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Ocho años de guerra no han liberado a las afganas

Sección:Afganistán
Viernes 6 de agosto de 2010 0 comentario(s) 1066 visita(s)

publico.es

El 29 de enero de 2002, George W. Bush declaró: «La bandera estadounidense ondea en nuestra embajada de Kabul. Y, hoy, las mujeres de Afganistán están libres». Más de ocho años después de las entusiastas palabras del ex presidente de Estados Unidos y de la caída del régimen fundamentalista de los talibanes, he aquí una terrible realidad: Aisha, de 18 años, fue desfigurada porque intentó huir de la familia que la trataba como una esclava. Le cortaron la nariz y las orejas en nombre de una supuesta tradición pastún que permite a los hombres, embrutecidos por 30 años de guerra, cometer cualquier tipo de barbaridades.

La imagen del rostro de Aisha está dando la vuelta al mundo desde su publicación en la portada de la revista Time, en su última edición. La historia de esta joven casada por la fuerza plantea serias preguntas: ¿Qué se ha hecho durante ocho años por las mujeres afganas? ¿Es necesaria la presencia de las fuerzas de la OTAN para luchar contra el fundamentalismo?

«El caso de Aisha muestra un problema que existe en el mundo entero: la violencia de género; las mujeres son víctimas de violaciones de los derechos humanos. Antes de la guerra y de los talibanes, las afganas tenían derechos y se necesita ahora tiempo para recuperarlos», explica en una conversación telefónica Esther Hyneman, de la organización Women for Afghan Women. «Se ha logrado mucho. Hasta los hombres acuden a nuestros centros para resolver problemas», añade.

Ocultas bajo el burka

En el Afganistán de los talibanes (1996-2001), era como si las mujeres no existieran. Ocultas bajo el burka azul, las mujeres no podían ni salir solas a las calles. Las pocas que podían reunir unos afganíes, la moneda local, pagaban a un niño para que les acompañara y así justificar su presencia fuera del hogar ante la policía religiosa. Cuando cayeron los fundamentalistas, las primeras en intentar cambiar las cosas fueron las propias mujeres, y no la Administración Bush. Por ejemplo, Jamila Mujahed, que desde los primeros momentos de libertad se quitó el burka, montó la revista femenina Malalaï, que trata temas sociales desde las bodas forzosas hasta el consumo de drogas y el aborto. Hay hospitales y centros sociales que atienden a las mujeres; las niñas van a la escuela; hay 68 diputadas en la Asamblea Nacional, el 27% de sus miembros.

Sin embargo, más de ocho años después del inicio de la guerra, la realidad poco ha cambiado: el 88% de las mujeres son analfabetas; ocho de cada diez sufren violencia doméstica; el 95% de las niñas que empiezan primaria no termina secundaria. Y en las zonas más aisladas el 80% de la población afgana vive en zonas agrícolas, como en Farah, al suroeste del país, las mujeres siguen viviendo bajo las normas heredadas de los talibanes. Allí, más del 60% de las niñas son casadas antes de cumplir los 16 años y sin su consentimiento.

En política, las 68 diputadas apenas pueden intervenir para hablar de las leyes. Una de ellas, Malalaï Joya, fue expulsada por llamar a los políticos de su país «narcotraficantes» y «criminales de guerra». Otra parlamentaria, Fawzia Kofi, reprochó al presidente Hamid Karzai «no tener las ideas claras» y considera que «no se puede sacrificar» sus derechos, «ni los del hombre ni los de la mujer». Y nadie pudo impedir que Karzai promulgase hace un año una ley que permite a los maridos de la etnia hazara (el 9% de la población afgana) castigar sin alimentos a sus esposas si no quieren satisfacer sus deseos sexuales.

«El Gobierno afgano sólo ha ofrecido débiles garantías a las mujeres de que su prioridad es proteger las libertades que han recuperado desde el derrocamiento de los talibanes. Karzai les ha fallado a las mujeres», denuncia Human Rights Watch en su último informe, del pasado julio.

Por eso, defiende Esther Hyneman, la presencia de los 152.000 militares extranjeros es necesaria: «La situación en Afganistán no sólo es un asunto de seguridad para Estados Unidos. Se trata de defender los derechos humanos. El caso de Aisha no es aislado, hay otros muchos. No estamos a favor de la guerra, pero si se van ahora los soldados, habrá más casos como Aisha».

Una opinión que no comparte la profesora de Ciencias Políticas y activista feminista Christine Delphy. «A Estados Unidos no le interesan para nada los derechos de la mujer, ni en Afganistán, ni en Arabia Saudí, ni en ninguna parte. Es más: Washington ha sacrificado a las afganas por sus propios intereses», dice. Las afganas, añade, son simplemente «una coartada» para sus objetivos militares. Porque a pesar de los 152.943 soldados extranjeros 1.470 españoles desplegados, las amenazas son cada vez más numerosas.

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