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Carlos Taibo: «Diez claves sobre Chechenia»

El País

Sección:Observatorio de conflictos
Lunes 6 de septiembre de 2004 2 comentario(s) 2818 visita(s)

1. Sorprende la inferencia de que el presidente ruso, Putin, ha sentido y siente profundo interés por las vidas de los rehenes, que han padecido la indefendible acción desarrollada por un comando presumiblemente checheno. Los numerosos hechos luctuosos que se han desarrollado en los últimos años han operado, antes bien, como oportunísima catapulta para el asentamiento del poder de Putin. Así, han permitido perfilar políticas de honda matriz represiva y han propiciado un visible cierre de filas de la población, todo ello merced a la instrumentalización, en inmoral provecho propio, de la tragedia chechena.

2. Para muchos analistas se ha registrado en las últimas semanas una incipiente mutación. El tratamiento mediático que el Kremlin ofreció del derribo de dos aviones -poco propicio, inicialmente, a reconocer un atentado y a atribuir éste a la resistencia chechena- implicaba una visible novedad. En lo que atañe a la toma de rehenes en Osetia del Norte, las autoridades rusas han pronunciado pocas veces el adjetivo checheno, arrojando la responsabilidad de los hechos sobre el terrorismo internacional. A la luz de tales cambios parece razonable apuntar que el Kremlin se estaba percatando de que una parte de la opinión pública rusa empezaba a recelar de los modos y los proyectos de Putin, como recela de la eficacia de los servicios de seguridad. Ojalá sea, efectivamente, así.

3. Nuestros medios de comunicación siguen siendo agentes de una delicada distorsión informativa: sólo se habla de Chechenia cuando se registra alguna acción de terror de la resistencia local. Ello propicia el olvido de lo que ocurre en la propia Chechenia. Y es que si el adjetivo terrorista conviene a los integrantes del comando que ha actuado en Osetia del Norte, lo suyo es que nos preguntemos por qué no echamos mano de la misma fórmula para describir las acciones del Ejército ruso un poco más hacia el este: Moscú ha defendido una política de tierra quemada, de tal suerte que en los últimos diez años ningún recinto del planeta ha experimentado un grado de destrucción, y una cifra porcentual de muertos, equiparable. Para saber cómo se las gasta esta formidable maquinaria de terror que es el Ejército ruso basta con echarla una ojeada a los libros de Anna Politkóvskaya y a los sucesivos informes de Amnistía Internacional.

4. Uno de los elementos centrales de la estrategia autolegitimatoria del Kremlin es el que identifica en toda la resistencia chechena una unánime adhesión al terrorismo más desbocado y al islamismo más violento. Semejante descripción es una burda e interesada distorsión de la realidad. El presidente checheno elegido en 1997, Masjádov, reflejo de las querencias mayoritarias en el seno de la resistencia, se ha desmarcado siempre de los hechos de terror protagonizados por grupos como el encabezado por Basáyev. Identificar sin más a Masjádov con Basáyev es un desafuero moral que tiene una consecuencia delicada: Putin ha cancelado la perspectiva de que del otro lado emerja un interlocutor político con el que se pueda negociar.

5. En lo que a la era de Putin respecta, el comportamiento de las autoridades rusas hunde sus raíces en decisiones asumidas en la segunda mitad de 1999: entonces el nuevo primer ministro se empeñó en cancelar los efectos del acuerdo de paz sobre Chechenia suscrito tres años antes. Al poco Putin dejó claro que el propósito de la invasión rusa de octubre de 1999 no estribaba en hacer frente a una amenaza terrorista, sino en restaurar la integridad territorial de la Federación. Aunque Moscú adujo datos innegables -el caos imperante en Chechenia, los atentados de septiembre de 1999-, su apuesta por la resolución negociada del conflicto fue siempre nula. Así, el Kremlin no cumplió con sus compromisos económicos y la autoría de los atentados moscovitas todavía hoy se discute. Entre tanto, la opinión de la población chechena no tiene peso alguno a los ojos de Putin, quien considera que Chechenia es, indisputablemente, Rusia.

6. Sólo cabe calificar de farsa el proceso político alentado, los dos últimos años, en Chechenia y asentado en la promulgación de una Constitución, la concesión de una fantasmagórica autonomía y el apuntalamiento de un gobierno servil. Un retrato cabal de ese proyecto lo aportan las elecciones recientemente celebradas sin el concurso de candidatos independentistas, con el derecho de voto reconocido a los soldados rusos y sin observadores independientes. La idea de que Putin pelea en Chechenia por la causa de la democracia recuerda a la pareja superstición de que Bush hace lo propio en el Irak de estas horas.

7. Nadie sabe a ciencia cierta qué piensa el checheno de a pie. Es lícito adelantar que la mayoría de los chechenos están hartos de casi todo: de la guerrilla como del Ejército ruso. Dicho eso, los datos se ordenan para concluir que, en condiciones de libertad, el apoyo a una Chechenia independiente sería mayoritario. Sorprende que quienes dicen defender la causa de la democracia no presten mayor atención a este hecho. Agreguemos que a Chechenia, un país de incorporación reciente a la trama imperial ruso-soviética, le corresponde un relieve menor en la configuración del imaginario nacional consiguiente, circunstancia que, al menos sobre el papel, podría facilitar una salida negociada.

8. Si hay algo indignante en las reflexiones que los hechos de estas horas suscitan, ese algo es la reaparición espectacular de las abruptas simplificaciones a las que se entrega un discurso, muy reaccionario, que ve al terrorismo internacional por todas partes. De entre las muchas consecuencias negativas hay dos singularmente delicadas. La primera habla de un formidable olvido de las claves propias de los conflictos que jalonan el mundo: si ya sabemos que Al Qaeda está por detrás de todos los males, para qué reflexionar, entonces, sobre lo que ocurre en Chechenia. La segunda la configura una franca aceptación del todo vale. Como gustan de repetirlo los gobernantes rusos, con los terroristas no se negocia: se les aniquila. Curiosa interpretación ésta de las reglas del Estado de derecho.

9. Es difícil separar el contencioso checheno de una trama, la del Oriente Próximo y la cuenca del Caspio, en la que se aprecia el aliento de una codiciosa política norteamericana encaminada a controlar jugosas materias primas energéticas. La actitud de los agentes regionales a buen seguro que mucho le debe a esa política. Washington juega dos cartas en el Cáucaso: si la primera invita a mantener una relación fluida con Rusia -con mutuos silencios ante los desmanes respectivos-, la segunda implica despliegues militares de cierta importancia, como el verificado en 2001 en Georgia. Tras esta disputa entre lógicas imperiales, conviene precisar que el relieve del petróleo para dar cuenta del conflicto de Chechenia es hoy menor: si, por un lado, la riqueza energética del país se vio esquilmada en la etapa soviética, por el otro la política de conductos que abrazan Rusia y EE UU ha esquivado, significativamente, el territorio checheno.

10. No es más edificante la actitud asumida por las potencias europeas. Desde el 11 de septiembre de 2001, sus responsables ya no miran hacia otro lado cuando se habla de Chechenia: le dan palmaditas en el hombro al presidente Putin. Semejante ejercicio de doble moral, de acatamiento subrepticio del todo vale y de silencio ostentoso ante los efectos del terror de Estado tiene que producir escalofríos. La credibilidad de la Unión Europea está en juego en estas horas, tanto más si opta, como acostumbra, por primar los intereses sobre los principios.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de El conflicto de Chechenia (Catarata).

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Comentarios


  • Otra visión

    7 de septiembre de 2004

    Francisco Veiga El Periódico

    La reciente masacre en la escuela de Beslán, Osetia del Norte, ha desempolvado una vez más esa especie de argumento de cartón consistente en ligar lo sucedido a la ancestral lucha del pueblo checheno contra la dominación rusa o a la política de Putin en esa región, señalando de paso la necesidad de una negociación y argumentos por el estilo. Sin embargo, tal tipo de razonamientos denotan mala fe, desinformación o simple contumacia en ideas preestablecidas. El terrorismo y sus motivaciones también evolucionan y en ese sentido lo ocurrido en Beslán, como los atentados indiscriminados en el metro de Moscú y en las líneas áreas rusas, o el asalto al teatro Dubrovka, son acciones que responden a una estrategia tan fanática como anticuada e ineficaz en cuanto a sus objetivos políticos.

    DE ENTRADA, lo que han estado consiguiendo los grupos terroristas chechenos ha sido reforzar la posición política de Putin. Está demostrado que las ofensivas terroristas, sobre todo las indiscriminadas, sólo consiguen vigorizar a los regímenes establecidos, si responden a problemas que la población considera como domésticos. Tanto es así que, a lo peor, George Bush vuelve a ganar las elecciones gracias a los réditos políticos del 11-S. Incluso es posible que las imágenes de los niños de Beslán también le hayan supuesto algunos votos extra al presidente norteamericano. Además, debería quedar claro que la culpa de la masacre ha sido del comando asaltante. Si un grupo de tipos armados hasta las cejas y cargados de explosivos se atrinchera en un colegio rebosante de críos, algo saldrá mal, tarde o temprano. Aún parece raro que las cosas no se hubieran torcido al primer o segundo día del secuestro. Quizá los heroicos combatientes tengan más suerte la próxima vez, si escogen una planta de incubadoras de bebés o un asilo de ancianos minusválidos. En tercer lugar, resulta muy discutible considerar que el actual terrorismo checheno está directamente emparentado con el nacionalismo surgido tras la desintegración de la URSS, incluso durante la primera guerra de Chechenia. Lo que ocurre ahora es una herencia del periodo 1996-1999, en que el país funcionó de hecho como una república independiente. Esos años fueron de un caos inenarrable: desgobierno, inseguridad, luchas de clanes. El radicalismo wahabí ganó en influencia y se empezó a colar Al Qaeda, por entonces muy desconocida. No es ningún secreto que muchos de los terroristas islámicos que después fueron detenidos en Europa —y España— eran veteranos de la guerra en Chechenia y se jactaban de ello. Todavía se pueden encontrar rastros de eso en internet. El único negocio próspero era el del secuestro de casi cualquier extranjero que se aventurase por el país, que se transformó en un agujero negro internacional.

    EN PLENA huida hacia adelante, el señor de la guerra Shamil Basayev decidió en 1999 que no era mala idea invadir la vecina república del Daguestán para separarla de la federación rusa. El resultado fue la segunda guerra de Chechenia y la nueva generación de terroristas, cada vez más conectados con redes islámicas. Suponer que eso forma parte de la sublimada lucha secular del pueblo checheno, al menos tal como se concebía en 1994, es echarle amnesia voluntaria. Nadie con dos dedos de frente negociará con activistas como los implicados en el asalto a Beslán; y una Chechenia independiente no garantiza que esa gente se desmovilice sin participar en el Gobierno, por lo que tal opción no promete aportar estabilidad a la región. Los análisis idealizadores que olvidan lo que fue la Chechenia independiente de 1996 a 1999 tampoco reparan en que a lo largo de este mismo verano tuvo lugar una sospechosa agitación en la vecina Georgia, donde el presidente Mijail Saakashvili —alzado al poder tras una oscura revuelta en noviembre del 2003— lanzó un agresiva campaña nacionalista para reintegrar a la madre patria los perdidos territorios de Abjasia y Osetia del Sur. En plena escalada verbal y con algunos tiros de por medio, Georgia casi llegó a las manos con Rusia. Esa república linda también con Chechenia, y Washington ya ha admitido que busca aliados en la periferia de Rusia, y uno de ellos es Georgia. Es precisamente a esos países del Cáucaso y Asia Central donde los americanos cuentan con enviar las tropas que retiren de la vieja Europa a fin de luchar contra la cacareada amenaza del terrorismo islámico. Por lo tanto, ya hace meses que el Cáucaso está en ebullición, los americanos están en el juego y posiblemente la zona se convierta en nuevo foco de crisis para desviar la atención del desastre de Irak.

    Un poco más allá, el petróleo, el gaseoducto que desde las riberas del Caspio atravesará Georgia —cerca de Chechenia— y Turquía, futuro miembro previsible de la UE. Verano de terrorismo checheno, de Georgia belicosa, de subidas récord del petróleo y de crucial campaña electoral norteamericana.

    FRANCISCO Veiga es Profesor de Historia de la Europa oriental y Turquía en la UAB




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