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5 expectativas absurdas, injustas y sexistas que la sociedad impone a los hombres

Greta Christina

Sección:Mujeres y antimilitarismo
Viernes 24 de septiembre de 2010 0 comentario(s) 1458 visita(s)

Si tienes un pelo de progresista no te sorprenderá leer que el sexismo lastima a las mujeres. Obvio, ¿no? Es, digamos, la definición misma de la palabra. Sin embargo, no solemos hablar mucho de las maneras en que el sexismo lastima a los hombres. Se entiende: cuando observamos las grotescas formas en que el sexismo daña a las mujeres (desde la desigualdad económica hasta la privación del derecho al ejercicio político como ciudadanas y el abuso literalmente físico), resulta razonable que nos preocupemos más por cómo afectan el sexismo, el patriarcado y los rígidos roles de género a las mujeres que a los hombres.

No obstante, no cabe duda que estas cosas también los marcan a ellos. Tal vez no los joden tanto como a las mujeres, pero tampoco es un daño trivial. El tema me importa y creo que a otras feministas (y otras mujeres y hombres que bien pueden no definirse como feministas) debe importarles también.

Hay muchas razones por las que me interesa el tema. Me interesa por los hombres y niños que forman parte de mi vida y me importan; veo cómo acaban hechos nudo por unos roles de género que no solamente hacen enloquecer por su rigidez, sino por sus imposibles contradicciones, y esa realidad me enferma, me entristece y me enoja. Me interesa porque me importa la justicia: equidad es equidad, y no pretendo resolver el problema de la desigualdad de género haciendo que la situación sea peor para los hombres. Además, me interesa por razones puramente pragmáticas, incluso maquiavélicas. Me interesa porque me importa el feminismo... y estoy convencida de que una de las mejores vías para promoverlo es sumar más varones al movimiento. Si podemos hacerles ver que el sexismo también perjudica sus vidas y que compartir la vida con mujeres libres en condiciones de igualdad es mucho más placentero, lograremos tenerlos de nuestro lado (esto me recuerda la calcomanía que una amiga llevaba en su furgoneta con la leyenda Las feministas follan mejor).

Así que he estado analizando maneras concretas en que el sexismo daña a los hombres. Específicamente, me he concentrado en las expectativas de nuestra sociedad respecto a ellos, en nuestras definiciones de lo viril. He pensado en lo estrictas y rígidas que son esas expectativas, en cómo los mandatos de la virilidad van tejiendo una cuerda floja tan delgada que solo un equilibrista profesional podría cumplir con ellos sin romperse la crisma (tarea difícil, ya que “equilibrista profesional” no encaja, ni con calzador, en los parámetros de lo considerado masculino). He ido más allá de la rigidez de esas expectativas para reparar en las absolutas contradicciones que entrañan, pues generan una visión idealizada de la hombría que no solo es ridícula, sino literalmente inalcanzable. Además, he estado conversando con distintos hombres (amigos, colegas, familiares, vecinos, amistades virtuales) sobre las expectativas que perciben sobre lo que significa “ser hombre” y la manera en que se ven afectados por ellas.

Aquí va una lista de cinco expectativas:

1. Pelea, pelea, pelea.

Cuando hice una encuesta informal y carente de rigor científico entre los hombres que conozco para preguntarles qué se esperaba de ellos como hombres, muchos mencionaron “pelear”. Pero muchos, muchísimos. Vamos, tantos que me sorprendieron, de verdad. Mi rinconcito social, el cual comparto con la mayoría de los varones que conozco, está cómodamente instalado en la clase media: gente educada, conversadora, civilizada al extremo y casi irritablemente tranquila. Resolvemos nuestras diferencias con palabras, miradas furiosas, estrategias... o echando mano de la ley como último recurso. Incluso levantar la voz o proferir insultos resulta un tanto grotesco. Excepto por los eventos deportivos, podría contar con los dedos de una mano las riñas físicas que me ha tocado atestiguar en los últimos 10 años. Bueno, ni siquiera las amenazas de enfrascarse en una pelea a puñetazos.

Sin embargo, todos los hombres con los que hablé mencionaron el tema. La disposición a “pelear de verdad, físicamente, con los puños o con armas”, en palabras de mi amigo Michael, para defender su honor (o el de la pareja, el país, el equipo o lo que sea) es más importante de lo que yo hubiera imaginado en lo que respecta a la forma en que los hombres aprenden a concebir su masculinidad. Aun cuando los conflictos nunca lleguen a ese punto, es decir, aun cuando no estrelles el puño contra nadie, estar dispuesto y ser capaz de hacerlo es una extraña prioridad en el Club de Tobi. Como dijo mi amigo Adam: “Prefieres una contusión a que te digan poco hombre”. Y la anécdota de Damion: “Voy de copiloto mientras mi cuñada, al volante y relativamente hombruna, le enseña el dedo medio a algún tipo en medio del tráfico de Baltimore. El tipo sale disparado del auto, furioso, y lo primero que pienso es ‘Perfecto, ahora me lo tengo que madrear’”. Todo ello pone a los hombres en un asqueroso dilema: las leyes y las expectativas de nuestra sociedad civilizada fueron diseñadas para mantener la violencia física a raya. Y no es casual: como sabemos, la violencia física destruye, así que se espera, no, se exige a los hombres que eviten y desalienten las confrontaciones, y que resuelvan sus diferencias sin recurrir a la violencia. Cuando lo hacen, los llaman mariquitas. Una maravilla.

2. Sé un buen esposo, compañero o amante, pero no dejes que te importe demasiado lo que piensan las mujeres.

Esta cae redonda en la categoría “no solamente hace enloquecer por su rigidez, sino por sus imposibles contradicciones”... un dilema capaz de causarte ansiedad de por vida si te lo tomas en serio, porque no hay manera de salir bien librado. Ser un buen esposo y padre, es decir, un buen proveedor que se preocupa por su familia y respeta a su compañera, es parte central del mito masculino. Además, ser un buen amante se ha convertido en parte crucial del mismo mito. Ya no basta con que el hombre de verdad se acueste con muchas mujeres, ahora tiene que lograr que todas y cada una de ellas tengan orgasmos. El miedo a quedar mal entre las sábanas ya no se limita al asunto de la erección; claro que no me opongo a la idea de que a los hombres les importe el placer sexual de las mujeres con las que se van a la cama, no. El problema está en la noción de que el placer de ellas es responsabilidad exclusiva de ellos, de que complacer a una mujer no es más que cuestión de instinto, de que la satisfacción sexual de las mujeres es una victoria que ellos deben obtener en lugar de una experiencia que compartir, y de que esa satisfacción ha de lograrse únicamente con un miembro duro y no con sus manos o su lengua o juguetes sexuales o seducción intelectual (pero si sigo por ahí me saldré de tema).

Al mismo tiempo, se supone que a los varones no debe de importarles demasiado qué piensan las mujeres. Hace años, cuando estaba casada con un hombre, tratábamos de decidir juntos cómo organizar nuestras carreras profesionales y nuestra vida privada (si él trabajaría tiempo completo y quizás tiempo extra para que yo pudiera hacer un posgrado). Cuando pidió consejo a sus colegas de la oficina, la mayoría se mofó de él por implicarme demasiado en decisiones concernientes a su trabajo. Creo que “mandilón” fue el cariñoso apelativo que le dedicaron. Sí, se esperaba que fuera un buen proveedor y sentara las bases financieras de nuestra vida en común, pero al mismo tiempo se esperaba que cumpliera esa meta sin preguntarme qué tipo de vida quería yo y que no estuviera dispuesto a ceder un milímetro en cuanto al tipo de vida que deseaba él para sí o para nosotros como pareja. Supongo que el mandato era que él tomara todas las decisiones.

Claro que, si bien era terriblemente impropio de un hombre guiarse por su esposa, guiarse por sus compañeros de trabajo en un taller mecánico estaba perfecto. Como dijo mi amigo Scott, la comedia televisiva “King of Queens” es un buen ejemplo, porque el protagonista, por más que se esfuerce en ser un buen esposo y compañero, siempre termina contradiciendo lo que dicen sus amigos o lo que él mismo cree que es masculino”. Se supone que las definiciones de la masculinidad que rigen a los hombres provienen de sus pares, no de las mujeres, porque en realidad no debe importarles qué piensan de ellos.

Esto se ve constantemente en los consejos de moda masculina. Desde luego que nadie espera que los hombres se vean desaliñados ni bobos... pero tampoco puede parecer que les preocupa demasiado su imagen. Los hombres (heterosexuales, en todo caso) tienen que lograr ese equilibrio impecable entre la pulcritud y la despreocupación. Tienen que verse bien, pero como si no se hubieran empeñado en ello. Si parece que te importa cómo te ves te acercas demasiado a lo que es ser mujer. O gay (más adelante hablaremos de esto). Se supone que las mujeres se embellecen para convertirse en objetos de deseo; un hombre no tiene que ser objeto de deseo, sino sujeto de deseo... y a los sujetos no tiene por qué importarles lo que sus objetos piensen de ellos... excepto cuando quieren que esos objetos tengan un orgasmo.

3. Caliéntate. Siempre. Con cualquiera.

Esta es otra expectativa citada con enorme aunque no sorprendente frecuencia. Se supone que los hombres quieren sexo y están listos para tener sexo todo el tiempo. Básicamente con cualquiera del sexo correcto que esté dispuesta a ello. En su evaluación de los roles de género para los varones, Michael T. afirma: “Para ser hombre, la conquista sexual tiene que ser uno de tus raseros”. Por su parte, Jraoul mencionó la letra de la canción “Lightning Strikes” de Lou Christie: “Cuando veo que sus labios piden ser besados, no me puedo detener, no me puedo frenar... Cuando me envía la señal de que quiere hacer tiempo, no me puedo detener, no me puedo frenar...”. Y en su letanía de expectativas de género mi amigo Michael señaló: “Encamarte con cualquier mujer que diga ‘sí’ o que se te ofrezca. Si no, soy gay, ¿cierto?”.

Resulta extraño. Un componente fundamental de la noción del hombre viril es poseer una pulsión sexual intensa, incluso depredadora. Esa noción no les permite tener preferencias; mejor dicho, pueden tener preferencias y, de hecho, se espera que las tengan, siempre y cuando concuerden con las normas sociales. Recuerdo vivamente un artículo publicado en una revista Playboy a fines de los años sesenta en el que se analizaban las personalidades de los hombres a partir del tipo de cuerpo femenino que les gustaba. Por ejemplo, si te gustaban los senos grandes eras un gran tipo, pero si te gustaban los traseros voluminosos o las piernas eras un inmaduro. No se trata de una reliquia sesentera, al día de hoy, muchos hombres se sienten presionados a salir con mujeres que cumplen con el canon vigente de atractivo femenino. Muchos hombres, por cierto, sufren la presión de salir con mujeres delgadas porque es lo que está de moda. Aun cuando prefieran a mujeres más llenitas, les avergüenza presentárselas a sus amigos. Como si salir con una chica gorda fuera un golpe al ego. Como si quisiera decir que no han escalado lo suficiente el escalafón de los primates para acceder a una hembra de alto rango.

Entonces, sí, los hombres pueden calentarse más ante ciertas mujeres... pero también se espera que aborden a todo lo que se mueva camine y tenga disposición a abrir las piernas. Todo lo que sea femenino y no grotesco, claro. Se espera que los hombres tengan deseo sexual, pero su deseo no les pertenece, no puede depender del temperamento y carácter de cada varón, ni siquiera puede ser algo personal, porque no es suyo del todo. Y por el amor de todos los dioses del Olimpo, nunca puede nacer de una emoción.

4. Aprieta los dientes.

Es que en el caso de los hombres nada puede nacer de una emoción. Parece que las únicas emociones que les están permitidas a los hombres son dos: el deseo sexual propio de su género y el deseo de partirle la madre a alguien. Si tienen el descaro (o la falta de autocontrol) de experimentar emociones, más vale que no se les note.

Esta es tan común que parece ubicua. Al menos la mitad de los hombres con los que hablé la mencionaron... y muchos de los que no lo hicieron explícitamente aludieron a ella. David B. dijo haber aprendido que los hombres deben ser “reservados en sus emociones. Parece que solo debemos apasionarnos con el sexo, los autos, los deportes y la cerveza. Incluso en esos rubros, la palabra ‘apasionado’ no es la que debe usar un hombre para hablar sobre lo que siente”.

David M. recibió el mismo mensaje: “Nada de lloriqueos, nada de quejas, nada de lágrimas”. Igual le pasó a Michael T.: “Ser hombre es no vincularte, no dejar que te ganen las emociones”. Otro Michael dijo: “Ser hombre es no tener inteligencia emocional, no mostrar demasiadas emociones”. Por su parte, Andrew aprendió que “Ser hombre es ser inconmovible y no revelar ninguna emoción”. A Jason le enseñaron que “Ser hombre es no mostrar lo que sientes, ser ‘duro’, por decirlo de alguna manera... y así lo esperan tus compinches, tu familia y todo el mundo”. Dean subraya: “Los típicos mensajes de que los niños grandes no lloran (sí, sí lloramos) y los hombres de verdad no se quejan (sí, nos quejamos)”. El comentario de Scott se suma al mantra “Los niños no lloran”. Ben T. dice: “Odio el hecho de que los hombres no podemos asustarnos con nada”. James afirma haber aprendido tan bien a parecer impasible que no se le escurrió ni una lágrima cuando su padre murió mientras se sometía a una cirugía cardíaca. Por último, Georges dijo: “Siempre me sorprendió lo valiente que tenía que ser para dejar salir mis emociones”.

En mi opinión, esta exigencia es más atroz que las otras cuatro juntas. Creo que podría lidiar con una vida en la que siempre tuviera que estar dispuesta a pelear o coger, en la que tuviera que fingir el imposible equilibrio sobre la cuerda floja que implica preocuparme por lo que piensa mi pareja sin importarme demasiado, en la que tuviera que hacer hasta lo imposible por evitar dar la más mínima idea de que me gusta alguien de mi propio sexo (ver expectativa número 5)... pero, ¿una vida en la que tuviera que negar mis emociones animales más elementales, como el amor y el miedo, la pasión y el duelo, con tal de que no me trataran como a un fenómeno de género? Eso me volvería loca (un poco más de lo que ya estoy).

5. Miedo a que te crean gay.

Esta es un tanto curiosa. La aceptación de la homosexualidad ha aumentado muchísimo en los últimos decenios. En menos de 40 años las demandas del movimiento LGBT han pasado del derecho a no ser internados en hospitales psiquiátricos o sometidos a lobotomías al derecho de casarse legalmente. (Claro, también el derecho a no ser echados de un empleo o expulsados del ejército estadounidense... pero aún así). Además, la aceptación social de lo que transgrede la norma sexual ha establecido un paralelismo con su aceptación política. Si, en efecto, eres un varón homosexual, el mensaje “No seas ni un poquito gay” es cada vez más sustituido por el mensaje “Ah... bueno”.

Pero, ¿qué pasa si eres un varón heterosexual? La cosa cambia radicalmente. El pánico a la homosexualidad sigue siendo una fuente segura de comicidad en los programas de televisión y las películas. Los enredos en los que los heterosexuales son equivocadamente tomados por homosexuales (como Chandler y Joey en Friends cuando salen juntos con un bebé o el chiste «No es que haya nada malo en ello» en Seinfeld) son elementos básicos de la comedia moderna, elementos básicos que suelen ir de la mano del supuesto de que para un varón heterosexual ser confundido con un gay humilla su masculinidad. También lo vemos en los consejos de moda, romance y etiqueta para hombres, por lo general concentrados en un grado casi histérico de arte que consiste en parecer un sofisticado hombre urbano y de mundo... sin caer, por piedad, en la posibilidad de ser confundido con un homosexual.

Sin duda esto también se aprecia en algunos miedos sexuales muy comunes entre varones. He leído demasiadas cartas publicadas en demasiadas columnas de consejos sobre sexualidad, cartas de demasiados hombres heterosexuales en las que dicen encontrar placer en, ¿cómo decirlo con delicadeza?, ser penetrados analmente... pero no quieren experimentar con esta actividad sumamente deliciosa porque temen que signifique que son gay. O porque sus parejas femeninas temen que signifique que son gay. (Permítanme añadir una nota capaz de causar irritación entre hombres heterosexuales y sus compañeras: no, no significa que sean gay. Desear que una mujer penetre tu ano no te hace homosexual, al igual que desear que una mujer succione tu pene tampoco significa nada en ese sentido. Seamos serios).

Diría que esas actitudes empiezan a cambiar. Los logros del movimiento LGBT han liberado tanto a personas con una orientación distinta a la heterosexual como a las heterosexuales, y las generaciones más jóvenes son mucho menos prejuiciosas y más relajadas en lo que respecta a la orientación sexual de lo que fuimos en mis tiempos. Como bien dice mi amigo Ben: “Es probable que la relajación de los roles que acompañó al feminismo y al movimiento por los derechos de las personas homosexuales haya beneficiado a los varones heterosexuales al menos tanto como benefició a mujeres y hombres homosexuales... piensa en los metrosexuales: ahora que ser confundido con un gay no es una tragedia, los varones podemos darnos rienda suelta con la moda”. Por su parte, Adam, quien se describe como “afeminado, pero heterosexual”, afirma que “ser tomado por gay me dio libertad para escapar a algunas de las reglas más estrictas de la masculinidad. Después de todo, nadie se molestó en decirme ‘pórtate como hombre’ cuando me ‘amariconaba’”.

Al mismo tiempo, a medida que la visibilidad homosexual se ha incrementado, la probabilidad de ser tomado equivocadamente por gay se ha ido a los cielos. En consecuencia, lo propio ha sucedido con el número de ocasiones propicias para que los varones sufran un ataque de ansiedad por miedo a la homosexualidad. Que te confundan con un gay no es la tragedia que alguna vez fue (es más un chiste que una amenaza petrificante), pero pasa con mucha mayor frecuencia. Además, la ansiedad que sigue despertando en tantos heterosexuales es mucho más constante, aun cuando no sea tan profunda.

¿Entonces?

Esto no es sino el comienzo. Ni siquiera dispongo de espacio suficiente para explayarme como podría tratándose de este tema. Me he saltado algunas de las más importantes y comunes expectativas de género que imponemos a los varones: expectativas relacionadas con el espíritu de competencia, la conciencia de status, el éxito financiero, la fortaleza y la imagen atlética, el liderazgo, las destrezas mecánicas, la facilidad para tener erecciones y adoptar una actitud que deshumaniza a las mujeres, interesarse en extremo por los deportes. Por si fuera poco, el mensaje social claro para los hombres es que para ser viriles deben ser altos. ¿Cómo diantres se resuelve eso?

¿Cómo diantres podría, cualquiera de nosotros, resolver alguna de estas cosas? Bien, ya que acabo de soltar tantas reflexiones deprimentes, creo que sería conveniente dar buenas noticias: hay maneras de salir del escollo, darle la vuelta y resolverlo. Muchos de los hombres con los que hablé reconocieron ser conscientes de las rígidas expectativas a las que están sometidos en tanto varones... pero también dijeron no sentirse terriblemente limitados por ellas. Claro que saben de esas expectativas, pero también se sienten libres de rechazarlas o hacer suyas aquellas con las que se sienten cómodos o rechazar aquello que no les gusta. O bien las transgreden con creatividad, espíritu lúdico e incluso un toque sexy.

Además, muchos señalaron que si bien hay un bombardeo cultural constante de mensajes absurdos y limitantes sobre lo que significa ser hombre, también reciben una buena dosis de apoyo gracias a mensajes inteligentes y liberadores sobre la importancia de no prestar atención a tanta estupidez. Muchos han recibido lecciones más que positivas y ejemplos formadores respecto al valor de no ser violentos, respetar a las mujeres, desarrollar emociones honestas, tener una sexualidad honesta y, en términos generales, ser auténticos y sacar lo mejor de sí. Esas lecciones y esos ejemplos llegan gracias a muy diversas fuentes, desde íconos de la cultura popular hasta la relación con un padre o una madre. Como me dijo Jraoul: “¿Que si pienso que a los hombres nos imponen expectativas rígidas y/o limitantes sobre lo que significa ser masculino? Claro. Pero también hay mensajes de una masculinidad fluida y/o liberadora. Todo depende de dónde vienen las ideas”.

Desde luego, dada mi personalidad y preferencias, los hombres que conozco tienden a estar, ¿cómo decirlo?, bastante alejados de lo convencional en la sociedad estadounidense (otra manera de plantearlo sería decir que son “personajes rojillos y excéntricos”). Por si fuera poco, muchos de ellos son homosexuales o bisexuales, un hecho que sesga todavía más la muestra. Sin embargo, así como muchas feministas pueden reírse de las comedias televisivas y las vallas publicitarias y las revistas para mujeres... y vivir como les da su real gana, muchos feministas pueden mandar al diablo los mensajes disparatados del mito “John Wayne/Cary Grant/qué tipo de hombre lee Playboy” (o, dependiendo de la generación a la que pertenezcan, del mito Rambo/Tom Cruise/qué tipo de hombre lee Maxim) que les ponen en el chip... y disfrutar de la vida.

Las expectativas de género no afectan a todas las personas por igual. Hay quienes, hombres y mujeres por igual, aún perciben esa vocecilla interior, todavía sienten que los mandates de género moldean sus reflejos, aún tienen la necesidad consciente de arrojar luz sobre esos mensajes a fin de poder reconocerlos y sacarlos de sus vidas a través de un proceso que no sea doloroso. También hay quienes, hombres y mujeres por igual, opinan que la cosa no es para tanto; reconocen que, ciertamente, la sociedad quiere que los varones sean de una manera y las mujeres de otra, pero ¿a quién le importa lo que quiere la sociedad? Algunas personas necesitan años de introspección y terapia para digerir y desechar lo que no sirve. Otras nunca desaprenden lo aprendido y dejan que las expectativas rijan sus vidas. A otras más parece que les basta decidir desaprender para conseguirlo. En ese sentido, no hay consejo que valga. Lo más que puedo decir es que bien vale la pena.

Agradezco la invaluable ayuda de Adam, Alan, Andrew, Ben, otro Ben, Chad, Christopher, Craig, Crypt, Damion, Darren, David, otro David, un tercer David, un cuarto David y un David más, Dean, Georges, Glendon, Jacob, James, otro James, Jason, Jeff, Joel, Jraoul, Kyle, Lauro, Lenny, Leo, Mark, Michael, otro Michael, un tercer Michael, Scott, otro Scott, otro Scott más, Sean, un anónimo y los demás hombres con quienes hablé del tema.

Fuente: http://www.alternet.org/story/147626

Traducido por Atenea Acevedo para Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística.

Fecha de publicación del artículo original: 24/07/2010

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