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Manifiesto de intelectuales e investigadores para la paz: El intervencionismo humanitario en Libia

Espai Icària

Sección:Intervencionismo humanitario y misiones de paz
Miércoles 30 de marzo de 2011 0 comentario(s) 2122 visita(s)

http://icarialibros.blogspot.com/20...

A continuación os adjuntamos un manifiesto firmado por intelectuales y miembros de la sociedad civil que combate con palabras al militarismo y a aquellos que lo defienden. En nuestras televisiones vemos imagenes de visión nocturna de los bombardeos sobre Trípoli; según ellos es una intervención casi «quirúrgica». La segunda fotografía nos recuerda que tras esa aparencia de videojuego existen las muertes reales del sucio juego del petróleo.

Ante el desvarío de críticas y menosprecio que se están vertiendo contra pacifistas o personas que por razones diversas se oponen a la intervención militar en Libia, nos parece oportuno introducir en el debate que se está produciendo algunas preguntas y precisiones.

Antes de dar nuestro apoyo a la utilización de la fuerza militar en cualquier conflicto que puede derivar en guerra, la primera pregunta que nos deberíamos formular es: ¿qué complicidades existen desde la comunidad internacional o desde nuestro propio Estado? ¿Se encuentran estas entre las causas que han motivado el conflicto? Es decir, se trata de preguntarnos si existen intereses económicos o políticos por parte de nuestros propios Estados respecto del país que se pretende atacar.

La segunda pregunta no es de menor enjundia, pues también apunta a una cuestión decisiva para un comportamiento ético en política. ¿Se ha prestado ayuda militar o vendido armas por parte de los Estados que están interviniendo a ese gobierno despótico al que ahora se pretende derrocar?

Resulta evidente que, en el caso de Libia, hace apenas unas semanas, numerosos países occidentales firmaban convenios comerciales, establecían negocios conjuntos, prestaban ayuda financiera, instalaban industrias de extracción de hidrocarburos y, además, le vendían armas. Todo ello a sabiendas de que se beneficiaba a Gadafi y a su círculo más íntimo y no a la población libia, y a pesar del historial criminal del dictador, quien no mostró mejores maneras con el pueblo libio tras su acercamiento a Occidente, ni dejó de proporcionar armas y apoyos de todo tipo a grupos rebeldes y regímenes totalitarios y colaborar y financiar ataques contra población civil en numerosos países. Pese a ello, el dictador Gadafi se convirtió en un firme aliado y fue recibido con honores por buena parte de los países y dirigentes que hoy le demonizan.

Pero hay más preguntas, también importantes: ¿se habían agotado todos los medios políticos al alcance de la comunidad internacional para resolver el conflicto?, ¿no existen dudas razonables de que la medida militar adoptada tiene muchas probabilidades de provocar una mayor escalada de violencia y un mayor sufrimiento?

Además, resulta de una enorme hipocresía esgrimir el derecho a proteger a la población de Libia mediante el uso de la fuerza, mientras existen un sinfín de escenarios en el mundo donde no se hace absolutamente nada. Pues en todos los países árabes sin excepción existen dictaduras y algunas están masacrando a su pueblo, como en Yemen o Siria; o se pasa por alto el envío de tropas de Arabia Saudí a Bahréin para reprimir las revueltas de su población; o el angustioso caso de Palestina, que no hace falta detallar por ser demasiado conocido; por no mencionar la parálisis de la comunidad internacional en los casos de Chechenia, Guinea Ecuatorial, R.D. del Congo, Zimbabue y tantos otros. Y, en definitiva, ¿dónde se encuentra la responsabilidad de proteger cuando conocemos que, cada día, decenas de miles de personas mueren como consecuencia de la desnutrición o enfermedades fácilmente curables? ¿Son estas últimas maneras de morir menos dramáticas? ¿Es la responsabilidad de las autoridades menor? ¿Nos importa acaso más quién mata que quién muere?

Pero, además, antes de optar por la vía militar, existían medidas políticas de presión para frenar el conflicto, aislar al gobierno de Libia y expulsar a Gadafi del poder, si es que de eso se trata. Como arbitrar la congelación inmediata de todas las cuentas bancarias e intereses en empresas de Gadafi y su gobierno en el exterior (todavía no ha sido el caso en Italia y en otros lugares, a pesar de la obligatoriedad de las sanciones). Embargos económicos que debían paralizar todas las transacciones comerciales, incluidas las armas y los hidrocarburos; así como el reconocimiento de los rebeldes; y especialmente, presionar para convocar una conferencia regional en que participaran, además de gobierno y rebeldes, otros muchos actores representativos libios y los países árabes de la región, que posibilitara la resolución del conflicto. Conferencia que debería tener como objetivo terminar con la dictadura y facilitar una transición política.

Una vez expuestos los argumentos que deberían hacernos reflexionar sobre las bondades de una intervención militar por causas humanitarias liderada por muchos de quienes formaron parte del problema, queremos dar nuestro apoyo a los escasos pacifistas y gentes que han levantado su voz frente al obsceno espectáculo de guerra desplegado en Libia. Así como denunciar el coro farisaico y la impostura intelectual de quienes se dedican a menospreciar, reírse o insultar a los que critican esta nueva guerra. El valor moral de la noviolencia es muy superior al pragmatismo de la violencia como forma de solucionar los conflictos, como han mostrado los valientes luchadores contra la tiranía de Egipto o Túnez.

Xavier Badia, Alfons Banda, Pepe Beunza, Jaume Botey, Paco Fernández Buey, Jordi Calvo, Manuel Dios, Tica Font, José Luís Gordillo, Rafael Grasa, Elena Grau, Vicent Martínez Guzmán, Eduardo Melero, Anna Monjo, Arcadi Oliveres, Pere Ortega, Alejandro Pozo, Carles Riera, Gabriela Serra, Neus Sotomayor, Carlos Taibo, José María Tortosa, Francesc Tubau

Firmantes:

Xavier Badia, profesor de Instituto

Alfons Banda, presidente de la Fundació per la Pau

Pepe Beunza, primer objetor de conciencia de España

Jaume Botey, profesor de historia contemporánea de la Univesitat Autònoma de Barcelona

Paco Fernández Buey, profesor de ciencias sociales de la Universitat Pompeu Fabra

Jordi Calvo, investigador del Centre Delàs d’Estudis per la Pau (Justícia i Pau)

Manuel Dios, Presidente del Seminario Galego de Educación para a Paz

Tica Font, directora del Institut Català Internacional per la Pau

José Luís Gordillo, profesor de derecho internacional de la Universidad de Barcelona

Rafael Grasa, Presidente del Institut Català Internacional per la Pau y profesor de relaciones internacionales de la Univesitat Autònoma de Barcelona

Elena Grau, educadora y investigadora del Institut Català Internacional per la Pau

Vicent Martínez Guzmán, director de la Cátedra Unesco de Filosofía para la Paz de la universidad de Castellón

Eduardo Melero, profesor de derecho administrativo de la Universidad Complutense de Madrid

Anna Monjo, directora de editorial Icaria

Arcadi Oliveres, presidente de Justícia i Pau y profesor de economía aplicada de la Universitat Autònoma de Barcelona

Pere Ortega, coordinador del Centre Delàs d’Estudis per la Pau (Justicia y Paz)

Alejandro Pozo, investigador del Centre Delàs d’Estudis per la Pau (Justicia y Paz)

Carles Riera, profesor de ciencias sociales de la Universitat de Barcelona

Gabriela Serra, activista del movimiento por la paz

Neus Sotomayor, Directora de la Universitat Internacional per la Pau de Sant Cugat

Carlos Taibo, profesor de ciencia política de la Universidad Autónoma de Madrid

José María Tortosa, profesor de sociología de la Universidad de Alicante

Francesc Tubau, profesor de catalán y activista de la Plataforma Aturem la Guerra

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