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Ignacio Escolar

Controlemos también a los notarios

Controlemos también a los notarios

Habla el vicepresidente, Alfredo Pérez Rubalcaba: “Quien le echa un pulso al Estado, pierde” (no, no habla de los mercados). A estas alturas del puente, con los aeropuertos funcionando, es obvio que los controladores han perdido. Dos veces. Contra la opinión pública, donde se han vuelto más impopulares que la SGAE; y contra el Gobierno, que ya tiene toda las bazas para reformar a este gremio manu militari. Su inexplicable enfermedad colectiva del viernes tiene un nombre: tendencia suicida. Lo que hicieron los controladores no fue una huelga, fue un inconsciente e irresponsable sabotaje. Y con él, perdieron toda la razón que pudieran tener para defenderse ante un precedente peligroso: que sea el Gobierno quien regule por decreto ley y con efecto retroactivo los convenios laborales.

Sí, es cierto que los controladores son una profesión muy privilegiada, gracias a su poderosa capacidad de presión y a la torpeza cómplice de varios ministros de Fomento, empezando por Rafael Arias-Salgado, que fue quien negoció con ellos, en 1999, el convenio que sentó las bases de este conflicto. Gracias a él, y a la mala gestión de AENA, los controladores lograron sueldos comparables a los de un notario. ¿He dicho notario? También podría haber dicho registrador de la propiedad.

Dicen desde Fomento que los altos costes salariales de los controladores españoles se notan después en las tasas aeroportuarias que pagamos con cada billete de avión, y que un país que vive del turismo no se lo puede permitir. Fomento tiene razón, era necesaria una reforma. Pero también somos uno de los países civilizados donde más caro, lento y complejo resulta crear una empresa, algo que en parte se explica por los altísimos ingresos que reciben esos privilegiados funcionarios, los notarios, cuyo trabajo apenas existe en el mundo anglosajón. Una pregunta retórica: ¿para cuándo los ‘militarizamos’?


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