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Por qué fracasan las tecnoguerras

Estados Unidos, el principal promotor de guerras en nuestros días no ha sido capaz de materializar exitosamente ninguna.

Sección:Observatorio de conflictos
Martes 4 de septiembre de 2012 0 comentario(s) 1076 visita(s)

Manuel E. Yepe
Rebelión

Pese al abrumador papel desinformante que desempeñan los grandes medios corporativos de prensa a nivel global, es evidente que Estados Unidos, el principal promotor de guerras en nuestros días no ha sido capaz de materializar exitosamente ninguna.

Esta aparente incapacidad de Estados Unidos de «ganar» sus guerras es aún más sorprendente si se comparan los recursos materiales, tecnológicos y financieros que dedica Washington a cada una y al conjunto de estas guerras con aquellos de que disponen sus adversarios -siempre naciones del tercer mundo.

Algunas de las razones para tal fenómeno fueron abordadas por Russia Today en un trabajo titulado «¿Las bombas caseras derrotan a las de alta tecnología (high-tech)? El fracaso de la guerra afgana se fundamenta».

La imposibilidad de que Estados Unidos «gane» la guerra en Afganistán se expresa en su incapacidad de debilitar la resistencia armada a la ocupación y los inconvenientes que siempre encuentra para apuntalar un gobierno títere adecuado, dice RT.

Se lamentan los agresores de que los combatientes locales que reclutan reciben las armas que ellos les entregan simplemente para usarlas contra los invasores extranjeros- algo que los afganos han estado haciendo a lo largo de su historia.

Si esto suena a narrativa familiar, es porque Estados Unidos sostuvo una guerra similar en el sudeste asiático, Laos y Vietnam, donde ocurría lo mismo.

En una entrevista que concedió en 1987, el doctor James William Gibson, autor del libro La guerra perfecta: Tecnoguerra en Vietnam, hizo en un análisis histórico de aquella guerra, que fue conducida con mentalidad de «proceso de producción», con técnicas de dirección dirigidas a motivar a los soldados, oficiales de mando y hacedores de las políticas de conducción y dirección, dentro del declinante paradigma imperial global.

Gibson señalaba los obvios defectos de aplicar un enfoque de «proceso de producción» a una guerra. La motivación de los soldados por el cumplimiento de sus cuotas de participación les lleva a falsear números, o peor aún, a tomar vidas inocentes en un esfuerzo desesperado y disoluto por sobrevivir. Los oficiales, asimismo, toman decisiones tácticamente fatales sencillamente para satisfacer cuotas irracionales en su puja aduladora por ascender en la jerarquía militar.

Las guerras “por suma de vectores” son las que no se basan en una justa causa de defensa nacional ni están destinadas a alcanzar objetivos estratégicos concretos, sino guerras motivadas por una suma de intereses oportunistas que buscan beneficiarse de las reglas que fijan los políticos.

Eso son las guerras de Estados Unidos, desde la vietnamita hasta la afgana, nunca fueron (para EEUU) de defensa nacional. Son aventuras militares vendidas al público como «necesarias para la seguridad nacional». En realidad, todas han respondido a cambios en las esferas geopolíticas de influencia y al deseo de la elite gobernante en Washington de dominarlas.

El objetivo de apuntalar un gobierno títere en Vietnam del Sur fracasó dejando millones de muertos y literalmente exhausto a Estados Unidos, tanto en los combates como financieramente. Solo el complejo industrial militar salió fortalecido.

“Hoy, aquellos mismos intereses corporativos financieros han vuelto a la carga”, dice el periodista Tony Cartalucci en un artículo aparecido en el portal alternativo Activist Post.

La élite solo extrajo como lección de la derrota de Vietnam la de que, para obtener mayores beneficios en el «proceso de producción» de las guerras, se requiere el manejo de la percepción pública y la eliminación de la disidencia política. Han aprendido que la guerra hay que librarla contra la población interna con tanto vigor como contra el adversario externo.

Y cuando los estadounidenses se preguntan si sus dirigentes aprendieron algo en Vietnam habría que decir que para nada ha influido en ellos la humillación por la desordenada huida ante el descalabro que le propinara el pueblo vietnamita. Aquella debacle afectó seriamente al pueblo norteamericano, pero no a la oligarquía imperialista.

De hecho, -como dice Tony Cartalucci- de la guerra contra Vietnam nuestros líderes sólo derivaron la necesidad de perfeccionar el camino de la «tecnoguerra»… y en eso están desde entonces.

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