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¿Está este niño lo bastante muerto para vosotros?

La realidad del “mal menor”

Sección:EEUU
Martes 13 de noviembre de 2012 0 comentario(s) 1849 visita(s)

Por Chris Floyd

Quisiera hacer una simple pregunta a todos quienes ahora se congratulan por la reelección de Barack Obama como si se tratara de un triunfo de los valores decentes, humanos y liberales sobre la perfidia que rezuman los postulados republicanos: ¿Está este niño lo bastante muerto para vosotros?

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Este niño pequeño se llamaba Naeemullah. Estaba en su casa —tal vez jugando, durmiendo o comiendo— cuando un avión militar teledirigido (drone) estadounidense disparó un misil hacia la zona residencial donde vivía y voló en pedazos la casa de al lado.

Como todos sabemos, los misiles de estos aviones teledirigidos son, al igual que el presidente que los empuña, superinteligentes, un triunfo de la tecnología y de los conocimientos tecnocráticos. Sabemos, puesto que así nos lo han reiterado una y otra vez el presidente y sus asesores, que estas armas —que solo se disparan tras consultar cuidadosamente las condiciones para una guerra justa establecidas por san Agustín y santo Tomás de Aquino— solamente impactan en el objetivo deseado y no matan a nadie salvo a los “chicos malos”. De hecho, los principales asesores del presidente han testificado bajo juramento que no había ni una sola persona inocente entre los miles de civiles paquistaníes —es decir, civiles de una nación soberana que no está en guerra con Estados Unidos— muertos por la campaña de misiles enviados desde aviones teledirigidos por este ganador del Premio Nobel de la Paz.

Y sin embargo, por extraño sortilegio, el misil que tronó en la zona residencial donde vivía Naeemullah no se limitó a alcanzar estrictamente la casa hacia la que iba dirigido. Inexplicablemente, ese amasijo de metal, cables y microprocesadores falló —solo esta vez— a la hora de examinar las almas de todos los habitantes del pueblo y de averiguar, como por arte de magia, quiénes eran “chicos malos” para así matarlos solo a ellos. No se sabe cómo —quizás es que el misil estaba infectado con miasmas de Romney— ese amasijo cargado hasta arriba de potentes explosivos simplemente va y estalla con un tremendo poder destructivo al alcanzar esa zona residencial, dejando el barrio entero hecho pedazos.

Como explica Wired, la metralla y los escombros atravesaron las paredes de la casa de Naeemullah y destrozaron su cuerpecito. Cuando terminó el ataque —cuando dejó de acechar sobre el pueblo el zumbido del avión enviado con sabiduría agustiniana por el Nobel de la Paz, ensombreciendo las vidas de sus indefensos habitantes con la amenaza terrorista de la muerte inminente— trasladaron a Naeemullah al hospital de un pueblo cercano.

Fue allí donde tomó la foto Noor Behram, residente en Waziristán del Norte y cronista de los efectos de la guerra de los aviones teledirigidos del Nobel de la Paz. En el momento de hacer la fotografía, Naeemullah estaba agonizando. Murió una hora más tarde.

Murió.

¿Está lo bastante muerto para vosotros?

¿No está lo bastante muerto para alterar de algún modo vuestro baile de la victoria? ¿Lo bastante muerto para perturbar las próximas fiestas de toma de posesión? ¿Lo bastante muerto para empañar, aunque sea un ápice, vuestro exultante júbilo ante el hecho de que este gran hombre, ejemplo de integridad, decencia, honor y compasión, pueda continuar con su noble liderazgo sobre la mejor nación de la historia del mundo?

¿Tenéis hijos? ¿Se dedican a jugar felices por vuestra casa? ¿Duermen acurrucados dulcemente en su cama calentita por la noche? ¿Charlan y parlotean como divertidos pajarillos cuando estáis comiendo en la mesa familiar? ¿Les queréis? ¿Les cuidáis con esmero? ¿Les consideráis seres humanos de pleno derecho, criaturas muy queridas con un valor infinito?

¿Cómo os sentiríais si les vierais hechos trizas en vuestra propia casa por la metralla que ha entrado volando? ¿Cómo os sentiríais mientras les llevarais corriendo al hospital, rezando a cada paso del camino para que no os lanzaran otro misil desde el cielo? Vuestros hijos eran inocentes, vosotros no habíais hecho nada, solo vivíais vuestra vida en vuestra casa cuando alguien situado a miles de kilómetros de distancia, en un país que jamás habéis visto, con el que jamás habéis tenido nada que ver y al que jamás habéis causado ningún daño, ha pulsado un botón y enviado trozos de metal ardiendo hacia el cuerpo de vuestros hijos. ¿Cómo os sentiríais al verles morir, al ver cómo todas las esperanzas y sueños que teníais sobre ellos, todas las horas y los días y los años que tendríais para quererles, se desvanecen en el olvido, perdidos para siempre?

¿Qué pensaríais sobre quien ha hecho esto a vuestros hijos? ¿Diríais tal vez “¡Qué hombre más noble, íntegro y decente! Estoy seguro de que está haciendo lo mejor”?

¿Diríais: “Vale, se trata de una pequeña desgracia, pero es perfectamente comprensible. El gobierno chino (o Irán, o Al Qaeda, o Corea del Norte, o Rusia, etc.) creían que había alguien en la puerta de al lado que en algún momento podría suponer alguna especie de amenaza sin especificar hacia su pueblo o hacia su programa político, o quizás es que simplemente mi vecino de al lado se comportaba de cierta manera elegida arbitrariamente que indica a las personas que le observan en una pantalla de ordenador a miles de kilómetros de distancia que tal vez sea el tipo de persona que cabe pensar que en algún momento pueda suponer alguna especie de amenaza sin especificar para los chinos (iraníes/rusos, etc.), aunque no tengan la más remota idea de quién es mi vecino ni de sus acciones, creencias o pretensiones. Considero que la persona que está al mando de este programa es un hombre tan bueno, sabio y decente que cualquiera se sentiría orgulloso de apoyarle. De hecho, estoy pensando en llamarle para que venga a decir unas palabras en el funeral de mi hijito”?

¿Es eso lo que diríais si entrara metralla de un misil en vuestras confortables casas y matara a vuestros propios hijitos del alma? ¿Es que no solo seríais capaces de aceptarlo, entenderlo, perdonarlo, encogeros de hombros y seguir adelante, sino también de apoyar activamente a la persona que lo hizo, jalear sus triunfos personales y despreciar a todo aquel que pusiera en duda su valía moral y sus buenas intenciones? ¿De verdad es eso lo que haríais?

Pues eso es lo que estáis haciendo cuando os encogéis de hombros ante el asesinato del pequeño Naeemullah. Estáis diciendo que no vale tanto como vuestro hijo. Estáis diciendo que no es un ser humano de pleno derecho, una criatura muy querida con un valor infinito. Estáis diciendo que respaldáis su muerte, que eso os hace felices, y que queréis ver muchas más como ella. Estáis diciendo que no importa que este niño —o cientos como él, o miles como él, o, como en las sanciones contra Irak del viejo león liberal Bill Clinton, quinientos mil niños como Naeemullah— sea asesinado en vuestro nombre por líderes a los que vitoreáis y respaldáis. Estáis diciendo que lo único que importa es que alguien de vuestro bando se encarga de matar a estos niños. Esta es la realidad del “malmenorismo”.

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Antes de las elecciones oímos hablar mucho de este concepto del “mal menor”. Desde destacados disidentes y antiimperialistas como Daniel Ellsberg, Noam Chomsky o Robert Parry hasta innumerables blogs progresistas y conversaciones personales, todos coincidían en este argumento básico: “Sí, los ataques de los aviones teledirigidos, la destrucción de las libertades civiles, los escuadrones de la muerte de la Casa Blanca y todo lo demás es malo; pero Romney sería aún peor. Por tanto, con grandes reticencias, tapándonos la nariz y moviendo la cabeza con pesar, habrá que elegir el mal menor de Obama y votar en consecuencia”.

Entiendo ese argumento, de verdad que sí. Pero no estoy de acuerdo con él, como he dejado claro tantas veces aquí antes de las elecciones. Creo que se trata de un argumento erróneo, que nuestro sistema ha ido tan lejos que incluso un “mal menor” es demasiado malo para respaldarlo en modo alguno, que dicho apoyo no hace sino perpetuar las maldades irracionales del sistema. Pero no soy purista, ni puritano, ni comisario político, ni dogmático. Entiendo que las personas de buena voluntad puedan llegar a una conclusión diferente, y creo que deben mostrar sus reticencias y elegir entre una facción imperialista-militarista-corporativista y otra, en la creencia de que eso mitigará algo el posible mal que el otro bando pudiera infligir si tomara el poder. Hace años yo también pensaba así. Pero reitero mi actual desacuerdo con esta postura, y considero que la buena gente que cree en ello, sea cual sea el motivo, no ha visto con suficiente claridad la realidad de nuestra situación, de lo que de verdad está haciendo en su nombre la facción política a la que apoyan.

Por supuesto, no pretendo erigirme en único árbitro de la realidad ni en juez de los demás; la gente ve lo que ve, y obra (o se abstiene de obrar) en consecuencia. Y yo lo entiendo. Pero he aquí lo que no entiendo: el sentido del triunfo, la exaltación y el júbilo que han mostrado tantos progresistas, liberales y "disidentes" por la victoria de este “mal menor”. ¿Dónde fueron a parar las reticencias, el taparse la nariz, los movimientos de cabeza quejumbrosos? ¿No deberían lamentarse por el hecho de que el mal haya triunfado en Estados Unidos, aun cuando, en su opinión, sea un mal “menor”?

Si realmente creíais que Obama era un mal menor —un 2 % menos malo, según creo que dijo en una ocasión Digby al describir a los demócratas en 2008—, si realmente os parecían vergonzosas y criminales las guerras de los aviones teledirigidos, los escuadrones de la muerte de la Casa Blanca, los rescates de Wall Street y la absolución de los torturadores y todo lo demás, ¿cómo os puede alegrar que continúe todo esto? Y no solo os alegráis, sino que seguís despreciando a quienes se han opuesto a perpetuar este sistema.

El triunfo de un mal menor no deja de ser una victoria para el mal. Si tu barrio se halla bajo la tiranía de una guerra entre facciones mafiosas, tal vez prefieras que gane el bando que a veces reparte unos cuantos jamones gratis en lugar de sus rivales si son más tacaños; pero, ¿te regocijarías por que tu barrio siguiera bajo la tiranía de criminales asesinos? ¿No estarías triste, abatido, desanimado y descorazonado al ver cómo persisten la violencia, el asesinato y la corrupción? ¿No lamentarías que tus hijos tuvieran que crecer rodeados de todo eso?

Entonces, ¿dónde están los lamentos por el hecho de que nosotros, como nación, hayamos llegado a tener que elegir entre asesinos, entre saqueadores? Aunque consideremos que teníamos que participar y elegir entre una de las horribles opciones que se nos ofrecían —“¿Quiere que sean los demócratas quienes maten a estos niños, o prefiere que sean los republicanos?”—, ¿no debería ser este período poselectoral un momento para afligirse en vez de saltar de alegría por el triunfo, de regocijarse frívolamente y de descalificar con desprecio a los “perdedores”?

Si de verdad sois “malmenoristas” —si se trata de una elección moral genuina que habéis hecho con reticencias, y no una racionalización para dejaros llevar por un partidismo irreflexivo y primitivo— sabréis que en estas elecciones hemos salido perdiendo TODOS. Aunque creáis que podría haber sido peor, no por ello deja de ser muy malo. Vosotros mismos habéis proclamado que Obama era el mal, solo que un poco “menor” que su oponente (quizás un 2 %). Y por eso el mal que vosotros mismos habéis visto, señalado y denunciado va a continuar. Repito entonces mi pregunta: ¿qué motivos tiene esto de júbilo, gloria y triunfo? Aunque creyerais que era inevitable, ¿por qué celebrarlo? Preguntaos, reflexionad: ¿qué es lo que estáis celebrando? ¿La muerte de este niño y la de otro centenar como él? ¿La de un millar como él? ¿La de quinientos mil como él? ¿Hasta dónde pensáis llegar? ¿Qué es lo que no vais a celebrar?

Es así como paso a paso, dándole la mano al “mal menor”, nos estamos hundiendo cada vez más en el abismo.


Fuente: www.chris-floyd.com

Fecha de publicación original: 9-11-12

Traducido por Ana Atienza

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