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Afganistán: El ejército de EE.UU. libró una auténtica batalla contra los británicos

Rajiv Chandrasekaran, guardian.co.uk

Sección:Afganistán
Jueves 12 de julio de 2012 0 comentario(s) 1281 visita(s)

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Los marines estadounidenses y los asesores civiles británicos libraron dos guerras en las montañas de la provincia Helmand a mediados de 2010: por un lado se enfrentaban a los talibanes y por otra parte los unos contra los otros.

La disputa entre los aliados comenzó con la llegada en esa primavera de más fuerzas de marines como parte de la ‘oleada’ estadounidense, pero la tensión tuvo sus raíces en el verano de 2006, cuando los comandantes británicos decidieron establecer puestos avanzados en los distritos de Sangin y Musa Qala que fueron rápidamente sitiados y casi invadidos por los talibanes.

En Musa Qala, la primera ola de soldados británicos casi se quedó sin municiones después de tres meses de terribles combates. Sin una manera fácil de reabastecerlos –era demasiado arriesgado conducir convoyes o enviar helicópteros Chinook de dos rotores, los únicos que tenían los británicos– los comandantes desesperados aceptaron una sospechosa oferta de un líder tribal en el distrito: si los soldados británicos se iban, dijo el líder, también lo harían los insurgentes y los residentes se harían cargo de la seguridad. Los británicos partieron en un convoy de camiones locales.

La tregua duro poco, y en el mes de febrero siguiente cientos de combatientes talibanes habían vuelto a ocupar la zona llevando a los británicos, con la ayuda de la 82 división aerotransportada del ejército de EE.UU., a realizar una operación masiva a finales de 2007 para recuperar el control del centro del distrito. Lograron expulsar a los talibanes de la ciudad. Luego los británicos se detuvieron. Establecieron líneas de fuego a unos 6 kilómetros al norte y el sur del centro de la ciudad; todo lo que estaba más allá era territorio insurgente.

En Sangin no se pudo llegar a un acuerdo, por lo tanto los comandantes británicos enviaron más fuerzas. Todavía no tenían el personal necesario para lograr una ventaja decisiva.

Los insurgentes instalaron fábricas de bombas en un valle que tocaba la fuente del río Helmand y establecieron un pacto informal de defensa mutua con los señores de la droga que dirigían una red de laboratorios de procesamiento de opio en aldeas en las laderas de los cerros. Los comandantes británicos empeoraron las cosas al extender sus tropas en diferentes pequeños puestos avanzados a lo largo del valle, condenándolas a una misión inútil: eliminarían a los insurgentes de pequeñas partes del distrito, pero luego tenían que seguir adelante. Los talibanes volvían a ocuparlas, obligando a los británicos a atacar las mismas áreas una y otra vez. Los exuberantes trigales y densos huertos de adormideras de opio de Sangin se convirtieron rápidamente en campos de la muerte. De 2006 a 2010, las bombas y balas de los talibanes en el distrito costaron la vida a más de 100 soldados británicos, cerca de un tercio del número total de muertos en ese período en el país.

Poco después del final de la tregua en Musa Qala, el máximo comandante de EE.UU. y de la OTAN de la época, el general Dan McNeill, dijo a un funcionario estadounidense visitante que los británicos hicieron “un desastre en Helmand”. En enero de 2009, el gobernador afgano de Helmand, Gulab Mangal, hizo una breve visita a Sangin, donde descubrió que los insurgentes operaban impunemente a no más de 500 metros del centro del distrito. Mangal se enfureció cuando los soldados británicos le contaron que no era seguro ir al bazar o a cualquier sitio a más de 200 metros del principal campamento británico. “Dejad de llamarlo el distrito Sangin y comenzad a llamarlo la base Sangin. Todo lo que habéis hecho es construir un campamente militar cerca de la ciudad”, se quejó.

Mangal se enojó aún más cuando el comandante del ejército afgano y el gobernador del distrito le dijeron que los soldados británicos “estaban allanando viviendas, caminando por los techos de las casas y tratando mal a la población, incluso apuntando a las personas con sus armas y entrando en las áreas de trabajo de las mujeres”, según un cable del Departamento de Estado que describió la visita.

La decepción con respecto a los británicos se extendió a Kabul. Hacia finales de 2008, el presidente afgano Hamid Karzai puso en duda la efectividad de los británicos durante una reunión con los senadores estadounidenses John McCain, Joe Lieberman y Lindsey Graham. Contó una anécdota sobre una mujer de Helmand que le pidió que “sacara a los británicos y nos devolviera los estadounidenses”.

Los funcionarios británicos insistieron en que sus problemas en la provincia provenían de la falta de personal. A diferencia de los canadienses, que cedieron solo a regañadientes partes de la provincia Kandahar a los estadounidenses, los comandantes británicos estaban ansiosos de renunciar a la responsabilidad de amplios sectores de Helmand. Para no quedar mal, el Ministerio de Defensa deseaba un rescate discreto. Los británicos querían unos pocos soldados estadounidenses para que ayudaran en el centro y el norte de la provincia. Eso permitiría que los británicos entregaran [los distritos de] Garmser y Nawa y evitaran tener que ocuparse de Marja. Se concentrarían en Lashkar Gah, la comunidad de Nad Ali y los distritos norteños de Musa Qala y Sangin. Los británicos también insistieron en conservar el control de la oficina de reconstrucción de Lashkar Gah, que recibía sus órdenes del Foreign Office [Ministerio de Exteriores] de Londres, no de la sede de la OTAN en Kabul.

La decisión de enviar a los impetuosos marines de EE.UU. a Helmand en lugar de a Kandahar puso boca abajo las esperanzas británicas de encontrar un delicado equilibrio entre los aliados. El máximo comandante de los marines en Afganistán era Larry Nicholson, un hábil practicante de la guerra moderna cuyos intereses sin uniforme incluían escuchar a Katy Perry y mirar Downton Abbey, y cuando llegó su brigada había más estadounidenses que británicos en la provincia. Nicholson se molestó rápidamente ante la actitud británica en la lucha contra la insurgencia.

Detestaba el establecimiento de líneas de fuego que los británicos no cruzaban, y sintió reticencia cuando vio que los soldados afganos estaban segregados en campamentos en las bases británicas. Propugnó una verdadera colaboración, no un vestigio de actitud colonial hacia los nativos, y eso significó comer y vivir juntos. Lo que más le molestó, sin embargo, fue el equipo británico de reconstrucción. Los miembros del equipo tenían sus propios puntos de vista sobre qué partes de la provincia merecían atención militar, y no siempre coincidían con los de Nicholson.

Era de esperar, porque los británicos habían tratado de priorizar durante tres años una misión sin el personal necesario. Pero EE.UU. había inyectado 10.672 marines en Helmand y Nicholson quería los derechos de voto que correspondían al accionista mayoritario.
Las tensiones estallaron durante la primera operación de los marines, la ofensiva en Nawa, Garmser y Khan Neshin. Los británicos pensaron que era una pérdida de tiempo penetrar en lo profundo del Desierto de la Muerte y realizar una misión de contrainsurgencia hecha y derecha en Khan Neshin. Lo que importaba a Nicholson era que el gobernador Mangal quería que los marines se dirigieran allí. Cuando el funcionario del Departamento de Estado Marc Chretien visitó la oficina de reconstrucción dos meses después del comienzo de la operación, los ánimos estaban muy encrespados.

“Vuestros marines parecen haber excedido el plan de operaciones” le dijo un teniente coronel británico.

“Bueno, por supuesto”, replicó Chretien. “Son marines. Son perros de guerra. Es lo que hacen”.

Cuando Chretien informó de que iba a Helmand a un general británico de tres estrellas que estaba visitando la provincia Anbar, el general le dijo: “Queremos un matrimonio con vosotros yanquis en Helmand, no una violación durante una cita”. Chretien tomó en serio la solicitud y repitió la cita al coronel Mike Killion, el máximo oficial de operaciones de Nicholson, antes de una reunión que tuvo con el jefe de la oficina de reconstrucción en septiembre de 2009. Killion era un marine amigo de las palabrotas con una caja de rapé en su bolsillo que supervisaba las misiones diarias de combate de la brigada.

“Listo”, dijo Killion a Chretien mientras entraban para reunirse con Hugh Powell, un diplomático educado en Oxford que dirigía la oficina de reconstrucción y supuestamente tenía el mismo rango que Nicholson y el general británico en la provincia. La reunión comenzó con una serie de bromas y luego un poco de historia. “Helmand era un sitio idílico”, dijo Powell, “y entonces llegaron vuestros marines”.

Killion pensaba que la provincia había sido invadida por los talibanes debido al apaciguamiento británico. “Mire, amigo, no cuesta ser idílico si uno se queda sentado sobre su trasero”, gruñó. “Estamos aquí para vencer”.

La reunión degeneró. Y también la relación. Cuando los marines avanzaron hacia Now Zad en diciembre de ese año, la sucesora de Powell, Lindy Cameron, se negó a suministrar el mismo tipo de recursos de reconstrucción asignados a otros distritos en la provincia porque pensaba que no tenía sentido tratar de reconstruir una ciudad que en ese momento había sido completamente abandonada por su población. “Nos fastidiaron”, me dijo furioso Nicholson en aquel entonces. “Y hablan de que todos estamos en el mismo equipo”.

Cameron tenía un argumento legítimo, pero los marines no querían escucharlo. Habían descartado la oficina de reconstrucción como perdidamente desconectada de la guerra, un punto de vista reforzado por las frecuentes fiestas y eventos sociales que tenían lugar en el complejo de la oficina en Lashkar Gad. No era tan alocado como en la embajada de EE.UU. en Kabul, pero los oficiales de Nicholson se mostraban incrédulos al saber que la oficina había realizado una juerga “Las Vegas chulos y furcias” mientras los marines combatían para pacificar Marja.

También estallaron desacuerdos en Musa Qala después de que los marines sustituyeran a los soldados británicos a principios de 2010. En 48 horas, los estadounidenses penetraron la línea del frente y ocuparon una localidad que había sido desde hace tiempo un bastión de los talibanes.

A continuación las unidades de marines comenzaron a atacar a los insurgentes mucho más allá de la antigua línea meridional. “No perseguían a los talibanes” dijo de los británicos el comandante de marines en el distrito, teniente coronel Michael Manning. “Iremos en su busca”.

Cuando visité Musa Qala en julio de 2010, Manning hizo pocos esfuerzos por ocultar su frustración con el ritmo seguido por los representantes de la oficina de reconstrucción del área. La gran mezquita de Musa Qala, que había sido destruida en la operación militar de 2007, debería haber estado reparada dos años antes. Seguía siendo un gigantesco hoyo. Los británicos también habían prometido construir un puente sobre el lecho de un río que se inunda todos los inviernos, obligando a la gente a utilizar trasbordadores. “Estuvieron aquí cuatro años”, dijo otro oficial de los marines mientras miraba hacia el río que seguía sin tener puente. “¿Qué hicieron?”

Los funcionarios británicos insistieron en que la construcción de la mezquita y del puente se había retrasado porque habían estado enseñando al gobierno afgano cómo hacerse cargo de semejantes proyectos. “La actitud estadounidense es que se hagan las cosas. Nuestro enfoque es que se refuerce al gobierno para que lo haga”, me dijo un funcionario gubernamental británico en Helmand.

Las disputas entre los aliados pronto llevaron a una diferencia más fundamental sobre la estrategia de la guerra: los marines buscaban la expansión; los británicos querían reducir los gastos. En la primavera de 2010, había en Helmand 21.000 soldados estadounidenses, en su mayoría marines, en comparación con unos 9.000 británicos.

Los marines querían avanzar hacia el sur a la ciudad de Barham Chah en la frontera paquistaní, y hacia el oeste a la vecina provincia Nimruz, que linda con Irán. Ninguna de las dos incursiones parecía ajustarse a la misión de contrainsurgencia del general Stanley McChrystal. Barham Chah era pequeña, y los sujetos malos en los que estaban interesados los marines –insurgentes y contrabandistas de drogas– a menudo conducían por el desierto, evitando la ciudad. Nimruz era sobre todo arena. El comando de la OTAN le daba tan poca importancia estratégica que era una de solo cuatro provincias que carecían de un equipo de reconstrucción. Pero los marines veían peligro, y potencial.

Sus informes de inteligencia indicaban que los combatientes talibanes utilizaban la parte septentrional de la provincia para realizar ataques en Helmand. Comenzaron a construir una amplia base en el borde nororiental de la provincia. Los planes originales del campamento incluían dos pistas de aterrizaje, un hospital de campaña avanzado, una oficina de correos, un gran negocio de artículos varios y filas de remolques de vivienda. Nicholson esperaba que más de 3.000 marines –la décima parte de las tropas de la ‘oleada’– estuvieran allí a mediados de 2010. Pero la ambición de los marines no tomó en consideración la fatiga británica.

A medida que aumentaban las bajas británicas en 2009 –julio de ese año fue el mes más sangriento hasta entonces para las fuerzas británicas en Helmand– el débil apoyo del público a la guerra disminuyó aún más dentro del país, originando llamamientos a un cambio de estrategia. Algunos en el Partido Laborista llamaron a una retirada total para finales de ese año. Era evidente que la posición de Gran Bretaña en Helmand tenía que cambiar si Gordon Brown quería impedir una verdadera revuelta. El primer paso del gobierno fue informar a la administración de Obama de que no aumentaría las fuerzas, ni siquiera nominalmente, en tándem con la ‘oleada’ estadounidense. Luego, el Ministerio de Defensa instruyó a los comandantes militares para que prepararan planes secretos para entregar Sangin y Musa Qala a los estadounidenses y se consolidaran en partes menos peligrosas de la provincia.

El deseo británico de ceder Sangin quedó claro en diciembre de 2009 cuando David Cameron, que llegaría a ser primer ministro en algunos meses, visitó Helmand. Sus compatriotas, dijo, estaban “demasiado dispersos”. Para entonces, 245 soldados británicos habían muerto en Afganistán. Otra estadística, también evaluada por los dirigentes británicos: aunque tenían un 30% de las tropas en Helmand, eran responsables de un 70% de la población.

Cuando Cameron se reunió con Nicholson y su asesor político, Kael Weston, el máximo comandante británico en Helmand, el brigadier general James Cowan, comenzó a establecer la base de un giro al subrayar el sacrificio británico. Cowan dijo que recientemente había consultado al hospital de campaña británico cercano al Campo Leatherneck en Helmand, que trataba a estadounidenses y británicos, cuánta sangre habían transfundido el mes anterior. La respuesta, informó Cowan, fue que se había utilizado mucha más sangre para los británicos –porque habían tenido muchas bajas– que para los marines.
Un silencio embarazoso se originó en la sala. Cameron no dijo nada. Después de 10 segundos, Weston dio su opinión. “Ya hemos derramado suficiente sangre aquí”, dijo.

Al mes siguiente, cuando el secretario de Exteriores [laborista] David Miliband visitó Helmand, un asistente le entregó una nota durante su reunión con Nicholson y Weston. Otros dos soldados británicos habían muerto en Sangin. En ese momento Weston comprendió los riesgos para ambas naciones: los británicos ya no podían soportar esos mensajes, pero eso significarían más notificaciones semejantes para Nicholson y sus sucesores de los marines. A medida que continuaba la reunión a Weston le pareció que Miliband estaba pidiendo discretamente a Nicholson que ayudara a Gran Bretaña en lugar de presentar el asunto de un modo más importante a Hillary Clinton o al secretario de Defensa de EE.UU., Robert Gates. Poco después, Weston escribió un cable al embajador Eikenberry titulado “EE.UU.-Gran Bretaña en una encrucijada”. Argumentó que EE.UU. tenía que sacar con cuidado a su más cercano aliado de las partes más duras de Helmand, no obligar a los británicos a resistir. Eikenberry estuvo de acuerdo y redactó un memorándum que envió directamente a Clinton.

Nicholson aceptó enfrentarse en Musa Wala, pero no quería hacerlo en Sangin. Los oficiales de su personal se burlaban de los británicos. Lo importante de la ‘oleada’ estadounidense, tal como la veían, era llegar a sitios donde no había fuerzas de la coalición, no rescatar la parte del país ocupada por el segundo contingente militar en Afganistán.
Los oficiales británicos decidieron finalmente que permitirían que los marines, que siempre parecían ansiosos de combatir, llegaran por sus propios medios a Sangin. Sucedió temprano en el verano de 2010. Después de la transferencia en Musa Qala, el máximo comandante británico en Helmand había aceptado colocar sus tropas en Sangin bajo el control de los marines. El coronel Paul Kennedy, el máximo comandante de operaciones de los marines en el norte de Helmand, concluyó rápidamente que necesitaba más fuerzas. Pronto después de la llegada del nuevo batallón en julio, los funcionarios británicos informaron a los estadounidenses de que la unidad británica de Sangin no sería reemplazada cuando su período terminara a principios de octubre.

Al concentrarse en Lashkar Gah y sus alrededores y los distritos de Gereshk y Nad Ali, los militares británicos tuvieron finalmente suficiente poder combativo para realizar una auténtica misión de contrainsurgencia para proteger a la población. Pero no pasó mucho tiempo antes de que ambas partes reanudaran sus dimes y diretes. Esa vez, Sangin reemplazó a Musa Qala como principal punto de fricción. Los marines consideraron que la oficina de reconstrucción dirigida por los británicos comenzó a prestar menos atención a Sangin después de la partida de las fuerzas británicas. Los funcionarios británicos rechazaron la afirmación, pero no deberían haberlo hecho. Aunque los marines creían que Sangin era la parte más crítica de la provincia –porque los combates eran tan intensos– no lo era. Lashkar Gash y Gereshk eran mucho más populosas y vitales.

Pero los marines no estaban totalmente equivocados: si debían tener éxito donde los británicos habían fracasado en Sangin, necesitaban más que rifles y misiles; necesitaban recursos significativos para la reconstrucción.

La disputa volvió a mostrar que los dos aliados más cercanos en Afganistán no lograban a entenderse. Si los británicos no hubieran torpedeado su relación con los marines mediante tratos improcedentes y una actitud propia del Siglo XIX hacia los afganos, y si los marines no hubieran comparado siempre la moderación británica con apaciguamiento, los militares de las dos partes podrían haber sido verdaderos aliados. Los británicos podrían haber emulado el modelo estadounidense de acumular poder de combate para atacar dura y fuertemente. Y los marines podrían haber aceptado la sabiduría británica de escoger solo los combates más importantes. Es casi seguro que el resultado habría sido menos bolsas de cadáveres cubiertas con la bandera británica o con las barras y estrellas.

Fuente: http://www.guardian.co.uk/world/2012/jul/03/us-army-battles-british-afghanistan

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