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Josu Juaristi, Gara

 Acuerdo de Schengen: la derecha y Frontex ganan

Acuerdo de Schengen: la derecha y Frontex ganan

La jugada le está saliendo perfecta a Berlusconi y a la Liga Norte. El permiso de residencia temporal concedido a centenares de inmigrantes tunecinos para incitarles a salir de Italia y provocar la reacción francesa ha terminado por abrir una crisis en toda regla en la Unión Europea, amplificada por la increíble debilidad de la Comisión y la hipocresía general de los Veintisiete. La deriva derechista se agrava en la UE.

Si la Comisión Europea tuviera un mínimo de sustancia habría detenido esta crisis antes de que se gestara. Si la Comisión Europea fuera un ejecutivo de verdad habría llamado a capítulo a Roma y París y les habría abierto expediente por el espectáculo de Ventimiglia, donde un grupo de inmigrantes con permiso de residencia temporal especial concedido con fines no humanitarios por el Gobierno de Silvio Berlusconi fue bloqueado por la Policía francesa en la frontera. Si la Comision Europea pintara algo en las cuestiones políticas (no técnicas) comunitarias le habría cantando las cuarenta al embajador permanente danés ante la Unión Europea por el hecho de que el Gobierno de Copenhague hubiera montado semejante circo con el anuncio de la reintroducción de controles fronterizos en lugar de pasar la notificación pertinente para hacer lo mismo, es decir, para hacer lo que les entre en gana en la frontera, que es lo que hacen todos los estados miembros. Si la Comisión Europea mereciera su nombre habría amonestado en público y en privado a los Veintisiete por ofrecer un espectáculo tan deplorable a sus conciudadanos, que ven como a partir de que un Gobierno que aplica medidas pre fascistas en su territorio con total impunidad (el italiano), otro (el francés) entra al trapo por motivos tan populistas y electoralistas como los de Berlusconi y un tercero (el danés) demuestra cómo la ultraderecha está condicionando ya sin rubor el desarrollo del proceso de construcción europeo.

Pero si la Comisión no tiene ni chicha ni limoná es porque los estados lo quieren así. Ni tan siquiera cabe ensañarse con su inoperante presidente, Durao Barroso. Aunque cabría añadir que Delors difícilmente habría caído en una trampa tan burda. Ni tan siquiera Prodi.
Tras decir amén a la petición conjunta franco-italiana de flexibilizar aún más Schengen, la Comisión Europea ha tratado de salvar la cara advirtiendo a Dinamarca de que su plan de reintroducir los controles fronterizos podría violar la legislación comunitaria. Las carcajadas de la derecha danesa han debido de resonar más allá del puente de Oeresund. Copenhague, sólo con prometer que se limitará a establecer controles aduaneros de mercancías, no de personas, contentó al resto de ministros comunitarios del ramo, que pasaron a otra cosa.
De momento, la pelota está en el tejado de Barroso, que debe presentar un texto de compromiso mediante el cual las reglas para pasar de Schengen sin aparentar que violan Schengen estén más claras para todos. Consejo Europeo el 24 de junio.

Planteemos el tema como si de un típico Q&A se tratara:

¿Está el Acuerdo de Schengen en peligro? En absoluto. Ni Italia, ni Francia ni tan siquiera Dinamarca han hecho o amenazado con hacer nada que el resto de estados miembros del espacio Schengen no haga ya, previa notificacion o sin notificacion alguna. Los estados restauran los controles en las «fronteras internas» cuando les da la gana. Schengen queda muy bonito para hablar de libertad de circulación en el seno de la Unión, pero su respeto y cumplimiento deja mucho que desear. La percepción física de la frontera es menor en muchos puntos entre estados acogidos a Schengen, pero eso no significa que hayan desaparecido ni que no existan ya medidas de control y vigilancia.

Entonces, ¿por qué este revuelo? Porque la Unión Europea es extremadamente débil en su dimensión política y porque hay fuerzas interesadas en reforzar la deriva derechista de las políticas comunitarias. Silvio Berlusconi, que impone medidas pre fascistas en Italia en el ámbito de la inmigración (y en otros), está marcando la agenda al resto de la Unión Europea, aunque parezca increíble. Es una consecuencia más del dominio de la derecha en el Consejo y Parlamento europeos y del auge de la ultraderecha en muchos estados miembros. El modelo europeo se rompe por dentro.

¿Será revisado el Acuerdo de Schengen? Probablemente. No exigirá una reforma del mismo ni de los tratados de la Unión, desde luego. Será una «clarificación técnica» mediante la cual cada Estado podrá seguir haciendo lo que quiera, como hasta ahora. Seguramente bastará una declaración recogida en el pliego de conclusiones de la cumbre de junio. El mensaje que lanzarán los Veintisiete será que la discusión ha reforzado el Acuerdo de Schengen. En realidad, será el espíritu intergubernamental de Schengen el que saldrá reforzado.

¿Nada cambia, por lo tanto? De hecho sí. La principal consecuencia de este juego político desatado o provocado en torno a Schengen será, posiblemente, el endurecimiento imparable de los controles en las fronteras exteriores de la Unión. Quien gana es Frontex. Lo que subyace tras esta polémica es lo que quiere transmitir la derecha: si no queremos tener problemas en nuestras fronteras internas cerremos las externas, para que no haya inmigrantes que controlar, detener o expulsar en nuestro espacio «interno». Ganan quienes buscan en todo momento instaurar la perversa relación entre inmigración y criminalidad. El ministro francés de Interior lo ha dicho bien clarito: «No es necesario reescribir el Acuerdo de Schengen, bastará con que los ministros de Interior de la UE adoptemos una decisión y demos las instrucciones pertinentes a Frontex».

Conclusión: la Unión Europea está en fase de revisión general, y Schengen -mejor dicho, cómo abordar la cuestión de la inmigración en época de vacas flacas y de auge del discurso ultraderechista- se acaba de sumar al orden del día de la reforma global, que afecta ya de lleno a la política regional y a la agrícola (entre ambas se comen la práctica totalidad del presupuesto comunitario). Están en cuestión, además, la política económica y financiera y los instrumentos para generar una política exterior y de seguridad común de que se ha dotado la Unión. La Unión Europea sigue encerrándose en sí misma y esa es la mejor vía para que implosione.

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