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La verdad sobre el «fin de las operaciones de combate»

Michael Prysner

Sección:Iraq
Domingo 5 de septiembre de 2010 0 comentario(s) 1438 visita(s)

A primeros de mes, el 7 de agosto, la especialista del ejército estadounidense Faith Hinkley se puso a cubierto por el disparo de una granada de lanzacohetes mientras estaba en su base en Iraq. Fue alcanzada por la metralla de la explosión, y murió desangrada en Bagdad. Tenía 23 años.

Una semana más tarde, el 15 de agosto, el especialista del ejército estadounidense Jamal Rhett estaba de patrulla en Baquba (Iraq), cuando unos combatientes de la resistencia atacaron su vehículo con granadas. Las explosiones atravesaron su cuerpo y le mataron. Sólo tenía 24 años.

Asimismo, el 19 de agosto, al día siguiente de anunciarse el «fin» de la guerra en Iraq, un joven soldado, Christopher Wright, murió a consecuencia de la metralla recibida.

Para los familiares y amigos de estos tres soldados, agosto no parece haber sido el mes más apropiado para anunciar el «fin» de la guerra de Iraq. Sin embargo, el Pentágono organizó una sesión fotográfica con un convoy de vehículos blindados que cruzaban la frontera iraquí hacia Kuwait, un convoy simbólico en el que aparecía la «última brigada de combate» saliendo del país. Con esto, nos cuentan desde Washington, asistimos al final de la guerra en Iraq. Las operaciones de combate han terminado, aseguran.

Esta declaración, en principio digna de elogio, recuerda a la pantomima de la «Misión cumplida» de George W. Bush a bordo del USS Lincoln en mayo de 2003, donde anunció el «fin de las grandes operaciones de combate» en Iraq.

Anunciar el fin de las operaciones de combate en una guerra que aún sigue cobrándose vidas de soldados estadounidenses viene a ser el mismo doble discurso que llevamos oyendo desde que empezaron a circular mentiras para preparar la invasión.

Dado que supuestamente ha terminado la guerra y que la administración Obama está pidiendo palmaditas en la espalda por «cumplir sus promesas», veamos qué aspecto tiene realmente el Iraq de la «posguerra».

Irak en la actualidad

En el pasado mes de mayo se publicó el denominado The Mercer Quality of Living (Estudio Mercer sobre la calidad de vida), cuyos resultados mostraban la «ciudad más habitable» en 2010. La última de todas era Bagdad, la ciudad menos habitable del planeta.

Esto se debe a la total destrucción de las depuradoras de aguas residuales, las fábricas, los colegios, los hospitales, los museos y las centrales eléctricas por parte de los militares estadounidenses.

A la mayoría de los iraquíes les resulta extremadamente difícil obtener agua limpia. También es extremadamente escaso el acceso a la electricidad. Con temperaturas asfixiantes cercanas a los 55 °C, los residentes en Bagdad sólo pueden conseguir electricidad intermitentemente durante tres horas, situación muy similar a la del resto del país.

Según ACNUR, la guerra de Iraq ha generado más de 4,7 millones de refugiados iraquíes, en lo que constituye la peor crisis humanitaria en Oriente Próximo desde que los palestinos fueron expulsados de sus hogares en 1948.

Son los supervivientes de una matanza que ha acabado con la vida de más de un millón de personas inocentes y mutilado a varios millones más a causa de bombas estadounidenses diseñadas para «impactar y atemorizar».

Quienes han sobrevivido a la matanza tienen que vivir con sus consecuencias: el legado tóxico que han dejado armas con la mejor tecnología, elaboradas profesionalmente por contratistas de defensa que se han embolsado miles de millones de dólares gracias a la guerra. En Faluya, ciudad bombardeada por los marines en 2004, el impresionante índice de defectos congénitos, cánceres y mortalidad infantil ha puesto de relieve una crisis sanitaria calificada como «peor que Hiroshima».

Pero la violencia en Iraq está lejos de ser agua pasada. De hecho, ha aumentado considerablemente en los últimos meses. En julio fueron asesinados 535 iraquíes, lo que convirtió a ese mes en el más mortífero de los dos últimos años. Dado que el gobierno iraquí sigue bloqueado en medio de una crisis política, existen pocas esperanzas de que disminuya la violencia.

Esta violencia ha sido fomentada conscientemente por Estados Unidos al quebrantar las normas del derecho internacional, al obligar al gobierno iraquí a dividirse en grupos sectarios y cuando el general Petraeus promovió la guerra civil armando a las «milicias locales» para que lucharan entre sí, al igual que hace ahora en Afganistán. Según «descubrió» un estudio militar estadounidense en noviembre de 2007, «los iraquíes de todos los grupos sectarios y étnicos creen que la invasión militar estadounidense es la principal causa de las diferencias violentas que existen entre ellos» (Washington Post, 19 de diciembre de 2007).

A todo esto hay que sumar el panorama de pobreza opresora, de desempleo galopante, de inseguridad alimentaria y de grave necesidad de suministros médicos en la que está sumido su antes prestigioso sistema sanitario. Para el pueblo iraquí, la vida antes de la invasión (a pesar de toda una década de sanciones paralizantes y brutales bombardeos) era mucho mejor que en las condiciones actuales.

En un país de cerca de 30 millones de personas, uno de cada tres iraquíes ha sido asesinado, herido o desplazado por Estados Unidos desde la invasión de 2003. No pasa un día en Iraq sin que se produzcan más muertos, más heridos y más desplazados.

La ocupación continúa

A la vista de esto, ¿qué significa realmente el «fin de las operaciones de combate»?

El Departamento de Estado duplicará con creces el personal de seguridad privada, que custodiará cinco complejos fuertemente protegidos dispersos por el país. Los mercenarios de estas bases pilotarán drones, patrullarán y actuarán como «fuerzas de reacción rápida» para perseguir a los insurgentes. Los odiados y célebres mercenarios, que reciben millones de dólares del Pentágono, seguirán disparando a iraquíes en su propio país.

Mientras Estados Unidos retira tropas de Iraq, está enviando allí equipos militares para reforzar al ejército títere iraquí, que actuará según las órdenes del Pentágono. Sesenta nuevos MRAP (vehículos blindados antiminas) recorrerán las calles de Iraq. Se multiplicará el enjambre de vehículos blindados. Se cuadruplicará el número de aviones militares. La flota de helicópteros, pilotada por mercenarios, pasará de 17 a 29 unidades.

Ésta es la realidad de la retirada estadounidense de Iraq: la posibilidad de situar al ejército y a la policía iraquíes al frente, con las tropas estadounidenses situadas unos pasos más atrás y los mismos generales del Pentágono en lo alto de la cadena de mando.

Éste fue el plan de Bush desde el principio, cuando se inició la invasión: derrocar al gobierno iraquí y respaldar a uno nuevo favorable a los intereses empresariales y militares de Estados Unidos que utilice el poder de su estado (su policía, su ejército, sus tribunales y sus prisiones) para servir a los intereses de Washington y de Wall Street.

Esto comenzó siendo un desastre para la administración Bush. Sin embargo, durante los siete años de bombardeos, brutalidad y crímenes de guerra y violaciones de los derechos humanos documentados, el gobierno iraquí fue capaz de reclutar para sus filas a suficientes ciudadanos suyos que buscaban trabajo (una de las pocas oportunidades de empleo que quedan en un país ahora destruido por el paro) y sustituir a los miles de tropas estadounidenses que se necesitan para Afganistán y otros lugares.

Estas tropas iraquíes están llevando a cabo la misma misión que las estadounidenses antes que ellas: usar la fuerza bruta para mantener en el poder al impopular régimen respaldado por Estados Unidos. Conducen los mismos Humvees, e incluso han heredado los mismos uniformes. A las familias iraquíes siguen tirándoles la puerta abajo en medio de la noche y sacándoles a rastras de la cama; la diferencia es que ahora les gritan en árabe en lugar de en inglés.

En el país permanecerán 50.000 soldados estadounidenses. Pero, según dicen insistentemente generales y políticos, ya no se trata de unidades de «combate». Ahora reciben el nombre de unidades de «asesoramiento y asistencia».

Así pues, las tropas estadounidenses que se queden se dedicarán a «asesorar» al ejército títere iraquí sobre qué operaciones de combate llevar a cabo, y les «ayudarán» a realizarlas en caso necesario.

«Todos los soldados son de combate. Lo que cambia es su misión, pero no quienes somos ni lo que hacemos. Este cambio tan grande no se va a apreciar el 2 de septiembre», ha declarado el general de división Stephen Lanza, portavoz de los militares estadounidenses en Iraq.

Esto está lejos de ser el fin de las operaciones de combate para los soldados estadounidenses, los cuales seguirán siendo atacados con artefactos explosivos improvisados, tiroteados y asesinados con lanzacohetes. La única diferencia es que esto sucederá menos a menudo de momento, porque hay suficientes iraquíes para aguantar el peso de la resistencia a la dominación extranjera, hay suficientes iraquíes para que los maten en su lugar.

Han prometido que esos 50.000 soldados se marcharán a finales de 2011. Por supuesto, esto dependerá de «las condiciones reinantes». El 19 de agosto, el New York Times publicó que, según altos estrategas iraquíes, previsiblemente "se necesitarían miles de tropas adicionales después de 2011”.

Si Washington hace lo que quiere, las tropas estadounidenses seguirán matando y muriendo en Iraq aunque se haya redefinido su papel, y seguirán en el país por tiempo indefinido, el necesario para apuntalar a un gobierno títere, débil y cada vez más impopular, y así proteger los intereses empresariales y geopolíticos de Estados Unidos. Las continuas muertes de soldados estadounidenses y de civiles iraquíes, que no parece que vayan a tener fin, son los elementos que han hecho que la gran mayoría de la población de Estados Unidos sea contraria a la guerra. Y estos elementos siguen ahí.

Huir del fuego para caer en las brasas

En cuanto a las tropas estadounidenses, lo único que cambia para nosotros es el nombre del país al que nos enviarán para que nos maten y nos mutilen. No es ningún secreto que la reducción de las tropas en Iraq es necesaria para enviar más soldados a luchar en la otra guerra colonial de Afganistán, donde las dimensiones de la ocupación se han triplicado, y donde EEUU está siendo claramente derrotado a manos de la resistencia popular.

Continuaremos siendo desplegados en ambas guerras a pesar de que muchos tenemos traumas psicológicos que deberían eximirnos del servicio.

Para nosotros, la retirada de Iraq significa poder ser desplegados con mayor frecuencia en itinerarios repetidos por los sangrientos campos de batalla de Afganistán, quizás intercalando algún despliegue más relajado que en Iraq donde sea menos probable que muramos en ese momento.

Devolviendo a Iraq el estatus colonial

Desde 1920 a 1958, Iraq fue una colonia británica. El 100% del petróleo iraquí era de propiedad extranjera, repartido entre compañías estadounidenses, británicas, francesas y holandesas.

Después de que Iraq consiguiese su independencia, nacionalizó su vasta riqueza petrolera, y pasó a estar inmediatamente en el punto de mira de las potencias imperialistas que acababan de perder “sus” mares de petróleo.

Los ingresos iraquíes por el petróleo modernizaron el país, mejoraron sustancialmente sus condiciones de vida y les proporcionaron una atención sanitaria gratuita de calidad y un sistema universitario célebre en todo el mundo, también completamente gratuito.

Pero un país independiente, en vías de desarrollo y que controlaba sus propios recursos era un problema para la cuenta de resultados de los gigantes del petróleo. A lo largo de toda su historia de independencia, Iraq ha tratado de repeler intentos de recolonización por parte de EE.UU. y de sus aliados imperialistas.

Los bombardeos constantes, las sanciones genocidas y el apoyo de la CIA a grupos antigubernamentales han fallado a la hora de doblegar la independencia de Iraq. Bajo el chaparrón de la histeria del 11-S, el gobierno de EE.UU. aprovechó la oportunidad para generar mentiras sobre las armas de destrucción masiva y la necesidad de «liberar» Iraq, y lanzó una invasión a gran escala para tomarlo por la fuerza.

El pueblo iraquí, del que se nos dijo que estaban desesperados por ser liberados, se volvió abrumadoramente en contra de la ocupación estadounidense. Así que el Pentágono incrementó rápidamente las tropas en el país a unas decenas de miles más, desplegando todo el poder del ejército más poderoso del planeta e inundando todas sus ciudades indiscriminadamente de uranio empobrecido, artillería y misiles Hellfire. Grandes facciones de la resistencia iraquí que no pudieron ser derrotadas fueron simplemente puestas en nómina de EE.UU., que les sobornó para que cesaran de resistir.

El gobierno de EE.UU. nunca quiso tener indefinidamente a patrullas de combate en las calles de Iraq. Quería un nuevo gobierno obediente que le concediese sus contratas, así como algunas oficinas, incluyendo la embajada más grande del mundo, para llevar a cabo sus negocios.

Ahora EEUU está un paso más cerca de su objetivo de devolverle a Iraq un estatus colonial. El anuncio de que las operaciones de combate han terminado está realmente anunciando que las fuerzas títeres han mejorado tanto que ya pueden encargarse de algunas tareas del ejército estadounidense—principalmente, luchar y matar.

La soberanía de Iraq es un mito. El gobierno “elegido democráticamente” se vendría abajo de no contar con el apoyo de Washington. El gobierno iraquí no tiene autoridad para tomar decisiones militares, políticas o de negocios sin la aprobación de sus jefes en Washington. Los funcionarios estadounidenses continuarán manejando los hilos de su nuevo gobierno que actúa como intermediario comercial desde la embajada más grande del mundo, y desde sus bases militares y sus complejos fortificados que permanecerán en Iraq indefinidamente. Menuda “libertad iraquí”.

Mientras nos dan codazos para que nos alegremos por el final de una guerra salvajemente impopular—para desviar la atención de la otra guerra impopular—, la relativa calma de Iraq en este momento está al borde del abismo. Esto es obvio por el pico de violencia que se ha producido en los dos últimos meses. Iraq todavía se halla en una frágil posición, con disputas electorales, luchas de poder, una arraigada y muy extendida oposición a la dominación de EE.UU., y ejércitos de luchadores por la resistencia que se han tomado un descanso para recibir una nómina antes de seguir luchando contra los ocupantes.

Iraq podría verse empujada de nuevo muy rápidamente a sus más altos niveles de resistencia—a lo que EE.UU. respondería haciendo todo lo posible para no perder Iraq como colonia. El número de tropas ocupantes se volvería a incrementar después de esta reducción. En sólo un día, la guerra de Iraq podría convertirse de nuevo en el baño de sangre que a tantas personas hizo salir a la calle pidiendo su fin. El mismo presidente Obama lo dijo cuando anunció el final de la guerra: “La dura realidad es que aún no hemos visto el final del sacrificio estadounidense en Iraq”.

Para el pueblo iraquí, para las tropas estadounidenses y para nuestras familias, nuestras vidas no difieren en absoluto de como eran antes de que nos mostraran el numerito para los medios de comunicación con los vehículos blindados saliendo de Iraq. El cambio en Iraq significa que el objetivo de controlar sus recursos naturales, sus mercados y su sector financiero discurre con menos sobresaltos para Wall Street. Los empobrecidos civiles iraquíes continuarán muriendo cada día entre los escombros y las ruinas de su ahora devastado país. Las tropas estadounidenses continuarán muriendo allí indefinidamente, cuando no se las envíe a morir indefinidamente en Afganistán, mientras nuestras familias esperan en casa nuestros féretros.

Esto no es ningún motivo de celebración. Es algo contra lo que hay que luchar.


Fuente: http://www.michaelmoore.com/words/mike-friends-blog/truth-about-end-combat-operations

Fecha de publicación del artículo original: 22/08/2010

Traducido por Pepe Crespo y Ana Atienza.

¿Quién es Michael Prysner?

Michael Prysner es veterano de la guerra de Iraq y antibelicista.

«Abandoné el ejército en 2005, momento en el cual empecé a entender las experiencias que viví en Iraq y comprendí que la ocupación en la que estaba participando era un crimen contra la humanidad. Me di cuenta de que la conquista ilegítima de Iraq obedecía a las necesidades económicas de un sistema que servía a una reducida clase de supermillonarios con un afán de riquezas sin fin a costa de trabajadores estadounidenses y extranjeros».

«Me fuí de este ejército con una nueva visión del sistema en el que todos vivimos y de la política exterior estadounidense. Pero tenía las mismas ganas de luchar por la libertad, la justicia y la igualdad que cuando me alisté, y comprendí que ello significaba luchar contra el gobierno estadounidense, no en su nombre».

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