 visita(s)

Enrico Piovesana
Peace Reporter

Traducido para Rebelión por Gorka Larrabeiti

Los cazas vuelan bajo por el cielo sobre Lashkargah. Atrás y adelante, sin parar. Unos pacientes del hospital de Emergency los siguen con la mirada atenta. Han salido al jardín con sus muletas, sus sillas de ruedas o sus camillas a tomar un poco el fresco y el sol. También a recoger alguna flor, que luego llevan en la mano para olerla de vez en cuando o que se meten entre el vendaje de las heridas.

A los afganos les encantan las flores. La sensibilidad y la dulzura de estos barbudos campesinos pastunes, jóvenes y viejos, pone en tela de juicio todos nuestros prejuicios acerca de este pueblo. Cada cierto tiempo, del otro lado del muro que rodea el jardín, de la parte del río Helmand, que pasa justo por detrás del muero, llega un estruendo en dirección de Marjah y Nadalí, como un trueno de un temporal lejano, pero más fuerte, triste y breve.

Entre los pacientes suele comenzar un debate: hay quien dice que son bombas lanzadas desde los aviones a reacción, hay quien sostiene que son cohetes disparados desde helicópteros, y finalmente hay quien está convencido que sólo son minas que explosionan los marines. Sea lo que sea, la operación Moshtarak parece haber alcanzado su fase final. Marjah ha sido reconquistada. Tras dos años vuelve a ondear en la ciudad la bandera de Afganistán. Con ella ha vuelto la policía nacional, compuesta por tayikos que ni siquiera hablan la la lengua del lugar, pero que ya saborean los pingües beneficios que se recabarán de la cosecha de opio, que comienza en marzo.«Los tiempos de la operación no se han elegido al azar», explica un periodista local, Safatullah Zahidi, que vuelve de Marjah. «Las mayores plantaciones de opio de toda la provincia y de todo el país, las de Marjah y Nadalí, vuelven a estar bajo control gubernamental justo a tiempo para la cosecha».

Para los mandos aliados la operación Moshtarak ha sido un éxito que se ha de repetir en otras provincias afganas: se habla ya del área de Kandahar, segunda zona de producción de opio del país después de la ya conquistada. Pero si el éxito se ha de medir en términos de reconquista de la confianza de la población local, no sólo de hectáreas de terreno, basta con hablar con la gente de Marjah ingresada en el hospital de Emergency para entender que la mayor ofensiva militar de la era Obama ha sido un absoluto fracaso.

«Cuando empezaron los combates –cuenta Baram Gul, de 26 años– los talibanes nos aconsejaron que recogiéramos nuestras cosas y nos marcháramos. Tres días después la situación estaba bastante tranquila, cogí mi moto y volví a casa. No sabía que los estadounidenses la habían transformado en una posición suya. Lo entendí sólo cuando, sin previo aviso, un soldado me disparó desde el tejado una, dos, tres, cuatro veces. Caí herido al suelo. Levanté la mano pidiendo socorro, pero no se movieron. Entonces me arrastré hasta la casa más cercana, donde me auxilió mi tío. ¿Por qué todo esto? Durante dos años hemos vivido una vida normal, tranquila y segura para nosotros, nuestros hijos y nuestras propiedades. ¡No pedimos más!».

Mahmad Shah dice que tiene unos cincuenta años. «Estaba en el campo trabajando con otros campesinos. Habíamos ido a trabajar porque estaba todo tranquilo: no somos tan tontos de salir mientras hay disparos. De pronto llegaron los jariyan (los extranjeros en lengua pashto, N.d.T.) y abrieron fuego contra nosotros sin motivo alguno. A mí me hirieron en un hombro; otro amigo mío también resultó herido. Mis hijos intentaron llevarme a la base militar de los extranjeros para que me curaran, pero no se podía pasar. Total, que me pasé cinco días en casa. No me interesa quién gobierna: en mi vida he visto cambiar muchos gobiernos. Basta con que, quien lo haga, sepa hacerlo. Los extranjeros vienen a nuestras aldeas, nos disparan y luego dejan todo en manos de esta nueva policía incapaz de mantener la seguridad, y que encima se comporta mal con la población. No sucedía esto cuando el rey Zahir Shah, por ejemplo, cuando la policía era profesional y estaba bien entrenada».

También Abdul Wafa, de 35 años, trabajaba de campesino antes que llegaran los marines a «liberarlo» de los talibanes. Pero no podrá volver a trabajar para el resto de su vida, pues carece de músculos lumbares: se los destruyó un proyectil que se le alojó en la espalda. Está vivo de milagro, o acaso, como dicen los médicos de Emergency, porque los afganos son indestructibles. «Estaba trabajando en el campo cuando estallaron los combates. Los helicópteros empezaron a disparar misiles y los talibanes, cohetes. Eché a correr hacia casa, pero un proyectil de RPG me dio en la espalda. En esta operación, lo mismo que en las anteriores, se ha herido y matado a muchos inocentes, han dañado, destruido nuestras casas. ¿Qué sentido tiene todo esto?».

Fuente: http://it.peacereporter.net/articol...

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