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Sobre la intervención militar en Bosnia (José Luis Gordillo)

Nostalgia de otro futuro

Sección:Historia del antimilitarismo
Jueves 17 de marzo de 2011 1 comentario(s) 2499 visita(s)

Publicado en la revista En pie de Paz 30 (1993), como crítica a un texto anterior de Mariano Aguirre. La respuesta de Aguirre se publicó en el número 31 de la misma revista.

En el número 30 de En pie de Paz se publicó un artículo de Mariano Aguirre en el que, básicamente, se aconsejaba a los pacifistas que revisasen sus principios no violentos y se mostrasen favorables a una intervención militar limitada de Estados Unidos y la OTAN en Bosnia. Esta intervención se presentaba como el principal medio con el que se podría atajar la barbarie desencadenada por la guerra. Asimismo, se hacía en él una descripción de las líneas y los objetivos generales que debería perseguir dicha acción militar. El punto de vista de Mariano Aguirre es representativo de la posición de un sector de lo que queda del movimiento pacifista europeo.

A veces, como parece ser el caso, quienes hacen este tipo de propuestas asumen acríticamente la conocida dicotomía weberiana entre la «ética de la convicción” y la «ética de la responsabilidad». En consecuencia, tienden a contraponer la actitud de los pacifistas supuestamente preocupados sobre todo por «salvar su alma» (y mucho menos en salvar la vida de personas concretas), y la actitud de quienes «responsablemente» están dispuestos a sacrificar sus principios en aras del bien de los demás. Quienes recurren a dicha dicotomía lo hacen casi siempre para presentarse a sí mismos como los «responsables», y para presentar a quienes critican como «narcisistas éticos», utópicos, moralistas, dogmáticos y, en cualquier caso, como poco realistas.

Sería propio de ingenuos negar que cualquier intento de detener la guerra de los Balcanes con métodos no violentos parece, de entrada, muy utópico. Salvo que se confunda no violencia con pasividad, es un lugar común de la literatura pacifista subrayar que las acciones no violentas requieren una gran preparación y exigen un disciplinado entrenamiento por parte de quienes las llevan a cabo. Por otro lado, la viabilidad práctica de las acciones no violentas depende a menudo (aunque no siempre) del mayor o menor número de personas que participan en ellas. Hasta ahora, pocas veces Se ha intentado poner en pie una alternativa de lucha no violenta, organizada y masiva, con la que poder hacer frente a situaciones de tiranía, opresión y barbarie. Y mucho menos en relación con los conflictos étnicos de los Balcanes. Tal vez al final no haya más remedio que aceptar con resignación que, ante la magnitud de la tragedia, no se ve otra forma de parar las matanzas de Bosnia más que recurriendo a la fuerza militar. Pero esa será una conclusión a la que, en el mejor de los casos, Se llegará por desesperación, antes que por «realismo” o por sentido de la «responsabilidad». Conviene llamar a las cosas por su nombre; en especial cuando, con la cabeza fría, se repara en que la propuesta de parar la guerra mediante una intervención militar de Estados Unidos y la OTAN incluye también notables dosis de utopía.

En primer lugar, dicha propuesta lleva incorporada una cierta fe en la supuesta eficacia disuasoria de la fuerza militar. Por eso conviene señalar (y M. Aguirre parece ser consciente de ello) que tan probable es que el uso de la fuerza militar consiga amedrentar a los agresores, como que contribuya a impulsar una espiral de violencia sin fin. Así, por ejemplo, la protección militar de ciudades o el bombardeo selectivo de determinados objetivos (como las baterías o morteros que cotidianamente bombardean Sarajevo) pueden provocar, como reacción, la matanza de decenas de «cascos azules» empleados en la ayuda humanitaria, como de hecho ya han anunciado que harán los cabecillas militares de las varias bandas armadas que allí actúan. Si eso ocurriese, la lógica de la violencia exigiría, a su vez, una respuesta contundente e inmediata, pues, de lo contrario, los agresores se envalentonarían, etc., etc., y así sucesivamente.

Por otra parte, una intervención de Estados Unidos y la OTAN se llevaría a cabo a partir de los fines, proyectos (en el supuesto que las potencias occidentales fuesen capaces de ponerse de acuerdo 1) y métodos decididos por los... dirigentes políticos y militares de Estados Unidos y la OTAN. No se haría, desde luego, atendiendo a los proyectos y métodos propuestos por las personas bienintencionadas que, ante el horror de la guerra, piden una intervención militar pacificadora. En ese sentido M. Aguirre hace bien en aconsejar a los pacifistas que renuncien o revisen sus principios. Si no lo hicieran, les sería difícil poder aceptar a continuación los objetivos y los métodos de los dirigentes de Estados Unidos y la OTAN. Estos, hasta la fecha, no han mostrado ser muy humanitarios que digamos. La propuesta de intervención militar se fundamenta en la confianza de que los dirigentes de Estados Unidos y la OTAN, tras haber sido los principales responsables de la carrera de armamentos más peligrosa de toda la historia de la humanidad, después de haberse declarado partidarios de utilizar el arma nuclear incluso tras la desaparición de la Unión Soviética, después de haber llevado a cabo matanzas tan «humanitarias» como las de la guerra del Golfo y haber apoyado múltiples golpes de estado en decenas de países, se conmuevan por los sufrimientos de los bosnios o se sientan presionados por la opinión pública y, por una razón o por otra, intervengan para, por una vez, hacer algo distinto a lo que han venido haciendo en el último medio siglo. Convengamos, como mínimo, en que dicha confianza también parece bastante utópica.

La realidad es que hasta ahora, como reconoce M. Aguirre, los dirigentes de las potencias occidentales se han mostrado reacios a implicarse militarmente en los Balcanes. Desde sus intereses y proyectos (o desde la ausencia de los mismos), una intervención militar tendría pocas ventajas y muchos inconvenientes. Uno de ellos sería el coste político que se debería asumir por las previsibles muertes de soldados occidentales. Tal vez en eso un hipotético movimiento por la paz favorable a una intervención militar podría jugar un papel relevante: podría generar una corriente de opinión favorable a estimar aceptables dichas muertes. Para ello, sin embargo, sería necesario, no Sólo que los pacifistas renunciasen o revisasen algunos de sus principios, sino que renunciasen también a continuar impulsando alguna de las campañas en las que se han implicado en los últimos años. De entrada, por ejemplo, parecen incompatibles el apoyo a una intervención militar y el sostén a insumisos y objetores. Es más: ese hipotético movimiento por la paz debería alentar el alistamiento de los jóvenes en la fuerza intervencionista, pues sería sumamente hipócrita decirle a un padre, madre, hermana, novia, novio, amigo o pariente de un soldado muerto en los Balcanes, que tiene el mismo valor moral la muerte de éste que la negativa de quienes no quieren alistarse en el ejército por razones de conciencia.

En última instancia, la eficacia práctica de un movimiento de estas características dependería de las decisiones que finalmente tomasen los dirigentes occidentales y de que la intervención militar realmente contribuyera a parar las masacres, y no a realimentar la espiral de la violencia.

El dilema, pues, no consiste en elegir entre los principios y la responsabilidad o entre la utopía y el realismo, sino entre diversas propuestas de acción que responden a determinados principios y que ―como no podía ser de otra manera— contienen cada una de ellas un cierto grado de utopía.

¿Con eso está dicho todo? No, ni mucho menos. M. Aguirre lleva muchísima razón cuando insiste en recordar la brutalidad de la guerra de los Balcanes, y la necesidad de hacer algo para detener las matanzas y aliviar el sufrimiento de tantas personas. Pero, en mi opinión, no hemos avanzado mucho en esa dirección si nos dedicamos a presionar a los gobiernos y a esperar que los dirigentes de Estados Unidos y la OTAN tomen la decisión de intervenir; o bien, si ciframos todas nuestras esperanzas en los efectos disuasorios del uso de la fuerza militar.

A algunos de nosotros nos parece que lo más práctico (y no sólo lo que está más de acuerdo con nuestros principios) Consiste en intentar hacer todo aquello que esté al alcance de nuestras posibilidades y de
nuestras fuerzas, y que además no dependa de más decisión que la nuestra. Quienes estamos a favor de una intervención civil y no violenta en la guerra de los Balcanes creemos que ésta, no sólo parece interesante porque no nos obliga a reflexionar sobre la relación entre nuestra cabeza y nuestro corazón, sino también porque permite empezar a actuar inmediatamente, sin esperar a que los dirigentes de Estados Unidos y la OTAN se pongan de acuerdo y den un giro de 180 grados respecto a lo que ha sido su brutal y desalentadora política tradicional.

Hay cosas que Se pueden hacer en esa dirección y algunas las apunta el propio M. Aguirre. Toda guerra precisa de una gran cooperación social para poderse realizar. Si dicha cooperación cesa, los dirigentes políticos y militares se enfrentan a problemas graves para poder continuar los combates. En ese sentido son ilustrativas las experiencias de la primera guerra mundial, la guerra de Argelia o la guerra del Vietnam. Los movimientos de oposición interna a la guerra en Serbia y en Croacia pueden llegar a ser decisivos para determinar el cese de los combates.

Según fuentes de dichos movimientos, se calcula que existen trescientos mil desertores en Serbia. Asimismo, se estima que el 90% de los jóvenes albaneses de la región de Kosovo se ha negado a acudir a filas. Su situación es precaria. Precisan de apoyo moral y financiero y de lugares de refugio. No estaría mal organizar redes de acogida en nuestros respectivos países para los desertores y objetores de todos los bandos. Tal vez eso alentaría a muchos más soldados a desertar. El todavía minoritario movimiento de oposición interna a la guerra precisa de reconocimiento internacional. Es imprescindible que su voz se oiga en todos los medios de comunicación occidentales o en las supuestas negociaciones entre los jerifaltes nacionalistas de Serbia y Croacia. Tampoco parece demasiado difícil crear foros alternativos de negociación y encuentro —o potenciar los que ya existen, como el de Verona- entre movimientos y colectivos opositores de las distintas Repúblicas. Por último, tampoco parece demasiado difícil (aunque sí más arriesgado) plantearse acciones masivas de solidaridad o protesta en Belgrado o en Zagreb en coordinación, por ejemplo, con las Mujeres de Negro de una u otra ciudad.

No es mucho, lo reconozco, pero ya es algo. Y algo que se puede hacer a partir de mañana mismo y que puede dar un cierto protagonismo a los movimientos sociales y a las poblaciones, las principales víctimas de las guerras, y restárselo a los Estados, a los proto-Estados y a sus respectivas bandas armadas.

Notas

1. En Yugoslavia a principios de los años noventa se dirimió, por país interpuesto, un tour de force entre la Alemania recién unificada y Estados Unidos que, tras la disolución del Pacto de Varsovia, se había quedado sin excusa formal para continuar tutelando la política europea. Alemania era partidaria de la independencia de Croacia y Eslovenia; Estados Unidos, por el contrario, se mostraba favorable a mantener la unidad de Yugoslavia. Lo que estaba en juego era si una potencia europea —Alemania— podía decidir sobre una cuestión europea sin tener que consultar a Estados Unidos. Véase P. Gowan, «La OTAN y la tragedia de los Balcanes»: Viento Sur 44 (1999), pp. 63―88.


Extraído de Nostalgia de otro futuro: la lucha por la paz en la posguerra fría, José Luis Gordillo, Ed. Trotta (2009)

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Comentarios


  • Sobre la intervención militar en Bosnia (José Luis Gordillo)

    26 de marzo de 2011, por maquiavelico

    Es justo así lo que pasó. Primero políticos nacionalistas manipulados. Luego la guerra con un enfrentamiento de fondo entre Alemania y USA. Finalmente la división de un país que había sido un modelo de convivencia y socialismo autogestionario. Y con todo, de todas las misiones nefastas del ejército español, es la única en la que hizo algo de utilidad, gracias a la sanidad principalmente.



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