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Operaciones posbélicas

Intervención legítima (Peace News)

Intervención legítima (Peace News)

Intervención legítima

Diana Francis

Hasta para un experimentado pacifista es difícil argumentar en determinadas circunstancias contra una intervención militar. La violencia y la brutalidad fruto de miles de años de militarismo son tan reales que una vez tras otra es imposible no desear una solución rápida y efectiva. Las opciones militares son las que conocemos mejor y las que tienen los recursos. Los soldados están listos y a la espera, parece. Si no son enviados sentimos que en cierto modo hemos colaborado en el asesinato, violación y desplazamiento de inocentes. Es difícil decir no.

Aunque, ¿cuál es la trayectoria de las intervenciones militares? ¿Es una historia de acciones humanitarias llevadas a cabo con justicia como último recurso? ¿Alcanzan los resultados que pretendían, o son sólo espejismos?

La violencia permanece

La guerra de la OTAN es regularmente esgrimida como ejemplo de intervención necesaria y efectiva, aunque no se hizo ningún esfuerzo serio para apoyar y proteger por medios no militares a la mayoría “étnica” albanesa que vivía allí. Su década de acción noviolenta [1] recibió escasa atención internacional y mucho menos apoyo. Sus necesidades fueron marginadas en el momento del acuerdo de Dayton. Los observadores del alto el fuego enviados fueron inadecuados en número (aunque su presencia a pesar de ello tuvo un efecto considerable si bien insuficiente) y las conversaciones de Rambouillet no fueron un intento serio de alcanzar una solución no militar.

La acción militar fue de hecho bienvenida por la inmensa mayoría de los albaneses de Kosovo. Pero, ¿qué ha conseguido? Destruyó vidas e infraestructura, provocó una terrible contaminación ambiental y daño económico en Serbia, y abrió el camino para el establecimiento de una enorme base de EEUU en Kosovo. Más aún, precipitó de hecho las peores atrocidades contra la población kosovar albanesa en lugar de prevenirlas. Las atrocidades que ocasionaron las columnas de seres humanos traumatizados y desesperados que vimos en las pantallas de la televisión tuvieron lugar después, y no antes, de que empezaran los bombardeos. Más tarde, la mayoría de la gente serbia y gitana se vio obligada a huir para salvar la vida.
Aparte de este impacto inmediato, esta “intervención” creó un cráter allí donde había estado la vida civil en Kosovo. Este vació fue entonces rellenado con “constructores de paz”, algunos de los cuales hicieron un trabajo importante y necesario, pero que desplazaron colectivamente a los grupos locales y a las funciones que habían cumplido hasta el momento, como proporcionar servicios públicos, administrar el gobierno local y hacer funcionar la economía. También desplazaron una gran proporción de la ya débil economía local.

La guerra ensanchó y profundizó la grieta entre la población mayoritaria y el resto (un número siempre decreciente), convirtiendo en sueño olvidado la convivencia pacífica, y sacándola de la agenda de todos excepto unos pocos. El amor de la población mayoritaria hacia los invasores se convirtió en resentimiento y el status de Kosovo sigue estando sin decidir. La violencia sigue siendo una realidad esporádica y crónica, y el riesgo de nuevos y mayores brotes de combates es real. La violencia de la extorsión y el comercio ilegal, especialmente el tráfico de personas, es endémica y está ampliamente extendida.

Pidiendo a gritos un cambio

Ésta, pues, es la historia “triunfal” que fue usada para justificar las invasiones de Afganistán e Iraq, donde el impacto de la intervención armada ha sido mucho más desastroso. Claramente, estos países pedían a gritos un cambio, pero el bombardeo y la ocupación son en sí mismos enormemente violentos, destructivos y antidemocráticos. Nadie pregunta a los muertos cómo puntuarían los resultados y la gente de esas regiones que conocí recientemente (que fueron mujeres en su totalidad) ven los resultados como desastrosos.

La violencia internacional ha desatado y “justificado” nuevas oleadas de violencia de origen local (y también la intervención violenta y encubierta de terceros).
Más aún, en vez de afirmar la democracia, las “intervenciones” militares (ataques, invasiones, guerras) envían el mensaje de que la fuerza es lo adecuado, que los que tienen el poder militar cortan el bacalao. No ejemplifican el respeto ni la cooperación, sino la dominación y la intimidación. Dicen que su objetivo es proteger los derechos humanos mientras los violan. Las guerras están hechas de violaciones de los derechos humanos, clasificando a la gente entre vida y muerte, mutilación o huida, no según los procedimientos de la ley (aunque brutal) sino por el uniforme, la asociación, la suerte, o la conveniencia militar. La violación usada como arma de guerra descubre a ésta como lo que es: una expresión de machismo y culto a la violencia y al control. La confianza en la guerra ata a los débiles al papel de víctimas y a la dependencia respecto del “fuerte”. Se lleva su dignidad y autonomía. Los que combaten y retiene su sentido de la humanidad quedan traumatizados por la necesidad de matar [2].

Apoyar las iniciativas locales

Muchos desean ver un fortalecimiento de las leyes internacionales y de la capacidad de la ONU para actuar como una benevolente policía mundial. Argumentan que el tipo de motivos y conducta que han caracterizado las acciones de los EEUU y otros en estos casos son muy diferentes de lo que ellos pretenden. Imaginan, quizás, algo similar a la intervención del gobierno británico en Sierra Leona, aparentemente decidida justamente y en el momento adecuado a la vez, y que pareció hacer una contribución positiva en proporcionar una oportunidad de paz para este atormentado país. Les gustaría ver a la ONU asumir ese papel.

En las situaciones en que una guerra está a punto desarrollarse y que hay una extendida bienvenida a la presencia exterior, de hecho hay un papel a desarrollar por personas llegadas del exterior trabajando con la población local. Éstas pueden colaborar en apoyar el establecimiento de normas civiles de comportamiento y el funcionamiento de la ley; ayudar dónde sea solicitado en la construcción de instituciones; ofrecer mediación dónde sea necesario; ayudar a construir puentes entre comunidades divididas y monitorizar el establecimiento de los derechos humanos (utilizo cursiva porque el papel principal siempre debe tenerlo la comunidad local). Pero todas éstas son tareas esencialmente civiles que pueden ser cumplidas por personal no sólo gubernamental o intergubernamental, sino también no gubernamental.

En situaciones en que la violencia es crónica, los activistas civiles, trabajando en pequeña escala para organizaciones como Brigadas Internacionales de Paz, han ofrecido protección a grupos o a individuos en peligro. En una escala quizás mayor, el Movimiento de Solidaridad Internacional intenta limitar la libertad con que las fuerzas israelíes ejercen violencia contra la población palestina. Estos esfuerzos parecen lamentablemente pequeños, y podrían ser mucho mayores con apoyo y financiación.

No puede haber duda de que la presencia de observadores y testigos tiene efectos sobre lo que hace la gente. Por ejemplo, según Lindsay Hilsum, del Canal 4 de noticias británico, los observadores de la Unión Africana actualmente en Dafur están teniendo un papel muy importante en dificultar las violaciones de los derechos humanos allí. Pero las intervenciones de este tipo necesitan estar bien preparadas y ser emprendidas a una escala adecuada si se espera que den los resultados que potencialmente pueden dar.

Y mientras necesitamos encontrar vías para actuar en solidaridad con las personas que sufren la violencia, no deberíamos subestimar el poder de las poblaciones locales para provocar cambios. El suyo tiene que ser el papel principal si se quiere alcanzar una paz justa. La noviolencia activa, aunque todavía escasamente reconocida y desarrollada, tiene sin embargo una impresionante trayectoria de derrocamiento de regímenes violentos: en India, en Filipinas, a través del antiguo imperio soviético y, más recientemente, en Serbia.

De forma menos dramática, en cada situación en la que la gente se enfrenta a la violencia y la opresión existen grupos que se organizan y actúan por el cambio, sea cual sea la escala y su grado de apertura. Y poco a poco las cosas cambian. Muchos países en Latinoamérica, por ejemplo, han visto una transición gradual desde regímenes violentos y explotadores hacia mayor democracia y, en algunos casos, una gran justicia social.

¿La ONU ideal?

Donde existe un conflicto violento o represión en una fase aguda, o donde los poderes establecidos existentes no están de acuerdo, el activismo local puede quedar suspendido, y la intervención civil, aparte de pequeñas y silenciosas formas de apoyo, puede parecer casi imposible (aunque quizá la idea de una intervención de personas desarmadas e independientes no debería descartarse). Pero en estas circunstancias, el “mantenimiento de la paz” militar es ciertamente imposible: el papel de “pacificación” llevado a cabo por un ejército solamente puede ser combatir o unirse a una guerra, con todo lo que ello implica, y con la posibilidad de que se organice una resistencia interna, tal como hemos visto en Iraq y Afganistán. Más aún, si tuviéramos que enumerar las guerras recientes y los regímenes represivos que parecían exigir la intervención en las últimas décadas (incluso actualmente) la lista sería larga de hecho. Así que sería simplemente imposible (ni bueno) que la ONU o cualquier otro pudiera invadirlos y ocuparlos todos.

Y más, argumentaré que aún el caso que fuera deseable (y yo creo que no lo es), la ONU nunca tendrá la capacidad de convertirse en una agencia de combate. Primero, mientras el juego se llame “guerra”, aquellos países con capacidad de combatir y ganar guerras siempre preferirán hacer eso por su cuenta, según sus propios análisis e intereses. Los ejércitos están diseñados para reforzar el poder de una unidad en contra de otra. Son parte de un paradigma competitivo y de control.

Imaginar una ONU ideal que trascienda los intereses nacionales es lo mismo que soñar con otro paradigma al mismo tiempo. Yo lo comparto, pero este sueño presupone una transformación radical de la cultura y los sistemas, no una adaptación del sistema que tenemos ahora. Supone la creación de otro mundo, conceptualmente y estructuralmente hablando, en el cual la actual lucha para competir y dominar ha sido sustituida por actitudes y hábitos de cooperación, un mundo donde las nociones de seguridad común y responsabilidad compartida son esenciales, no sólo para los regímenes sino también para la gente. Nunca alcanzaremos un mundo así a través de la acción militar.

Recuperar el poder

La esencia del poder de la noviolencia para enfrentarse a la violencia es el poder de la gente corriente, vivan donde vivan, de elegir hasta dónde cooperan con la tiranía, e casa o en el exterior: adaptarse o buscar formar de resistir y transformar, de quedarse parado o actuar en solidaridad. Ser una víctima resignada no es noviolencia (el lema de un reciente encuentro de mujeres en Colombia fue “ni guerra que nos mate, ni paz que nos oprima”). Cuando la propia gente actúa para cambiar sus circunstancias está usando medios genuinamente democráticos para reforzar su autonomía. Cuando dependen enteramente de otros, del exterior, para su seguridad, no son ni libres ni están seguros.

No es útil engañarnos pensando que existe una única respuesta para cualquier situación, una que de alguna manera sobrepasa los límites de las realidades actuales y nos transporta mágicamente hacia un futuro mejor. El militarismo no tiene ninguna respuesta así, ni tampoco la noviolencia. Es inherente al ser humano el que las personas pueden hacerse cosas terribles las unas a las otras, y es inherente a nuestros sistemas actuales que unos pocos tienen el control sobre muchos. La única manera de hacernos a nosotros y a otros menos vulnerables es trabajar de todas las maneras posibles para recuperar el poder al que hemos renunciado.

Pon tu propia casa en orden

¿Qué puede hacer mientras la “comunidad internacional” (los gobiernos) en situaciones como la de Dafur? A corto plazo pueden prestar toda su atención en apoyar los esfuerzos locales de paz, ejercer presión diplomática, ofrecer incentivos políticos y económicos, y consolidar el final de la violencia directa y el retorno seguro de los refugiados y la gente desplazada a otros países.

Lo que podrían haber hecho durante muchas décadas es dar apoyo a las poscolonias y otros países en el establecimiento de leyes y un gobierno justo, y a desarrollar economías saludables e inclusivas. Los gobiernos podrían haber encontrado fácilmente los recursos si no hubieran estado gastando cantidades monumentales de dinero en sus estructuras militares y en la carrera armamentística.

Podrían haber asegurado a estos países la base económica necesaria para el gobierno estableciendo sistemas para el comercio justo, en vez de pagar precios irrisorios por las comodidades, y apoyar economías saludables en vez del bienestar social. Podrían haber ejemplificado la regulación pacífica de conflictos en vez de seguir su propia predilección por el dominio militar. Podrían haber renunciado a los enfermizos beneficios de un comercio de armas que ha ayudado a potenciar la violencia en detrimento tanto de la paz como del desarrollo. Podrían haber empezado a poner sus propias casas en orden.

Deconstruir el militarismo

Debemos exigir a nuestros gobiernos que se guíen genuina y coherentemente por los valores de la paz y la democracia, que empiecen a disminuir su confianza en el militarismo, que se deshagan de sus propias armas de destrucción masiva, que desmantelen la industria armamentística, que establezcan sistemas democráticos para alcanzar acuerdos justos de comercio y no de explotación, que paren sus propias violaciones de derechos humanos, y creen espacios para nuevas formas de democracia activa.

Mientras el mundo y sus recursos estén controlados por una poderosa elite, el sistema de violencia y contraviolencia continuará. En vez de pensar en maneras de domar a la bestia, necesitamos construir la voluntad de cambiar todos los caballos al mismo tiempo. Deconstruir el militarismo y todo lo que le da apoyo es nuestra primera tarea si es que queremos encontrar verdaderas “alternativas”. Domesticarlo no es, creo, una opción.

Diana Francis es autora de Rethinking War and Peace (Pluto, 2004), y People, Peace and Power: Conflict Transformation in Action (Pluto, 2002).

Notas

[1] Howard Clark, Civil Resistance in Kosovo (Pluto, 2000).

[2] Dan Baum, “The price of Valor”, New Yorker, 12 y 19 de julio de 2004.

Publicado en Peace News 2457, diciembre 2004-febrero 2005

Culpable de la traducción: Carlos Barranco

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