En un océano de manipulación navegantes antimilitaristas se encuentran en una isla virtual de desobediencia, noviolencia y construcción de la Paz
Secciones
> Campañas
  Objeción Fiscal al Gasto Militar
  Desobedece a las guerras
  Contra la I+D Militar
  Comercio y producción de armas
  Juguete bélico
  Feminismo y antimilitarismo
  Locales
  Varios
  Banca
  Educación para la paz
  La guerra empieza aquí. Parémosla desde aquí
  Recortar lo militar
  Contrarreclutamiento
> Observatorio de conflictos
  Iraq
  Palestina
  Colombia
  EEUU
  Guerra y mujeres
  Infancia y guerra
  Varios
  Afganistán
  Libia
  Costa de Marfil
  Siria
  Mali
  Sáhara Occidental
  Ucrania
  Turquía
> Documental
  Talleres
  Historia del antimilitarismo
  Noviolencia
  Objeción de conciencia
  Recursos gráficos
  Recursos multimedia
  Teoría política
  Represión
  Medio Ambiente
  Mujeres y antimilitarismo
  Anticapitalismo
  Instituciones militares
  Varios
  Intervencionismo humanitario y misiones de paz
> Informativa
  Movimiento 15M
> Cajón de sastre
  Humor
  Creación
  Comentarios gráficos
  Contactos
  Varios
> Solidaridad entre los pueblos

La política del genocidio: Ruanda y la R. D. del Congo

Por Martin Shaw

Sección:Observatorio de conflictos
Lunes 27 de septiembre de 2010 0 comentario(s) 2300 visita(s)

Una lectura revisionista del genocidio que tuvo lugar en Ruanda en 1994 respaldada por Noam Chomsky confirma la ceguera moral de la izquierda negacionista, afirma Martin Shaw.

Las batallas políticas en torno a la historia de los genocidios se manifiestan sobre todo en las controversias acerca del Holocausto (véase «The Holocaust, genocide studies, and politics» (El Holocausto, los estudios sobre genocidios y la política, 18 de agosto de 2010). Pero actualmente se están agudizando también en torno a Ruanda, donde en 1994 el régimen del “Poder hutu” asesinó a cientos de miles de tutsis y de hutus moderados (véase Gérard Prunier, The Rwanda Crisis, 1954-94: History of a Genocide [La crisis de Ruanda: historia de un genocidio] [C. Hurst, 2ª edición, 1998]).

El contexto político de esta situación es que el gobierno del Frente Patriótico Ruandés (FPR) encabezado por Paul Kagame (que puso fin al genocidio al asumir el poder) está decidido no sólo a proteger su propia impunidad utilizando el sentimiento de culpabilidad de Occidente por no impedir el genocidio de 1994, sino también a soslayar las críticas a su autoritarismo interno y a sus agresiones exteriores comerciando con las víctimas del genocidio de Ruanda.

Sin embargo, su estrategia está perdiendo eficacia. Cada vez cobra más impulso el reconocimiento de la responsabilidad del propio FPR por las masacres de civiles, principalmente hutus, lo cual ha desembocado en acusaciones de genocidio también hacia este partido. Hasta ahora la mayoría de la atención se había centrado en las masacres producidas en el interior de Ruanda durante la invasión del FPR en 1994 y la posterior concentración del poder, principalmente en Kibeho en 1995.

Estos acontecimientos han llevado a algunos propagandistas hutu a proponer la teoría del “doble genocidio”. Pese a todo, se trata de una idea simplista y distorsionadora, porque las masacres que llevó a cabo el FPR fueron localizadas y no adquirieron el mismo alcance nacional ni poseían un objetivo sistemático como la descomunal campaña de asesinatos del Poder hutu. Aun así, no cabe duda de que el FPR cometió masacres genocidas de civiles hutus.

No obstante, en este momento la atención se centra en las postrimerías del genocidio de 1994, cuando el FPR persiguió a los genocidas hutu hasta lo que entonces era Zaire (ahora República Democrática del Congo), iniciando las devastadoras guerras que arrasaron el país hasta 2003 y que en ciertas regiones aún persisten. Durante estos conflictos, una serie cambiante (y confusa incluso para los expertos) de estados y de grupos armados congoleños han luchado entre sí y cometido atrocidades (como por ejemplo, violaciones sistemáticas) contra la población civil.

Un nuevo informe

Gérard Prunier, en su monumental estudio en torno a las guerras del Congo (From Genocide to Continental War: The ’Congolese’ Conflict and the Crisis of Contemporary Africa [Del genocidio a la guerra continental: el conflicto «congoleño» y la crisis del África contemporánea], C. Hurst, 2009) explica que el régimen ruandés del FPR siguió siendo el participante externo más habitual y resuelto en estos conflictos, y que hace tiempo que se conoce su responsabilidad por las masacres (véase Gérard Prunier, «The eastern DR Congo: dynamics of conflict» [La RD del Congo oriental: dinámica del conflicto], 17 de noviembre de 2008).

Por su parte, los gobiernos occidentales, en especial los de EE.UU. y Reino Unido, han reivindicado continuamente la condición de «víctima» de Ruanda, e incluso en algunos casos la han defendido frente a graves acusaciones de haber perpetrado crímenes sobre los que existen pruebas reales.

Víctimas del genocidio ruandés Sin embargo, un exhaustivo informe del Alto Comisionado para los Derechos humanos filtrado a Le Monde refleja “las más graves violaciones de los derechos humanos y de la legislación humanitaria internacional” cometidas dentro de la R. D. del Congo entre 1993 y 2003, acusándoles de llevar a cabo ataques sistemáticos a gran escala sobre población civil. El resumen que aparece en el párrafo 512 denuncia:

“Estos ataques produjeron un número de víctimas muy elevado, probablemente decenas de miles de miembros del grupo étnico hutu, sumando los de todas las nacionalidades. En la gran mayoría de los casos comunicados, no se trató de muertes involuntarias en medio del combate, sino de ataques por parte sobre todo de fuerzas (ruandesas y aliadas) que ejecutaban a centenares de personas, a menudo con armas blancas. La mayoría de las víctimas fueron niños, mujeres, ancianos y enfermos, que no representaban amenaza alguna para las fuerzas atacantes. Asimismo, se cometieron numerosos ataques graves contra la integridad física o psicológica de miembros del grupo, dado que un gran número de hutus fueron objeto de disparos, violaciones, quemaduras o golpes. Numerosas víctimas se vieron obligadas a huir y a recorrer grandes distancias para escapar de sus perseguidores, que trataban de matarles. Dicha persecución duró varios meses y desembocó en la muerte de un número desconocido de personas sometidas a condiciones de vida crueles, inhumanas y degradantes, sin acceso a alimentos ni a medicinas. En diversas ocasiones se bloqueó deliberadamente la ayuda humanitaria dirigida hacia ellos, en particular en la provincia de Orientale, privándoles de la ayuda necesaria para su supervivencia”.

Así pues, el informe argumenta minuciosamente (párrafos del 514 al 518) que los ataques sobre hutus podrían haber constituido un genocidio.

Esta conclusión resulta explosiva para el gobierno ruandés (que, como era previsible, ha reaccionado poniendo en peligro los acuerdos de pacificación regional), pero también es embarazosa e inconveniente para la ONU y para los gobiernos occidentales, hasta el punto de que existen dudas acerca de si se llegará a publicar oficialmente el informe.

Una gran negación

Todo esto obra igualmente en favor de cierto grupo de negacionistas del genocidio de Ruanda. Un libro de reciente aparición escrito por Edward S. Herman y David Peterson sobre el uso del término “genocidio” en los medios de comunicación y académicos (The Politics of Genocide [La política del genocidio, Monthly Review Press, 2010]) argumenta que el establishment occidental se ha “tragado una serie de informaciones propagandísticas sobre Ruanda que ha invertido los papeles de los criminales y de sus víctimas” (p. 51); el FPR no sólo asesinó a hutus, sino que fueron los “principales genocidas” (p. 54); el FPR emprendió “asesinatos a gran escala y limpiezas étnicas de hutus mucho antes del periodo entre abril y julio de 1994 (p. 53); esto contribuyó a que “la mayoría de las víctimas probablemente fueran hutus en lugar de tutsis” (citas con permiso de los autores, p. 58).

Según Herman y Peterson, “diversos observadores y participantes en los acontecimientos de 1994 afirman que la gran mayoría de las muertes fueron de hutus, en cifras que para algunos ascienden a los dos millones de personas” (p. 58). Pero las pruebas de tan impresionante afirmación consisten únicamente en una carta de un antiguo militar del FPR y en comunicaciones personales de un antiguo consejo de defensa ante el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (n.º 127, p. 132), los cuales fueron en ambos casos más participantes que “observadores”. Esto es suficiente para que estos autores rechacen la idea de “800.000 muertes o más, principalmente de tutsis” como propaganda del FPR y occidental (véase Adam Jones, «On Genocide Deniers - Challenging Herman and Peterson» [Sobre los negacionistas de genocidios: respuesta a Herman y Peterson], AllAfrica.com, 16 de julio de 2010).

Este libro merece atención por el hecho de que comienza con un extenso prólogo a cargo de Noam Chomsky, colaborador de Herman desde hace mucho tiempo. Chomsky sigue siendo para muchos un defensor ejemplar de los derechos humanos; incluso una cita suya encabeza el respetable sitio web académico en el que se ha publicado el informe de la ONU filtrado.

Muchos otros, sin embargo, se han forjado una opinión muy diferente después de leer sus comentarios acerca del historial de los Jemeres Rojos en Camboya, su indulgencia hacia los escritores que niegan el Holocausto y su manera de fomentar la negación del genocidio en Bosnia. Pero incluso en este contexto tan horripilante (utilizando una de las palabras favoritas de Chomsky), su respaldo a The Politics of Genocide, con su negación de los genocidios de Ruanda y de Bosnia da un paso más allá.

Una zona muerta

Este libro y el prefacio de Noam Chomsky revelan inadvertidamente hasta qué punto se ha vuelto multidireccional la política del genocidio. Es cierto que los propagandistas oficiales de Occidente minimizan “nuestros” crímenes y reflejan los de “nuestros” enemigos de manera excesivamente simplista, y que esta artimaña debe salir a la luz. Pero resulta igualmente claro que los propagandistas antioccidentales (entre ellos, Herman, Peterson y Chomsky) caen en los mismos subterfugios y distorsiones que el “otro” bando.

Según afirman, en los relatos oficiales occidentales, “las víctimas que causamos no son dignas de nuestra atención e indignación, y nunca sufren ‘genocidio’ a manos nuestras” (p. 104, las cursivas son del original). Sin embargo, en la visión antioccidental chomskiana se observa un proceso idéntico: los enemigos de Occidente, ya sean nacionalistas serbios o ruandeses del «Poder hutu», jamás han cometido “genocidio”, y sus crímenes son siempre de menor importancia que los de las fuerzas a las que respaldan los occidentales.

El periodista John Pilger elogia The Politics of Genocide en su portada diciendo que Herman y Peterson “defienden el derecho de todos nosotros a una memoria histórica fidedigna”. Pero este importante derecho jamás podrá ejercerse tratando a los hombres y a los niños de Srebrenica, a los albaneses de Kosovo masacrados y expulsados y a los tutsis que fueron objeto de las matanzas ruandesas como “víctimas indignas”.

Para los estudiosos sobre genocidios, este libro constituye una rica fuente de información, pero no aporta un análisis serio en favor de la “memoria histórica fidedigna”.


Fuente: http://www.opendemocracy.net/martin-shaw/politics-of-genocide-rwanda-and-dr-congo

Fecha de publicación del artículo original: 16/09/2010

Traducido por Ana Atienza.

Comenta este artículo   Volver arriba

Nota: los comentarios ofensivos podrán ser eliminados según nuestros criterios de moderación

   
Volver a la página Principal
Ver comentarios
Spip Sitio desarrollado con SPIP v1.9.2 , un programa Open Source escrito en PHP bajo licencia GNU/GPL.
Licencia de Creative Commons Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons, mientras no se indique otra cosa.